The tiempo.

Estaba mirando más allá de la pared de la cocina, como si esperara que algo atravesara el azulejo de repente y me hiciera reaccionar. Acababa de colgar una llamada de hora y algo y mi brazo derecho no estaba siquiera en condiciones de hacer ese sencillo movimiento para meter la cuchara en la sopa, doblarse y llevarme la comida a la boca, ya ni hablemos de los vuelos espaciales que realizan las cucharas intergalácticas cargadas con medio dedo de puré de verduras cuando en manos de mamás van a alimentar a sus bebés traviesos que se niegan a abrir la boca.

Pasadas las dos de la madrugada, cenaba yo a base de sopa de estrellas que mi madre había preparado hace hora y media (aun cuando me dijo que me preparara yo mismo la cena), siquiera me molesté en calentar la sopa con tal de no hacer ruido y despertar a mis padres que ya bastante tienen con dormir poco. Aparte de la dificultad de mover el brazo derecho y de los pensamientos del estilo “Me hubiera venido bien ser ambidiestro”, andaba masticando una sopa cuajada de estrellas al más estilo “Vaca campera” acompañado únicamente del ‘tic-tac’ tan odioso que emitía el reloj de la cocina, alertándome y recordándome en cada segundo que el tiempo, pasa.

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Y no es que transcurra porque quiere ir de un lugar a otro sino que pasa de ti, de mí y de todos los mortales sin importarle un carajo las circunstancias personales de cada uno, mirando a ver quién es el próximo para empaquetarle y enviarle a la “tan temida” guadaña de la muerte. El problema es que cada uno de nosotros tenemos una concepción distinta del tiempo, seguramente todos hayamos vivido clases infernales en las que uno se dormía y cuando pensaba que ya había pasado media hora desde la última vez que miró al reloj, mira y el minutero sólo se movió tres huequecillos; o tardes con colegas de pasarlo bien y que alguien diga “Vaya, ya son las once” y sueltes con incredulidad el típico: “¿¡Ya son las once?! ¿¡Tan rápido?!”.

Sin embargo, muchas veces me pregunto qué será el tiempo para aquellas personas que a pesar de vivir en un mismo mundo que nosotros, no viven en una misma realidad. Quiero pensar que el tiempo no es lo mismo para el mendigo invidente que está de pie tiritando de frío sujetando una cesta y un cartel pidiendo algo de dinero para su familia que para el magnate de “SoyRicolandia” sentado en su lujoso sofá pensando en dónde colocar su próxima inversión para que obtenga la máxima rentabilidad posible.

Ni tampoco lo será para un reo condenado a 200 años de prisión por haber sido acusado de algo que no cometió que para otro que esté en el corredor de la muerte esperando que el político de turno diga “Ejecutadle”, ni para el que habiendo cometido un crimen está huyendo de ‘la justicia’ ni para aquellos que, elegidos por el pueblo se dedican a derrochar dinero público en proyectos que no buscan sino el lucro personal a secretas.

A unos les pasa tan rápido como el momento que hay desde que pulsas el interruptor hasta que se enciende la luz, a otros tan lento como el andar de una tortuga, otros tantos pasan del tiempo que pasa de ellos, otros ni se percatan de que existe o es la mínima de sus preocupaciones y para otros muchos el tiempo ‘les llueve’ cuando querían un día soleado.

Además, aparte de la propia concepción de ‘tiempo’, tampoco le damos la misma importancia ni el mismo énfasis dependiendo de la situación. Quiero decir, podemos estar maldiciendo a todo dios cuando copiamos un archivo del ordenador a un pendrive y nos salga en la ventanita “Tiempo restante: 70 horas” pero a la vez suplicando al tiempo mismo que pase más lento porque vas a llegar tarde a una cita mientras estás delante del armario pensando en si ponerte pantalones azules o amarillos. Pero seguramente, el momento en el que damos mayor relevancia al tiempo es a la hora de tomar una decisión (aparte de rememorar tiempos pasados): Sí o no, me voy o me quedo, acepto o rechazo, llamo o no llamo, estudio o salgo de fiesta me voy a dormir, seguir adelante con el proyecto o no…

Son de esas situaciones en las que ante un tiempo límite y seguramente no-prorrogable, tengas que decantarte por blanco o negro. Todo el mundo piensa que lo ideal sería el gris, pero me dirás entonces qué gracia tiene vivir en gris all the time. A los amantes del póker les gustará esta manera de pensar, o arriesgo todo o me quedo sin nada; en cambio, los aversos a cualquier tipo de riesgo son quienes se ven en muchos casos, incapacitados para tomar una decisión con miedo a lo que pueda pasar tanto de una manera como de otra, apurando hasta el último segundo que les queda para ver pro’s y contras. Luego en otro rinconcito están los que somos neutrales, nos es indiferente el riesgo, muchas veces nos retractamos de haber hecho determinada elección y otras muchas de llevar a cabo actos que parecen puras ideas de bombero – sin que ello quiera decir que seamos tontos (yo soy la excepción que confirma la regla, que quede claro).

Al final, todas estas ideas suelen desembocar en un mismo lugar. A pesar de que individualmente cada uno tenga su propia y distinta definición de tiempo, en general queremos que: mientras estemos ‘felices’ el tiempo pase lentamente, pero en cambio, cuando estamos más que amargados queremos que sea más fugaz que la propia luz y salir del bache lo antes posible. Seres humanos nos llaman, por algo será.

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¿Qué pasa? Nada. Que determinada masa muscular alojada en el interior de mi pecho, la cual se encarga de bombear sangre a todo rincón de mi cuerpo quiere que yo te diga que te quiero. El tiempo.

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