Cuando la tumba me recoja.

Esta mañana ha sido una mañana totalmente improductiva. Me he levantado tarde y mi padre ha tenido que hacer los recados que me habían encomendado a mí, por lo que le acabaré debiendo alguna que otra. Así que he tenido todo este tiempo para seguir pensando acerca de mi marcha.

Y es que, cuando uno piensa en esa palabra, surgen imágenes mentales de películas en las que las despedidas son muy emotivas, hay lágrimas, abrazos y bonitas palabras de por medio; escenas que impactan en el interior de la mayoría de los espectadores sacando a luz su lado más humano (e idílico). Tenemos fe en que las personas por muy malas que sean, en un lugar recóndito de su conciencia/consciencia hay esa parte buena que queda por aflorar, pero la realidad está más bien alejada de nuestras creencias.

La mayoría de las personas que realizan buenas acciones lo hacen bajo el pretexto de poder ir al cielo cuando se muera, de poder ayudar a los demás o de sentirse mejor; cuando mi visión acerca de las personas que habitan este planeta me revela todo lo contrario: todo se hace con la intención de mantener una buena imagen. Sí, seguramente es un plano muy sesgado y parcial de la naturaleza de las personas, pero soy incapaz de convencerme de que las buenas acciones no tienen finalidad alguna.

De hecho, yo mismo reconozco que cuando realizo “buenas” acciones (pocas, muy pocas) lo hago con una finalidad que no siempre consigo: Quiero que me odien.

Sí, suena totalmente contradictorio y en principio no tiene fundamento alguno. Desde pequeño, a excepción de aquellos numerosos y diarios insultos por mi condición de raza china, los profesores y familiares me han halagado haciendo mención a si era muy responsable, si era superdotado e inteligente, si tenía un futuro brillante y demás cumplidos que se dicen por decir. Inocente de mi, me lo iba creyendo todo: era el que mejores notas sacaba en clase, el que no desobedecía en ningún momento, no la liaba parda.. (bueno sí, alguna que otra vez cuando bebí gel de ducha pensando que me sabría a vainilla).

Hasta que vas creciendo y alguien en tu vida te da el gran batacazo demostrándote que las cosas no son así, como por ejemplo, que las personas que mejores notas sacan no son las más inteligentes o no siempre son mejores las personas que realizan buenas acciones. Es ese momento en el que dejas de mirarte constantemente el ombligo y comienzas a levantar la cabeza observando las personas que te rodeaban y sí, el edificio que ilusamente te empeñaste a construir y mantener intacto se derrumba por su propio peso. En ese momento descubrí por ejemplo que mi imaginación y creatividad era nula, que mi don de gentes era muy escaso o que mi supuesta responsabilidad era más bien, la irresponsabilidad propia que mis padres intentaban subsanar en mi.

A día de hoy, sigo intentando ser buena persona, a base de realizar buenas acciones. ¿De esa intención de hacer al menos una buena acción por día, como en las películas? pues de esa; pero si sólo contara la intención podría estar tocándome los huevos todo el día. Las personas que no me conocen saben que no tengo nada que contar, que soy un soso y mudo que apenas tiene algo de lo que hablar. Siquiera mis mejores amigos saben que ayer llegué tarde a la hora que acordamos porque aparte de haber un atasco monumental por el camino (cosa es que fue verdad y fue la excusa que les dije), me paré un poco antes a ayudar a un señor a cambiar una rueda que se le había pinchado. Y son cosas que no cuento y me reservo porque no me gusta que me elogien. Que cuán mentiroso he podido ser ocultando esto? No lo sé, yo aprendí de ciertas a ocultar partes de verdad.

Cuando ayudo a alguien a resolver un problema que no entiende y me dice que soy inteligente; se lo niego. No me gusta que me llamen así cuando no lo soy. Odio que me den las gracias pero me encanta ser agradecido, odio que me aprecien pero aprecio a los demás porque me siento inferior a ellos, no me gusta que me digan que he sido fundamental en algo cuando en realidad lo único que he hecho ha sido dar un pequeño empujón, etc… Sé que ha habido veces en las que he alardeado de haber recibido cierta cantidad de dinero por haber hecho un favor a alguien; pero es que no me siento orgulloso de ello ni me siento orgulloso de haberos dicho, por ejemplo, que ayer ayudé a alguien. El orgullo no sirve para nada. Así es mi lógica ilógica con la que funciona mi cerebro y determina mi forma de ser.

Si tan inteligente dicen que soy, ahora mismo no sería un estudiante con pérdidas monetarias de cinco cifras que a saber cuándo podré devolver; ni estaría en segundo de carrera aprobando rasamente todas las asignaturas, ni, sobretodo, hubiera dejado escapar aquellas ocasiones en las que pude rehacer mi vida de cero. Seguramente tenga más ocasiones, pero ya no merecen la pena y menos cuando me he metido en un buen berenjenal a estas alturas. A diario en la universidad, me sorprendo de lo inteligentes que son las personas que me rodean a pesar de que algunos den la imagen de fiesteros diarios, me siento como si no tuviese el privilegio de estar rodeado de gente así aún intentando aprender de ellos. Mi soberbía de ser alguien inteligente brilla ahora por su ausencia y a quienes les cuento esto de manera muy muy superficial me comentan que no confío en mi mismo y ese es mi problema. Es cierto, mi propia confianza y mi autoestima están por los suelos; porque confiar en uno mismo sólo sirve si uno tiene la esperanza de que alguien esté confiando en ti.

Cuando alguien te llama inútil, le mandas a tomar por culo. Cuando una segunda persona te dice lo mismo, directamente le ignoras. Pero a la décima persona que te dice que no sirves para nada, tal vez sea momento para ponerte a pensar si sería mejor que no existieras aquí. Pues así me siento y así he hecho saber a varias personas, que tal vez yo no sea un inútil, pero sigo siendo un problema.

Cuando intento destacar en algo, intento plantar la semilla de la envidia en los demás; es uno de los instrumentos psicológicos más convenientes para usar cuando quieres que la gente te deje de apreciar. Por ello es por lo que quiero que me odien y ya que me leéis, que me odiéis. Porque no quiero ver a gente llorar porque se haya ido un “genio”, porque no quiero que mi marcha – en cualesquiera de los sentidos- se haga difícil, porque no busco elogios post-mortem. Quiero, como dije en la entrada anterior, sorprenderme cada vez más de mi capacidad de pasar desapercibido por eventos que rodeen mi vida, ser una persona secundaria en la vida de los demás y no ser importante, sino despreciable e insignificante. En mi funeral no me gustaría ver caras tristes ni lágrimas cayendo al suelo, me gustaría ver caras de resignación e indignación por tener que acudir a un entierro de alguien que merecería estar en una fosa común, condenado al olvido como destino principal.

Seguramente mi último deseo en esta vida no sería alcanzar la felicidad, sino marcharme por el mismo lugar por el que he venido: por la puerta de atrás.

Con esta pequeña confesión llena de dosis de visión pesimista de la vida que me caracteriza, mucho más emocional que racional, tal vez incluso egocéntrica y victimista -aunque no es la impresión que quiero dar aunque al 100% de quienes lo leáis digáis que sí-, me despido definitivamente del blog, no como otras veces – con 206 entradas sin sentido alguno- . Creo que va siendo hora de centrarme en lo que de verdad es importante (recordad, odiadme!) y chapar un capítulo para comenzar otro con los condicionantes que llevo ya encima. Qué excusa más barata, ¿verdad?
Hasta pronto.

Que llego tarde para comer.

Ser odiado a través de buenas acciones… que buen reto. No creéis? este tío está totalmente majara

Verano sarcásticamente frío

Volvemos a la rutina del año pasado: cuando a uno no le da la vida en el año académico, menos le da cuando termina el mismo. Parece un axioma que se va cumpliendo desde que pasé mi primer verano currando como un chino, a lo que me pregunto, desde cuándo fue eso si un chino vive sujeto a la tienda de alimentación de sus padres… y si no es eso es el restaurante.

Esas ansias de tomarse un descanso siguen presentes aún habiendo terminado los exámenes, ese deseo de irse de aquí, de la ciudad, de Madrid, de España… incluso ahora me cuesta creer que cada vez queda menos para lograrlo y no volver. Cómo definirlo, ¿un sentimiento de melancolía y alegría al mismo tiempo? A medida que ha ido avanzando la primera mitad de este año, menos motivos he ido teniendo para arraigarme aquí.

Desde que terminé el curso estoy durmiendo fatal, a razón de 3 o 4 horas diarias, poco más. (Sólo os digo que fui a la revisión de una asignatura suspensa de empalme, y ahora está aprobada – sacad vuestras propias conclusiones). Vuelvo del trabajo exhausto y a la mañana siguiente tengo que estar ‘vivo y coleando’ para hacer recados… Y lo que es peor, cuanta más comida verde ingiero, peor duermo. Parece que lo de ser sano no va conmigo, porque me veo que a este paso, como haga ejercicio me da un yuyu.

Anoche fue el colmo. Primero porque hacía calor, segundo porque estaba muerto de cansancio y no lograba dormirme y tercero porque acabé pensando en cosas que no debería sabiendo que hoy es una fecha de cumpleaños de cierta persona. Ya no sólo eso, sino porque estaba notando que volvía a ser ‘mi otro yo’, el que vuelve a ser incapaz de concebir el sueño ni con medicamentos.

Muchas veces me sorprendo de mi propia capacidad de pasar desapercibido de entre la gente, pienso que debe ser porque no soy de mucha ayuda para intentar solucionar los problemas que me comentan, porque soy introvertido o soy más sincero de lo que debería, porque soy un soso o porque soy feo – todo parece indicar que es esto último. Pero paradójicamente y al mismo tiempo, puedo ser el centro de atención de otras muchas sin pedirlo ni requerirlo, para asuntos que son minucia. Lo peor de todo, es que pongo demasiada carne en el asador para limar esos pequeños defectos que apenas tienen importancia alguna. A veces pienso que soy bipolar.

Lo mismo puedo estar esparciendo queso rallado sobre unas patatas fritas sin darme cuenta de que muchas de ellas siguen crudas o estar envolviendo una caja de regalo con sumo cuidado habiéndome dejado el regalo en sí fuera de ella. Es cierto que eso es de ser un descuidado y patoso, pero no os sé poner un ejemplo más gráfico que esté extrapolado a mi vida personal.

Otras veces me pregunto si lo que estoy haciendo es lo que de verdad me está gustando. Me refiero, a los estudios. Desde pequeño me ha ido gustando la cocina, mostraba interés en ella pero sobre todo curiosidad. Recuerdo que a los 5 años me pasaba tardes y tardes en el restaurante de mi tío cogiendo gambas de un mini-bidón, pelarlas y echarlas en otro donde van aquellas sin cáscara mientras veía a los cocineros preparando platos en los fogones a toda velocidad. Digamos que esto ha quedado latente hasta hace bien poco, llegando al punto de plantearme si dejar la carrera y empezar a aprender de cocina. Me parece un mundo cuanto menos fascinante en el que en lugar de contentar a personas a las que le sobra el dinero llevando sus cuentas de empresas, trataría de contentar el paladar de personas les guste o no la gastronomía: Comer es un placer, junto con el sexo y la tristeza.

Y otra de las cosas que me he estado planteando es el de tener o no pareja. A veces me siento en la necesidad de tener a alguien que me acompañe por diversos momentos de mi vida, en la que pueda confiar y con la que pueda estar a gusto, sin embargo, cuando mi parte racional entra en acción, inmediatamente comienzo a poner en duda todo lo anterior: si no sé cómo tratarle, si no tengo tiempo para ella, si me es mejor desconfiar de todo el mundo y un largo etcétera que muchos os habréis planteado. Luego me acabo dando la razón en esto último, porque cuando intento decirle a alguien por qué le quiero es como describir que una catedral es un cúmulo de piedras apiladas que terminan en punta. Y si lo intento demostrar con actos, acabo dando la impresión justamente contraria.

Al final acabo teniendo la cabeza como un bombo tras plantearme tantas memeces: me harto, me indigno conmigo mismo, me pongo a patalear en la cama cual bebé descontento. Me resulta aún más imposible dormir y me visto como un indigente – es decir, como suelo hacer -, cojo las llaves y me voy de casa. Arranco el motor, enchufo el móvil al coche, pongo una mezcla de canciones deprimentes de The Cure, LoL y The XX y salgo para la sierra. Dejo el coche al lado de una gasolinera, me bajo, cojo mi linterna y me siento en la orilla del embalse de Santillana a contemplar el reflejo del cielo que, poco a poco, va amaneciendo. Tras calmarme y a pesar de no tener ninguna de mis ideas claras, me vuelvo a subir al coche y me voy a una de mis carreteras favoritas a pegar acelerones, frenazos y giros bruscos -NO RECOMENDADO si apreciáis vuestras vidas-.

Llego a casa un poco antes de que despierten mis hermanos. Para ellos habrá sido una noche cualquiera de su rutina escolar, para mi ha sido una noche dura y a la vez gratificante. Tocaba dormir apenas 3 horas antes de volverme a poner en pie y ponerme a discutir con la señora de banco…

Ya no sé si soy un inmaduro, si estoy creciendo demasiado rápido o si estoy envejeciendo prematuramente. Mi vida ahora mismo se asemeja a la de un pollo sin cabeza, correteando por el corral sin rumbo fijo (cuándo no lo ha sido?). De verdad, admiro cómo las personas consiguen llegar a su etapa adulta sin volverse locas. Y las envidio. Y las desprecio.

Buenas madrugadas. Hoy al menos me esperan 4 horas de sueño.

PD: esta entrada debería de haberla escrito y publicado antes de las 12:31 de hoy, antes de escribir un SMS de felicitación que tal vez, no debería de haber enviado para no romper con la costumbre de ser el último en felicitar a alguien. Me vas a odiar, y no poco.

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Las sosial net-uorcs.

Entrada sin sentido. Nº2.

Las redes sociales y la mensajería instantánea cada día me sorprenden más. Ya desde sus comienzos se vendían bajo eslóganes referidos a salvar las lejanías, a sentirse como en casa, comunicarte con los más allegados o compartir momentos al instante con otras personas, entre otros..

Estos dos servicios y la tecnología siempre han ido juntas de la mano; a medida que los dispositivos de bolsillo han ido incorporando nuevas funciones, la mensajería instantánea ha ido implementando la transmisión de distinto tipo de contenido: fotos, vídeos, voz o incluso la localización en la que te encuentras. Sin embargo, en los anuncios – sobre todo de móviles -, intentan convencernos de lo guay que es el móvil: que te llamen y salga en la pantalla la foto de quién es, que envíes una foto a tu amigo de la tarta que te vas a comer, de tener a golpe de vista las actualizaciones de tu Facebook, de saber el tiempo que hará mañana en tu ciudad (aunque no siempre se cumpla) y un largo etcétera de funciones que no siempre usamos. Y pongo el ejemplo del móvil porque muchos de vosotros os moriréis de ansiedad el día que paséis sin tocar un móvil. Es lo que tiene la dependencia en un dispositivo que reúne casi todo lo necesario para comunicarse.

Pero intentando no desviarme del tema, porque a día de hoy es imposible no relacionar redes sociales/mensajería instantánea y móvil, esta especie de conexión permanente al correo y en especial, a internet ha acabado influyendo demasiado en la manera de relacionarnos con las personas, permitiéndonos hablar con cualquier persona de manera instantánea y lo que más le importa a la gente (al menos de este país): GRATIS! – no, no contemos la tarifa plana, no contemos lo que vale el Whatsapp, no contemos la electricidad que consume, nada. Eso no se cuenta, por favor.

El nicho de mercado que han sabido aprovechar las redes sociales, véase Facebook o Twitter (por mencionar las más grandes), se ve atraído por esa necesidad (creada) de transmitir la vida ‘al instante’, de sentir imperiosamente que uno tiene que contar en 140 caracteres lo que está haciendo o deja de hacer, de subir la foto de turno por el mero hecho de subir foto y actualizar un poco el perfil porque está inactivo. Esa serie de cosas que inconscientemente realizamos cuando la mierda esta nos engancha. “Estoy haciendo …”, “Estoy viendo… “, “Estoy con @ … “… Estoy, estoy, estoy; sí, estás, pero podrido por dentro.

Sin embargo, no sólo estas empresas tienen la culpa (o sí…), sino quienes usan sus servicios se ven reflejados de manera directa en él, es decir y que valga de precedente, personas autoconvencidas que su perfil de Facebook es “ella misma” en el mundo digital. Susceptible de ser criticada de la misma forma – o peor – a través de los comentarios que la gente pueda escribir en su perfil tras haber ojeado toda su biografía. Acabando por dejar bonito su “yo digital” ante el miedo del ‘qué dirán’, cosa que me parece, cuanto menos, inútil.

Nuestras relaciones están cambiando indudablemente… No hace falta mencionar a las compañías de chats, cuyos programas nos envían notificaciones constantes a todas horas. Estés en la calle, en misa o encima del Señor Roca. De eso que la gente te empieza a hablar sin parar y el móvil, en vez de móvil parece el loro; requiriendo de tu presencia cada dos por tres. Que sí, que está bien poder hablar con quien sea, cuando sea; pero personalmente creo que debería ser bajo ciertos límites. Hay asuntos que por su transcendencia, creo que no deberían ser hablados por Whatsapp (por poner un ejemplo), el caso más extremo al que he llegado a encontrarme ha sido que alguien me notificara el fallecimiento de un familiar a través de Whatsapp, tal cual: “Oye, que se ha muerto ‘x'”. Fin.

Tenemos tantos contactos en nuestra agenda personal y de entre ellos, sólo nos comunicamos con dos o tres personas asiduamente; el resto son gente conocida a la que se acude cuando uno necesita algo. Fin (x2). Aparte, el 90% de las veces en las que uno habla con alguien, es vía mensajería instantánea; lo que hace que me pregunte a veces, dónde cojones han quedado las llamadas. Los SMS, no se salvan porque viene a ser lo mismo que un mensaje por IM (y aún así mantienen una esencia que un mensaje por Whastapp no tiene!), pero las llamadas… aunque sean por programas de móvil que lo incluyan, pero joder, parece que hoy en día nadie llama por teléfono para preguntarte si quedas con fulanito, para decirte que te quieren quemar de nuevo tras quemarte vivo o para decirte que te echan de menos, etc. ( :__ forever alone)

Luego está el tema de la privacidad. Hace unos años conocí a una persona que llevaba este tema en las redes sociales a rajatabla; ella tuvo sus motivos después de malas experiencias y yo ahora comienzo a vivir en carne el por qué. Digamos que el fin con el que quiero pensar que fueron creadas las redes sociales es para mantener el contacto con las personas de tu círculo más cercano y compartir tus momentos con ellos de manera ajena y privada a los demás. Pero cuando empiezan a llegarte amenazas o insultos de personas que no conoces a través de ellas, pues la verdad, agradable no es. Que sí, que he conocido a personas maravillosas a través de ellas porque en su momento tuvieron la curiosidad de buscarme por las redes sociales; pero ya empieza a cansar… Asi que eliminar el problema de raíz es lo mejor.

Y ya no hablemos de aquellas personas que se quedan fuera de poder ver el contenido que publicas en las redes sociales, sino de esas otras que se consideran amigos o ‘personas conocidas’ que sí pueden ver lo que pones en las redes al instante. Y aquí pongo Twitter porque es el sitio de referencia en cuanto a “cosas instantáneas”. Las veces que uno tiene que lidiar con personas que se dan por aludidas ante comentarios que pones por Twitter, aun no teniendo ni la forma ni la intención de indirecta, es cuanto menos, cansino. Te abren conversación por privado (y de nuevo volvemos a las aplicaciones de mensajería) al instante de haber escrito tal comentario como si estuvieran exigiéndote explicaciones de por qué has puesto eso, por qué va para él, por qué…

PORQUE ME SALE DEL NABO. CON DOS COJONES. Es como estar en una cárcel videovigilada durante las 24h al día, como si te estuvieran acechando todo el rato, pendientes de ver qué o qué no vas a poner… Digo yo que soy libre de poner lo que me venga en gana. Demasiado victimismo veo por aquí, dándose por aludido con las indirectas; se ven muchos rostros ocultos soltando perlas por Twitter. Así que Twitter a tomar por saco.

En fin. Acabo pensando que las redes sociales sí mejoran en cierto modo nuestra vida social en cuanto a que nos permiten comunicarnos con personas de nuestro entorno sin mayor dificultad que un par de clicks; sin embargo, hemos convertido una posibilidad que nos ofrecen, en una necesidad; lo que muchas veces acaba en obsesión y no es saludable, según el Gobierno de Españistán.

Cada vez más comunicados y cada vez más solos. Una pena..

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Al fin tengo un respiro, al fin es Semana Santa. Lo necesitaba, lo ansiaba, lo buscaba cual tesoro perdido en el fondo del mar: unos escasos días de vacaciones. A medida que uno va avanzando por su etapa universitaria, va notando cómo el tiempo intenta lanzársele al cuello al mínimo descuido o cómo la acumulación de tareas parece un castillo de arena esperando a que venga una ola y se lleve todo por delante. Cada vez que toca levantarse de la cama parece tan jodido como subir una montaña escarpada y cualquier rato libre, caída libre por un acantilado. Es algo así como una monotonía abrupta.

A veces, muchas veces y sobretodo en estas dos últimas semanas; en el poco tiempo libre que tengo me tumbo en la cama con los auriculares puestos y empiezo a escuchar música ambiental hasta quedarme dormido.

Nota: Como podéis observar, no estamos en Semana Santa. Cosas que escribo y no consigo terminar 1. por falta de tiempo y 2. porque no termino escribiéndolo como me gustaría. Sigo pensando que esta entrada (al igual que la mayoría del resto) no merece la pena ser leída. Que conste, quien avisa no es traidor.

Esta vez hacía oscuro, aunque entraba algo de luz, tenue y débil, solamente con fuerzas para atravesar las desgastadas cristaleras que forman la cubierta del centro comercial. Allá donde perecían los halos de luz, comenzaba el imperio de las sombras tal y como dicen: “Donde haya luz, habrá oscuridad”.

Los pies posaban sobre una especie de suelo formado por baldosas, si se les podía llamar así, puesto que no había ninguna que estuviera entera: las había agrietadas, partidas por la mitad, hechas añicos o incluso, pulverizadas. Parecía el mismísimo “Cementerio de las baldosas”, sólo que a diferencia de un cementerio normal no había nadie que les llevara flores y las colocara sobre sus tumbas. O tal vez era yo el ramo de flores que habían dejado tirado allí.

A medida que iba avanzando por las galerías del centro comercial, me iba dando cuenta de una cosa: todos los locales estaban completamente destartalados y vacíos. Paredes que alojaban en su interior un denso aire que olía al olvido y otras muchas cosas que uno no es capaz de recordar. Daba la sensación de estar en una especie de baúl en donde uno almacena todos aquellos recuerdos y sensaciones de los que se quiere despojar: por cada inhalación de ese aire limpio y turbio a la vez, uno se iba llenando de pensamientos negativos constantemente.

Ya casi en estado de desesperación, empezó a llover de la nada. Una persona normal buscaría cobijo en uno de esos locales vacíos, pero en cambio, la irracionalidad llevó a subir unas escaleras que parecían elevar a uno al mismísimo cielo (nublado y tronando) en el que tal vez se encontraría con Dios sentado en un cómodo asiento de clavos y espinas, pero no. Uno subía y subía y lo único que conseguía era pensar que estaba de excursión escalando varias de las Pirámides de Egipto a la vez.

Al llegar (al fin) a la cima, lo único que vislumbre fue una plataforma cuadrada, sin paredes ni soporte, como si estuviera flotando en medio del aire a excepción de la única vía de salida y anclaje al suelo: las escaleras que había subido como un descosido. En el centro había un quiosco con una marquesina bastante amplia que estaba cobijando a una chica de espaldas a mí, de estatura mediana, tal vez le sacase una cabeza o dos, vistiendo el típico vestido de seda que llevan las niñas guapas de las películas de miedo que sin embargo, no era tan llamativo ni extravagante como su piel.

Era pálida, mejor dicho, era la nieve personificada que parecía brillar en medio de la penumbra de aquel lugar, ahora húmedo y ‘llovizno’. Me quedé observando un rato a aquel cuerpo delgado y frágil intentando que mi presencia no hicisese, válgase la redundancia, acto de presencia. Daba la mala espina de estar observando a una persona en sus últimos momentos de vida que desprendía un gran aura de tristeza. Notaba como si cada partícula de aire que entraba por mis orificios nasales (no he podido evitar acordarme de Bobobo) iba desgarrando mis pulmones por dentro a base de melancolía. Como si tuvera a un niño pequeño tirándome del pantalón y suplicándome entre llantos y moqueo que le comprase un Chupa-Chups, solo que en este caso me pedía que por favor, le comprase un poco de felicidad.

Eso era el infierno y lo del cine: mero montaje de fuegos y efectos especiales. Quise acercarme por detrás para darle un abrazo emulando a aquellas películas en las que si abrazas a alguien por detrás, todo irá bien. Deposité mis manos encima de su vientre y ella sus gélidas manos sobre las mías. Y me di cuenta. Me di cuenta de que el cuerpo que estaba abrazando era aún más frágil de lo que aparentaba. Transmitía frío, mucho frío, tenía ganas de decir “Winter is coming” pero tal vez no fuera el momento más apropiado.

Su pelo y su cuerpo no desprendían esencia alguna que mi olfato pudiera captar. Resumiéndolo burdamente, estaba abrazando a un bloque de hielo bajo una marquesina de un quiosco que está sobre una plataforma casi flotante en mitad de un centro comercial abandonado. Todo con mucho sentido oiga. Y a pesar de ello, yo estaba inmerso en su mundo. Me encontraba tan cómodo que estaba deseando que no escampara nunca.

Sin embargo, la racionalidad de mi irracionalidad me dijo que allí no podía estar para siempre; que esa puta escena no tenía (puto) sentido. Por lo cual, como se dice que las actuaciones irracionales son el primer motivo racional por el cual las volvemos a repetir, procedí a realizar algo más sensato: me solté de ella, pasé al lado suya sin reparar en el rostro de la persona a la que dí un abrazo y sin despedirme de ella (al fin y al cabo, las despedidas no eran mi punto fuerte) me tiré al vacío desde aquella plataforma flotante. Después de todo, desde pequeño he tenido la curiosidad de saber si me podía morir o no en los sueños. O aquello no era un sueño..

Sentir que la cabeza es la parte de tu cuerpo que va cortando el aire verticalmente, es muy agradable; parecido a poner la cara en frente del ventilador al máximo, con la única excepción de que no te pegas una hostia padre al final del trayecto.
Iba cayendo, cada vez incluso más rápido pero no veía el suelo acercarse a mí y por un momento me pregunté si me había pasado tres pueblos subiendo escaleras.

Como por arte de magia, noté que alguien me abrazó por detrás en plena caída. Reconocí ese mismo frío al instante. Era la misma chica de antes. En cierto modo me alegré porque volví a abrazar, no, mejor dicho, me abrazó – en mitad de una caída libre-; pero en lo que uno lee estas línes, entristecí. Aquel cuerpo que me abrazaba parecía haberse consumido un poco más desde la última vez.

Quise girarme y ver quien era, poder decirle un par de mis nefastas palabras que nunca funcionan para animar a la gente y antes de darme cuenta, vi el suelo estamparse contra mi frente. ¿El final? Siempre el mismo: acabo despertándome sin saber qué se siente cuando uno muere en un sueño. Decepcionante.

Intentos de autoconvicción.

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro. Me gustaba la idea de ser aquel operador que manejaría uno de esos armatostes de metal con los que circular sobre los raíles que hay dentro de esos inmensos túneles bajo la ciudad de Madrid, más que nada porque supuse que me haría sentir cual guerrero ‘salvatore’ portador de una antorcha sagrada que ayudaría a los aldeanos a escapar de las zarpas de la oscuridad que tanto abundaban en aquellas mazmorras. Mazmorras que sólo él y sus compañeros de oficio conocerían como la palma de su mano. Sin embargo, las caras que podía vislumbrar a través de los cristales de la cabina del conductor no se asemejaban ni por asomo, a la de ese guerrero orgulloso de salvar las vidas de otras personas que yo tenía ideado en mi mente; sus expresiones faciales eran nulas como las de un robot sin vida y de vez en cuando, si les daba por mirarte, te fruncían el ceño.

Fue entonces cuando por curiosidad pregunté a mi madre acerca del porqué de aquellas caras que se parecían a las de una persona inerte y tras toda una explicación que por aquel entonces no logré entender, mi sueño de querer ser aquello se vino abajo. Tuve la enorme ocasión de preguntar a varios operarios que trabajaban en el suburbano acerca del oficio y todos me contestaron: “Monótono y aburrido“. Yo no buscaba algo que a la larga fuera lo mismo una y otra vez, debe ser como estar enroscando un tornillo a un mismo juguete durante mil horas seguidas.
Llega por tanto, el clásico momento en el que uno se plantea: “¿Dónde está la frontera entre la vocación y la realidad?” Solemos pensar que lo más óptimo -aparte de que te toque la lotería- es trabajar en lo que te gusta y obtener una buena remuneración con la que vivir plácidamente, pero la realidad no siempre es así a no ser que te guste fastidiar la vida de otros desde lo alto, vease, políticos incompetentes de este país.

El otro día, la típica frase de “La vida es demasiado corta para dedicarte a hacer algo que no te gusta” fue presa de mis oídos. A pesar de que pueda ser cierta, me parece y con perdón, una de las más soberanas gilipolleces que he escuchado. No es que yo no sea un optimista (que intento serlo aunque recaiga mil y una veces) sino que ya me parece demasiado idealista. La argumentación es la misma que la de antes, ¿hacer lo que a uno le gusta de verdad le da como para vivir como le gustaría? Ya no sólo me refiero a cuestiones económicas sino a nivel de satisfacción personal, por un lado por el hecho de preguntarse a uno mismo “si vale para eso que le gusta” y por el otro porque aquí parece que felicidad equivale a tener éxito en la vida de uno mismo sin pararse a pensar que un fracaso ahora es una victoria futura.

He intentado convencerme a mi mismo de que podré llegar lejos y cumplir ciertas promesas que tengo con mi entorno cercano, de poder trabajar en aquello que me gusta y tener una situación estable que (seguramente no) me proporcione la felicidad que ando buscando. Si es que ando buscando algún tipo de felicidad, claro. Pero es entonces cuando al día siguiente de haberte propuesto alcanzar tu meta te empiezan a llover porrazos por todos los costados, porrazos que no te daban cuando estabas indeferente ante todo lo que se te pusiera delante; es como si pasaras de un “Me da igual todo” a un “Joder vaya mierda de vida, nada me sale bien, soy un inútil, etc, etc…”.

Cuesta no desviarse del camino que uno mismo intenta recorrer alternando los planes de vida que se tiene consigo mismo y con lo que el azar le depare; pero, como yo tengo muy mala suerte para todo pues no me queda otra que planear todos y cada uno de los detalles de mi “futura vida”. Sí, de esa vida del paraíso musulmán en el que me esperarían 72 vírgenes con los labios brazos abiertos. ¿Acaso os pensabáis que me refiría a la vida real?

Además, algo de lo que la gente me intenta convencer es que si uno llega alto en la vida, es porque lo ha hecho a costa de los demás, lo que moralmente no sería justo. Pero sin embargo, si a uno le es indiferente la situación que vive actualmente (o que pueda vivir en un futuro) es que es un conformista (lo que tampoco es moralmente correcto). Entonces, mi cerebro comienza a sumergirse en una laguna mental en la que se debate si no hacer nada o pegarse un tiro y más cuando lo que uno mismo está estudiando tiene que ver con la economía y el derecho; carreras que no son más que reminiscencias al puro darwinismo de “Quien vale sobrevive y quien no acaba pisoteado”.

Y es que, cada vez que leo esa última frase, pienso que yo tengo que tener algún valor y sí, me autoconvenzo de que yo valgo poco, de que no soy nadie excepcional, ni fuera de lo común; sino meramente ordinario y corriente. Mucha gente se piensa de que esta actitud mía es para atraer la atención: “Es que te valoras poco porque quieres que te digamos que no es así”. Y no, se agradece que la gente me dé valor, pero no es lo que voy buscando.; porque cualquier día de estos, desaparezco y el valor que se me puede dar podría ser perfectamente el que tiene el hámster muerto de Justin Bieber; es decir, basura, mierda o cualquier sinónimo que se os pueda antojar.

Lo que busco es ir mejorando ese poco valor que me doy. Diría que sería algo así como “Intentar ser mejor persona”, pero eso queda muy Hollywood y no va conmigo (aunque me llamen peliculero).

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro… ni la última vez que dije que quería ser feliz.

B.

Los que me conocen saben que muchas veces me entra el venazo de exigirme más de lo que puedo hacer o llegar a ofrecer, me ordeno dar más de mi cuando ya he llegado a mi límite superior y las cosas, como es de esperar, salen estrepitosamente bien mal.

Esta tarde tengo una competición de Rubik y cada vez que lo pienso, me recuerda a las anteriores veces que he ido a torneos similares. En todas las veces excepto una, he ido solo, por mi cuenta, sin llevarme a nadie conmigo, bien fuera en Madrid, Valencia o Bilbao. Y justo al llegar al lugar donde se celebra tal evento, me vengo abajo.

Sí, he de reconocerlo, soy un envidioso en muchas ocasiones; aunque de esa envidia sana, o eso quiero pensar. Me vengo abajo porque la gran mayoría de participantes van acompañados de alguien: amigos, pareja, familiares, compañeros, etc… Veo que los acompañantes graban en vídeo al participante, le hacen fotos, le animan, le felicitan cuando lo hace bien y todas esas cosas que se supone que no tienen por qué hacerlas.

Yo lo veo y no se me ocurre otra cosa que saciar ese ‘vacío’ juntándome de strangis con algún grupo de competidores y participar en la conversación (aunque no tenga ni idea del tema que hablan), de hablar con los jueces, mezcladores, colarme en alguna entrevista de la tele… Lo que sea por no tener esa sensación de soledad (y mira que el ambiente suele estar animado).

Luego cuando me toca participar a mi, me quedo esperando en la ‘sala de espera’ a que me llamen (mal) por mi nombre, salga al escenario principal, resuelva un cubo y me vaya. Echo la mirada a los espectadores y no hay nadie que grite un “Venga Henxu!”, pues los únicos que me dan ánimos son los jueces y compañeros (competidores míos al fin y al cabo) de al lado. Cuando sale bien, lo celebro, cuando sale mal, me frustro y me lo llevo conmigo mismo.

Me siento de nuevo a la espera de que me vuelvan a llamar y mientras, pienso que no encuentro la motivación suficiente como para creer que las cosas me vayan a salir bien. No sólo depende de cómo de rápido y preciso sea uno capaz de mover los dedos, ni lo que tarde el cerebro en procesar la información que ve a través de los ojos, ni su concentracón y/o capacidad de predecir el próximo giro o movimiento, ni tampoco únicamente de cómo de frío o caliente tenga las manos. Sino también influye el estado anímico y no poco. Unos escuchan música para prepararse, otros leen libros mientras esperan, otros tienen otro cubo en la mano, otros ninguno y otros como yo, se dedican a pensar cosas como estas. (Debo ser el único).

Y sin embargo, usando un poco de razón llego a la conclusión de que lo mejor es acudir a torneos así solo, sin que nadie me acompañe. Parece totalmente contradictorio que tenga envidia de aquellas personas que van acompañadas de su entorno cercano y que luego piense que lo contrario es lo mejor. Más que nada porque conociéndome, cuando algo me sale mal y se me mete en la cabeza que lo he hecho mal, no hay dios que me convenza de lo contrario.

Son de esas situaciones en los que pudiendo haberlo resuelto en 13 segundos, se me queda en 16 por un pequeño fallo. Uno se empieza a recriminar lo tonto que ha sido, se repite el “pero cómo no lo vi antes” o “por qué no hice lo otro” y comienza a sumergirse en el torbellino de WC que se forma cuando uno tira de la cadena. Y para estar negándole los ánimos que te da alguien, pues como que mejor ir solo y no hacer sentir mal a nadie más que a uno mismo.

Luego está el hecho de que no todo el mundo muestra el mismo interés hacia esto. Para unos es un sinsentido, para otros es un coñazo, otros piensan que es de frikis sin vida social, otro que si tal que si cual. De hecho, si ya me cuesta a mi estar muchas horas seguidas rodeado de un ambiente en el que no paran de sonar el ‘crac crac’ de las piezas de los cubos al moverse, no me imagino a esa persona ajena a este ‘menester’. Gran par de ovarios y/o huevos debe de tener para aguantar todo eso.

Y por último, prefiero que el tiempo que pasasen viéndome hacer un cubo subido a un escenario para luego frustrarme, lo aprovechen en alguna otra cosa que les sea más gratificante para ellos, por así decirlo. Y más cuando andamos quejándonos de que nos falta horas en los días y que cuando se tiene tiempo libre se le pasa volando.

Es una especie de encuentro conmigo mismo… Aunque hoy, y siendo viernes, no tengo ganas de nada.

La invisibilidad visible.

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí. Aunque hoy, llevo todo el día metido en la cama intentando que mi cuerpo se recupere de un constipado de tres pares de narices. ( 2×3= 6 narices ).
Esta entrada de blog no es apta para personas sensibles, que odian leer tostones, materialistas o que tengan la vanidad como bandera; no me hago responsable de efectos secundarios como cabezazos contra la pantalla, mobiliario roto o insultos a mi persona, a mis ancestros o a toda la corte celestial. Es broma. O no.

Muchas veces me he preguntado si aquellas personas más guapas tienen una vida más fácil que aquellas personas que ‘no son tan guapas’, es decir, si las personas atractivas logran conseguir más fácilmente lo que quieren que aquellas personas que aparentamos ser ‘mediocres’.

He de confesar, y que esto quede entre tú y yo, que hace unos años me podía tirar horas y horas delante del espejo mirando mi físico (¿Quién no ha estado delante del espejo y se ha guiñado un ojo a sí mismo más un beso sensual al aire?), criticando mis defectos una y otra vez mientras negaba que yo tuviera virtud física alguna. Era asiático (sigo siéndolo, creo) y la mayoría de los rasgos corporales que definen a un asiático-chino los había heredado por ser eso, chino. Bueno… los típicos mitos y no tan mitos de: ‘la tienes pequeña’, ojos negros y rasgados, pelo negro, y que “todos los chinos somos iguales”.

Desde pequeño no había creído que yo fuera un chico con apariencia ‘normal’ sino creía que era el chico más feo del mundo mundial, pensando que no habría cosa más repugnante que un chinito-gotelé pelo seta en un colegio de monjas rodeado de personas con gran variedad de rasgos físicos y complexiones. Ojos, pelo, forma de la nariz, mandíbula, cuerpo, piernas, pecho, etc… Era un chico enviodoso de todo lo que me rodeaba.

Lo peor de todo es que eran cosas que comentaba a mis padres. Les decía que pensaba que yo era el más feo en comparación con todos esos niños de clase pero no llegué a pensar en qué es lo que sentirían ellos cuando escucharan de boca de su hijo tales palabras… Obviamente, mi madre de vez en cuando me decía que era la cosa más linda que jamás había visto. Aunque a partir de los cinco años dejó de hacerlo cuando me dijo eso en la puerta del colegio y yo solté algo así como: “Mamá, deja de decirme esas cosas porque no es verdad, soy mucho más feo que cada una de las personas que me rodea en clase”.

Como podéis observar, el hijoputismo me viene desde pequeño. (Mamá, si algún día llegas a leer esto, que sepas que te quiero).

En la adolescencia, tras haberme esquilado gran parte del cabello que formaba mi caparazón de tortuga craneal; comencé a obsesionarme con el pelo. Por entonces lo tenía más corto, no más de medio dedo de largo y casi todas las veces que salía de casa me podía tirar diez o veinte minutos engominándome el pelo para tenerlo de punta, a lo “Asian”. Me ponía histérico si alguien intentaba ya no tocar el pelo, sino intentarlo.

Pensaba que mi pelo era algo así como: “Esto, ves esto? *señalando y encuadrando mi cabeza con gestos* esto está fuera de tu alcance, no se toca, sólo se mira. Aunque el resto del cuerpo está disponible para lo que quieras”. Sí, así de gilipollas llegué a ser durante una corta temporada. Sobretodo cuando llegaba a clase y veía a esas dos chicas que por entonces me gustaban, pasar de mi como si de una persona invisible se tratara.

El no ser agraciado físicamente era una desventaja para llevarlas a mi terreno, por lo que intentaba aprovechar mi (escasa) personalidad, mi pelo o mi manera de tratarlas. Y cada vez veía más cerca mi perdición. Observaba cómo esas dos chicas acababan saliendo con chicos más altos que yo, más musculados y robustos, más guapos, etc… y recordaba entonces la escena en las que yo les pedía salir y me rechazaban con un “Oye Heng, no me gustas, pero eres muy mono. Si quieres podemos ser amigos”. *friendzoned*

Comencé a pensar en que este mundo era una mierda, en que no importaba cómo trataras a la gente que te rodea sino que lo primordial era tu apariencia externa. Comencé a juzgar entonces a las personas por sus apariencias, nombrando a cada persona atractiva de “Esa persona seguramente sea muy superficial” y me consolaba diciéndome cosas como: “Me alegro de no ser tan atractivo como esa persona porque eso me convertiría en un douchebag” (Literalmente significa ‘ducha vaginal’ pero se utiliza para llamar a una persona “sinvergüenza, desconsiderado, prepotente”).

Pero en realidad, por dentro suplicaba a quien fuera: “Por favor, por favor, quiero ser tan guapo y sexy como ellos, aunque eso me convierta en un cabrón, me da igual, quiero ser así de atractivo”. Y luego me quedaba atónito cuando conocía a personas ‘guapas’ que no eran ni arrogantes ni presumidas, que eran de lo más humildes y honradas, personas atractivas por fuera y un panecillo por dentro.

Poco a poco fui desistiendo en mejorar lo que mis padres me habían dado, que por cierto, buen trabajo han hecho. (Ya me estoy saliendo de mis casillas). En quedarme como estoy y despreocuparme (lo justo) de mi apariencia externa. Uno no sabe cuál es el límite entre lo físico y lo emocional, así que mejor quedarse en la línea media por si acaso. Tal vez ser más atractivo te facilite conseguir algunas cosas, pero seguro que no es único medio existente para conseguir algo.

Por eso a veces me pregunto, si todo el mundo fuera ciego entonces, ¿a quién le importaría la apariencia del otro? Me refiero, a pesar de que no veríamos un pajote, podríamos seguir sabiendo cómo es otra persona no?. Las personas ciegas suelen usar su sentido del tacto para ‘ver’ por lo que en vez de mirar cómo de atractivo es alguien, empezaríamos a palpar para ver si alguien es guapo o no.

Como seguramente has podido comprobar, cuanto más grande sea algo, más fácil es para nuestro sentido del tacto notarlo. Entonces me imagino que aquellas personas con los rasgos más grandes (nariz, labios, mofletes, orejas… y otras partes del cuerpo que podéis imaginar) serían consideradas las personas más atractivas. Imagínate por tanto un pasarela de modelos, en lugar de ver gente sentada para observar el desfile, la gente estaría colocada en fila con la mano tendida para sentir a tientas los rasgos faciales de las modelos.

Creo que a donde quiero llegar es que tal vez nuestra definición de lo que es bonito o no está basada únicamente en la limitada percepción que nos puede ofrecer nuestro ojos. Empezar a ‘ver’ con nuestras manos y nuestra propia interpretación de ‘belleza’ tal vez nos cambie nuestro punto de vista. Tal vez el paso más allá es empezar a ‘ver’ con el corazón.

Vanidad