Me gusta, pero a la vez lo odio.

Tras haber pasado dos días sin escribir, después de haber tenido cuatro exámenes (de los que creo que suspenderé dos…); por fin encuentro un poco de tiempo para quitarme el estrés un poco. En lo que llevo desde el día en que empecé exámenes hasta hoy llevaré… 5 horas de “mal sueño” como mucho. De hecho tengo que quitar la lata de Burn de ayer que me he dejado en la esquina de mi cama… Pero bueno, no os voy a hablar del “super buen” ejemplo que da un estudiante de segundo de bachiller. Aquí os dejo esto, nada que ver con los dichosos estudios de mierda…

By Xavier Fargas

Tal vez sea por eso, tal vez todo esto haya ocurrido desde que llegó; desde aquel día en el que empecé a notar mis manos frías, desde aquel día en el que hacía un frío anormal, desde aquel día que cogí un catarro del quince…

Una vez me dijeron que cada hoja de un árbol caracterizaba a cada persona que pasaba por nuestra vida.

Las primeras hojas con las que brotamos, son nuestros padres, seguidos de los hermanos y hermanas con quienes nos juntamos compartiendo nuestra vida; y luego la “familia” de hojas con quienes pasamos otra gran parte de nuestra vida.

A medida que vamos creciendo, nos vamos encontrando a los “amigos“; a alguno de ellos los llamamos amigos del alma, sinceros y verdaderos contigo; luego nos encontramos a los “colegas” con quienes nos acostumbran a animarnos los malos momentos, a colocarnos sonrisas en nuestro rostro; también a aquellos amigos distantes, quienes están en la otra punta de las ramas y nos encontramos de vez en cuando; o esas hojas con las que no te esperabas encontrar y acaban siendo tu “media-hoja“. No todo es positivo, no habría que dejar de lado las situaciones imprevistas, en las que termina saliendo la hoja podrida; roída por el gusano.

Pero cada año, el frío va llegando y esas hojas que te acompañaban se van cayendo… del mismo modo en que tú también te caes de la rama que te sujetaba. El viento va soplando, distanciándote de unas, acercándote a otras, como si de azar se tratara. Más tarde, cuando el viento deja de soplar, te das cuenta de que estás en medio de un montón de hojas; coincidencia o no te encuentras con alguna que ya conoces… y te empiezan a cubrir de algo blanco, a lo que llaman nieve, pero no importa, tienes otras hojas al lado que te acompañan durante este tiempo tan… frío.

Y así puede ser un año; y al año siguiente, en la misma temporada, el viento te envía lejos… bien lejos, dejándote solo, dejándote aparte de todas aquellas hojas que empiezas a añorar, a echar de menos; cubriéndote, después, otra vez de nieve… pero esta vez estás solo y comienzas a tiritar, a morirte… de frío.

Desde hace dos semanas, tiendo a bajar de vez en cuando, al parquecito que tengo debajo de mi casa (pobre bici… la tengo abandonada), sentarte en uno de esos bancos y contemplar lo que te rodea. El banco que suelo escoger mira hacia el norte, teniendo delante, un parque donde puedes ver cómo juegan los niños, envidias la misma inocencia que por una causa u otra, no pudiste disfrutar cuando tú eras un renacuajo como ellos… por detrás, una especie casi de semi-círculo de edificios, de pisos residenciales, donde más de una vez has visto a una señora limpiando su alfombra por fuera de la ventana, echándote todo el polvo encima y más tarde, intercambiando un par de palabras con ella; no siempre agradables.

Miras al cielo, a veces lo ves despejado, otras te da el sol, otras tantas nublado con nubes grisáceas, nubes oscuras, o nubes que empiezan a llorar cuyas lágrimas caen en tus ojos cuando alzas la vista… Otras veces levantas la cabeza con los ojos cerrados, intentando dejar al resto de los sentidos captar todo lo que pasa a tu alrededor, el tacto rugoso del banco; el chirrido de las ruedas de los trenes pasando sobre los raíles; los molestos ronroneos de los autobuses que van pasando por la carretera, de ancianos teniendo su conversación de cotilleos creyéndose que porque ellos no oigan bien; el resto de los mortales nos tengamos que enterar de lo suyo con todo tipo de detalles… niños gritar, niños llorar, niños suplicando para que les dejen estar un poco más de tiempo jugando, y sus respectivas madres; y ahora de manera más frecuente; padres, a regañadientas diciendo que ya es hora de volver a casa o “castigado estás”.

Pero algo de lo que te das cuenta cada vez que miras tu alrededor, son todo ese cúmulo de hojas caídas; de distintas tonalidades de verde, y a veces hasta de distintos colores que llaman más tu atención…

Sí… Un banco, un cielo grisáceo, árboles que se han quedado sin sus hojas, hojas tiradas por el suelo, arrastrándose por el suelo de un lado a otro por culpa del viento, y ese toquecito de frío, típico aviso de que peor temporal va a hacer dentro de poco. Todo esto, crea un ambiente de melancolía, un ambiente en el que te encuentras incapaz de sonreír un poco, de alegrar la cara ni el ánimo, de tener ganas ni ilusiones de hacer algo.

Ese suele ser uno de los momentos en los que disfrutas estar solo, el ambiente es simplemente… perfecto!; pero también es uno de esos momentos en los que la soledad te va comiendo por dentro; es una oquedad dentro de ti que simplemente, no puedes soportar.

Todo esto puede que sea consecuencia del frío, que congela las pocas neuronas (o la única) que queda/an en mi cerebro y deja que el corazón lata, que haga fluir tu sangre por tu cuerpo, sangre que lleva tu estado de ánimo, tus alegrías, enfados y decepciones. Me gusta el otoño, ya no es porque haya terminado un caluroso verano, sino porque el poco frío que hace (aunque este año, insoportable), te hace sentir bien, confortable contigo mismo cuando estás solo, tú contigo mismo; aunque lo odio… la sensación de tener las manos y los pies congelados, de estar cruzado de brazos tiritando y respirando forzadamente, de tener que acordarte de recuerdos supuestamente olvidados cada dos por tres… Todo esto me recuerda a la letra de una canción : “I hate everything about You, but why do I love you?”, y en cierta parte tendrá razón, odiar algo que te gusta, o gustarte algo que odias… qué contradictorio…

Tal vez sea por eso, tal vez todo esto haya ocurrido desde que llegó; desde aquel día en el que empecé a notar mis manos frías, desde aquel día en el que hacía un frío anormal, desde aquel día que cogí un catarro del quince…

Tal vez…desde aquel día en que llegó el otoño.

3.59

5 comentarios el “Me gusta, pero a la vez lo odio.

  1. Milhouse dice:

    Bonita analogía la de las hojas del árbol y la vida. Como siempre un post muy intimista que me ha dejado con algo de frío en el cuerpo, jajaja

    A mi en cambio el otoño-invierno no me gusta nada. Siempre me representa la soledad (como tú bien dices), la tristeza, la muerte…

    Donde esté un sol radiante…

    Por cierto, una foto excelente!!

    Un saludo.

  2. […] hojas de los árboles, pensar en la analogía y hundirme más en el suelo… Mola mucho eso de gustarme algo y a la vez odiarlo. Creía, que si corría más que el horizonte, las sombras del pasado se apartarían de mi camino, […]

  3. […] bring me back to my “Otoño” post back from […]

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