Lucha interior

11:56
Ayer fue 11 de marzo, día en el que recordamos los atentados ocurridos en Madrid hace siete años. Ayer fue 11 de marzo, dia en el que recordaremos los millares (y aún contando) de personas fallecidas en Japón a causa del terremoto de magnitud 8.9 en la escala de Richter.

No queriendo volver a recordar dicha tragedia, ante el sentimiento de impotencia que te abarca por dentro, de no poder hacer nada por la causa excepto enviar ayudas económicas y desear a todos los japoneses que en su unidad y cooperación consigan salir de este bache.

11 de marzo… día en el que aparte de recordar ambos sucesos mencionados, me gustaría dejar constancia en este pequeño espacio, un suceso personal que tiene que ver conmigo mismo (sin ánimo de ser narcicista ante tales tragedias.) Comenzando porque es algo que no quiero que vuelva a ocurrir.

Mis hermanitos y yo, al parecer, no nos hemos llevado muy bien. Recuerdo esos días en los que nació mi hermanito, mi madre tenía toda su atención en él y a mi “me dejaba de lado”. Sí, él era un bebé, yo ya tenía mis siete añitos y si bien notaba esa falta de cariño por parte de mi ma (妈), no me importaba, iba a mi bola.

Nació mi hermanita y ocurrió lo mismo, pero esta vez quien se ponía “celoso” era mi hermanito, que por aquella época (en Suecia) tendría casi 2 añitos. Yo, seguía con mi GameBoy.

A la vuelta, tuvimos que vivir en casa de mi tío durante unos años; conviviendo mis hermanos con un “cierto individuo” de su edad, que sintiéndolo mucho y siendo de mi misma familia, es un “malparido”. Actitudes extremas de un niño de seis años, rebeldía en sus ojos, libertinaje en sus actos, respeto por nadie… Llegando hasta el extremo de llamar puta a mi madre; hecho que me sacó de quicio y por poco no acabó rodando una cabeza.

Tal vez y digo tal vez, haya sido de esa convivencia que mis hermanitos en estos últimos años hayan ido “desarrollando” tales comportamientos que evocan al del susodicho individuo: Contestaciones por todo, rencores que salen a luz al segundo, desobediencia ante su inconformidad de la existencia de normas…

Esas actitudes que yo no toleraba en absoluto que yo observaba en ese niño, he tenido que apreciarlas en carne y hueso en mis propios hermanos. Y duele… duele que tras cuatro años viviendo en nuestro propio pisito que mis padres apenas se pueden pagar, tenga que ver que esas conductas han ido fortaleciéndose. Es como si se encerraran en un caparazón y no quisieran oir de los demás.

Ayer, cayó la gota que colmó el vaso. Tras una pelea entre mis dos hermanos por ponerse al ordenador y jugar, mandé a cada uno a su cama y no tocar el ordenador hasta el día siguiente (es decir, hoy). Durante el corto caminito que hay entre la habitación de mis padres y la suya, mi hermanito sacó su lado que me saca de mis casillas: “¡¿Y tú qué?!”

A raíz de ello, comenzó una discusión la cual tras acabar, volvíome a mi habitación… Y a pocos segundos de sentarme en la silla, otra contestación suya gritando. Lo que me reprochó exactamente no me acuerdo, de lo que sí me acuerdo es que estallé… dejé de ser yo.

Hasta las narices salí de mi cuarto, entré en el suyo y ya no comenzó una discusión, comenzó una lucha de conciencias. En la que terminó con un niño llorando en su cama y su hermano mayor apestado de enfado en su habitación, cuestionándose su propia postura. Ese miedo que tengo de que mi hermano se convierta en un monstruo sin razón ni sentimientos probablemente esté alimentando al monstruo que lleva dentro.

Para colmo, al salir de mi habitación, me doy cuenta de que algo no va bien y giro la cabeza. Sí, mi hermano se había vuelto a poner en el ordenador. Esta vez me intenté calmar, hablar subido de todo de voz sin llegar a pegar gritos que despertaran a todo el vecindario. Le dije “amablemente” que volviera a su cama y que dejara de jugar, a lo que me reprochó: “¿¡Y tú por qué puedes?!”.

Retorciéndome por dentro, por mantener mi tipo y no perder el control, le intenté explicar razonadamente mi postura, la cual no consiguió entender de ninguna manera. Dejé el asunto por sentado y que hiciera lo que quisiera con su vida.

Aparte de haber mostrado a cierta persona una faceta mía de la cual yo no tengo el control, había perdido los papeles, es decir, no se me había caído el mundo encima, sino se me había caído mi mundo encima. Comencé a cuestionarme de nuevo si soy un buen ejemplo para ellos, si mi labor como hermano mayor la estaba haciendo bien, si les estaba encaminando por el buen camino que yo de pequeño no tuve… Esa impotencia (distinta a la que tenía del desastre en Japón) me llenaba por dentro de nuevo.

Todo terminó… Ayer tocó practicar el crying, algo que acabaré llamando como “mi deporte oficial”. Volver a mojar la almohada, soltar llantos, eso que se suele hacer cuando uno se encuentra mal, pero que no tiene ninguna utilidad (excepto desahogarse). Ese afán por agarrarme a mi panda de peluche al pecho ante esa necesidad de tener a alguien al lado…

Recriminándome mis propios comportamientos y conductas, intentando empatizar mentalmente con mis hermanos, pensando en lo congelado que estaba mi corazón en ese momento, no feelings… no thinkings… only sorrow.

Y así continuó el asunto, hasta que caí cansado, fatigado y desamparado en las garras del sueño, adentrándome en un incómodo descanso… en un descanso en los que los sueños o pesadillas en tal caso, vuelven a darle cuerda a tus sufrimientos, golpeando donde más duele, apuñalando a lo que carezco como persona para que no pueda “adquirirlo”, aplicándome el cuento de que la gente no puede cambiar ante mi deseo de deshacerme de una parte de mí que no me corresponde…

Dulces sueños

13:05

If I only could, be running up that hill.

.- Placebo

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