Cielo sordo…

Los días de lluvia son tan… ideales, melancólicos, lúgubres y tristes… Oir el clamor que causan cuando miles y miles de gotas se estrellan contra el suelo, como si intentaran transmitirnos su furor ante la imposibilidad de dejar de caer como efecto de la gravedad. El “Tlop… Tlop” de las gotas gordas que caen desde la parte superior del marco de la ventana, el resoplo del viento que se pierde en las distancias y vuelve para recordarte un: “Existo”, las oscuras capas de nubes que forman un manto negro impidiendo que los rayos de luna alumbren tus ojos…

Salir de la puerta de casa, cerrar la puerta…”PUM!”, sshclick clongk ssh clongk. Bajar las escaleras y abrir la puerta. Viento, mucho viento, llevándose consigo las gotas de lluvia. Gotas que empiezan a caer sobre el abrigo, deslizándose sobre el mismo mientras intentan atravesar esa barrera de tela impermeable, queriendo penetrar en el interior del corazón… ¿Por qué querrán acceder allí dentro?

Pisotear charcos mojados, mojados se vuelven los vaqueros, vaqueros de azul oscuro, oscuro como el cielo, cielo que se cierne sobre tu cabeza, cabeza que no para de pensar, pensar en lo que no deberías de pensar, pensar en que estás atrapado en este bucle, bucle de problemas, problemas fruto de tu mente, mente sin vida, vida sin sentimientos.

Decidir vagabundear por la zona, dar vueltas, andar, dejarse llevar, buscar un lugar donde poder mandarse a uno mismo y a todo el mundo a la mierda, decirlo en alto sin que vengan dos y te metan un puño en la boca con tal de callarte… Continuar errante bajo la cada vez más intensa lluvia, hasta que empiezas a pisar barro. Un parque…

No es el parque al que solía ir, era otro, más grande e ‘impetuoso’. Con un barco pirata enorme de madera para que los niños jugaran en él. A medida que vas andando no dejas de mirar fíjamente en dicho barco, y piensas; ser pirata, poder ser libre y surcar todos los mares que se te antojen en busca de un tesoro… de un tesoro, que quién sabe si existe o no; pero al menos dejarte la piel en su búsqueda y mantener la ilusión de creer su existencia.

Brisas de viento recorren tu cara y descienden por tu cuello, un acto reflejo hace que te tapes más esa zona… pero tu mente no está al tanto, pues, ¿qué importa?. Dejas de mirar al barco, normal, tu cuello no es de goma… continúas una pequeña senda que te lleva a un montecillo. Casi nadie a la redonda, nada más que casas e instalaciones, lo menos a 50-70 metros de ti. Llegas al extemo del montecillo, como si fuera un lugar para descansar, con unos cuantos bancos y una fuente… sin agua, ‘inundado’ con las gotas de lluvia que caen en un intento de llenarla.

Te sientas en el banco. Te quitas la capucha. Levantas la cabeza hacia el cielo y cierras los ojos. Los extremos labiales caen. La sensación de que algo apreta tu corazón es cada vez más fuerte… Tu cerebro deja de mandar, dejándose llevar por el el mismo. Por todo lo que lleva en su interior. Poco a poco, salen las lágrimas mientras intentas controlarlas, pero eres incapaz… Ríos de lágrimas nacen de los ojos y se mezclan con las gotas de lluvia; como si el cielo estuviera llorando contigo, como si pudiera comprender lo que te ocurre, o tal vez lloraba… lloraba de la risa de lo patético que eras…

Fuerzas tu mandíbula, mantienes tu boca cerrada, tus labios ‘abrazados’ entre ellos… Pero tampoco, todo te puede, no puedes controlar nada y sueltas el primer llanto de agonía, a pleno pulmón, y aún así… coges aire y continúas con lo que habías dejado a medias: Sacar involuntariamente todo ese sufrimiento que llevas dentro. Sollozos y rabietas se mezlan con el desconsuelo de no tener a nadie al lado… Eres incapaz, incapaz de detener todo ello y morirte sin más.

Agachas la cabeza, toda mojada por la lluvia, haces que te secas las lágrimas e inmediatamente después colocas ambas manos tapando tu rostro por completo… No puedes parar de lloriquear, pero ahora lo haces por lo bajo tras haberte dejado la garganta gritando al cielo tópicos como ‘¿qué he hecho? ¿por qué a mí?’, pero sin respuesta alguna… como si estuviera haciéndote oídos sordos, y te dejara pudrir en medio de un lugar desolado, sin nadie, excepto tú… y tu dolor.

Pasada hora y media, seguías allí, como cual gato que no se separa de su bolita de lana… atado al banco sin querer irte de ese lugar. Tus manos, pies, rostro y cuelo estaban congelados, y aún así, continuabas disparando a todo el prado con tu escopeta de “que venga un terremoto y me trague la tierra”. Querías detenerte, decir ‘stop’ y volver en ti mismo, algo imposible parecía ser. Pero poco a poco, te ibas calmando tras haber soltado todo… sin embargo, no dejabas de notar la misma sensación de antes, la sensación de tu corazón comprimido, a punto de explotar en pedazos.

Pensar, comenzar poco a poco a reflexionar sobre todo lo ocurrido en tan corto periodo de tiempo. Confusión… Incomprensión sobre lo que sucede, no entiendes nada. Y hasta allí te duró la racionalidad. El resto del tiempo, el protagonista era un simple mecanismo psicológico: la imaginación. Muchas veces es una evasión de este mundo que consideramos como real, pero otras veces es la causa de tu perdición. Bastantes pensamientos negativos rondan tu cabeza, cada cual más o menos negativo que el anterior pero ninguno positivo…

En ese mismo momento, cuando la imaginación está haciendo estragos en los restos del edificio que tanto empeño habías puesto en construir, te derrumbas por completo. Como un castillo de naipes. Frágil, impotente, expuesto, indefenso, necesitado; te preguntas una y otra vez por qué ha tenido que pasar esto… Bien es cierto que cuando una persona pierde la confianza en ti, es malo; si es un amigo… peor, pero ¿y si es la persona que más quieres?, es como si le intentaras convencer a un niño de seis años de que no eres su padre cuando toda la vida de Dios le has afirmado eso mismo, siendo verdad y no una excusa.

Te levantas del banco, apenas de mantienes en pie. ‘Hipotermia… sí, creo que se decía así’- piensas. Vuelves a deambular, bajando el pequeño monte por el otro lado. Llegas a una especie de camino recto, acompañado de árboles, unos flacos y otros no tanto; y de la tenue luz que desprenden las farolas en medio de la lluviosa noche. Sigues recto, lo que tienes de frente se va oscureciendo poco a poco… no, no son las farolas que han dejado de iluminar el camino; eres tú quien se va quedando ciego, quien ante el miedo se mete en su caparazón y lo cierra por completo, quien se niega a sí mismo las circunstancias que le rodean. Decides callejear un rato más antes de volver a tu casa, intentar con ello olvidarte de absolutamente todo. Pero no lo consigues.

Al final llegas al portal de tu casa… pones tu mano en el tirador y lo notas caliente, te das cuenta de que estás en un buen apuro y te das prisa en meterte dentro y entrar en calor. Vuelves a tu casa, todo estaba como antes. Tú vuelves a estar como antes, solo que empapado y helado. La impresión de quitarse las zapatillas, llegar al pasillo de tu casa y mirar al espejo de frente, ir acercándose poco a poco tiritando de frío, estar cara a cara consigo mismo y tocar el espejo. Sobresaltarse, despertarse y preguntarse ‘¿qué he estado haciendo?’… es tan enervante…

Silencio. No ruidos ni palabras. Vas a la ducha y directamente a la cama, sin antes haberte tomado una pastilla para el ingente resfriado que acabas de coger y el dolor de cabeza que está por venir. Tapado, mirando al techo con la luz apagada, te vuelves a dejar atrapar por el torbellino de pensamientos, una y otra vez… de dar cuerda a tus propios problemas. En ese momento no pensabas ‘Tal vez sea el principio del fin…’ y te duermes.

– Paranoias mentales de hace tres semanas que escribes ahora ante la imposibilidad de concebir sueño, de querer dormir y no desear que te despierten hasta que pase un determinado tiempo; como si uno intentara huir de algo en vez de afrontarlo; aun sabiendo que esa no es la solución. Preferir mantener la calma, no alterarse, permitir que el cerebro piense pero que a la vez el corazón sienta… dolor, un dolor que te hace sentir humano, notar que estás vivo. Impedir que intervenga la memoria ni la imaginación y dejar de cavarse uno mismo su propia tumba del malestar. A pesar de todos estos medios, muchas cosas siguen presentes, sentimientos de impotencia y de culpabilidad derivada de ésta misma. Todo sea por seguir proporcionando algo con lo que alimentar a la vaporosa llama de la esperanza, manteniendo plena confianza en ella y evitar caer de ninguna manera en una desconfianza.

Creo que es hora de ir a dormir y de pensar que mañana es un nuevo día. Un nuevo día que tal vez sea igual de monótono y difícil de digerir como hoy… Esperemos que no.

4:55
Paséis una buena Semana Santa en mi lugar.

2 comentarios el “Cielo sordo…

  1. […] A raíz de “Cielo sordo” y de “Pasar de los problemas“, toca… lamentablemente, cerrar el […]

  2. […] … Tan parecido es todo esto a ‘Cielo sordo…‘ […]

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