Primera línea. – Fin


Cuando queremos cambiar las cosas de sitio, de orden….cuando se quiere dar un vuelco a la vida, analizamos lo que se hace mal y lo que no se quiere repetir y pensamos la forma en la que debemos de actuar.
Todo esto significa escribir la primera línea de una nueva historia, volver a rellenar un folio en blanco partiendo desde cero con la pequeña y humilde intención de inventarnos una nueva novela.
El problema parte cuando después de la primera línea escrita, después de concienciarnos de nuestras nuevas intenciones, volvemos a escribir la misma historia de antes…

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Tras casi 8-9 meses, he acabado de comerme las lentejas, he terminado de graduarme en este árduo curso de 2º de Bachillerato entre agobios, depresiones, enfados, y cómo no, algún momento espontáneo de felicidad.
Poder llegar a decir : “Tengo el bachillerato y paso a Selectividad” es algo de lo que uno podría estar orgulloso, de saber que, el hecho de concluir esta etapa, te abre nuevas puertas al futuro… pero depende, depende de cómo hayas terminado. No es lo mismo finalizar con risas y carcajadas que con enfados y peleas.

Me contaron que 2º de Bachillerato era un curso en el que había frecuentes discusiones y polémicas, donde se rompían muchas amistades y la clase se dividía (aún más) en ‘grupillos’. En el que a la hora de planificar cenas, viajes y eventos conjuntamente, la clase se convertía en un campo de batalla, literalmente. Un año en el que los estudios podían afectar a tus relaciones personales, y tus relaciones personales a tus estudios. Y así fue, tales predicciones se hicieron.

Disfrutar con tus amigos y a la vez aguantar a tus compañeros y no tan compañeros de clase; liarte, no con tías, sino a estudiar, quejarte, sufrir y sonreír (falsamente). No puedo negar que haya sido una experiencia de la que se puede aprender muchas cosas, pero si a eso le unes tu vida personal, sentimental, amistosa y familiar…más vale tener un par de huevos para soportar tanta carga encima. Todo desemboca, al fin, en un mar de relax para unos, de lágrimas para otros; si el río no se seca por medio del camino, claro.

Tenía muchas ganas de que llegara el día de mi graduación, para luego poder decepcionarme a mi (y conmigo) mismo. Los chicos trajeados y elegantes, las chicas hermosas y atractivas… en el que notabas que detrás de todo lo exterior, de todas sus máscaras sonrientes y felices, se hallaba un ambiente donde se podía oler el hedor de rencores y odio. Tal vez, hubiera sido mejor no tener en cuenta esto último y ‘disfrutar’ de los últimos días que ibas a pasar con estas personas, que al fin y al cabo, es tu clase.

Toda la ceremonía celebrada en el patio de nuestro colegio fue relativamente bien… hasta que llovió. Sí, tuvo que llover ese día, en ese mismo instante. Indignación y clamores es lo que tal hecho produjo en los asistentes e invitados a tal graduación. Más tarde se reanudó, como se pudo. Podías apreciar cómo mucha gente con la que apenas te relacionas, te pide amablemente que te hagas una foto con ellos; y todo lo que eso conlleva. Eso sí, asombraba ver cómo muchos profesores se emocionaban al vernos todos juntos cuando dos compañeros estaban leyendo nuestro discurso de despedida; hasta el punto de no sólo ver sonrisas verdaderas de satisfacción, sino lágrimas de felicidad; y eso es algo que guardaré en mi pequeño baúl de los recuerdos.

La posterior cena, fue como un día de clase normal y cualquiera. Cachondeo puro, risas y alegría, aunque sin ninguna cara triste por esos lares. Eso sí, en grupillos también; cada uno con sus cosas y lo damos como celebrada (la cena de fin de curso). En este punto, nos ‘separábamos’; los que quisieron volver a casa a descansar y los que quisieron ir a un local a celebrarlo “””por todo lo alto”””. Sí, y lo entrecomillo bastante, porque a pesar de ser un momento ‘once in a life-time’, fue una mierda.

El local iba a ser para sólo nosotros, barra libre de 1 a 5, 25€ por cabeza, bebidas de segunda marca. Al menos eso nos contaron, la realidad fue barra libre de 1 a 4, segundas marcas que parecían de quinta, acoplamiento de otro grupo de graduación de otro colegio, el ambiente humeado de tabaco por dentro ya que un gorila rumano no nos dejaba salir del local, ni siquiera para tomar el aire. Tomadura de pelo por todo lo alto. Ah, la diversión y descojone de ver a gente de tu clase super borracha que no se tiene ni en pie y de las tonterías que hacen, es el punto bueno de la fiesta. Las fotos que se hacen en esa noche demuestran muchas cosas.

Tras la intensa lluvia y el acompañamiento de un amigo muy ‘pedo’ a su casa (que ni podía abrir su portal, porque se le caía las llaves de las manos) llegué a mi casa duchado de alcohol más humedad más… muchas cosas. Me duché, dormí, pensando en que hoy, que nos daban las notas, nos decían “Oye, tú tienes “X” en tal asignatura (etc…), pasas a Selectividad/ o no”. Y muchas actitudes y comportamientos me han sacado de quicio. Ya no sólo por motivos académicos, sino por cómo son (como personas). Caras tristes, alegrías desmerecidas, lloriqueos insultantes, bordería por excelencia y gilipollas como futura profesión son las palabras que califican tal situación.

Y ya no contar si vuelves a casa asqueado y tus padres empiezan a discutir en medio de la tienda con clientes que atender (que luego este hecho se esparcirá como la pólvora, porque estaba la típica señora cotilla charlatana que no calla ni queriendo), y con las culpas sobre mi espalda; cuando lo único que hice fue decir cuánto dinero tengo que llevar para pagar mañana las tasas de Selectividad y matrículas y las notas que he sacado (y no, no discutieron por las notas… raro). Ganas tenías de coger tu mundo interior, pulverizarlo a base de puños y dejar que el viente sople y se lo vaya llevando… dejar de existir.

Tal vez tenga que volver a tirar este folio que acabo de escribir de mala manera, sacar otro nuevo y comenzar otra vez, sin que vuelva a caer en este bucle vicioso de hacer las cosas mal (o que salgan mal, según cómo veas el vaso). De, en esencia, pulir tus imperfecciones.
A veces las cosas malas tienen que ocurrir.
A veces las cosas tristes tienen que ocurrir.

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