Im-paciencia.

Ha sido un día cansado, vaya; ahora con el verano no hay día que no vuelva muerto a casa, con tantas cosas entre manos: trabajos, proyectos, quedar con los amigos, carné de conducir… ¡Más ocupado que con instituto!. Supuestamente, ayer fue 27, intenté no tenerlo en cuenta, pero hay hechos que te hacen tarea imposible no recordarlo.

Tal vez sean cosas que pasan, no porque uno quiera, ni tampoco porque debieran de pasar, sino porque simplemente ‘pasan’, ocurren, happen. Las últimas horas podría decir que han sido un puro infierno, pero no por las circunstancias que te rodean, sino porque (aparte del calor que ya de por sí hace) estás friendo todo tu ser, poniendo toda tu atención, en algo que te corroe por dentro.

Entrar en conflicto con uno mismo es una de las ‘pruebas’ a las que uno se somete durante el trascurso de esto que llamamos vida. Cuando tienes alguna discusión con alguien, la gran mayoría de las veces hay un término medio razonable para ambas partes, pero cuando es consigo mismo, entre cerebro y corazón (vamos, el tópico de siempre); ¿qué sería lo razonable? Falto de razón sería dejarse llevar por el sentimiento y de allí, si tienes mala suerte, caerte por el precipicio una y otra vez; falto de corazón sería ser como una estatua de marfil, no tener sentimientos.

Intentar reconstruir lo que en un pasado no fue y pudo ser no es tarea fácil. Te vuelves a plantear lo mismo una y otra vez; debería o no?. “Ando corto de tiempo, queda una hora para que termine el 27” – pienso, mientras estoy en el mostrador de mi tienda viendo cómo dos ‘conocidos ladrones’ del barrio entran por la puerta. Mi padre, si bien es un despistado, se da cuenta enseguida y me avisa de ello para prepararme a ponerles el ojo encima. Les echamos, sin casi incidentes exceptuando rabia e insultos por parte de los sinvergüenzas; la misma historia de siempre. Al mismo tiempo que llevo la mercancía al almacén y lo ordeno, por mi cabeza no paraba de pasar dos palabras que me había dicho ella hace nada… “te quiero”. Era como una melodía de dos segundos con el modo “repetir canción” activado, y no cansaba de reproducirla una y otra vez en mi memoria.

Tras mucho esfuerzo, calor y sudor de por medio, miro el reloj que está encima del mostrador. 23:50 veo. Y entre las dudas, comienzo a retomar lo que en un principio había empezado – pensar tranquilamente. Pasados cinco minutos, me decido y empiezo a escribir un mensaje en el móvil; pongo su número de teléfono… ¿pero ahora qué pongo en el mensaje? Sabía que las probabilidades de una respuesta afirmativa para volver a intentarlo de nuevo serían casi nulas, y aún así, las palabras comenzaron a salir solas, llenando línea a línea el cuerpo del sms. Botón verde, enviar.

Inmediatamente después, dejé el móvil en la guantera del coche y volví a la tienda. Por motivos ajenos a mi, tuve que quedarme en la tienda hasta las doce y media o algo así. Tenía ganas tremendas de ver el mensaje, de salir, abrir la puerta del coche, coger el móvil y ver su respuesta; pero controlé no dejándome llevar por mi propia curiosidad y aguantando en la tienda hasta cerrar y bajar la persiana metálica. Me monto en el coche, veo el móvil, y no había contestado todavía.

Vuelvo a casa, ceno y comienzo a hablar con ella. La conversación no daba para más, yo seguía esperando una respuesta suya, que veía que no llegaba. Y comencé a hacer tests de la autoescuela de cara al examen teórico del miércoles, hasta que ví resplandecer el icono de la ventana de la conversación. Me preguntó por si me ocurría algo, a lo que negué, continuando con la espera de tan ansiada respuesta; que al fin y al cabo, no me importaba que fuera una negativa también. Al instante, se despide, ante mi pasividad con respecto al tema. “Cerró sesión” – pone en la ventanita.

Confusión, confusión, confusión. La misma palabra, repetida tres veces. ¿Cómo que pasividad? – me preguntaba. No entendía nada… al minuto se me enciende mi moribunda ‘bombilla’ y accedo a su blog personal. He allí la respuesta, escrita casi una hora antes de que esto sucediera; ni la había visto. Tarde llegaba yo… como de costumbre. Supongo que mi capacidad de tomar la elección acertada brilla por su ausencia.

Y sí, parece que hoy tocaba volver a comerse el coco de nuevo y, aunque no hay mucha más cuerda que darle al asunto; las cosas están claras, o eso parece, por lo que el coco busca distracciones que no encuentra. Los tests online de la autoescuela han dejado de funcionar, dormir se hace imposible, salir a la calle sería buscarme la soga, tirarme por la ventana ni se plantea – aunque lo veo, en mi mente. Mi típico escepticismo me vuelve a invadir, preguntándome si conseguiré encontrar ‘mi lugar’ en este pequeño-gran mundo ajeno al mío. Dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar, ¿pero cuál es el mío? “No eres un inútil” – me solía decir, y tiene razón, soy un problema.

2:44

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s