Los sentidos… Y el olor

Estos últimos días son la hostia. Cuando uno da ya por asumido que el desamparo mismo es un “compañero” de la vida, poco a poco va aprendiendo a disfrutar de distintos momentos de la vida de manera solitaria, sin compañía de nadie… A pesar de que en el fondo lleva inherente la deplorable soledad.

Cuanto más sólo se está, en cierto modo, más desarrollamos nuestros cinco (o seis) sentidos. No es que mejoren, sino que te percatas más de las sensaciones que se presentan a tu alrededor… Obviamente, también de las cosas , y cómo no, de las personas. Es como si nos diéramos cuenta de que vemos (aunque tengas una miopía del quince), o de que oyésemos mejor (aunque seguramente estás más sordo que el anciano del primero)… son sensaciones que no afloran cuando no centras tu atención en ellas (sea voluntaria o involuntariamente).

La cantidad de veces que no habremos añorado el suave tacto de la piel o estar atontados viendo los ojos de esa persona que tanto apreciamos y queremos; esa sensación de querer estar con ella porque estimula inconscientemente tus sentidos y sobre todo, porque hay algo; invisible, que te atrae hacia ella dándote esa sensación de comodidad que supuestamente, sólo te daría esa persona.

Quién sabe, otras muchas veces echamos de menos no sólo un hecho que tenga que ver con un sólo sentido sino con más de uno; a la hora de darse un beso se puede notar tanto el tacto y en mucha menos medida (y suene repugnante o degradante), como el gusto con la saliva de la otra persona; o la vista y el oído mismamente mientras le miramos hipnotizados debido a su encantadora voz y demás asuntos empalagosos que no vienen a cuento.

Lo más fácil de complacer suele ser la vista, supongo. A las personas las puedes ver con los dos ojitos que tienes en la frente, bien en vida real o bien en formato “foto-tuenti” que es lo que la gente hace ahora; nada de fotos físicas ni marquitos porque ocupan espacio y es anticuado, o eso dicen. Así que sí, las fotos son una medicina para saciar el hambre… visual. Es cierto que existe una tal frase que afirma: “Es que no es lo mismo ver una foto que ver a una persona en la vida real”; cierto… pero tranquilízate, para algo tienes la imaginación.

Lo segundo supongo que podría ser el oído, pero lo tengo en el segundo puesto en el ‘orden de prioridades’. No suele ser difícil encontrar algo que contenga la voz de una persona: un vídeo, una grabación o similares… (sí, lo de similares ha sido para quedar “bien, creo que no se me ocurren más cosas); y de nuevo; imaginarse (la voz) suele ser una buena solución aunque muchas veces el ser humano tiene la tendencia a exagerarlo y a hacer del grano de arena, la montaña. Como dije, es la ‘segunda’ cosa más importante (por decirlo de algún modo) que diferencia una persona de la otra; cada uno tiene su tono y su timbre; más agudo o más grave, más fino o más ronco… quien sabe, al fin y al cabo, si viene de ‘esa persona’ acaba siendo melodía para los oídos; llegando muchas veces al extremo de echar su voz de menos!

Con respecto al gusto y al tacto, las cosas se complican bastante. Seguramente sea lo más difícil de satisfacer. No solemos remediar en cómo “sabe” la otra persona, o al menos yo; pero sí bastante más en lo que es el tacto de su piel; suave o áspera, fría o caliente, rígida o relajada… gran parte del tiempo las capas que nos ponemos encima a las que llamamos “ropa” impiden apreciar del todo esas sensaciones; por lo que o nos ceñimos a cara-cuello-manos o nos despelotamos y empieza la ‘fiesta’.

Pero aquel (sentido) en el que más suelo reparar es en el olor. En cierto modo, desde mi plena perspectiva de ignorante; considero que es lo que más… “marca” a cualquier persona; ese criptograma en forma hilillo de aire que entra por nuestras fosas nasales y que nuestro cerebro intenta descodificar inmediatamente tratando de identificar a qué o a quién pertenece tal aroma. ¿No os ha pasado eso de que vais por la calle y de repente oléis una cierta fragancia y que al segundo os giráis a ver si ha sido “Menganito” quien ha pasado por ahí? Con esto no me refiero que cada vez que vayas a ver a alguien estés olfateándole como un chucho (que si quieres puedes, ahora, que te lleves una hostia, también), sino que es más bien percibirlo porque se nota, mucho.

Últimamente, cada vez que me acuesto, noto una especie de sensación de bloqueo mental, porque hay algo que me noquea y me deja tuerto; una especie de fragancia proveniente de un peluche, que con sólo inspirar una pizca, se activa un inmenso mecanismo mental dejando escapar a recuerdos que acaban por atormentarme; los músculos comienzan a retorcerse como mecanismo de defensa y me encojo como un bebé con la manta cubriéndome entero como si fuera a protegerme de los monstruos que tendría que matar… Ríos de líquido invisible en la oscuridad y salados al paladar comienzan a discurrir buscando un lugar donde desembocar mientras arden la piel…

Y es completamente paradójico porque ante tal dolor, parte de mi conciencia sigue queriendo volver a oler esa fragancia; sería algo así como el tabaco para los fumadores; lo ‘necesitan’ pero a la vez les matan por dentro… A veces, muchas veces, sigo intrigando en mis entrañas cómo “olerían” determinadas personas que llegaron a mi vida y no he podido ver.

Creo que sigo teniendo cortes que tienen todavía que cicatrizar, dicen que la sal ayuda a ello; ¿por qué no pegarme un baño final en el mar? Nadie me dijo que todo mi yo era una herida.

Paranoias sin sentido a las 6:11 de la mañana, buenas noches.

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