Sólo un poco para ser feliz. – Historia emotiva 2?

El otro día me encontré con estas fotos, pero hasta hoy no he tenido tiempo libre como para escribir algo (aunque tampoco tenga mucho que escribir) y compartirlas con vosotros (o quien me lea). Están sacadas de la página The Big Picture – concretamente China Daily Life September-. Los protagonistas en cuestión son padre e hijo que viven en una provincia al norte de China.

El niño de 6 años , conocido también como “Niño enmascarado” fue alcanzado por las llamas en una quema de paja el invierno pasado; la mayor parte de la piel de su cabeza fue quemada y desde entonces lleva una máscara quirúrgica para evitar infecciones. Como sabéis, cuando ocurre eso suele recurrirse a cirugías en las que se hacen injertos de piel para intentar paliar y mejorar la imagen de la persona; pero según los médicos, no pueden realizar esa operación hasta que su tráquea ‘se fortalezca’. Además, no puede asistir a clases por problemas de seguridad personal y por cómo su presencia pudiera afectar a otros niños en la escuela.

Fin de la charla. Ahora las fotos, son cinco de catorce fotos tomadas; el resto las podéis ver en la propia página web.





¿De verdad hace falta estar completamente sanos y tener más y más cosas para ser felices, o en su defecto, llevar una vida decente? Algunas personas admiran en estas fotos el esfuerzo del padre por cuidar de su hijo, otras se asombran de cómo un niño sin apenas nada pueda esbozar una sonrisa… Mientras ellos mismos pasan por alto el esfuerzo que sus propios padres hacen por sacar adelante a la familia y todos aquellos objetos que tienen… por tener.

Ahí lo dejo.

Todas las fotos sacadas de The Big Picture, Fotógrafo: Jason Lee – Reuteurs.

El elefante encadenado.

Que curiosa es la vida, después de incontables años con una estantería llena de libros viejos, algunas joyas y algunos no tan buenos, hoy me ha dado por empezar a leer uno. Se titula “Déjame que te cuente” y lo escribió Jorge Bucay, al parecer es un psicoterapeuta, que ya tiene varios libros bajo su nombre.

El libro es una especie de autoayuda bastante curiosa en forma de relatos que Jorge narra a su paciente, Demián. Los relatos son muy breves (2 o 3 páginas ) lo que facilita mucho su lectura a la vez que te engancha.

Lo más curioso de todo es que no he sido yo el descubridor de un libro que estaba ya en mi propia biblioteca, si no un amigo que después de fisgonear entre mis libros, lo ha encontrado y me lo ha recomendado, mientras esbozaba una sonrisa que parecía decir “esto está hecho para ti”, para posteriormente afirmar que él no lo había leído pero sí que había leído otras obras de este autor.
Justo ahora, que quiero volver a empezar a leer y que ya tengo pensado cual será mi primer libro (después de descubrir éste, será el segundo), justo ahora me encuentro con esto…no pensaba leerlo, la verdad, pero quizás la ausencia de una persona me esté permitiendo más tiempo libre del que me gustaría tener.

Así que con la poca paciencia que me caracteriza a la hora de descubrir cosas nuevas me dispongo a leer el primer relato obviando todo el prólogo…y me encuentro con un relato que me resulta familiar, se titula “El elefante encadenado”. Después de leerlo, y de sentirme un poquitín identificado, he seguido curioseando el libro, y , llegado a la página 50, y dada la gran curiosidad que me despiertan las cosas nuevas que no he tenido paciencia para saborear bien, vuelvo al prólogo.

Una persona con la que recobré la confianza perdida después de 2 años es la encargada de descubrirme un libro que ya tenía…el libro perfecto para este momento, y quizás para hacer las ausencias más amenas y para que dejen de ser ausencias y sean algo mas…

Ahora mismo tengo la sensación de tener mi vida conectada entre varias personas.
– Mr. X


Tendría que estar preparándome un examen de la Universidad, otra vez sobre Fundamentos Históricos del Sistema Jurídico (os aseguro que por mi mente sólo están rondando conceptos jurídicos) y en cambio, estoy como retomando ciertas costumbres que, tal vez, echara de menos. He dejado aparte mi lista de reproducción de DnB y he vuelto a reproducir “Stella”, una (si se le puede llamar así) canción-instrumental que dura unos largos 35 minutos; solía escucharla en los momentos de depresiones, aunque esta vez toca momentos de reflexiones.

Muchas veces cuando toca pensar sobre un tema determinado, suelo echar la mirada hacia atrás; ver cómo y en qué medida, algo se ajusta mi pasado. Tal vez en algún momento hubiera tenido la suerte / desgracia de haberlo vivido o no, pero el pasado, si bien es mejor dejarlo donde estaba, es un recopilatorio de lecciones de cara a la vida. Ahora, que uno se de cuenta y consiga aprender y aprehender dichas lecciones es otra historia.

Y otras tantas veces habremos oído eso de : “Las cadenas me impiden volar” o frases parecidas… Cadenas… Cuando pienso en ellas lo primero que se me viene a la cabeza es: Atar. Sí, juntar o unir dos partes con un tipo de cuerda o similar. E irremediablemente, retomo la vista a años anteriores… mismamente podría aterrizar en mi propia infancia; una supuesta etapa donde la mayoría de los niños siguen careciendo de la capacidad de preocuparse en la que reina la irresponsabilidad puesto que, cuando dos niños se pelean, quién de ellos dice: “He sido yo” ? Aparentemente, dicen lo contrario. (Ergo, “yo no he sido, ha sido él”)

Me vuelvo a poner en la piel de aquel niño chino de cinco años recién llegado a un colegio católico, en el que pasaría casi toda su educación hasta su posterior graduación en Bachillerato; recuerdo cómo el primer día estaba encadenado a un banco, no un banco físico, sino de inseguridad, terror e impotencia. Sólo, sin conocer a nadie, sin saber a quién acudir, sentado en el poyete del porche, medio encogido y mirando de un lado a otro sin cesar… Aún teniendo el tejado del porche como refugio ante las clemencias del tiempo, no podía evitar que le llovieran insultos, burlas, chistes de mal gusto, amenazas y demás; lo que hoy en día acaba llamándose “Bullying”. Como ocurre en las películas, verdad?

Desde mi perspectiva las cosas eran normales, niños y niñas, todos bien peinados por sus mamás con el ‘baby’ bien planchadito y limpito pero que comenzaban a burlarse de mi… ese día aguanté las lágrimas para casa; mis padres solían decirme que los chicos/hombres éramos fuertes y que no debíamos de llorar… creo que le faltó la parte de “en público”. Al llegar, pasé por delante de un espejo antes de entrar en nuestra habitación. Me vi reflejado y al instante comprendí que yo era distinto, no era como ellos, comprendí que a sus ojos era un bicho extraño e inofensivo… Ese día concluyó, maldiciéndome a mi mismo y preguntándome a mi mismo por qué a mi me había tocado ser chino… ser… distinto.

No recuerdo exactamente qué me llevo o qué me hizo romper aquella cadena y librarme de toda esa impotencia interior; tal vez fue mi ida a Suecia… Fui bien acogido, los niños por aquel entonces se acercaban a ti y trataban de relacionarse contigo a pesar de que eras un ‘novato’ en la lengua escandinava. Yo no era rubio ni tenía los ojos claros y aún así, me sentía como un miembro más de la familia. En cierto modo, allí fui – libre -, si bien ya empecé a asimilar que existían lo que ahora llamamos “amigos por interés”.

A mi vuelta, una multitud de cadenas volvieron a atarme… lo que en mi temprana edad recibí como “algo normal, su hijo se tiene que acostumbrar” según los profesores, ahora se convirtió en “algo sin importancia”; y cuando digo sin importancia ya no es sólo todo el bagaje psicológico del que me había conseguido librar, sino todo eso más las peleas que surgían por hacer caso omiso a quienes me ofendían… La casi nula autoestima que tenía de mi mismo se difuminó, del mismo modo que hizo mi confianza tanto en los demás como en mi mismo, tachándome de inútil y escoria. Aquel enano sin personalidad acabó derivando en lo que soy yo en el presente.

A día de hoy, varias de las cadenas de aquel entonces, siguen atormentándome de vez en cuando. En mucha menor medida, pero lo hacen. Y cuando voy por la calle, se me ablanda el corazón cuando paso al lado de patios de colegios y veo a niños solos apoyados en la columna de la canasta observando con temor y tristeza a otros niños jugar entre ellos… o cuando veo a gente adolescente -y no tan adolescente- ir por la calle arrastrando los pies, con la espada corvada, con cara de desánimo (aun habiendo sido yo uno de ellos), dando la sensación de que fueran yendo por el mundo con un grillete que, si bien no les encadena a un lugar fijo, les dificulta moverse; ya no sólo de manera física sino psíquica y emocional.

No me gusta la “infancia” que tuve, pero no me puedo quejar; hay muchísima más gente que tuvo una “”infancia”” mucho peor que la mía, obviamente con nombres y apellidos. Aunque al punto al que quiero llegar no es esa etapa en sí, sino, el conjunto de cosas o personas a las que hemos estado amarrados a lo largo de nuestra (aún) efímera vida, y puede que incluso, sigamos ligados a ellas y continúen inmovilizándonos parcial o completamente.

Al fin y al cabo, nosotros nos encadenamos.

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces?. ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

JORGE BUCAY

Planchando corbatas ajenas.

Dos semanas casi sin dejar huella por aquí, vaya, tampoco me esperaba que el tiempo transcurriese tan rápido; de lo atareado que uno puede llegar a estar ni se da cuenta de lo fugaz que tú, maldito tiempo, puedes llegar a ser. Más de uno se preguntará qué hago un lunes a la 1 de la tarde escribiendo por aquí si tendría que estar en la Universidad o camino de ella; más que nada porque los lunes no tengo clase y me puedo permitir el “no-lujo” de quedarme en casa estudiando (que es lo que debería de estar haciendo).

Y es que con el frío de estos dos últimos días, creo anticipar la llegada del otoño aunque queden tres meros días para ello. Pero qué mas da, a mi me gusta el frío y el placer con el que uno puede estar tumbado en la cama, calentito con las mantas por encima mientras lee un libro o se pone al portátil – como hago ahora-.

Pero he de decir que el otoño no sólo está al caer físicamente, sino también vitalmente. Me recuerda a la analogía en la que cada hoja de un árbol caracterizaba a cada persona que pasaba por nuestra vida y afortunadamente o no, al llegar el frío, éstas van cayéndose de las ramas y tú también… Dejándote llevar por el viento, separándote de unas y acercándote más a otras hasta que descansas en un cúmulo de hojas que quién sabe, entre ellas ya habrá alguna que conozcas.

Todo esto, una vez inmerso en el comienzo del mundo universitario se nota más acentuado que antes; como si de una ruptura temporal se tratara. Aquellos amigos que te acompañaban tanto fuera como durante tu estancia escolar poco a poco van tomando sus propios caminos y distanciándose el uno del otro, y por mucho que pongas a las redes sociales y a la mensajería instantánea de por medio; apenas se logra saber el uno del otro. Todos formábamos un grupillo, un hilo entrelazado que se ha ido deshilachando tras este verano, tal vez siga habiendo alguna máquina de coser que nos consiga reunir de nuevo… o tal vez parcialmente, o por un corto periodo de tiempo (yo es que uso material Made In China y de alli que dure tan poco). Todos con vida universitaria, otros formación profesional, otros repitiendo y otros tantos, convirtiéndose en unos ‘nini’.

Además, se huele por estos lares un … ambiente competitivo. Aquí se ve que mucha gente va a por la nota más alta y comienzan a codearse por ella; incluso, las becas hay que solicitarlas antes que tu “buen” compañero de clase que se sienta al lado tuya porque sino o tú te quedas sin beca o a él le toca la china por tu culpa. Aparte hacer mención a aquellas personas (que desde que soy un crío me las he topado encontrado) que te ponen una cara “A” con “Claro, no te preocupes, yo puedo ayudarte” y por la cara “B” te hacen un recuerdo conmemorativo poniéndote a parir a tus espaldas (que no, todavía no tengo buzón de voz en la espalda, por lo que reitero, cualquier cosa a la cara) y recordándote lo gilipollas que has sido.

De todos modos, esto ya me lo iban avisando desde bastante tiempo y que en cierto modo, sería un cambio ‘radical’ y así es. Ahora me encuentro bien, o eso creo; los repentinos bajones que me dan al sentirme solo me entran casi a diario, no tan frecuentes como solían ser pero siguen haciendo mella… Unos días sí y otros, también.

Acabaré por retomar esa costumbre que repito todos los años, esa costumbre de bajar con el frío otoñal al parquecito al lado de mi casa, y observar cómo una a una van cayendo las hojas de los árboles, pensar en la analogía y hundirme más en el suelo… Mola mucho eso de gustarme algo y a la vez odiarlo.

Creía, que si corría más que el horizonte, las sombras del pasado se apartarían de mi camino, que las voces de mi mente se acallarían… sin darme cuenta de que he corrido ciego y sordo durante todo este tiempo.

14:20

Y echamos a volar… de nuevo a pique.

Y de nuevo me encuentro aquí, sólo en casa, sentadito en mi silla, con las piernas a medio estirar y delante de la pantalla del ordenador escribiendo una entradita que leerá el tato, el primo del tato y su ‘compadre’. Cosa que, como bien comprenderéis, me da igual. Ah, no se me olvide el silencio marsupial que está “agradando” mis oídos (lo digo por los vecinos de abajo).

Me pongo los enormes cascos y un poco de música para aislarme aún más del mundo, algo de DnB suave no viene mal… Y pienso que mañana tocará ir a la Universidad, todo parece tan fácil verdad? Y de nuevo pensar, que si no siempre he soñado con ir a este lugar de supuestos estudiosos y personas sin vida social (pues de pequeño quería ser conductor de Metro/Renfe/AVE/Cualquier tren), ahora voy a pasar los siguientes 5 o 6 años de mi mísera vida ligado a un manicomio lleno de libros; encadenado a una sabiduría que en teoría deberías adquirir y codeándome con gente (y profesores) por los problemas que, se quiera o no, van a surgir.

El tiempo pasa bastante rápido… Imaginar que de pequeño, en el colegio veía a los alumnos de Bachillerato como personas ‘excesivamente mayores’ para estar en un colegio; y ya no hablar de los universitarios los cuales venían de visita de vez en cuando, que daban la sensación de ser inalcanzables… de ese tipo de gente que pensabas que nunca llegarías a ser porque no valías para ello o porque tu entorno te tomaba como un inútil, basura, mierda, mugre, desecho y por supuesto, no podía faltar el clásico “chino-capuccino”.

Supongo que las hostias que me ha dado la vida han ido cosechando calabazas explosivas en mi pequeño huerto mental, de esas que tienes que ir arrancando a toda prisa para que no llegue alguien que las pise “sin querer” y haga BOOM (chocapic); pero últimamente ya ni me molesto en quitármelas de encima, es mejor dejarlas que se pudran en el huerto, al fin y al cabo, el estiércol que de allí salga servirá como fertilizante para algo más productivo. Digo yo.

Creo que ya estaba echando de menos que llegara el frío, el otoño, la lluvia… Ese ambiente de nubes grisáceas que te proporcionan el ambiente perfecto para estar (y sentirte) solo, salir al descubierto en esas noches lluviosas y torrenciales, gritar al cielo hasta dejarme los pulmones por el camino rogando a las impasibles nubes eléctricas que mandaran un rayo hacia mi ser y poder esfumarme como la ceniza… salir volando, lejos de aquí o mezclarme con la lluvia e ir limando los pequeños defectos que abundan en esta interminable travesía hacia la utópica y tal vez inexistente ‘felicidad’.

Eso sí, no sin antes haber completado todas aquellas cosas de mi todavía incompleta lista de “Cosas que hacer antes de morir”, haber devuelto todo aquello que debo a mis seres queridos o invitar a todas aquellas personas que utilizan mi espalda como buzón de voz que besen mis nalgas porque existe algo que se llama: Decir las cosas a la cara.

Va siendo hora de preparar la mochila para mañana, de tirar a la basura bolsas llenas de confianza y afecto que uno guarda por guardar, de comenzar a meter lápices y folios en los que escribir mis (de nuevo) primeras líneas de este nuevo capítulo y cómo no, de meterme a mí mismo en ella; aguardando a que alguien me recoja y me lleve consigo o me tire al mar y allí yazca. Who knows.

0:55