El elefante encadenado.

Que curiosa es la vida, después de incontables años con una estantería llena de libros viejos, algunas joyas y algunos no tan buenos, hoy me ha dado por empezar a leer uno. Se titula “Déjame que te cuente” y lo escribió Jorge Bucay, al parecer es un psicoterapeuta, que ya tiene varios libros bajo su nombre.

El libro es una especie de autoayuda bastante curiosa en forma de relatos que Jorge narra a su paciente, Demián. Los relatos son muy breves (2 o 3 páginas ) lo que facilita mucho su lectura a la vez que te engancha.

Lo más curioso de todo es que no he sido yo el descubridor de un libro que estaba ya en mi propia biblioteca, si no un amigo que después de fisgonear entre mis libros, lo ha encontrado y me lo ha recomendado, mientras esbozaba una sonrisa que parecía decir “esto está hecho para ti”, para posteriormente afirmar que él no lo había leído pero sí que había leído otras obras de este autor.
Justo ahora, que quiero volver a empezar a leer y que ya tengo pensado cual será mi primer libro (después de descubrir éste, será el segundo), justo ahora me encuentro con esto…no pensaba leerlo, la verdad, pero quizás la ausencia de una persona me esté permitiendo más tiempo libre del que me gustaría tener.

Así que con la poca paciencia que me caracteriza a la hora de descubrir cosas nuevas me dispongo a leer el primer relato obviando todo el prólogo…y me encuentro con un relato que me resulta familiar, se titula “El elefante encadenado”. Después de leerlo, y de sentirme un poquitín identificado, he seguido curioseando el libro, y , llegado a la página 50, y dada la gran curiosidad que me despiertan las cosas nuevas que no he tenido paciencia para saborear bien, vuelvo al prólogo.

Una persona con la que recobré la confianza perdida después de 2 años es la encargada de descubrirme un libro que ya tenía…el libro perfecto para este momento, y quizás para hacer las ausencias más amenas y para que dejen de ser ausencias y sean algo mas…

Ahora mismo tengo la sensación de tener mi vida conectada entre varias personas.
– Mr. X


Tendría que estar preparándome un examen de la Universidad, otra vez sobre Fundamentos Históricos del Sistema Jurídico (os aseguro que por mi mente sólo están rondando conceptos jurídicos) y en cambio, estoy como retomando ciertas costumbres que, tal vez, echara de menos. He dejado aparte mi lista de reproducción de DnB y he vuelto a reproducir “Stella”, una (si se le puede llamar así) canción-instrumental que dura unos largos 35 minutos; solía escucharla en los momentos de depresiones, aunque esta vez toca momentos de reflexiones.

Muchas veces cuando toca pensar sobre un tema determinado, suelo echar la mirada hacia atrás; ver cómo y en qué medida, algo se ajusta mi pasado. Tal vez en algún momento hubiera tenido la suerte / desgracia de haberlo vivido o no, pero el pasado, si bien es mejor dejarlo donde estaba, es un recopilatorio de lecciones de cara a la vida. Ahora, que uno se de cuenta y consiga aprender y aprehender dichas lecciones es otra historia.

Y otras tantas veces habremos oído eso de : “Las cadenas me impiden volar” o frases parecidas… Cadenas… Cuando pienso en ellas lo primero que se me viene a la cabeza es: Atar. Sí, juntar o unir dos partes con un tipo de cuerda o similar. E irremediablemente, retomo la vista a años anteriores… mismamente podría aterrizar en mi propia infancia; una supuesta etapa donde la mayoría de los niños siguen careciendo de la capacidad de preocuparse en la que reina la irresponsabilidad puesto que, cuando dos niños se pelean, quién de ellos dice: “He sido yo” ? Aparentemente, dicen lo contrario. (Ergo, “yo no he sido, ha sido él”)

Me vuelvo a poner en la piel de aquel niño chino de cinco años recién llegado a un colegio católico, en el que pasaría casi toda su educación hasta su posterior graduación en Bachillerato; recuerdo cómo el primer día estaba encadenado a un banco, no un banco físico, sino de inseguridad, terror e impotencia. Sólo, sin conocer a nadie, sin saber a quién acudir, sentado en el poyete del porche, medio encogido y mirando de un lado a otro sin cesar… Aún teniendo el tejado del porche como refugio ante las clemencias del tiempo, no podía evitar que le llovieran insultos, burlas, chistes de mal gusto, amenazas y demás; lo que hoy en día acaba llamándose “Bullying”. Como ocurre en las películas, verdad?

Desde mi perspectiva las cosas eran normales, niños y niñas, todos bien peinados por sus mamás con el ‘baby’ bien planchadito y limpito pero que comenzaban a burlarse de mi… ese día aguanté las lágrimas para casa; mis padres solían decirme que los chicos/hombres éramos fuertes y que no debíamos de llorar… creo que le faltó la parte de “en público”. Al llegar, pasé por delante de un espejo antes de entrar en nuestra habitación. Me vi reflejado y al instante comprendí que yo era distinto, no era como ellos, comprendí que a sus ojos era un bicho extraño e inofensivo… Ese día concluyó, maldiciéndome a mi mismo y preguntándome a mi mismo por qué a mi me había tocado ser chino… ser… distinto.

No recuerdo exactamente qué me llevo o qué me hizo romper aquella cadena y librarme de toda esa impotencia interior; tal vez fue mi ida a Suecia… Fui bien acogido, los niños por aquel entonces se acercaban a ti y trataban de relacionarse contigo a pesar de que eras un ‘novato’ en la lengua escandinava. Yo no era rubio ni tenía los ojos claros y aún así, me sentía como un miembro más de la familia. En cierto modo, allí fui – libre -, si bien ya empecé a asimilar que existían lo que ahora llamamos “amigos por interés”.

A mi vuelta, una multitud de cadenas volvieron a atarme… lo que en mi temprana edad recibí como “algo normal, su hijo se tiene que acostumbrar” según los profesores, ahora se convirtió en “algo sin importancia”; y cuando digo sin importancia ya no es sólo todo el bagaje psicológico del que me había conseguido librar, sino todo eso más las peleas que surgían por hacer caso omiso a quienes me ofendían… La casi nula autoestima que tenía de mi mismo se difuminó, del mismo modo que hizo mi confianza tanto en los demás como en mi mismo, tachándome de inútil y escoria. Aquel enano sin personalidad acabó derivando en lo que soy yo en el presente.

A día de hoy, varias de las cadenas de aquel entonces, siguen atormentándome de vez en cuando. En mucha menor medida, pero lo hacen. Y cuando voy por la calle, se me ablanda el corazón cuando paso al lado de patios de colegios y veo a niños solos apoyados en la columna de la canasta observando con temor y tristeza a otros niños jugar entre ellos… o cuando veo a gente adolescente -y no tan adolescente- ir por la calle arrastrando los pies, con la espada corvada, con cara de desánimo (aun habiendo sido yo uno de ellos), dando la sensación de que fueran yendo por el mundo con un grillete que, si bien no les encadena a un lugar fijo, les dificulta moverse; ya no sólo de manera física sino psíquica y emocional.

No me gusta la “infancia” que tuve, pero no me puedo quejar; hay muchísima más gente que tuvo una “”infancia”” mucho peor que la mía, obviamente con nombres y apellidos. Aunque al punto al que quiero llegar no es esa etapa en sí, sino, el conjunto de cosas o personas a las que hemos estado amarrados a lo largo de nuestra (aún) efímera vida, y puede que incluso, sigamos ligados a ellas y continúen inmovilizándonos parcial o completamente.

Al fin y al cabo, nosotros nos encadenamos.

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces?. ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

JORGE BUCAY

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2 comentarios el “El elefante encadenado.

  1. Sr.Pera dice:

    Bastante desgarrador el relato de tu infancia, y como niño español cabroncete que he sido, lamento que te hayamos hecho pasar por eso.
    En cuanto al asunto del elefante, es bastante cierto, pero creo que lo grave no es quien no sabe que puede superar esas limitaciones, sino quien no quiere saberlo, pacta con su carácter y sus defectos, y se resigna a vivir en la autocompasión. Esa gente (que por desgracia abunda en nuestra sociedad cada día más) sabe que puede superarse, sabe que puede vencer, pero no quiere pasar por el esfuerzo, el sufrimiento y el trabajo que implica llevarlo a cabo. Si vives en la cultura de ceder a todos tus pequeños caprichos y apetencias, renunciar a cada pequeño sacrificio, y no comerte la parte mala del filete, es normal que te ates a lo fácil, que no muevas un dedo por ti mismo (imaginate por los demás…), y esperar que el éxito te venga dado porque sí. El problema es que odian a los que luchamos, porque a veces ganamos, y tratan de desilusionarnos con cada pequeña victoria, como el que critica al deportista desde la grada, te restan importancia, y se excusan de su pasividad inventando o magnificando sus trabas.
    Si no sales a jugar, ya has perdido el partido. Sal aunque sea a pasarlo bien y dar cuatro patadas a los del otro equipo, tarde o temprano irás metiendo goles, y verás cómo mola esforzarse por ganar.

    • Henxu dice:

      Exacto. No se consigue nada si uno no lo ha intentado al menos. Lo que creo que ocurre , al menos aquí, es que la sociedad es más individualista que organicista, es decir; la gente cree que la sociedad está ahí para ya no sólo ayudarla, sino servirla como si de una esclava se tratara. Y tal vez, dar eso por asumido es lo que provoca que, como bien dices, la gente no quiera pasar por el esfuerzo que implica llevar algo a cabo. Y en Japón, es al contrario.

      Ayer estuve hablando de algo parecido con una amiga; entre un millón de euros o seguir estudiando; preferiría seguir estudiando para más tarde ganarme ese millón de euros por mi mismo más la satisfacción que ello produce al saber que ha sido el esfuerzo y dedicación de uno mismo lo que le ha ayudado a conseguirlo.

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