Unreal changes…

Hoy (día 14) es el cumpleaños de mi hermanita pequeña. Tiene ya 10 añitos, que no son pocos y a pesar de ser supuestamente un día especial; parece otro normal y corriente. En esta familia apenas se vive ese ambiente festivo de celebraciones y eventos festivos, y esto ha sido así tanto cuando yo era un renacuajo como ahora.

Imagino que el paso de los años a mis padres no les hace tanta ilusión como le puedan hacer a mis hermanitos pequeños; para los primeros significa envejecer un año más… para los últimos, un día de “Tengo un año más!” y recibir regalos – escasos regalos. Realmente, es una jornada cualquiera de la rutina que nos envuelve: trabajo y estudio. Las malas lenguas dicen que ‘Cada día que pasa es un día menos que te queda de vida’ es cierto, pero hay que verle el lado positivo de las cosas, ¿no?.

Hace tiempo que soy mayor de edad y como dije, la vida no da un cambio drástico cuando ya oficialmente te llaman (y puedes quedar detenido) por viejo pederasta. Me pregunto qué demonios ronda por la cabeza a aquellos adolescentes que piensan que a los 18 pueden escaparse de casa, pasarse por el forro las horas de llegar a casa o ignorar los sermones de sus padres; ingenuo mundo de Heidi donde reina el ‘ya me pondré a trabajar’, el ‘¿Quién eres tú para decirme nada?’ o el pasotismo deliberado creyendo que el dinero crece de las plantas mientras uno está sentando en el sofá viendo Telemierda. También dicen que una torta bien dada hace milagros, aunque eso son asuntos mayores.

No ha pasado ni una quincena desde el comienzo de año y uno va empezando a notar que la cuesta de enero, es jodida. Si bien por la edad que tengo no he tenido ocasión de experimentar muchas de las sensaciones y sentimientos que uno puede degustar mientras le sirven en un plato su propia vida, más o menos puedo comprenderlas todas y no es que tenga un don de la empatía precisamente (porque no lo tengo). Porque yo me imagino cómo me sentiríaw si me pusiera en el lugar de la otra persona, pero eso no tiene nada que ver con ponerte en el lugar de la otra persona – expresado malamente; porque lo tú te imaginas seguramente no coincida en nada en lo que a la otra persona le esté pasando.

Yo suelo decir que soy como el muñequito de peluche en el que uno suele desahogarse pegándole un buen par de caricias, y es así, porque ellos cuentan y yo escucho; intento asimilar y comprender. Pero allí se queda la cosa, en dejar a la otra persona soltar sus angustias y aliviar esa necesidad de tener a alguien que le escuche en los malos momentos. Lo peor de todo es que sé que muchas veces me extralimito y hago más de lo que debería, quiero decir, ya no sólo intento desahogar a aquellas personas que necesitan hacerlo, sino que instintivamente intento animarles y concienciarles de que el mundo no se acaba allí… Y he aquí el problema.

No me gusta que la gente que me rodee se encuentre mal, esté desganada, todo le sea indiferente y no encuentre motivación para salir de sus agujeros mentales; pero tampoco me gusta esa incapacidad e impotencia que tengo de quitar ese desaliento que le impide coger aire y gritar que se va a comer el mundo – a ver, tampoco tanto, pero con que le llegue oxígeno al cerebro basta. A veces – muchas- veces, en vez de animar a la otra parte, lo único que consigo es hundirla más en el hoyo y de esa insistencia y perseverancia que tengo de que se encuentre mejor, empeoro el asunto. Y me doy cuenta que mejor, ser inútil y dejar a la otra persona tranquila…

Sin embargo, lo peor de lo peor es cuando intentas animar a una persona que se encuentra mal por tu culpa… ahí ya, las tuercas se tuercen, tus neuronas dejan de funcionar y te encuentras en estado de incapacidad mental del carajo; como si te hubieran noqueado en una lucha de boxeo… Ya no sabes si coger el cepillo de dientes con la mano izquiera o con la derecha. ¿Qué hacer? – te preguntas. Me gustaría de esos re-encuentros entre dos personas donde se olvidan del mal que se hicieron el uno al otro en tiempos pasados, y se dieran un abrazo como señal de comenzar de nuevo; de aquellas escenas emotivas en las que un padre se encuentra con su hijo bastardo tras varios años sin verse; que te llenan de lágrimas y ves cómo se reconcilian sin mediar palabra… Yo quiero de eso, pero sin cámaras ni guiones de por medio.

De todos modos, a seguir con esto, ver cómo avanza la vida misma… y esperar a ser yo mismo.

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