Café matutino.

Odio tener que usar otra vez el blog para tener que decirte algo. No me gusta nada. Sabes que cosas así me gustaría hablarlas un día que quedáramos, pero sé que te molestan los silencios incómodos que provoco cuando no sé qué decir… como la última vez, pensaba en todo pero a la vez en nada y estabas allí, delante mía en la oscuridad, yo sin saber qué decir mientras ignoraba las reiteradas llamadas de mis padres.

Mi propuesta esta de estar 7 días off en las redes sociales puede parecer sin sentido, y no te lo niego, pero eso no quiere decir que no hablemos durante 7 días; simplemente hay otras maneras de estar en contacto que no sea internet y gratis. Creo entonces saber a qué venía ese ‘no te importa?’. Sí me importa, me es costumbre meterme y ver si estás conectada o no y charlar un rato contigo, aunque muchas veces alguno no esté de humor o la conversación se quede parada durante un bueeen rato, bien sea porque uno se ausente, se quede empanado, haga otras cosas, etc…

Pero quiero depender un poco menos de internet, y ¡lo dice alguien con tarifa de datos en el móvil!. Existen alternativas que no son estar delante de una pantalla de ordenador y teclear; es más, yo, harto de no poder llamar a nadie a su casa porque me cobran y no pedir que me llamen (aparte de que llevo infinitos cabreos por la conexión) voy a llamar mañana por la mañana para contratar internet (aparte de que tengo que llamar para cambiar la compañía de mi tío), y lo haré sí o sí- no como lo de “mañana me veo la peli”- porque si mi madre se niega, lo pago de mi bolsillo. Voy a necesitar una conexión estable, no quiero tirarme ni 40 minutos conectándome a msn, ni otros 40 para reconectarme y pedir perdón por la caída, ni otros 40 entrando en una página web para buscar información de un trabajo.

Y de paso, llamo a fijos nacionales gratis, cosa que hace hoy en día… todo el que tiene adsl menos yo. Hasta me da la sensación de que te lo has tomado muy a mal, sobre todo esa parte de que duermes de noche y yo de día etc…; me recuerda a lo que me dijiste en verano del año pasado cuando yo todavía trabajaba en el bar de mi tío. Parece mentira que yo te quiera, con todo esto que estoy haciendo, ¿verdad?. Pero quiero dar por asumido que ya no te quiero, que no tenga yo sentimientos de por medio, que pueda pasar el rato contigo como amigos. Hasta me atrevería a decir que por muchas ilusiones que me haga, doy también por asumido que no habrá un tercer intento; desconfío en eso de que ‘a la tercera va la vencida’.

Y si aún así no logro despojarme de lo que siento, no voy a volver a tomar ninguna iniciativa. Me limitaré a comportarme como amigo, si bien cuando la japan, no era ni lo uno ni lo otro… Tss… Ah, y sobre el símil de que si gastarte dinero para hablar conmigo era como pagar a una puta, hasta te invitaría a hacer lo segundo antes que llamarme; te ofrecería más conversación, sexo y satisfacción que yo. (sí, sigo en mis tantas sin apreciar lo que soy, yo tampoco tengo remedio).

De todos modos, la apuesta no está hecha. Te soy sincero, pensé barbaridad de cosas pervertidas cuando me preguntaste qué quería si ganaba la apuesta y te lo dije; para al final decirte que te cortaras el pelo si perdías. Qué ‘listo’ soy verda?, pero perversiones no digo si no estoy cachondo. Hasta iba a decir eso de “Si gano, follamos” , pero no lo dije porque no es lo suyo que un amigo te diga eso (quedaría un tanto grosero que un amigo te dijera eso) y parecería un desesperado en busca de un hoyo en donde meter el palo, cosa que creo, no soy. Aun así, tampoco iba a ganar una apuesta inexistente, porque al escribir esto automáticamente se publica en Twitter, Fb y Msn así que la próxima vez que nos veamos puedes hacerme lo que quieras que tuvieses pensado hacerme si yo hubiera perdido la apuesta.

Si me quieres ver tras todo esto, claro.
Buenas noches-días.

Hora de cambiar

Estaba dispuesto a coger mi carpeta del suelo, sacar unos folios y ponerme a escribir con mis nuevas adquisiciones: Unos sencillos ‘boli Bic”. De esos que aparentemente todo el mundo tiene, usa y re-usa. Puse los folios encima de la carpeta y allí me hallaba, sentado en mi cama, tapado con las mantas, con la carpeta sobre las piernas y los folios en blanco preparados para soportar que les ensuciara con tinta…

La caña tenía forma hexagonal como los paneles de abeja y no entendía por qué a pesar de ser tan incómodos para escribir, hubiera tanta gente que utilizara estos bolígrafos. El estar un buen rato escribiendo me provocaba dolores en el dedo corazón, de allí que el dedo de la mano derecha tenga una especie de bulto que el de la izquierda no tiene, sí, soy diestro – pero ambidiestro para otras muchas cosas. Además, la caña era de plástico duro, dándote la sensación de que estabas sujetando una caña formada por “superglue” al que has dejado secar durante una hora; por dentro emanaba una frustración y unas ganas de partir la caña con los dedos, que querrías sentirte el mismísimo “Bruce Lee” chin-español.

Dejé de ponerle pegas al bolígrafo mientras me ponía a pensar en qué quería escribir, en qué quería contar al mundo o qué cosas de mi vida quería plasmar en esa inocente hoja en blanco. Sin darme cuenta, mi mandíbula ya estaba moviéndose sola. Mis dientes, mordiendo la tapa del dichoso bolígrafo y yo, cabreado con el dichoso Sr. Bic. Había encontrado en mí mismo, la explicación de por qué todas las tapas de los boli Bic están deterioradas con boquetes y dentelladas; era como si poseyesen una especie de imán para los dientes incitándote a morderles más y más y dejarte la baba cayendo por la boca como cual niño de 2 años… Uno era incapaz de sostener el boli sin escribir ni hacer nada y no estar dándole mordiscos como a cual regaliz-piedra que compras del chino de abajo (así que en mi tienda no compréis regalices)

Mientras mi cerebro ordenaba a mi mano sujetar el bolígrafo con firmeza para no llevarme otra vez la tapa del boli a la boca, mi mirada estaba perdida en el vacío de una de las paredes blancas que forman mi habitación. Blanco. Me extrañaba mucho que esa parte de la pared siguiera tan limpia como el primer día, sin manchas, ni pintura ni contornos de mosquitos asesinados. No estaba reluciente pero sí impecable. O eso, o que no llevaba gafas y mi miopía era tal que no veía la inmensa capa de mierda que se había adherido al yeso de la pared… Cogí el bolígrafo y me puse a examinarlo con cara de chimpancé (a lo L), la caña era transparente, o más bien semi-traslúcida; cerré un ojo como si fuera haciendo un guiño y con el otro me puse a observar la pared a través de mi ‘telescopio hexagonal’. No, no veía un pajote…

Al no encontrarle otra utilidad que frustrarme pensando en lo inútil que era el bolígrafo para cualquier tarea que no fuera la de escribir, me puse a escribir. Y no me preguntéis cómo, la tinta manchó… Manchó mi mano. Había empezado a “writear” sobre mi mano y antes de terminar la primera letra ya por acto reflejo, aparté mi mano izquierda de inmediato. Mierda, una raya, esto no lo quita por mucho que coja el jabón y la esponja y ‘rasca que rasca’. *flashback* Se me vino a la cabeza muchas escenas sobre gente que tenía pintada en las manos, las tareas que tenía que hacer al llegar a casa por si se le olvidaban, las chuletas para el examen o lo mucho que se odiaban querían dos amig@s entre sí.

Con la paciencia ya rozando el menos infinito, apreté la punta del bolígrafo contra el papel y empecé a hacer trazadas… inconexas como mi letra misma, como las ideas que rondan mi cabeza, como ella y yo… dejando sobre el papel líneas azules que se asemejaban a una montaña rusa diseñada por y para locos de manocomio, que al fin y al cabo no eran más que letras mal escritas – la caligrafía no era ni había sido santo de mi devoción. A medida que escribía iba desplazando mi mano hacia la derecha. La punta del boli, estaba en contacto con la superficie del papel, pero, de ese roce no salían chispas.

Acabé de escribir mi primera frase. Resultó ser un “Odio escribir con Boli Bic”. Estaba en lo cierto, ¡no me gustaba! Era horrendo, te daba la sensación de que la tinta fuera a separarse del papel, de que te empezaban a doler los dedos, de que tu mano se cansaba, de que a medida que ibas escribiendo las letras se iban borrando… Todo ese cúmulo de impresiones fue acompañado de una minúscula lágrima que salía de, cómo no, el ojo derecho. Discurría lentamente por mi piel, intentando abrirse paso hacia abajo hasta poder llegar a mi barbilla y hacer puenting sin cuerda… Tras precipitarse contra la tela de mi manta, pude notar el cauce que había dejado en mi rostro, sentir como si mi cara estuviese toda maquillada excepto la parte por la que mi gotita había pasado.

Le puse la tapa. Lo guardé en el estuche y cerré la cremallera usando la uña a modo de palanca (pues la parte metálica por donde se coge estaba rota) y guardé el estuche en la mochila. Quité de encima la carpeta y dejé caer los brazos sobre mis piernas, como si estuviera cansado con los hombros bien bajos… Me quedé un rato ausente en mi propia burbuja de ausencia, pensaba en todo y a la vez en nada. Hasta que unos minutos más tarde conseguí asimilar que sería el fin del reinado de los Pilot V5 que solía usar desde hacía dos años y pico, cuando comencé el Bachillerato.

Tendré que usar los boli Bic para escribir a pesar de que me encantan los Pilot V5. Aunque, espero escribir algo más sensato que la primera frase con la que estrené el boli azul… O eso, o que siquiera he aprendido a escribir.


Mis apuntes, algo con más sentido que esa frase… o no…

Dejavú centesimal…

Por ese entonces, eran las nueve y cuarto. Era nuestra hora de salir y seguíamos en clase haciendo ejercicios de matrices y demás… Tras terminar un último problema, creo que por pena nos dijo: “Venga, os dejo salir antes”, eso sí, que conste, el ‘profe’ es majo. Con un cansancio poco más que inhumano salgo por fin de las cuatro paredes que forman el aula donde he estado ‘pringando’ las últimas 5 horas. Abrigo, mochila, móvil al bolsillo, cabeza y arreando pa casa.

Acompañado de algunos compañeros de clase, nos dimos cuenta del fresquito siberiano que hacía a los pocos segundos de pisar calle. Andábamos a lo pandilla mientras se escuchaban rumores de colegueos y más que colegueos de residencia; que si gemidos, que si chico-chica… lo “supuestamente” juvenil y lo que la gente cree que es la vida universitaria. Uno piensa que venir a Madrid a estudiar es: “No atender a clase, salir todos los días, emborracharse hasta la ceguedad y tirarse a cuantas personas sea posible. Quien más enganche, gana.” Ah, y lo gracioso es que aprueban.

Me despido de ellos, quedándome en la marquesina roja que supuestamente te cubre de las tempestades del tiempo… pero no del frío. Asomo la cabeza, a ver si venía el dichoso autobús que me llevaría a la … estación de autobuses (¿obvio?) para coger el metro. Por un momento tuve la sensación de que el conductor estaba borracho y tenía el pie pisando a fondo el pedal del acelerador sin reparar en los badenes que se colocaron a lo largo de la calzada (Lenguaje de autoescuela). Viene, se pasa cinco metros de la marquesina y abre la puerta (no sin hacer un sonido a lo Darth-Vader cuando respira…).

Me subo, tickeo mientras saludo al conductor, el cual me suele ignorar. Huele a humanidad, pero no tanto como cuando llueve o hace bochorno… Se nota, y aunque suene desagradable, el olfato se va acostumbrando. Enfilo el pasillo del autobús en busca de un asiento como cual ratón que sale de su agujero para ver si hay gatos o no en la costa y encuentro uno detrás de una chica, que a primera vista, me era un tanto familiar, pero no le di importancia y me senté; me puse música y comencé a leer las noticias desde el móvil (y más tauromaquia… así salimos los españoles de la crisis)… Poco a poco iba llegando a la estación subterránea de autobús, las personas se iban levantando antes de que se detuviese y la chica que se sentaba delante mía se levantó antes que yo.

Al hacerlo, me fijé un poco en su vestimenta; vestía bien, más casual que formal. Soy muy malo describiendo ropa – no es lo mío…- así que me limitaré a decir que me gustaba cómo vestía. Pasé de largo y fui con prisas a coger el Metro, quería llegar a casa cuanto antes y descansar. Ya esperando en el andén mientras ponía el móvil en modo avión y poniendo una canción de Love Of Lesbian, esa chica pasó por delante mía sin darme cuenta hasta que giré la cabeza y vi llegar el tren. No sé si fue el viento que generó a su paso, pero dejó una fragancia bastante… encantadora a su paso.

Metro

Las puertas se abrieron, primero las del andén central y luego las de mi andén. La primera cosa de la que me percaté al instante era el interior del tren. Por fuera, era un tren antiguo típico de la línea 6, pero por dentro parecía uno de los trenes de la línea diez, completamente renovado con los colores, asientos, barras y carteles parecidos a los nuevos (que son un gusano de un sólo vagón). Me senté y de reojo ví cómo ella se sentaba en frente mía. En ese instante, un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo, una especie de nerviosismo o pánico me dejó con los ojos como platos y el pulso acelerado. “No puede ser, ¿Qué hace ella aquí? ¿No se ha dado cuenta de que estoy en frente suya?” – pensé por dentro…

En un intento de confirmar de que se trataba de la persona correcta, saqué el ‘tochaco’ de Manual de Dcho Constitucional (sí… quién demonios saca eso en el Metro…) y alcé un poco la mirada. Llevaba botas Mustang y tenía una bolsa de Massimo Dutti entre sus piernas. No, no era ella; ella no llevaría botas y mucho menos consigo una bolsa de una tienda de “alto calibre”. Por un momento cerré los ojos, me dije para mis adentros un leve ‘Qué alivio!’ y lo solté en forma de pequeño suspiro. Los abrí y le(la?) miré, y por media centésima de segundo, el pulso se me fue por las nubes de nuevo. ¡Por qué? ¿Es imposible! …

Por joderos un poco el asunto os diré que no, no era ella. A pesar de que su pelo tenía un color muy parecido, sus labios eran igual de finos e hipnotizantes, una piel un pelín clara y unos ojos del mismo color pero distinta tonalidad (SÍ, los hombres somos patosos con los colores y yo más que soy semi-daltónico, asi que no diré color y no porque no quiera)… Conseguí relajarme pero a la vez me sentí hecho polvo. Yo fingía estar ojeando mi tan añorado Manual que ha costado riñón y medio mientras ella estaba hojeando lo que parecía ser un diario con una cara sonriente y animada; tuve al fin, una visión global de cómo era ella.

Definitivamente, me asombraba de cómo esa persona desconocida la cual se sentaba delante mía hubiera podido evocar por unos pocos instantes, esos sentimientos desdeñados y olvidados en un recóndito lugar dentro de mi… sentimientos que la persona a la que amaba provocaba irremediablemente en mi, eso que dicen de “mariposas en el estómago” (si bien en ese momento tenía leones rugiendo).

Vanas y meras ilusiones me había hecho. Me dejé llevar por los sentimientos, por la irracioinalidad que nos caracteriza, sí, irracionalidad. Porque, del mismo modo que nuestra vida no tiene ni pies ni cabeza, los sentimientos tampoco, y el amor, mucho menos. Nadie nos enseña a cómo amar, ni nadie nos dice cuántas vueltas hay que darle con el destornillador o a quién hay que llamar por si ‘eso’ se avería; es un puro sin-sentido que, motivado por la misma irracionalidad como el amar, vamos buscando deseosos de sentirnos plenos, completos o en esencia, humanos, junto y para-con la otra persona.

Ya casi llegaba a la parada de Metro en la que me tenía que apear (qué arcaico!), guardé el Manual en la mochila y me levanté dirigiéndome hacia la salida que te deja justo en frente de… del pasillo de la salida. El tren comenzó a entrar en la estación mientras frenaba little by little, deteniéndose completamente segundos después. Tenía que salir por las puertas del lado izquierdo, pero se abrieron las del andén central primero así que giré la cabeza momentáneamente para verle por última vez, en un intento de decirme a mi mismo: “No, quien está sentada allí no es la persona a la que buscas por mucho que se parezca” – en efecto, ni ella ni la persona a la que amaba eran mi media naranja-já -si algo se acabó fue por algo, decía una amiga mía-; pero justo cuando clavé la mirada en ella, ella lo hizo conmigo, con una cara de asombro mezclado con curiosidad… Y otra vez esa sensación de nerviosismo. Volví a mirar de frente como si nada hubiera pasado y se abrieron las puertas… “Anda y no mires atrás…”.

Al pisar el andén, notaba cómo había conseguido escapar de una especie de burbuja espacio-temporal que me tenía allí recluso, había vuelto al 2 de febrero de 2012. Todo eso que me hizo dudar y recordar aquellos momentos agradables que pasé con esa persona cuando el mecanismo fingía que funcionaba, desapareció en un instante. Dicha sensación de estar ausente en un mundo paralelo se deshizo, me arremangué un poquito para ver la hora: Apenas había estado quince minutos en ese vagón.

A poco más de dos pasos ya estaba enfilando el pasillo que conducen a las escaleras mecánicas y a medida que avanzaba, una lágrima se me escapó de los ojos pero a la vez, yo esbozaba una leve sonrisa. Supe al instante, que esa lágrima no era por aquella desconocida, ni por la chica que amaba… sino por haber podido recordar todo ese conglomerado de sensaciones que uno siente cuando el cupido te atraviesa con una flecha envenenada; sensaciones que… no afloraron en mi durante mucho tiempo.

Salí por las taquillas del Metro, y me fui a coger el ascensor que me conduciría hacia la superficie. Durante la subida, me coloqué los auriculares, me abroché la chaqueta y miré con el móvil si pasaría un autobús en los próximos minutos para no tener que volver andando… No, el siguiente pasaba dentro de 15 minutos. Guardé el móvil y las puertas del ascensor se abrieron. “¡Bienvenido a Rusia!”, me encogí de hombros y cuello intentando parecerme a una tortuga para intentar protegerme del frío y ‘tiré’ por la calle que me llevaría a la tienda. Mientras caminaba, asimilaba poco a poco todo lo que había sucedido y a la vez, estaba comiéndome lo poco que me queda de cerebro pensando en cómo iría a escribir esta entrada…

Vaya cosas…