Dejavú centesimal…

Por ese entonces, eran las nueve y cuarto. Era nuestra hora de salir y seguíamos en clase haciendo ejercicios de matrices y demás… Tras terminar un último problema, creo que por pena nos dijo: “Venga, os dejo salir antes”, eso sí, que conste, el ‘profe’ es majo. Con un cansancio poco más que inhumano salgo por fin de las cuatro paredes que forman el aula donde he estado ‘pringando’ las últimas 5 horas. Abrigo, mochila, móvil al bolsillo, cabeza y arreando pa casa.

Acompañado de algunos compañeros de clase, nos dimos cuenta del fresquito siberiano que hacía a los pocos segundos de pisar calle. Andábamos a lo pandilla mientras se escuchaban rumores de colegueos y más que colegueos de residencia; que si gemidos, que si chico-chica… lo “supuestamente” juvenil y lo que la gente cree que es la vida universitaria. Uno piensa que venir a Madrid a estudiar es: “No atender a clase, salir todos los días, emborracharse hasta la ceguedad y tirarse a cuantas personas sea posible. Quien más enganche, gana.” Ah, y lo gracioso es que aprueban.

Me despido de ellos, quedándome en la marquesina roja que supuestamente te cubre de las tempestades del tiempo… pero no del frío. Asomo la cabeza, a ver si venía el dichoso autobús que me llevaría a la … estación de autobuses (¿obvio?) para coger el metro. Por un momento tuve la sensación de que el conductor estaba borracho y tenía el pie pisando a fondo el pedal del acelerador sin reparar en los badenes que se colocaron a lo largo de la calzada (Lenguaje de autoescuela). Viene, se pasa cinco metros de la marquesina y abre la puerta (no sin hacer un sonido a lo Darth-Vader cuando respira…).

Me subo, tickeo mientras saludo al conductor, el cual me suele ignorar. Huele a humanidad, pero no tanto como cuando llueve o hace bochorno… Se nota, y aunque suene desagradable, el olfato se va acostumbrando. Enfilo el pasillo del autobús en busca de un asiento como cual ratón que sale de su agujero para ver si hay gatos o no en la costa y encuentro uno detrás de una chica, que a primera vista, me era un tanto familiar, pero no le di importancia y me senté; me puse música y comencé a leer las noticias desde el móvil (y más tauromaquia… así salimos los españoles de la crisis)… Poco a poco iba llegando a la estación subterránea de autobús, las personas se iban levantando antes de que se detuviese y la chica que se sentaba delante mía se levantó antes que yo.

Al hacerlo, me fijé un poco en su vestimenta; vestía bien, más casual que formal. Soy muy malo describiendo ropa – no es lo mío…- así que me limitaré a decir que me gustaba cómo vestía. Pasé de largo y fui con prisas a coger el Metro, quería llegar a casa cuanto antes y descansar. Ya esperando en el andén mientras ponía el móvil en modo avión y poniendo una canción de Love Of Lesbian, esa chica pasó por delante mía sin darme cuenta hasta que giré la cabeza y vi llegar el tren. No sé si fue el viento que generó a su paso, pero dejó una fragancia bastante… encantadora a su paso.

Metro

Las puertas se abrieron, primero las del andén central y luego las de mi andén. La primera cosa de la que me percaté al instante era el interior del tren. Por fuera, era un tren antiguo típico de la línea 6, pero por dentro parecía uno de los trenes de la línea diez, completamente renovado con los colores, asientos, barras y carteles parecidos a los nuevos (que son un gusano de un sólo vagón). Me senté y de reojo ví cómo ella se sentaba en frente mía. En ese instante, un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo, una especie de nerviosismo o pánico me dejó con los ojos como platos y el pulso acelerado. “No puede ser, ¿Qué hace ella aquí? ¿No se ha dado cuenta de que estoy en frente suya?” – pensé por dentro…

En un intento de confirmar de que se trataba de la persona correcta, saqué el ‘tochaco’ de Manual de Dcho Constitucional (sí… quién demonios saca eso en el Metro…) y alcé un poco la mirada. Llevaba botas Mustang y tenía una bolsa de Massimo Dutti entre sus piernas. No, no era ella; ella no llevaría botas y mucho menos consigo una bolsa de una tienda de “alto calibre”. Por un momento cerré los ojos, me dije para mis adentros un leve ‘Qué alivio!’ y lo solté en forma de pequeño suspiro. Los abrí y le(la?) miré, y por media centésima de segundo, el pulso se me fue por las nubes de nuevo. ¡Por qué? ¿Es imposible! …

Por joderos un poco el asunto os diré que no, no era ella. A pesar de que su pelo tenía un color muy parecido, sus labios eran igual de finos e hipnotizantes, una piel un pelín clara y unos ojos del mismo color pero distinta tonalidad (SÍ, los hombres somos patosos con los colores y yo más que soy semi-daltónico, asi que no diré color y no porque no quiera)… Conseguí relajarme pero a la vez me sentí hecho polvo. Yo fingía estar ojeando mi tan añorado Manual que ha costado riñón y medio mientras ella estaba hojeando lo que parecía ser un diario con una cara sonriente y animada; tuve al fin, una visión global de cómo era ella.

Definitivamente, me asombraba de cómo esa persona desconocida la cual se sentaba delante mía hubiera podido evocar por unos pocos instantes, esos sentimientos desdeñados y olvidados en un recóndito lugar dentro de mi… sentimientos que la persona a la que amaba provocaba irremediablemente en mi, eso que dicen de “mariposas en el estómago” (si bien en ese momento tenía leones rugiendo).

Vanas y meras ilusiones me había hecho. Me dejé llevar por los sentimientos, por la irracioinalidad que nos caracteriza, sí, irracionalidad. Porque, del mismo modo que nuestra vida no tiene ni pies ni cabeza, los sentimientos tampoco, y el amor, mucho menos. Nadie nos enseña a cómo amar, ni nadie nos dice cuántas vueltas hay que darle con el destornillador o a quién hay que llamar por si ‘eso’ se avería; es un puro sin-sentido que, motivado por la misma irracionalidad como el amar, vamos buscando deseosos de sentirnos plenos, completos o en esencia, humanos, junto y para-con la otra persona.

Ya casi llegaba a la parada de Metro en la que me tenía que apear (qué arcaico!), guardé el Manual en la mochila y me levanté dirigiéndome hacia la salida que te deja justo en frente de… del pasillo de la salida. El tren comenzó a entrar en la estación mientras frenaba little by little, deteniéndose completamente segundos después. Tenía que salir por las puertas del lado izquierdo, pero se abrieron las del andén central primero así que giré la cabeza momentáneamente para verle por última vez, en un intento de decirme a mi mismo: “No, quien está sentada allí no es la persona a la que buscas por mucho que se parezca” – en efecto, ni ella ni la persona a la que amaba eran mi media naranja-já -si algo se acabó fue por algo, decía una amiga mía-; pero justo cuando clavé la mirada en ella, ella lo hizo conmigo, con una cara de asombro mezclado con curiosidad… Y otra vez esa sensación de nerviosismo. Volví a mirar de frente como si nada hubiera pasado y se abrieron las puertas… “Anda y no mires atrás…”.

Al pisar el andén, notaba cómo había conseguido escapar de una especie de burbuja espacio-temporal que me tenía allí recluso, había vuelto al 2 de febrero de 2012. Todo eso que me hizo dudar y recordar aquellos momentos agradables que pasé con esa persona cuando el mecanismo fingía que funcionaba, desapareció en un instante. Dicha sensación de estar ausente en un mundo paralelo se deshizo, me arremangué un poquito para ver la hora: Apenas había estado quince minutos en ese vagón.

A poco más de dos pasos ya estaba enfilando el pasillo que conducen a las escaleras mecánicas y a medida que avanzaba, una lágrima se me escapó de los ojos pero a la vez, yo esbozaba una leve sonrisa. Supe al instante, que esa lágrima no era por aquella desconocida, ni por la chica que amaba… sino por haber podido recordar todo ese conglomerado de sensaciones que uno siente cuando el cupido te atraviesa con una flecha envenenada; sensaciones que… no afloraron en mi durante mucho tiempo.

Salí por las taquillas del Metro, y me fui a coger el ascensor que me conduciría hacia la superficie. Durante la subida, me coloqué los auriculares, me abroché la chaqueta y miré con el móvil si pasaría un autobús en los próximos minutos para no tener que volver andando… No, el siguiente pasaba dentro de 15 minutos. Guardé el móvil y las puertas del ascensor se abrieron. “¡Bienvenido a Rusia!”, me encogí de hombros y cuello intentando parecerme a una tortuga para intentar protegerme del frío y ‘tiré’ por la calle que me llevaría a la tienda. Mientras caminaba, asimilaba poco a poco todo lo que había sucedido y a la vez, estaba comiéndome lo poco que me queda de cerebro pensando en cómo iría a escribir esta entrada…

Vaya cosas…

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