Hora de cambiar

Estaba dispuesto a coger mi carpeta del suelo, sacar unos folios y ponerme a escribir con mis nuevas adquisiciones: Unos sencillos ‘boli Bic”. De esos que aparentemente todo el mundo tiene, usa y re-usa. Puse los folios encima de la carpeta y allí me hallaba, sentado en mi cama, tapado con las mantas, con la carpeta sobre las piernas y los folios en blanco preparados para soportar que les ensuciara con tinta…

La caña tenía forma hexagonal como los paneles de abeja y no entendía por qué a pesar de ser tan incómodos para escribir, hubiera tanta gente que utilizara estos bolígrafos. El estar un buen rato escribiendo me provocaba dolores en el dedo corazón, de allí que el dedo de la mano derecha tenga una especie de bulto que el de la izquierda no tiene, sí, soy diestro – pero ambidiestro para otras muchas cosas. Además, la caña era de plástico duro, dándote la sensación de que estabas sujetando una caña formada por “superglue” al que has dejado secar durante una hora; por dentro emanaba una frustración y unas ganas de partir la caña con los dedos, que querrías sentirte el mismísimo “Bruce Lee” chin-español.

Dejé de ponerle pegas al bolígrafo mientras me ponía a pensar en qué quería escribir, en qué quería contar al mundo o qué cosas de mi vida quería plasmar en esa inocente hoja en blanco. Sin darme cuenta, mi mandíbula ya estaba moviéndose sola. Mis dientes, mordiendo la tapa del dichoso bolígrafo y yo, cabreado con el dichoso Sr. Bic. Había encontrado en mí mismo, la explicación de por qué todas las tapas de los boli Bic están deterioradas con boquetes y dentelladas; era como si poseyesen una especie de imán para los dientes incitándote a morderles más y más y dejarte la baba cayendo por la boca como cual niño de 2 años… Uno era incapaz de sostener el boli sin escribir ni hacer nada y no estar dándole mordiscos como a cual regaliz-piedra que compras del chino de abajo (así que en mi tienda no compréis regalices)

Mientras mi cerebro ordenaba a mi mano sujetar el bolígrafo con firmeza para no llevarme otra vez la tapa del boli a la boca, mi mirada estaba perdida en el vacío de una de las paredes blancas que forman mi habitación. Blanco. Me extrañaba mucho que esa parte de la pared siguiera tan limpia como el primer día, sin manchas, ni pintura ni contornos de mosquitos asesinados. No estaba reluciente pero sí impecable. O eso, o que no llevaba gafas y mi miopía era tal que no veía la inmensa capa de mierda que se había adherido al yeso de la pared… Cogí el bolígrafo y me puse a examinarlo con cara de chimpancé (a lo L), la caña era transparente, o más bien semi-traslúcida; cerré un ojo como si fuera haciendo un guiño y con el otro me puse a observar la pared a través de mi ‘telescopio hexagonal’. No, no veía un pajote…

Al no encontrarle otra utilidad que frustrarme pensando en lo inútil que era el bolígrafo para cualquier tarea que no fuera la de escribir, me puse a escribir. Y no me preguntéis cómo, la tinta manchó… Manchó mi mano. Había empezado a “writear” sobre mi mano y antes de terminar la primera letra ya por acto reflejo, aparté mi mano izquierda de inmediato. Mierda, una raya, esto no lo quita por mucho que coja el jabón y la esponja y ‘rasca que rasca’. *flashback* Se me vino a la cabeza muchas escenas sobre gente que tenía pintada en las manos, las tareas que tenía que hacer al llegar a casa por si se le olvidaban, las chuletas para el examen o lo mucho que se odiaban querían dos amig@s entre sí.

Con la paciencia ya rozando el menos infinito, apreté la punta del bolígrafo contra el papel y empecé a hacer trazadas… inconexas como mi letra misma, como las ideas que rondan mi cabeza, como ella y yo… dejando sobre el papel líneas azules que se asemejaban a una montaña rusa diseñada por y para locos de manocomio, que al fin y al cabo no eran más que letras mal escritas – la caligrafía no era ni había sido santo de mi devoción. A medida que escribía iba desplazando mi mano hacia la derecha. La punta del boli, estaba en contacto con la superficie del papel, pero, de ese roce no salían chispas.

Acabé de escribir mi primera frase. Resultó ser un “Odio escribir con Boli Bic”. Estaba en lo cierto, ¡no me gustaba! Era horrendo, te daba la sensación de que la tinta fuera a separarse del papel, de que te empezaban a doler los dedos, de que tu mano se cansaba, de que a medida que ibas escribiendo las letras se iban borrando… Todo ese cúmulo de impresiones fue acompañado de una minúscula lágrima que salía de, cómo no, el ojo derecho. Discurría lentamente por mi piel, intentando abrirse paso hacia abajo hasta poder llegar a mi barbilla y hacer puenting sin cuerda… Tras precipitarse contra la tela de mi manta, pude notar el cauce que había dejado en mi rostro, sentir como si mi cara estuviese toda maquillada excepto la parte por la que mi gotita había pasado.

Le puse la tapa. Lo guardé en el estuche y cerré la cremallera usando la uña a modo de palanca (pues la parte metálica por donde se coge estaba rota) y guardé el estuche en la mochila. Quité de encima la carpeta y dejé caer los brazos sobre mis piernas, como si estuviera cansado con los hombros bien bajos… Me quedé un rato ausente en mi propia burbuja de ausencia, pensaba en todo y a la vez en nada. Hasta que unos minutos más tarde conseguí asimilar que sería el fin del reinado de los Pilot V5 que solía usar desde hacía dos años y pico, cuando comencé el Bachillerato.

Tendré que usar los boli Bic para escribir a pesar de que me encantan los Pilot V5. Aunque, espero escribir algo más sensato que la primera frase con la que estrené el boli azul… O eso, o que siquiera he aprendido a escribir.


Mis apuntes, algo con más sentido que esa frase… o no…

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