De cómo acabar enloquecido y mirar el lado positivo.

Hoy es 11 de marzo vaya. No tenía pensado escribir en un día así, día un tanto recordado por mucha gente alrededor del mundo sobre sucesos importantes que tuvieron lugar en un pasado. Pero sí, ya era hora de escribir algo e intentar desahogar lo que uno lleva dentro, de intentar expresarse como debe ser; cuando te entra la inspiración de querer escribir algo no tienes tiempo para ello y cuando tienes tiempo, la inspiración se fue de paseo. Parece que hoy las estrellas se han alineado.

De pequeño, gran parte de mis prioridades, era sobrevivir en el colegio. Pero no físicamente: No me daban puñetazos ni patadas ni me tiraban del pelo, sino que se burlaban tanto de mi nombre como de mi condición de chino. Se reían de algo de lo que yo “no era culpable” en cierto modo, ni había elegido el colegio en el que pasaría casi toda mi trayectoria escolar, ni había elegido mi nombre, ni el tener padres chinos, aunque todo esto seguramente ya lo haya relatado por aquí en varias ocasiones. Mi infancia no fue buena, pero tampoco fue la peor. Muchas de las personas que he conocido, han sentido en carne algo parecido a lo mío bien en su infancia, bien en su adolescencia, bien en su vida presente. Algunas comprenden lo que sientes por dentro, otras quieren empatizar contigo pero sus intentos no son fructuosos, otras muchas pasan de tu trasero siéndoles indiferente y otras tantas son aquellas personas en las que en su infancia se dedicaban a bajarte los pantalones en medio del recreo.

En cierto modo, fui un ‘rarito’. Estabas solo mientras diez niños se burlaban de ti y a los quince restantes les importabas un carajo. Eras la minoría entre esa marabunta de gente que se diviertía amargándote la vida, pero míralo por el lado bueno: eras único y no iguales que los demás. Pero no me quejo de haber tenido tal infancia, no tengo motivos. Aprendí a base de empujones, mofas, bromas pesadas y algún que otro escupitajo, que no se puede ir así por la vida, ni tampoco juntarte con tus enemigos si la situación no te es favorable, siendo mejor estar solo que mal acompañado. Mis padres me educaron desde enano a no cumplir el dicho de “Ojo por ojo, diente por diente”, a ser honrado, humilde y sincero y pocas veces me han dicho que procure ser más egoísta… Es cierto que intento no hacer a otras personas lo que no me gustaría que me hicieran a mi, pero tampoco voy a ofrecer mi otro moflete a aquella persona que ya me ha dado una buena bofetada.

El resultado de todo el cúmulo de vivencias que he ido teniendo a lo largo de mi vida, es el ser que soy yo ahora. Mi manera de ser, de actuar, de entablar una conversación; mi timidez, mi carácter soso, mi idiotez; hasta mi forma de vestir, andar o escuchar viene condicionado por aquel niño de cinco años que fue obligado a atravesar unas puertas negras (impetuosas por aquel entonces) que separaban el patio pequeño de la calle y el resto de transeúntes que por allí discurrían, como ánimas inertes. Ahora, mi prioridad es poder compaginar mi vida personal con mi vida académica (y cercana vida laboral); y hay una cosa que diré por todo lo alto: por mucho que se quiera potenciar nuestras capacidades cognitivas, nuestra manera de afrontarnos a un problema o de “desarrollarnos” por nosotros mismos, el plan Bolonia es una mierda.

Me parece bien y correcto que se intente fomentar el ‘autodidactismo’ a base de hacer trabajos, pero no a razón de 5 por semana porque la vida no te da. Intentas llevar todo al día pero te es imposible: tus lastimosos estados de ánimo de incitan a no hacer nada hoy y dejarlo para el día siguiente. Apenas encuentras tiempo para mantener las amistades que se tiene, siquiera tiempo para leer libros, y ya no hablemos de ocio… No estoy estresado, pero sí me preocupa distanciarme de determinadas personas, que significan mucho para mi (aunque a veces el sentimiento no sea recíproco…), pero como todos sabemos, no existe nada para siempre. Intento fingir lo que siento por dentro, fingir que todo va sobre ruedas y forzar sonrisas mientras el tiempo pasa y nos coloca a cada uno en su lugar. Al parecer a mi me puso en el lugar de los que no saben jugar al mentiroso, ergo, no saben fingir ni mentir de manera convincente… Pero, ¿para qué fingir si mi retraso (y locura) mental viene de fábrica?

Sigo queriendo aprender a controlar mis emociones y sentimientos, a pensar en frío antes de hacer o decir nada, a vivir en la vida real y no en Hora de Aventuras. Y recordar que hace apenas unas semanas estaba repitiendo a mis padres hasta la saciedad que quería comprarme un coche, sin parar de dar el coñazo como cual máquina que pega hostias de dos en dos; y verme ahora más contento de usar el transporte público que tener coche propio, sacándole incluso, más ventajas que inconvenientes. Con coche propio no podría leer un libro mientras conduzco aparte de que el gasto de gasolina (con los precios estratosféricos a la que está) saldría diez veces más cara que el abono mensual que uso. El único inconveniente: no poder cogerlo cuando lo necesito.

Y digo “seguir aprendiendo”, porque todavía no sé cómo domar mis deseos sin usar un poco la cabeza – que para algo está. Intento establecer prioridades entre “sentimiento” y “cordura”, pero se hace muy difícil porque una cosa implica automáticamente a la otra. Es como si ambos conceptos estuvieran atrapados en la tela de una araña, cada término en el polo opuesto al otro. Un juego cuyo objetivo es escoger uno de los dos términos y quemar el otro. Pero ¿qué pasa?, que con que incendies un simple hilo, te has cargado toda la red entera.

Sí, he enloquecido. Hasta tal punto de que a veces veo apariciones en las que baja un ángel del piso de arriba llevando una máscara que oculta la verdad, sujetando por lo alto una balanza en la que por un lado está escrito “razón” y en la otra “corazón”, y me dice: “Escoge un lado de la balanza”. A veces me pregunto si el tío ese que me imagino es idiota o es cabrón por naturaleza. Es como si me diera a elegir entre amar a alguien sin importarme las consecuencias que puedan haber o no amar a alguien por miedo a tales consecuencias… no tiene sentido! sería como intentar suicidarse tirándote desde la ventana de un piso bajo! Son situaciones en las que no puedes tomar decisiones, es como si tuvieras que elegir entre papá y mamá cuando ambos te han dado todo el cariño que te mereces y más…

A veces me pregunto si me queda algo de seso dentro del cráneo, creo que lo perdí cuando las hormonas me florecieron en la adolescencia y empecé a sentir ese empanamiento e hipnósis que te producen determinadas personas que no puedes evitar caer en. Y calabaza tras calabaza, chasco tras chasco, intento recurrir a ese amigo tan traidor que llaman “olvido” que aparece cuando necesitas acordarte de algo importante y desaparece cuando le necesitas… Hay personas y momentos en la vida que seguramente sean imposibles de olvidar bien por el daño que te hicieron o por lo mal que lo pasaste; de nada sirve dar por asumido que ya no quieres a una persona cuando estando con ella sientes ladrillazos en el estómago o de seguir adelante como si nada hubiera pasado cuando recuerdos de tu pasado siguen haciéndote mella. Me dijo un buen amigo que si tienes un desengaño amoroso (y supongo que cualquier problema de parecida índole) mejor no coger el coche, todo te acaba dando igual y no te das cuenta de dónde está el límite.

Mirarlo por el lado bueno, por mi bien y por el del resto de los usuarios de la vía pública, mejor me quedo una buena temporada sin coger el coche.
5.03

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