Interrogatorio de Neo.

Me pregunto cómo se sentiría Neo cuando el Agente Smith le lleva a una sala y le somete a un interrogatorio de tres pares de narices. Digamos que, indefenso? impotente? seguro de sí mismo? Quién sabe; son de esas situaciones en las que si no te ocurren no sabrías que hacer a pesar de tener una leve noción de lo que podría o no ocurrir.

Resulta un tanto extraño, que te acusen de intentar colar por la caja de un supermercado, garrafas de aceite de oliva virgen extra dentro de cajas de garrafas de aceite de oliva suave -que son más baratas-. Que tras haber pagado por tus garrafas de aceite como cualquier otro ciudadano normal, venga un guardia de seguridad y te meta a tu madre y a ti en una habitación cerrada con llave con las garrafas de aceite de oliva virgen extra que “supuestamente intentabas colar”. Y que luego te diga que: ‘O las pagas o llamo a la Policía’. Tu pobre madre intentando explicarle que esas garrafas no las había visto, que en cada caja de 3 garrafas hay una (metida al fondo y tapada por cartón) que es de Aceite de oliva virgen extra pero que su intención no era comprar de ese porque no estaba de oferta. Y que para nada le interesaba colarlas.

El señor amargado hijo de la gran fruta que le dio luz (por ahorrarme palabras más despectivas), nos deja solos en esa habitación sin posibilidad de salir por métodos propios y se mete en otra sala donde según el en la grabación se ve claramente cómo mi madre mete una garrafa de aceite de oliva virgen extra dentro de las cajas para ocultarlas y pasarlas por caja como si nada. Y ante la imposibilidad de convencer al ‘segurata’ con un claro desfavorecido desarrollo mental, tuve que soltar la típica frase de : “¿Tienes hojas de reclamaciones?” Para que se callara un pequeño instante y luego te afirmara de que sí tienen; para que luego se meta de nuevo en esa habitación donde supuestamente ve la grabación y para que al final te deje salir amenazándote de que si ve que la próxima vez pasa eso, irá por delante (según él, no era una amenaza). Así, como si nada, sin disculpas, sin enseñarnos el supuesto vídeo donde mi madre hace el papel de pícara, sin nada.

¿Abuso de “””autoridad”””? Puede. Según he estudiado, uno no puede tomarse la justicia por su mano; nuestro sistema jurídico se basa en la heterotutela; es decir, que necesitas de una autoridad para en cierto modo, poder ejercer tus derechos. Que sí, que si hubiera llamado a la policía tampoco hubiera pasado nada porque ambos sabíamos que él no tenía la razón; pero, ¿y esa impotencia de que te hayan tomado por ladrón? O ese “Te veo con cara de chino y a ti te la intento liar parda porque me aburro en el trabajo” o porque el día anterior tenía la libido alta y su mujer no tenía ninguna gana de hacerlo.

Me sorprendió que me viera sacar el móvil y me preguntara que qué estaba haciendo con él, a lo que yo le enseñé el móvil que tenía en las manos (que era el de mi madre) y vio cómo no estaba haciendo nada; excepto que el mío, guardado en el bolsillo izquierdo de mis pantalones sí estaba grabando toda la conversación entre él y nosotros. Sí, que estoy violando el derecho a la privacidad o como demonios se llame, pero ea, si no lo hago, ¿a qué cojones me atengo? Que seguramente lo que haya hecho yo no sea lícito, ¿pero y lo suyo? En fin. Para la próxima sé que hacer. Pero esa rabia todavía no se me ha ido y me entran ganas de ver al señorito chulo prostituta este metido en un buen marrón. Pero bueno, mejor no desearle mal a nadie.

Y si a ti te tomaran como un ladrón, ¿te sentirias guay?

The tiempo.

Estaba mirando más allá de la pared de la cocina, como si esperara que algo atravesara el azulejo de repente y me hiciera reaccionar. Acababa de colgar una llamada de hora y algo y mi brazo derecho no estaba siquiera en condiciones de hacer ese sencillo movimiento para meter la cuchara en la sopa, doblarse y llevarme la comida a la boca, ya ni hablemos de los vuelos espaciales que realizan las cucharas intergalácticas cargadas con medio dedo de puré de verduras cuando en manos de mamás van a alimentar a sus bebés traviesos que se niegan a abrir la boca.

Pasadas las dos de la madrugada, cenaba yo a base de sopa de estrellas que mi madre había preparado hace hora y media (aun cuando me dijo que me preparara yo mismo la cena), siquiera me molesté en calentar la sopa con tal de no hacer ruido y despertar a mis padres que ya bastante tienen con dormir poco. Aparte de la dificultad de mover el brazo derecho y de los pensamientos del estilo “Me hubiera venido bien ser ambidiestro”, andaba masticando una sopa cuajada de estrellas al más estilo “Vaca campera” acompañado únicamente del ‘tic-tac’ tan odioso que emitía el reloj de la cocina, alertándome y recordándome en cada segundo que el tiempo, pasa.

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Y no es que transcurra porque quiere ir de un lugar a otro sino que pasa de ti, de mí y de todos los mortales sin importarle un carajo las circunstancias personales de cada uno, mirando a ver quién es el próximo para empaquetarle y enviarle a la “tan temida” guadaña de la muerte. El problema es que cada uno de nosotros tenemos una concepción distinta del tiempo, seguramente todos hayamos vivido clases infernales en las que uno se dormía y cuando pensaba que ya había pasado media hora desde la última vez que miró al reloj, mira y el minutero sólo se movió tres huequecillos; o tardes con colegas de pasarlo bien y que alguien diga “Vaya, ya son las once” y sueltes con incredulidad el típico: “¿¡Ya son las once?! ¿¡Tan rápido?!”.

Sin embargo, muchas veces me pregunto qué será el tiempo para aquellas personas que a pesar de vivir en un mismo mundo que nosotros, no viven en una misma realidad. Quiero pensar que el tiempo no es lo mismo para el mendigo invidente que está de pie tiritando de frío sujetando una cesta y un cartel pidiendo algo de dinero para su familia que para el magnate de “SoyRicolandia” sentado en su lujoso sofá pensando en dónde colocar su próxima inversión para que obtenga la máxima rentabilidad posible.

Ni tampoco lo será para un reo condenado a 200 años de prisión por haber sido acusado de algo que no cometió que para otro que esté en el corredor de la muerte esperando que el político de turno diga “Ejecutadle”, ni para el que habiendo cometido un crimen está huyendo de ‘la justicia’ ni para aquellos que, elegidos por el pueblo se dedican a derrochar dinero público en proyectos que no buscan sino el lucro personal a secretas.

A unos les pasa tan rápido como el momento que hay desde que pulsas el interruptor hasta que se enciende la luz, a otros tan lento como el andar de una tortuga, otros tantos pasan del tiempo que pasa de ellos, otros ni se percatan de que existe o es la mínima de sus preocupaciones y para otros muchos el tiempo ‘les llueve’ cuando querían un día soleado.

Además, aparte de la propia concepción de ‘tiempo’, tampoco le damos la misma importancia ni el mismo énfasis dependiendo de la situación. Quiero decir, podemos estar maldiciendo a todo dios cuando copiamos un archivo del ordenador a un pendrive y nos salga en la ventanita “Tiempo restante: 70 horas” pero a la vez suplicando al tiempo mismo que pase más lento porque vas a llegar tarde a una cita mientras estás delante del armario pensando en si ponerte pantalones azules o amarillos. Pero seguramente, el momento en el que damos mayor relevancia al tiempo es a la hora de tomar una decisión (aparte de rememorar tiempos pasados): Sí o no, me voy o me quedo, acepto o rechazo, llamo o no llamo, estudio o salgo de fiesta me voy a dormir, seguir adelante con el proyecto o no…

Son de esas situaciones en las que ante un tiempo límite y seguramente no-prorrogable, tengas que decantarte por blanco o negro. Todo el mundo piensa que lo ideal sería el gris, pero me dirás entonces qué gracia tiene vivir en gris all the time. A los amantes del póker les gustará esta manera de pensar, o arriesgo todo o me quedo sin nada; en cambio, los aversos a cualquier tipo de riesgo son quienes se ven en muchos casos, incapacitados para tomar una decisión con miedo a lo que pueda pasar tanto de una manera como de otra, apurando hasta el último segundo que les queda para ver pro’s y contras. Luego en otro rinconcito están los que somos neutrales, nos es indiferente el riesgo, muchas veces nos retractamos de haber hecho determinada elección y otras muchas de llevar a cabo actos que parecen puras ideas de bombero – sin que ello quiera decir que seamos tontos (yo soy la excepción que confirma la regla, que quede claro).

Al final, todas estas ideas suelen desembocar en un mismo lugar. A pesar de que individualmente cada uno tenga su propia y distinta definición de tiempo, en general queremos que: mientras estemos ‘felices’ el tiempo pase lentamente, pero en cambio, cuando estamos más que amargados queremos que sea más fugaz que la propia luz y salir del bache lo antes posible. Seres humanos nos llaman, por algo será.


¿Qué pasa? Nada. Que determinada masa muscular alojada en el interior de mi pecho, la cual se encarga de bombear sangre a todo rincón de mi cuerpo quiere que yo te diga que te quiero. El tiempo.

Desaparición.

A veces nos entran tantas ganas de desaparecer de la faz de la tierra que sin saber cómo, no lo logramos. Nuestros fracasos de intentar esfurmarnos como la pólvora no se cristalizan más que en empeños de evadirse (bien sea mediante música, lectura, paseos, drogas, etc…), quejas y más quejas del estilo “Qué injusta es la vida” o “Vaya mierda de vida la mía”, rebufos y enfados de ‘Al primero que pille le meteré el dedo por el oído para que le salga por la nariz’ o incluso, todo lo anterior mezclado y más.

Esta última semana, muchas de esas ‘cosas’ han estado vagueando a través las carreteras formadas por el entramado de neuronas alojadas en mi cerebro (por no decir ‘neurona’ a secas) y el resultado de todo ese complejo -pero casero- estofado de ideas consiste en una rica explosión de sentimientos cocteleros, pensamientos negativos y rebotes innecesarios. Es más, el constante atosigamiento de exámenes, trabajos y recados que hacer, consiguen poner el aguante físico y mental de uno al límite sin llegar a ese estrés tan indeseado que envuelve a casi todos los madrileños a las 8 de la mañana en el Metro.

Pero, ea, si a lo anterior le añadimos el hecho de haber caído enfermo de una tos de tal calibre que parece que te vas a morir y un constipado que no desaparece ni con aguarrás… tela. Eso en cuanto a salud, porque en cuanto a cordura, cuando llegas al límite de no querer pensar siquiera en si te queda algo de ella o no, es que las cosas no van bien. Sucesos desconcertantes y sueños basados en recuerdos del pasado que en la vida querrías recordar de nuevo pasan por delante de tus ojos, como si fuera una proyección de cine a la que estás obligado a ver sin poder cerrar los ojos ni apartar la vista a otro lado. Da igual si sucedieron hace más de diez años, como si hace cinco, como si dos o como si hubiera pasado el día de antes…

Al dormir poco y de manera interrumpida constantemente debido a tan agradables paranoias mentales, uno se pregunta qué narices ha hecho para merecerse eso; cuando en el fondo la respuesta está en que lo que ha hecho ha sido ‘no hacer nada más que lamentarse de sí mismo, intentar dar pena y poner a parir a todo Cristo’. No falla, os lo aseguro. Si me pongo a pensarlo detenidamente, más de la mitad de todos esos recuerdos que me ‘atormentan’ vienen a ser meros nombres, nombres asociados a ciertas personas que de ser posible, le partiría dos piernas, o al menos, todos los dedos de las manos para que no se urguen la nariz y se rasquen los eggs mientras me miran con cara de desprecio.

Sin embargo, y hablando en términos “”microeconómicos”” aplicados a la vida real, la utilidad de que mi estado de ánimo esté por los suelos es básicamente cero. No me sirve de nada excepto para tener una posterior reflexión acerca del asunto y decirme lo ingenuo e idiota que he sido, soy y seguramente seré (sí, lo considero un cumplido). Para nada estaría dispuesto a dar una hora de sueño por una hora de sufrimiento mental, ni dar un bien a cambio de un mal, es de cajón (o no…).

Esta mañana me he despertado solo en casa. No había nadie y pensé que sería hora de desayunar. No era yo, o al menos, no parecía ser yo quien en ese momento salía de su habitación y se dirigía a la cocina. Tenía la cabeza baja, los hombros semicaídos e iba arrastrando los pies por el suelo. Era como si ese sujeto estuviera andando sin mirar: o conocía su casa a la perfección o tal vez se dejó guiar por sus instintos de “si me he dado un golpe es que no hay puerta, o hay puerta y está cerrada”.

Lo peor de todo, es que pensaba que la mesa de la cocina era la barra de un pub y que cada trago de zumo que daba le sabía a whisky. Entre cada trago, lo único que hacía era mirar hacia abajo sin mediar palabra y ponerse a pensar en cosas que no tienen lógica por mucha que la busquase; como si estuviera adornando su hueco cerebro con flores marchitas de recuerdos y pétalos pálidos como la luna misma. Dándole más y más vueltas a un tornillo sin fin. Él sabía que tarde o temprano le irían a llamar para ir a trabajar, pero no tenía prisa, todo le sería indiferente hasta el momento que sonara el teléfono y tuviera que descolgarlo.

Sim embargo, lo mejor de todo es que mientras se duchaba con agua fría acompañado de un catarro del deiciséis (es que el termo “s’a jodio”), se peinaba, se vestía y salía de casa; se le pasó. Volvió a ser “cosa rara” (que no persona) mientras cerraba la puerta de su casa y bajaba las escaleras dispuesto otorgarle la importancia justa a toda esa maraña de pensamientos incómodos que tenía en la cabeza: ninguna. De nada le servía estar quejándose de gilipolleces que no tienen fundamento alguno, es como si quisiera que un árbol comenzara a enraizar en mitad de un desierto – aunque no lo descarto.

Por un momento se acordó de todas aquellas personas que veía a diario en una situación peor que la suya. Vaya egoísta estaba hecho.