Desaparición.

A veces nos entran tantas ganas de desaparecer de la faz de la tierra que sin saber cómo, no lo logramos. Nuestros fracasos de intentar esfurmarnos como la pólvora no se cristalizan más que en empeños de evadirse (bien sea mediante música, lectura, paseos, drogas, etc…), quejas y más quejas del estilo “Qué injusta es la vida” o “Vaya mierda de vida la mía”, rebufos y enfados de ‘Al primero que pille le meteré el dedo por el oído para que le salga por la nariz’ o incluso, todo lo anterior mezclado y más.

Esta última semana, muchas de esas ‘cosas’ han estado vagueando a través las carreteras formadas por el entramado de neuronas alojadas en mi cerebro (por no decir ‘neurona’ a secas) y el resultado de todo ese complejo -pero casero- estofado de ideas consiste en una rica explosión de sentimientos cocteleros, pensamientos negativos y rebotes innecesarios. Es más, el constante atosigamiento de exámenes, trabajos y recados que hacer, consiguen poner el aguante físico y mental de uno al límite sin llegar a ese estrés tan indeseado que envuelve a casi todos los madrileños a las 8 de la mañana en el Metro.

Pero, ea, si a lo anterior le añadimos el hecho de haber caído enfermo de una tos de tal calibre que parece que te vas a morir y un constipado que no desaparece ni con aguarrás… tela. Eso en cuanto a salud, porque en cuanto a cordura, cuando llegas al límite de no querer pensar siquiera en si te queda algo de ella o no, es que las cosas no van bien. Sucesos desconcertantes y sueños basados en recuerdos del pasado que en la vida querrías recordar de nuevo pasan por delante de tus ojos, como si fuera una proyección de cine a la que estás obligado a ver sin poder cerrar los ojos ni apartar la vista a otro lado. Da igual si sucedieron hace más de diez años, como si hace cinco, como si dos o como si hubiera pasado el día de antes…

Al dormir poco y de manera interrumpida constantemente debido a tan agradables paranoias mentales, uno se pregunta qué narices ha hecho para merecerse eso; cuando en el fondo la respuesta está en que lo que ha hecho ha sido ‘no hacer nada más que lamentarse de sí mismo, intentar dar pena y poner a parir a todo Cristo’. No falla, os lo aseguro. Si me pongo a pensarlo detenidamente, más de la mitad de todos esos recuerdos que me ‘atormentan’ vienen a ser meros nombres, nombres asociados a ciertas personas que de ser posible, le partiría dos piernas, o al menos, todos los dedos de las manos para que no se urguen la nariz y se rasquen los eggs mientras me miran con cara de desprecio.

Sin embargo, y hablando en términos “”microeconómicos”” aplicados a la vida real, la utilidad de que mi estado de ánimo esté por los suelos es básicamente cero. No me sirve de nada excepto para tener una posterior reflexión acerca del asunto y decirme lo ingenuo e idiota que he sido, soy y seguramente seré (sí, lo considero un cumplido). Para nada estaría dispuesto a dar una hora de sueño por una hora de sufrimiento mental, ni dar un bien a cambio de un mal, es de cajón (o no…).

Esta mañana me he despertado solo en casa. No había nadie y pensé que sería hora de desayunar. No era yo, o al menos, no parecía ser yo quien en ese momento salía de su habitación y se dirigía a la cocina. Tenía la cabeza baja, los hombros semicaídos e iba arrastrando los pies por el suelo. Era como si ese sujeto estuviera andando sin mirar: o conocía su casa a la perfección o tal vez se dejó guiar por sus instintos de “si me he dado un golpe es que no hay puerta, o hay puerta y está cerrada”.

Lo peor de todo, es que pensaba que la mesa de la cocina era la barra de un pub y que cada trago de zumo que daba le sabía a whisky. Entre cada trago, lo único que hacía era mirar hacia abajo sin mediar palabra y ponerse a pensar en cosas que no tienen lógica por mucha que la busquase; como si estuviera adornando su hueco cerebro con flores marchitas de recuerdos y pétalos pálidos como la luna misma. Dándole más y más vueltas a un tornillo sin fin. Él sabía que tarde o temprano le irían a llamar para ir a trabajar, pero no tenía prisa, todo le sería indiferente hasta el momento que sonara el teléfono y tuviera que descolgarlo.

Sim embargo, lo mejor de todo es que mientras se duchaba con agua fría acompañado de un catarro del deiciséis (es que el termo “s’a jodio”), se peinaba, se vestía y salía de casa; se le pasó. Volvió a ser “cosa rara” (que no persona) mientras cerraba la puerta de su casa y bajaba las escaleras dispuesto otorgarle la importancia justa a toda esa maraña de pensamientos incómodos que tenía en la cabeza: ninguna. De nada le servía estar quejándose de gilipolleces que no tienen fundamento alguno, es como si quisiera que un árbol comenzara a enraizar en mitad de un desierto – aunque no lo descarto.

Por un momento se acordó de todas aquellas personas que veía a diario en una situación peor que la suya. Vaya egoísta estaba hecho.

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