“H”alucino.

Se acerca el verano y no por ello quiere decir que se acerque el calor: ya está aquí. Sin apenas darnos cuenta ya estamos casi en el ecuador del año. Nuestras preocupaciones, quehaceres diarios y demás obligaciones nos impiden parar el carro y darnos cuenta (de nuevo) de lo fugaz que puede llegar a pasar el tiempo. Eso sí, no me soltéis aquí el debate de que si es el tiempo que pasa rápido o que cada persona tiene una concepción distinta de ello; bastante tengo con que haga mal tiempo.

Llevo desde un poco antes de que empezaran los exámenes durmiendo una media de 3 o 4 horas diarias… Vaya, qué recuerdos del año pasado cuando todavía era un estudiante de Bachillerato. Antes iba con la presión de tener que sacar buena nota para Selectividad pero ahora voy tan relajado que a la mínima deslizo y la lío parda, así son las cosas… Si es que no aprendo.

Hace apenas unas horas estaba en la sala de estudio (o lectura) de una biblioteca cualquiera. Doce filas de fluorescentes iluminaban esa cueva de sillas y mesas con paredes de libros y enciclopedias. Las persianas de la pared derecha estaban bajadas para que no viésemos las tonterías que hacen aquellos orangutanes que pasaban por ese ‘corredor de las cucarachas’. En la sala, el oxígeno olía a una especie de mezcla de hedores provenientes de diversos tipos de engendros, habiendo olores para todos los gustos y siendo la mayoría de ellos olor a ‘restos de jabones naturales pegados al cuerpo’, fruto del calor que hacía a pesar de tener el aire acondicionado puesto. Las caras de angustia que se podían recoger en ese lugar podrían deprimir a cualquier psicólogo al que fuéramos a visitar para que nos animase…

Yo en cambio, estaba echándome una cabezadita para intentar paliar el sueño y las pocas ganas de estudiar tras el batacazo que me llevé al conocer la primera nota final de este 2º cuatrimestre. No, no suspendí, pero casi…
Mi mente estaba completamente desincronizada con el pensamiento de la mayoría de personas presentes en ese momento: Mientras yo intentaba planificar mi escasa semana de vacaciones de junio, el resto estaba amargándose al mismo tiempo que se intentaba estudiar como podía el tocho de Gestiones empresariales, los efectos de la bioquímica en seres vivos o escultura y arte griegos… También estaba la típica persona que ponía cara de póker al ver que no podía estudiarse 4 ‘libracos’ de mecánica de fluidos deun día para otro y demás cosas raras de ingenieros así como el otro que, a la antigua, se preparaba las chuletas en el típico trocito de papel enano que cabe en el interior de un tubo de tinta de un boli que cabe en otro boli que cabe en… empieza por O y termina por O. RT.

Tanto afán por estudiar, tanto “venga me voy a pegar la matada de mi vida estudiando” para que luego sea yo, el quasi más vago de todos los que allí empollaban, el último en salir de la biblioteca. El encargado de la biblioteca ya debe de tenerme una manía del quince al no dejarle dormir si estoy yo en la sala. Sin embargo, ser el último en marcharse también tiene sus ventajas: son las tantas de la madrugada, apenas hay coches pasando por las calles excepto las típicas patrullas de policía que se bajan del coche para pedirte la documentación y se disfruta de una tranquilidad imposible de obtener por el día.

Mientras te sientes como el protagonista de una película de zombies deambulando solo de noche por las calles de una ciudad inerte, tu cabeza empieza a pensar en cosas aleatorias. Me acuerdo de que llegué a pensar en si me estaba convirtiendo o no en un ermitaño que vivía oculto en las montañas sin tener más vida social que la del aire, su bastón y su barba. Tiene su lógica si casi todos los días llegas a casa a las 4 y pico muerto de cansancio. Y justo en ese momento, no sé por qué, por mi cabeza pasó una imagen un tnato… extraña por decirlo de algún modo.

Era yo, poniendo una cara de ‘estoy esforzándome por sacar una sonrisa pero I’m not able to‘. Con el pelo más o menos igual de largo que como lo tengo ahora, llegándome casi a los ojos. Mi miraba estaba fija, hacia un punto fijo pero no lograba saber dónde. Y a pesar de que la foto estaba hecha de hombros para arriba, podía ver que lucía mi camisa favorita, aquella de color azulado con mangas cortas que entonaba bastante con el fondo de color blanco. Poco a poco la imagen se empezaba a distanciar, podía apreciar cómo esa escena estaba rodeada de un marco de color plateado; en cuya placa inferior rezaba mi nombre escrito tanto en español como en chino. Pensaba que mi cerebro me estaría deleitando con ese momento tan ansiado de la graduación universitaria… … Puto cerebro.

De nuevo, la visión que tenía era más amplia y conseguí distinguir una corona de flores alrededor de lo que era mi retrato. Al lado, sobre una mesita, varios fajos de billetes de 500€ y llaves de coches de marcas bastante lujosas. “Vaya, cómo se lo montan en las graduaciones, soy rico y encima poseo varios coches” – pensé. Ingenuo de mi cuando vi una mano aparecer de la nada, coger ese fajo de billetes y tirarlo al fuego. Ver cómo los billetes iban deshaciéndose adoptando ese color a negro y posteriormente pasando a un gris ceniza. Algo no iba bien, algo no me cuadraba, eso no era normal en una graduación.

Me derrumbé al ver que también tiraban las llaves al fuego. No por el hecho de que las tiraran sino por el hecho de que también ardían… Estaban hechas de cartulina y pintadas muy detalladamente por fuera. Me quedé perplejo, sin poder asimilar lo que estaba viendo porque no quería creer en ello. No podía, no quería… intenté creer cabizbajo que eso no era posible y de nuevo, batacazo que me llevé al levantar la cabeza. “No… no… no… no puede ser… es jodidamente imposible…” – era lo único que podía pasarse por mi cabeza, negaciones y más negaciones. Fui capaz de oler incienso en ese mismo momento.

Había un cristal con forma de rombo que daba a una habitación al otro lado: cuatro paredes, todas blancas; un suelo de mármol reluciente y un techo con agujeros de ventilación. En el centro de aquella sala, Un ataúd sobre un soporte de cuatro patas, levemente inclinado hacia la ventana. Yacía allí dentro un cadáver pálido, cuya faceta se asemejaba al chico de la foto, sólo que en versión “ojos cerrados”. Se me heló la sangre. No podía respirar. No podía apartar la mirada del ataúd. Quería gritar pero las palabras se desintegraban en el vacío. Mi cerebro me había trasladado a mi propio velatorio y yo queriendo deshacerme de él.

Todo ese conjunto de imágenes se desvaneció en menos de lo que cantaba un gallo. Volví a estar donde estaba, en esa calle desierta en mitad de mi camino a casa bajo la mirada de estrellas escondidas en la oscuridad del cielo. Pensaba en todo eso que había visto en cuestión de un segundo, pero a la vez no quería pensar en ello. Intentaba disimular sin éxito todo ese asombro con una cara de indiferencia, pero total… Para qué ocultar nada si no te ve nadie y si te ven, que te vean.

Saqué las llaves, entré al portal y comencé a subir las escaleras. Quise pensar que no conseguiría vivir lo suficiente como para presenciar esa idéntica escena de mi mismo. Quise pensar que para cuando eso ocurriese, sería yo quien quisiera abrir los ojos para ver a aquellas personas que te observan tras el cristal. Quise pensar que ojalá para tal momento, hubiera hecho algo en la vida de lo que poder estar un pelín orgulloso de mi mismo… Abrí la puerta de casa y vi como mi madre estaba en la cocina preparándome la “cena” (sobre las 4 y media de la madrugada): unos buenos filetes de merluza rebozados. Me vio con cara rara pero del sueño se marchó a dormir y yo me senté en la mesa con lágrimas en los ojos… “Mejor comienzo a cenar y me dejo de gilipolleces“.

De pequeño quise poder tener la habilidad de saber absolutamente todo, desde lo que haya ocurrido en un pasado hasta lo que en un futuro podría ocurrir. Y el otro día hablando con un amigo me comentó que si bien saber todo era algo positivo (y negativo), no era lo mismo saber todo que saber reaccionar ante todo; y bien cierto que es… La vida es una incógnita y mejor dejarla así, con sus sorpresas.

7:42.
Buenos días.

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Henxu come mocos.

Decimos ser amantes del nihilismo…sin fe en lo que no vemos ni destinos ya prefijados….destinos en los que nos acabamos viendo envueltos bajo nuestro propio conformismo, el no querer cambiar lo que tenemos porque requiere esfuerzo o determinación para alcanzar los objetivos.

Como impostores narcisos simplificamos nuestra existencia en lograr la imagen perfecta y refinada, delante de la cual queda creado el escudo que la defiende y justifica, la ilusión del intelecto y las emociones como prioridad única y válida.

En esta, sociedad la única y real urgencia que tenemos es la necesidad de sentir.

No todo lo placentero es bueno.

  • Aviso: La entrata entrada no es coherente, no tiene sentido alguno, absténganse de leer si no quieren cacaos mentales o proferir insultos contra mi persona.
  • Está lloviendo. A mucha gente le gusta que llueva, a mi también. Seguramente el que esté conduciendo un coche no diga lo mismo porque el hecho de que llueva suele ser sinónimo de atascos, los agricultores estarán contentos si no llueve demasiado como para arruinar sus cosechas, los vagabundos se verán obligados a refugiarse bajo un techo cuya propiedad no es suya, los ciclistas que estén haciendo ruta se imaginarán a sí mismos metidos en una ducha, los embalses nos anunciarán de que ha subido la cantidad de agua que alojan entre sus enormes muros de hormigón (aunque no nos dicen que el precio del agua no va a bajar o que a la gente le da por probar empíricamente si saben volar como Superman) y yo saldré a la terraza del piso a ver si sigue habiendo goteras.

    El sonido de la lluvia es capaz de dejarte atónito, de trasladarte a un mundo en el que sólo hay tranquilidad, calma, sosiego… Una melodía made in naturaleza que te permite estar contemplando el paisaje que ves a través de tu ventana sin importarte el paso del tiempo (aunque sea para ver cómo el vecino d’enfrente intenta cocinar un huevo frito) o quedarte embobado mirando cómo miles de gotas siguen suicidándose inevitablemente contra el suelo y en cambio cuando no llueve siquiera te asomas por la ventana ni para ver el tiempo que hace. Y el cielo encapotado… qué decir de él; nubes casi opacas que actuán como una sombrilla en pleno mes de abril, pero con el encanto de que regula la luz de una manera tan perfecta y grisácea que invita a estar mal de ánimos…

    Seguramente haya muchas personas que no estén de acuerdo con que llueva: el que se monte en un autobús lleno de gente en un día lluvioso no lo estaría (esa fragancia a humanidad…), ni el obrero que esté llevando bolsas de cemento del camión al descampado, ni el que está deprimido, ni mi propio yo cuando salgo a la calle dejándome el paraguas en casa pensando que no va a llover y nada más salir de la puerta empieza a caer la marimorena.

    Pero estas cosas no sólo ocurren con la lluvia ni únicamente con fenómenos meteorológicos. Digamos que hay más elementos susceptibles de ser los reactivos de cierta fórmula química desconocida que nos llega a producir placer, bien sea sensitivo, emotivo y por qué no decirlo, intelectual (por ejemplo, a la hora de leer). Esos elementos destacan por ser muy fácilmente perceptibles ya que, salvo excepciones, intentan captar nuestra atención estimulando una parte de nuestro ser, como si nos estuvieran gritando desde lejos “Eh, que estoy aquí! Que existo!”.

    A pesar de ser los menos frecuentes (al menos en mi caso), los ingredientes emotivos son los que más sabor tienen a la hora de degustarlos. Es cierta la afirmación de que el hombre posee una racionalidad que le distingue de los demás seres vivos -aunque en ocasiones te encuentres con shuprimos que demuestran lo contrario-. Pero quiero pensar reaccionamos con emociones, en esencia, con sentimientos: no es que sean tan fuertes como llevarte a la perdición, pero sí lo suficientemente como para llevarse de paseo a la mente, a la cordura y al sentido común. ¿O tal vez lo primero implique lo segundo?.

    Por tanto, existiendo tantos placeres, por qué nos cuentas tantas historietas y cosas sin sentido, ¿a dónde quieres llegar?.- Diría cualquiera. Quiero llegar al punto de: “A veces, uno echa de menos el placer de estar triste”. Sí, suena paradójico, no tiene pies ni cabeza y aún así un chico “supuestamente listo” ¿dice esa idiotez? Joder Henxu, ¿¡qué puta mierda estás diciendo?!

    Resulta muy contradictorio que uno pueda disfrutar de estar mal de ánimos. “Cuando estás mal, estás mal; no puedes estar bien y mal al mismo tiempo! (sí se puede… creedme) y mucho menos disfrutar de estar triste!”
    Pero hay tantos momentos en los que de seguir una rutina y vivir inmerso en una monotonía que no va más alla de “Casa-Universidad-Estudio” en la que uno no tiene siquiera tiempo de preocuparse por sí mismo ni de su salud, uno busca desesperadamente una fuente de ‘placer’; un minúsculo rayo de luz en las profundidades de una cueva, un algo… Y cuando ese algo se hace ‘a la desesperada’, no se hace ni pensando, ni razonando; se hace.

    Dicen que la desesperación es una emoción tan fuerte que saca a la luz muchas cosas, que separa la paja del trigo y que difícilmente se puede fingir -suele haber personas especialistas en ello-. Esa misma desesperación te lleva a tener ganas de bajarte a la calle en medio de un día “diluvioso”, a subirte a esa mini colina desierta que tienes al lado de casa, cerrar los ojos y gritar al cielo “TODO ME IMPORTA UNA MIERDA!” mientras estás en proceso de coger un catarro del quince y te tragas la orina de ese ángel cabrón que llevaba 2000 años sin mear en el cielo; esa misma desesperación es la que te lleva a cometer ideas de bombero que seguramente en un par de semanas te reprocharás.

    Ese afán de encontrar algo a que atenerse para no caer en un mundo grisáceo y sin cambios es muy dañino. Lo mío es leve dentro de lo que cabe, porque, qué pasa si la desesperación que surge por ejemplo de un desengaño amoroso, es capaz de hacer que alguien coja su moto y se ponga a acelerar sin parar y sin importarle ni un pelo la gente de su alrededor? Que sí, que seguramente en ese momento, estabas exteriorizando esa frustración que llevabas dentro, que te estabas desahogando a más no poder yendo a toda hostia, que en ese momento era lo que querías hacer y no se te ocurría ninguna otra manera de contener y armonizar tu propio enfado… Pero ea! no pienses que eres el centro del mundo aunque lo seas. Esa persona “””disfrutó”””: hizo algo que no hacía en su vida diaria, que estando las cosas como están (llenas de radares) a nadie se le ocurre ir a 170km/h en una moto y él lo hizo [caso hipotético oiga].

    Es algo así como ser optimista dentro de lo malo: “No tienes nada de donde sacar algo bueno y te contentas con lo ‘menos malo’ llegando al punto de pensar que lo malo se convierte en bueno”. Y ese placer que surge de algo malo… No es recomentable para la salud -mental y esas cosas-. Me contento con disfrutar de estar triste, sobre todo cuando está lloviendo… Pero debería contentarme con otros asuntos que me llevasen a algún otro lado que no fuera el de cometer locuras (que está bien, pero en su justa medida). – Lo digo porque ahora con el calor que hace, por mucho que estés con los cascos y te pongas Rainymood (link), no te da la sensación de estar en un día lluvioso ni de lejos.

    En fin, espero corregir mi rumbo en estos días de exámenes finales, días que considero ajetreados dentro de lo que en la monotonía cabe. Porque como hasta la monotonía se me convierta en una fuente de placer… mal vamos.