Lecciones de vida.

Todo es recíproco… Como en las relaciones de pareja“.
Con esa frase que habéis leído solía explicarnos el profesor de Derecho Internacional la importancia del cumplimiento de los acuerdos internacionales de unos estados para con otros. Casi cualquier situación que se pudiera producir en el ámbito internacional como pudieran ser los conflictos, la violación de derechos, bloqueos, cooperación, sanciones… Ese profesor era capaz de, para ayudarnos a comprender lo que explicaba, mostrarnos un ejemplo claro de dicha escena mediante una extrapolación al ámbito de lo personal, de pareja.

No había clase que no pronunciara la palabra “shi” con ese acento tan suyo, mezcla de chileno y “algo más” que no sé distinguir; que si teníamos la “praCtiCa encima de la mesa”, que si la confianza se requería en todos los ámbitos de la vida, que si parecía que siempre estábamos con el “corasonsito” roto o que si le llegábamos a poner en su examen las historietas de amor que nos contaba en clase, nos pondría un cero. O era cuestión de suerte o es que nunca me ha caído bien ese profesor; en cada clase suya me daba la sensación de humillación constante a pesar de que él mismo afirmaba que: “Sin miedo, que yo no vengo aquí a avergonzar a nadie”, aunque también, según él, todos éramos alumnos de más de notable (permitánme un “JÁ”, comenzando por mi).

Así que reitero, quiero creer que todo este mal tiempo de clases con él ha sido mala suerte. Todavía recuerdo aquellos días en los que volví a ser soltero, en los que apenas dormía 3 horas al día con un insomnio que ni la concha de la lora (y sigo durmiendo poco) y justo en sus clases, él me preguntaba cosas del super-hiper-megatocho-manual de Derecho que yo no me había podido mirar (mejor dicho, no tenía ganas de mirar). Y que de vez en cuando, en esas veces en las que yo intentaba disimular mis ojeras, mi cara de cansancio y sueño de cualquier manera, me soltaba la broma (o no tan broma) de “A Bengu Ye le acaba de dejar la novia”. (sí, así me llamo yo en sus clases).

Claro, eso me sentaba como si me hubieran vomitado puré de mierda encima. Pero al margen de lo que podían ser coincidencias, casualidades o causalidades de la vida; notaba en ese profesor una especie de mantra, algo así como “Mi instinto me dice que ese hombre es buena gente”, si bien en sus clases no paraba de hablar también de los divorcios, de si en el mundo debería de haber más chicas infieles o que si la separación de bienes era injusta (lo que me hizo hasta pensar que estaría divorciado). Ese hombre era una fuente de sabiduría, no sólo de derecho, sino de lecciones de la vida.

En una de sus últimas clases, nos contó una historia con la que me sentí bastante identificado, no recuerdo nada bien la historia exacta, pero era parecido a lo siguiente:

Yo tenía un amigo de la infancia al que le encantaban los coches. De pequeño vio un modelo de deportivo que le llegó al corasonsito (al alma…) y se dijo a sí mismo que cuando tuviera el dinero suficiente se compraría tal coche.
Este hombre, estudió mucho y acabó siendo un hombre con bastante dinero y cuando tuvo ocasión, compró el coche que tanto añoraba cuando era pequeño. El día de la presentación, acudieron sus amigos y personas cercanas y obviamente, estaba toda su familia con él. Todo el mundo decía que le gustaba mucho el coche y que había hecho una buena compra.

En un momento en el que él y los invitados se fueron a comer algo al interior de la casa, el coche estaba afuera sin cuidado de nadie. Su hija, pequeña por entonces, cogió algo punzante y empezó a “dibujar” cosas sobre la chapa del coche tan preciado que su padre acababa de comprar.

Al cabo de un rato, cuando el hombre salió de la casa y vio por un lado el coche completamente rayado y por otro, a la niña con el objeto punzante; en un acto de cólera, le propinó tal paliza a su hija que tuvieron que llevarla al hospital en estado de coma. Hubo percances y los médicos se vieron obligados a amputar a la niña, ambas manos.

Ya pasados unos días, la niña había despertado. Y, en el momento de recibir la visita de su padre, con lágrimas en los ojos dijo lo siguiente: “¿Papá, si la próxima vez me porto bien, me volverán a crecer las manos?”

Con esto, el profesor nos quería recordar que antes de cometer cualquier acto estando en cólera, pensáramos dos veces en la consecuencia que ello pudiera tener; que hay decisiones que una vez tomadas, no tienen vuelta atrás y si la tuvieran, no volveríamos al mismo punto de inicio en el que nos encontrábamos antes de haber elegido mal.

El temario y las lecciones que dio después de tal historia, me entraron por un oído y me salieron por otro. Entré en un estado de “trance” o ausencia reflexionando conmigo mismo; recordándome algo que hice hace 12 años, algo de lo que me arrepiento bastante. Y es que, cuando estamos llenos de ira, hacemos cualquier cosa pensando en nuestro propio egoísmo y en que la razón siempre está de nuestra parte, cuando en realidad, después de haber llevado a cabo una idea de bombero, nos llevamos las manos a la cabeza, nos arrepentimos de haber cometido tal idiotez o intentamos hacer como si no hubiera pasado nada. O ambas cosas a la vez.

Seguramente no haya aprendido mucho Derecho Internacional Público con este profesor, pero sí he aprendido y aprehendido a ser mejor persona, o al menos, a intentarlo.

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