B.

Los que me conocen saben que muchas veces me entra el venazo de exigirme más de lo que puedo hacer o llegar a ofrecer, me ordeno dar más de mi cuando ya he llegado a mi límite superior y las cosas, como es de esperar, salen estrepitosamente bien mal.

Esta tarde tengo una competición de Rubik y cada vez que lo pienso, me recuerda a las anteriores veces que he ido a torneos similares. En todas las veces excepto una, he ido solo, por mi cuenta, sin llevarme a nadie conmigo, bien fuera en Madrid, Valencia o Bilbao. Y justo al llegar al lugar donde se celebra tal evento, me vengo abajo.

Sí, he de reconocerlo, soy un envidioso en muchas ocasiones; aunque de esa envidia sana, o eso quiero pensar. Me vengo abajo porque la gran mayoría de participantes van acompañados de alguien: amigos, pareja, familiares, compañeros, etc… Veo que los acompañantes graban en vídeo al participante, le hacen fotos, le animan, le felicitan cuando lo hace bien y todas esas cosas que se supone que no tienen por qué hacerlas.

Yo lo veo y no se me ocurre otra cosa que saciar ese ‘vacío’ juntándome de strangis con algún grupo de competidores y participar en la conversación (aunque no tenga ni idea del tema que hablan), de hablar con los jueces, mezcladores, colarme en alguna entrevista de la tele… Lo que sea por no tener esa sensación de soledad (y mira que el ambiente suele estar animado).

Luego cuando me toca participar a mi, me quedo esperando en la ‘sala de espera’ a que me llamen (mal) por mi nombre, salga al escenario principal, resuelva un cubo y me vaya. Echo la mirada a los espectadores y no hay nadie que grite un “Venga Henxu!”, pues los únicos que me dan ánimos son los jueces y compañeros (competidores míos al fin y al cabo) de al lado. Cuando sale bien, lo celebro, cuando sale mal, me frustro y me lo llevo conmigo mismo.

Me siento de nuevo a la espera de que me vuelvan a llamar y mientras, pienso que no encuentro la motivación suficiente como para creer que las cosas me vayan a salir bien. No sólo depende de cómo de rápido y preciso sea uno capaz de mover los dedos, ni lo que tarde el cerebro en procesar la información que ve a través de los ojos, ni su concentracón y/o capacidad de predecir el próximo giro o movimiento, ni tampoco únicamente de cómo de frío o caliente tenga las manos. Sino también influye el estado anímico y no poco. Unos escuchan música para prepararse, otros leen libros mientras esperan, otros tienen otro cubo en la mano, otros ninguno y otros como yo, se dedican a pensar cosas como estas. (Debo ser el único).

Y sin embargo, usando un poco de razón llego a la conclusión de que lo mejor es acudir a torneos así solo, sin que nadie me acompañe. Parece totalmente contradictorio que tenga envidia de aquellas personas que van acompañadas de su entorno cercano y que luego piense que lo contrario es lo mejor. Más que nada porque conociéndome, cuando algo me sale mal y se me mete en la cabeza que lo he hecho mal, no hay dios que me convenza de lo contrario.

Son de esas situaciones en los que pudiendo haberlo resuelto en 13 segundos, se me queda en 16 por un pequeño fallo. Uno se empieza a recriminar lo tonto que ha sido, se repite el “pero cómo no lo vi antes” o “por qué no hice lo otro” y comienza a sumergirse en el torbellino de WC que se forma cuando uno tira de la cadena. Y para estar negándole los ánimos que te da alguien, pues como que mejor ir solo y no hacer sentir mal a nadie más que a uno mismo.

Luego está el hecho de que no todo el mundo muestra el mismo interés hacia esto. Para unos es un sinsentido, para otros es un coñazo, otros piensan que es de frikis sin vida social, otro que si tal que si cual. De hecho, si ya me cuesta a mi estar muchas horas seguidas rodeado de un ambiente en el que no paran de sonar el ‘crac crac’ de las piezas de los cubos al moverse, no me imagino a esa persona ajena a este ‘menester’. Gran par de ovarios y/o huevos debe de tener para aguantar todo eso.

Y por último, prefiero que el tiempo que pasasen viéndome hacer un cubo subido a un escenario para luego frustrarme, lo aprovechen en alguna otra cosa que les sea más gratificante para ellos, por así decirlo. Y más cuando andamos quejándonos de que nos falta horas en los días y que cuando se tiene tiempo libre se le pasa volando.

Es una especie de encuentro conmigo mismo… Aunque hoy, y siendo viernes, no tengo ganas de nada.

La invisibilidad visible.

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí. Aunque hoy, llevo todo el día metido en la cama intentando que mi cuerpo se recupere de un constipado de tres pares de narices. ( 2×3= 6 narices ).
Esta entrada de blog no es apta para personas sensibles, que odian leer tostones, materialistas o que tengan la vanidad como bandera; no me hago responsable de efectos secundarios como cabezazos contra la pantalla, mobiliario roto o insultos a mi persona, a mis ancestros o a toda la corte celestial. Es broma. O no.

Muchas veces me he preguntado si aquellas personas más guapas tienen una vida más fácil que aquellas personas que ‘no son tan guapas’, es decir, si las personas atractivas logran conseguir más fácilmente lo que quieren que aquellas personas que aparentamos ser ‘mediocres’.

He de confesar, y que esto quede entre tú y yo, que hace unos años me podía tirar horas y horas delante del espejo mirando mi físico (¿Quién no ha estado delante del espejo y se ha guiñado un ojo a sí mismo más un beso sensual al aire?), criticando mis defectos una y otra vez mientras negaba que yo tuviera virtud física alguna. Era asiático (sigo siéndolo, creo) y la mayoría de los rasgos corporales que definen a un asiático-chino los había heredado por ser eso, chino. Bueno… los típicos mitos y no tan mitos de: ‘la tienes pequeña’, ojos negros y rasgados, pelo negro, y que “todos los chinos somos iguales”.

Desde pequeño no había creído que yo fuera un chico con apariencia ‘normal’ sino creía que era el chico más feo del mundo mundial, pensando que no habría cosa más repugnante que un chinito-gotelé pelo seta en un colegio de monjas rodeado de personas con gran variedad de rasgos físicos y complexiones. Ojos, pelo, forma de la nariz, mandíbula, cuerpo, piernas, pecho, etc… Era un chico enviodoso de todo lo que me rodeaba.

Lo peor de todo es que eran cosas que comentaba a mis padres. Les decía que pensaba que yo era el más feo en comparación con todos esos niños de clase pero no llegué a pensar en qué es lo que sentirían ellos cuando escucharan de boca de su hijo tales palabras… Obviamente, mi madre de vez en cuando me decía que era la cosa más linda que jamás había visto. Aunque a partir de los cinco años dejó de hacerlo cuando me dijo eso en la puerta del colegio y yo solté algo así como: “Mamá, deja de decirme esas cosas porque no es verdad, soy mucho más feo que cada una de las personas que me rodea en clase”.

Como podéis observar, el hijoputismo me viene desde pequeño. (Mamá, si algún día llegas a leer esto, que sepas que te quiero).

En la adolescencia, tras haberme esquilado gran parte del cabello que formaba mi caparazón de tortuga craneal; comencé a obsesionarme con el pelo. Por entonces lo tenía más corto, no más de medio dedo de largo y casi todas las veces que salía de casa me podía tirar diez o veinte minutos engominándome el pelo para tenerlo de punta, a lo “Asian”. Me ponía histérico si alguien intentaba ya no tocar el pelo, sino intentarlo.

Pensaba que mi pelo era algo así como: “Esto, ves esto? *señalando y encuadrando mi cabeza con gestos* esto está fuera de tu alcance, no se toca, sólo se mira. Aunque el resto del cuerpo está disponible para lo que quieras”. Sí, así de gilipollas llegué a ser durante una corta temporada. Sobretodo cuando llegaba a clase y veía a esas dos chicas que por entonces me gustaban, pasar de mi como si de una persona invisible se tratara.

El no ser agraciado físicamente era una desventaja para llevarlas a mi terreno, por lo que intentaba aprovechar mi (escasa) personalidad, mi pelo o mi manera de tratarlas. Y cada vez veía más cerca mi perdición. Observaba cómo esas dos chicas acababan saliendo con chicos más altos que yo, más musculados y robustos, más guapos, etc… y recordaba entonces la escena en las que yo les pedía salir y me rechazaban con un “Oye Heng, no me gustas, pero eres muy mono. Si quieres podemos ser amigos”. *friendzoned*

Comencé a pensar en que este mundo era una mierda, en que no importaba cómo trataras a la gente que te rodea sino que lo primordial era tu apariencia externa. Comencé a juzgar entonces a las personas por sus apariencias, nombrando a cada persona atractiva de “Esa persona seguramente sea muy superficial” y me consolaba diciéndome cosas como: “Me alegro de no ser tan atractivo como esa persona porque eso me convertiría en un douchebag” (Literalmente significa ‘ducha vaginal’ pero se utiliza para llamar a una persona “sinvergüenza, desconsiderado, prepotente”).

Pero en realidad, por dentro suplicaba a quien fuera: “Por favor, por favor, quiero ser tan guapo y sexy como ellos, aunque eso me convierta en un cabrón, me da igual, quiero ser así de atractivo”. Y luego me quedaba atónito cuando conocía a personas ‘guapas’ que no eran ni arrogantes ni presumidas, que eran de lo más humildes y honradas, personas atractivas por fuera y un panecillo por dentro.

Poco a poco fui desistiendo en mejorar lo que mis padres me habían dado, que por cierto, buen trabajo han hecho. (Ya me estoy saliendo de mis casillas). En quedarme como estoy y despreocuparme (lo justo) de mi apariencia externa. Uno no sabe cuál es el límite entre lo físico y lo emocional, así que mejor quedarse en la línea media por si acaso. Tal vez ser más atractivo te facilite conseguir algunas cosas, pero seguro que no es único medio existente para conseguir algo.

Por eso a veces me pregunto, si todo el mundo fuera ciego entonces, ¿a quién le importaría la apariencia del otro? Me refiero, a pesar de que no veríamos un pajote, podríamos seguir sabiendo cómo es otra persona no?. Las personas ciegas suelen usar su sentido del tacto para ‘ver’ por lo que en vez de mirar cómo de atractivo es alguien, empezaríamos a palpar para ver si alguien es guapo o no.

Como seguramente has podido comprobar, cuanto más grande sea algo, más fácil es para nuestro sentido del tacto notarlo. Entonces me imagino que aquellas personas con los rasgos más grandes (nariz, labios, mofletes, orejas… y otras partes del cuerpo que podéis imaginar) serían consideradas las personas más atractivas. Imagínate por tanto un pasarela de modelos, en lugar de ver gente sentada para observar el desfile, la gente estaría colocada en fila con la mano tendida para sentir a tientas los rasgos faciales de las modelos.

Creo que a donde quiero llegar es que tal vez nuestra definición de lo que es bonito o no está basada únicamente en la limitada percepción que nos puede ofrecer nuestro ojos. Empezar a ‘ver’ con nuestras manos y nuestra propia interpretación de ‘belleza’ tal vez nos cambie nuestro punto de vista. Tal vez el paso más allá es empezar a ‘ver’ con el corazón.

Vanidad