Intentos de autoconvicción.

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro. Me gustaba la idea de ser aquel operador que manejaría uno de esos armatostes de metal con los que circular sobre los raíles que hay dentro de esos inmensos túneles bajo la ciudad de Madrid, más que nada porque supuse que me haría sentir cual guerrero ‘salvatore’ portador de una antorcha sagrada que ayudaría a los aldeanos a escapar de las zarpas de la oscuridad que tanto abundaban en aquellas mazmorras. Mazmorras que sólo él y sus compañeros de oficio conocerían como la palma de su mano. Sin embargo, las caras que podía vislumbrar a través de los cristales de la cabina del conductor no se asemejaban ni por asomo, a la de ese guerrero orgulloso de salvar las vidas de otras personas que yo tenía ideado en mi mente; sus expresiones faciales eran nulas como las de un robot sin vida y de vez en cuando, si les daba por mirarte, te fruncían el ceño.

Fue entonces cuando por curiosidad pregunté a mi madre acerca del porqué de aquellas caras que se parecían a las de una persona inerte y tras toda una explicación que por aquel entonces no logré entender, mi sueño de querer ser aquello se vino abajo. Tuve la enorme ocasión de preguntar a varios operarios que trabajaban en el suburbano acerca del oficio y todos me contestaron: “Monótono y aburrido“. Yo no buscaba algo que a la larga fuera lo mismo una y otra vez, debe ser como estar enroscando un tornillo a un mismo juguete durante mil horas seguidas.
Llega por tanto, el clásico momento en el que uno se plantea: “¿Dónde está la frontera entre la vocación y la realidad?” Solemos pensar que lo más óptimo -aparte de que te toque la lotería- es trabajar en lo que te gusta y obtener una buena remuneración con la que vivir plácidamente, pero la realidad no siempre es así a no ser que te guste fastidiar la vida de otros desde lo alto, vease, políticos incompetentes de este país.

El otro día, la típica frase de “La vida es demasiado corta para dedicarte a hacer algo que no te gusta” fue presa de mis oídos. A pesar de que pueda ser cierta, me parece y con perdón, una de las más soberanas gilipolleces que he escuchado. No es que yo no sea un optimista (que intento serlo aunque recaiga mil y una veces) sino que ya me parece demasiado idealista. La argumentación es la misma que la de antes, ¿hacer lo que a uno le gusta de verdad le da como para vivir como le gustaría? Ya no sólo me refiero a cuestiones económicas sino a nivel de satisfacción personal, por un lado por el hecho de preguntarse a uno mismo “si vale para eso que le gusta” y por el otro porque aquí parece que felicidad equivale a tener éxito en la vida de uno mismo sin pararse a pensar que un fracaso ahora es una victoria futura.

He intentado convencerme a mi mismo de que podré llegar lejos y cumplir ciertas promesas que tengo con mi entorno cercano, de poder trabajar en aquello que me gusta y tener una situación estable que (seguramente no) me proporcione la felicidad que ando buscando. Si es que ando buscando algún tipo de felicidad, claro. Pero es entonces cuando al día siguiente de haberte propuesto alcanzar tu meta te empiezan a llover porrazos por todos los costados, porrazos que no te daban cuando estabas indeferente ante todo lo que se te pusiera delante; es como si pasaras de un “Me da igual todo” a un “Joder vaya mierda de vida, nada me sale bien, soy un inútil, etc, etc…”.

Cuesta no desviarse del camino que uno mismo intenta recorrer alternando los planes de vida que se tiene consigo mismo y con lo que el azar le depare; pero, como yo tengo muy mala suerte para todo pues no me queda otra que planear todos y cada uno de los detalles de mi “futura vida”. Sí, de esa vida del paraíso musulmán en el que me esperarían 72 vírgenes con los labios brazos abiertos. ¿Acaso os pensabáis que me refiría a la vida real?

Además, algo de lo que la gente me intenta convencer es que si uno llega alto en la vida, es porque lo ha hecho a costa de los demás, lo que moralmente no sería justo. Pero sin embargo, si a uno le es indiferente la situación que vive actualmente (o que pueda vivir en un futuro) es que es un conformista (lo que tampoco es moralmente correcto). Entonces, mi cerebro comienza a sumergirse en una laguna mental en la que se debate si no hacer nada o pegarse un tiro y más cuando lo que uno mismo está estudiando tiene que ver con la economía y el derecho; carreras que no son más que reminiscencias al puro darwinismo de “Quien vale sobrevive y quien no acaba pisoteado”.

Y es que, cada vez que leo esa última frase, pienso que yo tengo que tener algún valor y sí, me autoconvenzo de que yo valgo poco, de que no soy nadie excepcional, ni fuera de lo común; sino meramente ordinario y corriente. Mucha gente se piensa de que esta actitud mía es para atraer la atención: “Es que te valoras poco porque quieres que te digamos que no es así”. Y no, se agradece que la gente me dé valor, pero no es lo que voy buscando.; porque cualquier día de estos, desaparezco y el valor que se me puede dar podría ser perfectamente el que tiene el hámster muerto de Justin Bieber; es decir, basura, mierda o cualquier sinónimo que se os pueda antojar.

Lo que busco es ir mejorando ese poco valor que me doy. Diría que sería algo así como “Intentar ser mejor persona”, pero eso queda muy Hollywood y no va conmigo (aunque me llamen peliculero).

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro… ni la última vez que dije que quería ser feliz.