Al fin tengo un respiro, al fin es Semana Santa. Lo necesitaba, lo ansiaba, lo buscaba cual tesoro perdido en el fondo del mar: unos escasos días de vacaciones. A medida que uno va avanzando por su etapa universitaria, va notando cómo el tiempo intenta lanzársele al cuello al mínimo descuido o cómo la acumulación de tareas parece un castillo de arena esperando a que venga una ola y se lleve todo por delante. Cada vez que toca levantarse de la cama parece tan jodido como subir una montaña escarpada y cualquier rato libre, caída libre por un acantilado. Es algo así como una monotonía abrupta.

A veces, muchas veces y sobretodo en estas dos últimas semanas; en el poco tiempo libre que tengo me tumbo en la cama con los auriculares puestos y empiezo a escuchar música ambiental hasta quedarme dormido.

Nota: Como podéis observar, no estamos en Semana Santa. Cosas que escribo y no consigo terminar 1. por falta de tiempo y 2. porque no termino escribiéndolo como me gustaría. Sigo pensando que esta entrada (al igual que la mayoría del resto) no merece la pena ser leída. Que conste, quien avisa no es traidor.

Esta vez hacía oscuro, aunque entraba algo de luz, tenue y débil, solamente con fuerzas para atravesar las desgastadas cristaleras que forman la cubierta del centro comercial. Allá donde perecían los halos de luz, comenzaba el imperio de las sombras tal y como dicen: “Donde haya luz, habrá oscuridad”.

Los pies posaban sobre una especie de suelo formado por baldosas, si se les podía llamar así, puesto que no había ninguna que estuviera entera: las había agrietadas, partidas por la mitad, hechas añicos o incluso, pulverizadas. Parecía el mismísimo “Cementerio de las baldosas”, sólo que a diferencia de un cementerio normal no había nadie que les llevara flores y las colocara sobre sus tumbas. O tal vez era yo el ramo de flores que habían dejado tirado allí.

A medida que iba avanzando por las galerías del centro comercial, me iba dando cuenta de una cosa: todos los locales estaban completamente destartalados y vacíos. Paredes que alojaban en su interior un denso aire que olía al olvido y otras muchas cosas que uno no es capaz de recordar. Daba la sensación de estar en una especie de baúl en donde uno almacena todos aquellos recuerdos y sensaciones de los que se quiere despojar: por cada inhalación de ese aire limpio y turbio a la vez, uno se iba llenando de pensamientos negativos constantemente.

Ya casi en estado de desesperación, empezó a llover de la nada. Una persona normal buscaría cobijo en uno de esos locales vacíos, pero en cambio, la irracionalidad llevó a subir unas escaleras que parecían elevar a uno al mismísimo cielo (nublado y tronando) en el que tal vez se encontraría con Dios sentado en un cómodo asiento de clavos y espinas, pero no. Uno subía y subía y lo único que conseguía era pensar que estaba de excursión escalando varias de las Pirámides de Egipto a la vez.

Al llegar (al fin) a la cima, lo único que vislumbre fue una plataforma cuadrada, sin paredes ni soporte, como si estuviera flotando en medio del aire a excepción de la única vía de salida y anclaje al suelo: las escaleras que había subido como un descosido. En el centro había un quiosco con una marquesina bastante amplia que estaba cobijando a una chica de espaldas a mí, de estatura mediana, tal vez le sacase una cabeza o dos, vistiendo el típico vestido de seda que llevan las niñas guapas de las películas de miedo que sin embargo, no era tan llamativo ni extravagante como su piel.

Era pálida, mejor dicho, era la nieve personificada que parecía brillar en medio de la penumbra de aquel lugar, ahora húmedo y ‘llovizno’. Me quedé observando un rato a aquel cuerpo delgado y frágil intentando que mi presencia no hicisese, válgase la redundancia, acto de presencia. Daba la mala espina de estar observando a una persona en sus últimos momentos de vida que desprendía un gran aura de tristeza. Notaba como si cada partícula de aire que entraba por mis orificios nasales (no he podido evitar acordarme de Bobobo) iba desgarrando mis pulmones por dentro a base de melancolía. Como si tuvera a un niño pequeño tirándome del pantalón y suplicándome entre llantos y moqueo que le comprase un Chupa-Chups, solo que en este caso me pedía que por favor, le comprase un poco de felicidad.

Eso era el infierno y lo del cine: mero montaje de fuegos y efectos especiales. Quise acercarme por detrás para darle un abrazo emulando a aquellas películas en las que si abrazas a alguien por detrás, todo irá bien. Deposité mis manos encima de su vientre y ella sus gélidas manos sobre las mías. Y me di cuenta. Me di cuenta de que el cuerpo que estaba abrazando era aún más frágil de lo que aparentaba. Transmitía frío, mucho frío, tenía ganas de decir “Winter is coming” pero tal vez no fuera el momento más apropiado.

Su pelo y su cuerpo no desprendían esencia alguna que mi olfato pudiera captar. Resumiéndolo burdamente, estaba abrazando a un bloque de hielo bajo una marquesina de un quiosco que está sobre una plataforma casi flotante en mitad de un centro comercial abandonado. Todo con mucho sentido oiga. Y a pesar de ello, yo estaba inmerso en su mundo. Me encontraba tan cómodo que estaba deseando que no escampara nunca.

Sin embargo, la racionalidad de mi irracionalidad me dijo que allí no podía estar para siempre; que esa puta escena no tenía (puto) sentido. Por lo cual, como se dice que las actuaciones irracionales son el primer motivo racional por el cual las volvemos a repetir, procedí a realizar algo más sensato: me solté de ella, pasé al lado suya sin reparar en el rostro de la persona a la que dí un abrazo y sin despedirme de ella (al fin y al cabo, las despedidas no eran mi punto fuerte) me tiré al vacío desde aquella plataforma flotante. Después de todo, desde pequeño he tenido la curiosidad de saber si me podía morir o no en los sueños. O aquello no era un sueño..

Sentir que la cabeza es la parte de tu cuerpo que va cortando el aire verticalmente, es muy agradable; parecido a poner la cara en frente del ventilador al máximo, con la única excepción de que no te pegas una hostia padre al final del trayecto.
Iba cayendo, cada vez incluso más rápido pero no veía el suelo acercarse a mí y por un momento me pregunté si me había pasado tres pueblos subiendo escaleras.

Como por arte de magia, noté que alguien me abrazó por detrás en plena caída. Reconocí ese mismo frío al instante. Era la misma chica de antes. En cierto modo me alegré porque volví a abrazar, no, mejor dicho, me abrazó – en mitad de una caída libre-; pero en lo que uno lee estas línes, entristecí. Aquel cuerpo que me abrazaba parecía haberse consumido un poco más desde la última vez.

Quise girarme y ver quien era, poder decirle un par de mis nefastas palabras que nunca funcionan para animar a la gente y antes de darme cuenta, vi el suelo estamparse contra mi frente. ¿El final? Siempre el mismo: acabo despertándome sin saber qué se siente cuando uno muere en un sueño. Decepcionante.

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