Cuando la tumba me recoja.

Esta mañana ha sido una mañana totalmente improductiva. Me he levantado tarde y mi padre ha tenido que hacer los recados que me habían encomendado a mí, por lo que le acabaré debiendo alguna que otra. Así que he tenido todo este tiempo para seguir pensando acerca de mi marcha.

Y es que, cuando uno piensa en esa palabra, surgen imágenes mentales de películas en las que las despedidas son muy emotivas, hay lágrimas, abrazos y bonitas palabras de por medio; escenas que impactan en el interior de la mayoría de los espectadores sacando a luz su lado más humano (e idílico). Tenemos fe en que las personas por muy malas que sean, en un lugar recóndito de su conciencia/consciencia hay esa parte buena que queda por aflorar, pero la realidad está más bien alejada de nuestras creencias.

La mayoría de las personas que realizan buenas acciones lo hacen bajo el pretexto de poder ir al cielo cuando se muera, de poder ayudar a los demás o de sentirse mejor; cuando mi visión acerca de las personas que habitan este planeta me revela todo lo contrario: todo se hace con la intención de mantener una buena imagen. Sí, seguramente es un plano muy sesgado y parcial de la naturaleza de las personas, pero soy incapaz de convencerme de que las buenas acciones no tienen finalidad alguna.

De hecho, yo mismo reconozco que cuando realizo “buenas” acciones (pocas, muy pocas) lo hago con una finalidad que no siempre consigo: Quiero que me odien.

Sí, suena totalmente contradictorio y en principio no tiene fundamento alguno. Desde pequeño, a excepción de aquellos numerosos y diarios insultos por mi condición de raza china, los profesores y familiares me han halagado haciendo mención a si era muy responsable, si era superdotado e inteligente, si tenía un futuro brillante y demás cumplidos que se dicen por decir. Inocente de mi, me lo iba creyendo todo: era el que mejores notas sacaba en clase, el que no desobedecía en ningún momento, no la liaba parda.. (bueno sí, alguna que otra vez cuando bebí gel de ducha pensando que me sabría a vainilla).

Hasta que vas creciendo y alguien en tu vida te da el gran batacazo demostrándote que las cosas no son así, como por ejemplo, que las personas que mejores notas sacan no son las más inteligentes o no siempre son mejores las personas que realizan buenas acciones. Es ese momento en el que dejas de mirarte constantemente el ombligo y comienzas a levantar la cabeza observando las personas que te rodeaban y sí, el edificio que ilusamente te empeñaste a construir y mantener intacto se derrumba por su propio peso. En ese momento descubrí por ejemplo que mi imaginación y creatividad era nula, que mi don de gentes era muy escaso o que mi supuesta responsabilidad era más bien, la irresponsabilidad propia que mis padres intentaban subsanar en mi.

A día de hoy, sigo intentando ser buena persona, a base de realizar buenas acciones. ¿De esa intención de hacer al menos una buena acción por día, como en las películas? pues de esa; pero si sólo contara la intención podría estar tocándome los huevos todo el día. Las personas que no me conocen saben que no tengo nada que contar, que soy un soso y mudo que apenas tiene algo de lo que hablar. Siquiera mis mejores amigos saben que ayer llegué tarde a la hora que acordamos porque aparte de haber un atasco monumental por el camino (cosa es que fue verdad y fue la excusa que les dije), me paré un poco antes a ayudar a un señor a cambiar una rueda que se le había pinchado. Y son cosas que no cuento y me reservo porque no me gusta que me elogien. Que cuán mentiroso he podido ser ocultando esto? No lo sé, yo aprendí de ciertas a ocultar partes de verdad.

Cuando ayudo a alguien a resolver un problema que no entiende y me dice que soy inteligente; se lo niego. No me gusta que me llamen así cuando no lo soy. Odio que me den las gracias pero me encanta ser agradecido, odio que me aprecien pero aprecio a los demás porque me siento inferior a ellos, no me gusta que me digan que he sido fundamental en algo cuando en realidad lo único que he hecho ha sido dar un pequeño empujón, etc… Sé que ha habido veces en las que he alardeado de haber recibido cierta cantidad de dinero por haber hecho un favor a alguien; pero es que no me siento orgulloso de ello ni me siento orgulloso de haberos dicho, por ejemplo, que ayer ayudé a alguien. El orgullo no sirve para nada. Así es mi lógica ilógica con la que funciona mi cerebro y determina mi forma de ser.

Si tan inteligente dicen que soy, ahora mismo no sería un estudiante con pérdidas monetarias de cinco cifras que a saber cuándo podré devolver; ni estaría en segundo de carrera aprobando rasamente todas las asignaturas, ni, sobretodo, hubiera dejado escapar aquellas ocasiones en las que pude rehacer mi vida de cero. Seguramente tenga más ocasiones, pero ya no merecen la pena y menos cuando me he metido en un buen berenjenal a estas alturas. A diario en la universidad, me sorprendo de lo inteligentes que son las personas que me rodean a pesar de que algunos den la imagen de fiesteros diarios, me siento como si no tuviese el privilegio de estar rodeado de gente así aún intentando aprender de ellos. Mi soberbía de ser alguien inteligente brilla ahora por su ausencia y a quienes les cuento esto de manera muy muy superficial me comentan que no confío en mi mismo y ese es mi problema. Es cierto, mi propia confianza y mi autoestima están por los suelos; porque confiar en uno mismo sólo sirve si uno tiene la esperanza de que alguien esté confiando en ti.

Cuando alguien te llama inútil, le mandas a tomar por culo. Cuando una segunda persona te dice lo mismo, directamente le ignoras. Pero a la décima persona que te dice que no sirves para nada, tal vez sea momento para ponerte a pensar si sería mejor que no existieras aquí. Pues así me siento y así he hecho saber a varias personas, que tal vez yo no sea un inútil, pero sigo siendo un problema.

Cuando intento destacar en algo, intento plantar la semilla de la envidia en los demás; es uno de los instrumentos psicológicos más convenientes para usar cuando quieres que la gente te deje de apreciar. Por ello es por lo que quiero que me odien y ya que me leéis, que me odiéis. Porque no quiero ver a gente llorar porque se haya ido un “genio”, porque no quiero que mi marcha – en cualesquiera de los sentidos- se haga difícil, porque no busco elogios post-mortem. Quiero, como dije en la entrada anterior, sorprenderme cada vez más de mi capacidad de pasar desapercibido por eventos que rodeen mi vida, ser una persona secundaria en la vida de los demás y no ser importante, sino despreciable e insignificante. En mi funeral no me gustaría ver caras tristes ni lágrimas cayendo al suelo, me gustaría ver caras de resignación e indignación por tener que acudir a un entierro de alguien que merecería estar en una fosa común, condenado al olvido como destino principal.

Seguramente mi último deseo en esta vida no sería alcanzar la felicidad, sino marcharme por el mismo lugar por el que he venido: por la puerta de atrás.

Con esta pequeña confesión llena de dosis de visión pesimista de la vida que me caracteriza, mucho más emocional que racional, tal vez incluso egocéntrica y victimista -aunque no es la impresión que quiero dar aunque al 100% de quienes lo leáis digáis que sí-, me despido definitivamente del blog, no como otras veces – con 206 entradas sin sentido alguno- . Creo que va siendo hora de centrarme en lo que de verdad es importante (recordad, odiadme!) y chapar un capítulo para comenzar otro con los condicionantes que llevo ya encima. Qué excusa más barata, ¿verdad?
Hasta pronto.

Que llego tarde para comer.

Ser odiado a través de buenas acciones… que buen reto. No creéis? este tío está totalmente majara

Verano sarcásticamente frío

Volvemos a la rutina del año pasado: cuando a uno no le da la vida en el año académico, menos le da cuando termina el mismo. Parece un axioma que se va cumpliendo desde que pasé mi primer verano currando como un chino, a lo que me pregunto, desde cuándo fue eso si un chino vive sujeto a la tienda de alimentación de sus padres… y si no es eso es el restaurante.

Esas ansias de tomarse un descanso siguen presentes aún habiendo terminado los exámenes, ese deseo de irse de aquí, de la ciudad, de Madrid, de España… incluso ahora me cuesta creer que cada vez queda menos para lograrlo y no volver. Cómo definirlo, ¿un sentimiento de melancolía y alegría al mismo tiempo? A medida que ha ido avanzando la primera mitad de este año, menos motivos he ido teniendo para arraigarme aquí.

Desde que terminé el curso estoy durmiendo fatal, a razón de 3 o 4 horas diarias, poco más. (Sólo os digo que fui a la revisión de una asignatura suspensa de empalme, y ahora está aprobada – sacad vuestras propias conclusiones). Vuelvo del trabajo exhausto y a la mañana siguiente tengo que estar ‘vivo y coleando’ para hacer recados… Y lo que es peor, cuanta más comida verde ingiero, peor duermo. Parece que lo de ser sano no va conmigo, porque me veo que a este paso, como haga ejercicio me da un yuyu.

Anoche fue el colmo. Primero porque hacía calor, segundo porque estaba muerto de cansancio y no lograba dormirme y tercero porque acabé pensando en cosas que no debería sabiendo que hoy es una fecha de cumpleaños de cierta persona. Ya no sólo eso, sino porque estaba notando que volvía a ser ‘mi otro yo’, el que vuelve a ser incapaz de concebir el sueño ni con medicamentos.

Muchas veces me sorprendo de mi propia capacidad de pasar desapercibido de entre la gente, pienso que debe ser porque no soy de mucha ayuda para intentar solucionar los problemas que me comentan, porque soy introvertido o soy más sincero de lo que debería, porque soy un soso o porque soy feo – todo parece indicar que es esto último. Pero paradójicamente y al mismo tiempo, puedo ser el centro de atención de otras muchas sin pedirlo ni requerirlo, para asuntos que son minucia. Lo peor de todo, es que pongo demasiada carne en el asador para limar esos pequeños defectos que apenas tienen importancia alguna. A veces pienso que soy bipolar.

Lo mismo puedo estar esparciendo queso rallado sobre unas patatas fritas sin darme cuenta de que muchas de ellas siguen crudas o estar envolviendo una caja de regalo con sumo cuidado habiéndome dejado el regalo en sí fuera de ella. Es cierto que eso es de ser un descuidado y patoso, pero no os sé poner un ejemplo más gráfico que esté extrapolado a mi vida personal.

Otras veces me pregunto si lo que estoy haciendo es lo que de verdad me está gustando. Me refiero, a los estudios. Desde pequeño me ha ido gustando la cocina, mostraba interés en ella pero sobre todo curiosidad. Recuerdo que a los 5 años me pasaba tardes y tardes en el restaurante de mi tío cogiendo gambas de un mini-bidón, pelarlas y echarlas en otro donde van aquellas sin cáscara mientras veía a los cocineros preparando platos en los fogones a toda velocidad. Digamos que esto ha quedado latente hasta hace bien poco, llegando al punto de plantearme si dejar la carrera y empezar a aprender de cocina. Me parece un mundo cuanto menos fascinante en el que en lugar de contentar a personas a las que le sobra el dinero llevando sus cuentas de empresas, trataría de contentar el paladar de personas les guste o no la gastronomía: Comer es un placer, junto con el sexo y la tristeza.

Y otra de las cosas que me he estado planteando es el de tener o no pareja. A veces me siento en la necesidad de tener a alguien que me acompañe por diversos momentos de mi vida, en la que pueda confiar y con la que pueda estar a gusto, sin embargo, cuando mi parte racional entra en acción, inmediatamente comienzo a poner en duda todo lo anterior: si no sé cómo tratarle, si no tengo tiempo para ella, si me es mejor desconfiar de todo el mundo y un largo etcétera que muchos os habréis planteado. Luego me acabo dando la razón en esto último, porque cuando intento decirle a alguien por qué le quiero es como describir que una catedral es un cúmulo de piedras apiladas que terminan en punta. Y si lo intento demostrar con actos, acabo dando la impresión justamente contraria.

Al final acabo teniendo la cabeza como un bombo tras plantearme tantas memeces: me harto, me indigno conmigo mismo, me pongo a patalear en la cama cual bebé descontento. Me resulta aún más imposible dormir y me visto como un indigente – es decir, como suelo hacer -, cojo las llaves y me voy de casa. Arranco el motor, enchufo el móvil al coche, pongo una mezcla de canciones deprimentes de The Cure, LoL y The XX y salgo para la sierra. Dejo el coche al lado de una gasolinera, me bajo, cojo mi linterna y me siento en la orilla del embalse de Santillana a contemplar el reflejo del cielo que, poco a poco, va amaneciendo. Tras calmarme y a pesar de no tener ninguna de mis ideas claras, me vuelvo a subir al coche y me voy a una de mis carreteras favoritas a pegar acelerones, frenazos y giros bruscos -NO RECOMENDADO si apreciáis vuestras vidas-.

Llego a casa un poco antes de que despierten mis hermanos. Para ellos habrá sido una noche cualquiera de su rutina escolar, para mi ha sido una noche dura y a la vez gratificante. Tocaba dormir apenas 3 horas antes de volverme a poner en pie y ponerme a discutir con la señora de banco…

Ya no sé si soy un inmaduro, si estoy creciendo demasiado rápido o si estoy envejeciendo prematuramente. Mi vida ahora mismo se asemeja a la de un pollo sin cabeza, correteando por el corral sin rumbo fijo (cuándo no lo ha sido?). De verdad, admiro cómo las personas consiguen llegar a su etapa adulta sin volverse locas. Y las envidio. Y las desprecio.

Buenas madrugadas. Hoy al menos me esperan 4 horas de sueño.

PD: esta entrada debería de haberla escrito y publicado antes de las 12:31 de hoy, antes de escribir un SMS de felicitación que tal vez, no debería de haber enviado para no romper con la costumbre de ser el último en felicitar a alguien. Me vas a odiar, y no poco.

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Las sosial net-uorcs.

Entrada sin sentido. Nº2.

Las redes sociales y la mensajería instantánea cada día me sorprenden más. Ya desde sus comienzos se vendían bajo eslóganes referidos a salvar las lejanías, a sentirse como en casa, comunicarte con los más allegados o compartir momentos al instante con otras personas, entre otros..

Estos dos servicios y la tecnología siempre han ido juntas de la mano; a medida que los dispositivos de bolsillo han ido incorporando nuevas funciones, la mensajería instantánea ha ido implementando la transmisión de distinto tipo de contenido: fotos, vídeos, voz o incluso la localización en la que te encuentras. Sin embargo, en los anuncios – sobre todo de móviles -, intentan convencernos de lo guay que es el móvil: que te llamen y salga en la pantalla la foto de quién es, que envíes una foto a tu amigo de la tarta que te vas a comer, de tener a golpe de vista las actualizaciones de tu Facebook, de saber el tiempo que hará mañana en tu ciudad (aunque no siempre se cumpla) y un largo etcétera de funciones que no siempre usamos. Y pongo el ejemplo del móvil porque muchos de vosotros os moriréis de ansiedad el día que paséis sin tocar un móvil. Es lo que tiene la dependencia en un dispositivo que reúne casi todo lo necesario para comunicarse.

Pero intentando no desviarme del tema, porque a día de hoy es imposible no relacionar redes sociales/mensajería instantánea y móvil, esta especie de conexión permanente al correo y en especial, a internet ha acabado influyendo demasiado en la manera de relacionarnos con las personas, permitiéndonos hablar con cualquier persona de manera instantánea y lo que más le importa a la gente (al menos de este país): GRATIS! – no, no contemos la tarifa plana, no contemos lo que vale el Whatsapp, no contemos la electricidad que consume, nada. Eso no se cuenta, por favor.

El nicho de mercado que han sabido aprovechar las redes sociales, véase Facebook o Twitter (por mencionar las más grandes), se ve atraído por esa necesidad (creada) de transmitir la vida ‘al instante’, de sentir imperiosamente que uno tiene que contar en 140 caracteres lo que está haciendo o deja de hacer, de subir la foto de turno por el mero hecho de subir foto y actualizar un poco el perfil porque está inactivo. Esa serie de cosas que inconscientemente realizamos cuando la mierda esta nos engancha. “Estoy haciendo …”, “Estoy viendo… “, “Estoy con @ … “… Estoy, estoy, estoy; sí, estás, pero podrido por dentro.

Sin embargo, no sólo estas empresas tienen la culpa (o sí…), sino quienes usan sus servicios se ven reflejados de manera directa en él, es decir y que valga de precedente, personas autoconvencidas que su perfil de Facebook es “ella misma” en el mundo digital. Susceptible de ser criticada de la misma forma – o peor – a través de los comentarios que la gente pueda escribir en su perfil tras haber ojeado toda su biografía. Acabando por dejar bonito su “yo digital” ante el miedo del ‘qué dirán’, cosa que me parece, cuanto menos, inútil.

Nuestras relaciones están cambiando indudablemente… No hace falta mencionar a las compañías de chats, cuyos programas nos envían notificaciones constantes a todas horas. Estés en la calle, en misa o encima del Señor Roca. De eso que la gente te empieza a hablar sin parar y el móvil, en vez de móvil parece el loro; requiriendo de tu presencia cada dos por tres. Que sí, que está bien poder hablar con quien sea, cuando sea; pero personalmente creo que debería ser bajo ciertos límites. Hay asuntos que por su transcendencia, creo que no deberían ser hablados por Whatsapp (por poner un ejemplo), el caso más extremo al que he llegado a encontrarme ha sido que alguien me notificara el fallecimiento de un familiar a través de Whatsapp, tal cual: “Oye, que se ha muerto ‘x'”. Fin.

Tenemos tantos contactos en nuestra agenda personal y de entre ellos, sólo nos comunicamos con dos o tres personas asiduamente; el resto son gente conocida a la que se acude cuando uno necesita algo. Fin (x2). Aparte, el 90% de las veces en las que uno habla con alguien, es vía mensajería instantánea; lo que hace que me pregunte a veces, dónde cojones han quedado las llamadas. Los SMS, no se salvan porque viene a ser lo mismo que un mensaje por IM (y aún así mantienen una esencia que un mensaje por Whastapp no tiene!), pero las llamadas… aunque sean por programas de móvil que lo incluyan, pero joder, parece que hoy en día nadie llama por teléfono para preguntarte si quedas con fulanito, para decirte que te quieren quemar de nuevo tras quemarte vivo o para decirte que te echan de menos, etc. ( :__ forever alone)

Luego está el tema de la privacidad. Hace unos años conocí a una persona que llevaba este tema en las redes sociales a rajatabla; ella tuvo sus motivos después de malas experiencias y yo ahora comienzo a vivir en carne el por qué. Digamos que el fin con el que quiero pensar que fueron creadas las redes sociales es para mantener el contacto con las personas de tu círculo más cercano y compartir tus momentos con ellos de manera ajena y privada a los demás. Pero cuando empiezan a llegarte amenazas o insultos de personas que no conoces a través de ellas, pues la verdad, agradable no es. Que sí, que he conocido a personas maravillosas a través de ellas porque en su momento tuvieron la curiosidad de buscarme por las redes sociales; pero ya empieza a cansar… Asi que eliminar el problema de raíz es lo mejor.

Y ya no hablemos de aquellas personas que se quedan fuera de poder ver el contenido que publicas en las redes sociales, sino de esas otras que se consideran amigos o ‘personas conocidas’ que sí pueden ver lo que pones en las redes al instante. Y aquí pongo Twitter porque es el sitio de referencia en cuanto a “cosas instantáneas”. Las veces que uno tiene que lidiar con personas que se dan por aludidas ante comentarios que pones por Twitter, aun no teniendo ni la forma ni la intención de indirecta, es cuanto menos, cansino. Te abren conversación por privado (y de nuevo volvemos a las aplicaciones de mensajería) al instante de haber escrito tal comentario como si estuvieran exigiéndote explicaciones de por qué has puesto eso, por qué va para él, por qué…

PORQUE ME SALE DEL NABO. CON DOS COJONES. Es como estar en una cárcel videovigilada durante las 24h al día, como si te estuvieran acechando todo el rato, pendientes de ver qué o qué no vas a poner… Digo yo que soy libre de poner lo que me venga en gana. Demasiado victimismo veo por aquí, dándose por aludido con las indirectas; se ven muchos rostros ocultos soltando perlas por Twitter. Así que Twitter a tomar por saco.

En fin. Acabo pensando que las redes sociales sí mejoran en cierto modo nuestra vida social en cuanto a que nos permiten comunicarnos con personas de nuestro entorno sin mayor dificultad que un par de clicks; sin embargo, hemos convertido una posibilidad que nos ofrecen, en una necesidad; lo que muchas veces acaba en obsesión y no es saludable, según el Gobierno de Españistán.

Cada vez más comunicados y cada vez más solos. Una pena..