Verano sarcásticamente frío

Volvemos a la rutina del año pasado: cuando a uno no le da la vida en el año académico, menos le da cuando termina el mismo. Parece un axioma que se va cumpliendo desde que pasé mi primer verano currando como un chino, a lo que me pregunto, desde cuándo fue eso si un chino vive sujeto a la tienda de alimentación de sus padres… y si no es eso es el restaurante.

Esas ansias de tomarse un descanso siguen presentes aún habiendo terminado los exámenes, ese deseo de irse de aquí, de la ciudad, de Madrid, de España… incluso ahora me cuesta creer que cada vez queda menos para lograrlo y no volver. Cómo definirlo, ¿un sentimiento de melancolía y alegría al mismo tiempo? A medida que ha ido avanzando la primera mitad de este año, menos motivos he ido teniendo para arraigarme aquí.

Desde que terminé el curso estoy durmiendo fatal, a razón de 3 o 4 horas diarias, poco más. (Sólo os digo que fui a la revisión de una asignatura suspensa de empalme, y ahora está aprobada – sacad vuestras propias conclusiones). Vuelvo del trabajo exhausto y a la mañana siguiente tengo que estar ‘vivo y coleando’ para hacer recados… Y lo que es peor, cuanta más comida verde ingiero, peor duermo. Parece que lo de ser sano no va conmigo, porque me veo que a este paso, como haga ejercicio me da un yuyu.

Anoche fue el colmo. Primero porque hacía calor, segundo porque estaba muerto de cansancio y no lograba dormirme y tercero porque acabé pensando en cosas que no debería sabiendo que hoy es una fecha de cumpleaños de cierta persona. Ya no sólo eso, sino porque estaba notando que volvía a ser ‘mi otro yo’, el que vuelve a ser incapaz de concebir el sueño ni con medicamentos.

Muchas veces me sorprendo de mi propia capacidad de pasar desapercibido de entre la gente, pienso que debe ser porque no soy de mucha ayuda para intentar solucionar los problemas que me comentan, porque soy introvertido o soy más sincero de lo que debería, porque soy un soso o porque soy feo – todo parece indicar que es esto último. Pero paradójicamente y al mismo tiempo, puedo ser el centro de atención de otras muchas sin pedirlo ni requerirlo, para asuntos que son minucia. Lo peor de todo, es que pongo demasiada carne en el asador para limar esos pequeños defectos que apenas tienen importancia alguna. A veces pienso que soy bipolar.

Lo mismo puedo estar esparciendo queso rallado sobre unas patatas fritas sin darme cuenta de que muchas de ellas siguen crudas o estar envolviendo una caja de regalo con sumo cuidado habiéndome dejado el regalo en sí fuera de ella. Es cierto que eso es de ser un descuidado y patoso, pero no os sé poner un ejemplo más gráfico que esté extrapolado a mi vida personal.

Otras veces me pregunto si lo que estoy haciendo es lo que de verdad me está gustando. Me refiero, a los estudios. Desde pequeño me ha ido gustando la cocina, mostraba interés en ella pero sobre todo curiosidad. Recuerdo que a los 5 años me pasaba tardes y tardes en el restaurante de mi tío cogiendo gambas de un mini-bidón, pelarlas y echarlas en otro donde van aquellas sin cáscara mientras veía a los cocineros preparando platos en los fogones a toda velocidad. Digamos que esto ha quedado latente hasta hace bien poco, llegando al punto de plantearme si dejar la carrera y empezar a aprender de cocina. Me parece un mundo cuanto menos fascinante en el que en lugar de contentar a personas a las que le sobra el dinero llevando sus cuentas de empresas, trataría de contentar el paladar de personas les guste o no la gastronomía: Comer es un placer, junto con el sexo y la tristeza.

Y otra de las cosas que me he estado planteando es el de tener o no pareja. A veces me siento en la necesidad de tener a alguien que me acompañe por diversos momentos de mi vida, en la que pueda confiar y con la que pueda estar a gusto, sin embargo, cuando mi parte racional entra en acción, inmediatamente comienzo a poner en duda todo lo anterior: si no sé cómo tratarle, si no tengo tiempo para ella, si me es mejor desconfiar de todo el mundo y un largo etcétera que muchos os habréis planteado. Luego me acabo dando la razón en esto último, porque cuando intento decirle a alguien por qué le quiero es como describir que una catedral es un cúmulo de piedras apiladas que terminan en punta. Y si lo intento demostrar con actos, acabo dando la impresión justamente contraria.

Al final acabo teniendo la cabeza como un bombo tras plantearme tantas memeces: me harto, me indigno conmigo mismo, me pongo a patalear en la cama cual bebé descontento. Me resulta aún más imposible dormir y me visto como un indigente – es decir, como suelo hacer -, cojo las llaves y me voy de casa. Arranco el motor, enchufo el móvil al coche, pongo una mezcla de canciones deprimentes de The Cure, LoL y The XX y salgo para la sierra. Dejo el coche al lado de una gasolinera, me bajo, cojo mi linterna y me siento en la orilla del embalse de Santillana a contemplar el reflejo del cielo que, poco a poco, va amaneciendo. Tras calmarme y a pesar de no tener ninguna de mis ideas claras, me vuelvo a subir al coche y me voy a una de mis carreteras favoritas a pegar acelerones, frenazos y giros bruscos -NO RECOMENDADO si apreciáis vuestras vidas-.

Llego a casa un poco antes de que despierten mis hermanos. Para ellos habrá sido una noche cualquiera de su rutina escolar, para mi ha sido una noche dura y a la vez gratificante. Tocaba dormir apenas 3 horas antes de volverme a poner en pie y ponerme a discutir con la señora de banco…

Ya no sé si soy un inmaduro, si estoy creciendo demasiado rápido o si estoy envejeciendo prematuramente. Mi vida ahora mismo se asemeja a la de un pollo sin cabeza, correteando por el corral sin rumbo fijo (cuándo no lo ha sido?). De verdad, admiro cómo las personas consiguen llegar a su etapa adulta sin volverse locas. Y las envidio. Y las desprecio.

Buenas madrugadas. Hoy al menos me esperan 4 horas de sueño.

PD: esta entrada debería de haberla escrito y publicado antes de las 12:31 de hoy, antes de escribir un SMS de felicitación que tal vez, no debería de haber enviado para no romper con la costumbre de ser el último en felicitar a alguien. Me vas a odiar, y no poco.

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