Ocurrencias mientras suena música deprimente de fondo.

Situaciones en las que estalla el cerebro. Pedazitos de corteza cerebral dispersos por las paredes de la habitación. Paredes que una vez fueron tan blancas como las de un hospital: color que simboliza pureza e higiene, pero que ahora andan decoradas con litros de pintura roja brillante, la cual sigue galardonada como la bebida refrescante más famosa de entre los vampiros.

‘Una pincelada por aquí, un grumito con esencia por acá y un puntito por allá’ dijo el famoso pintor al que llaman «Azar». Otros prefieren nombrarlo como «La Física». Lo cierto es que un bonito cuadro realista y rojizo dejó plasmado en aquel escenario.

Algún ojo y cabellos oscuros flotando en charcos de puro reflejo carmesí. De lo que una vez fue vida. O pasión. O dolor… Quién sabe. El que más claro lo tenía yace inerte, de rodillas, congelado como si de un retrato tratase, intentando no ceder ante la gravedad y acabar dormido en el suelo, descansando sin una almohada acorde ni querer aceptar que ya no podrá seguir soñando. Soñando con soñar que soñaba.

Y despertó en mitad de la oscuridad. Y lo primero que hizo fue llevarse las manos a la cabeza como si de un asombro recién saliese. Pero ya era tarde…

Situaciones en las que estalla el cerebro…

De cuando quieres a alguien que no se quiere a si mismo.

Comentario a: (http://hellogiggles.com/someone-you-love-doesnt-love-themse…)

El problema no está en que ayudar a una persona con depresión es una batalla ajena, sino que reside en que no puedes ir y decir “Oh, entonces aprende a quererte a ti mismo” y dejarle de lado.

Son precisamente ese tipo de frases que hacen que una persona quiera suicidarse mientras está intentando combatir contra sí mismo, enfrentando sus sentimientos opuestos de “me aprecio” y “me odio”. Necesitan apoyo, cariño, afecto o incluso asistencia especializada. Pero sobretodo, tiempo. Mucho tiempo.

Porque además, están ciegas -metafóricamente hablando-, pues no son capaces de ver más de dos palmos en color, y el resto, todo en gris a causa de su “propia” obcecación. Esto no significa que quienes sufren de depresión no sepan que sus amistades, parejas o círculos cercanos les quieren ni mucho menos, pero no son capaces de sentirlo. Muchas veces, siquiera de exteriorizarlo. Así, corren el riesgo de que, si las relaciones de amistad o de pareja son como deben ser (mutuas, recíprocas y desinteresadas), puedan acabar arrastrando a la otra parte a su propio agujero negro de miedos y temores.

Como se comenta en el artículo, por más afecto que se pueda tener hacia una persona depresiva y deprimirda, si uno no logra observar un signo de mejoría, acaba teniendo la sensación de estar en pie resistiendo la presión de tener bombarderos sobre su cabeza en vano.

Y al final, cuando uno ve (y empieza a creer que) no consigue ayudar a una persona deprimida porque ella misma rechaza su auxilio, -a pesar de que quien se la ofrece haya pasado por lo mismo-, acaba sintiendo una impotencia de ser un inútil que puede acabar corroyéndole por dentro.

La gente casi siempre asume que alguien es egoísta cuando no quiere quedarse junto una persona que no se aprecia y acompañarle, pero muchas veces no saben que seguramente uno ya haya pasado por una depresión antes y no puede soportar otra ajena o que ya ha sufrido por lo mismo y no quiere recaer de nuevo. Supervivencia o egoísmo, cada uno como lo quiera llamar.

Tanto intentar ayudar y no conseguirlo como no ayudar por miedo, duele. Duele, y no poco. Y muchas veces, tampoco se percatan de ello.