La vida del trabajador estudiante o estudiante trabajador.

Es un clásico. Es como escuchar la 9ª sinfonía de Beethoven. O leer en tono melancólico el Soneto de la Dulce Queja de Lorca. O el partido del Madrid-Barça, cada cual como lo quiera ver. Está en boca de muchos, y en olvido de otros tantos: aquella época en la que el estudiante trabajaba, o el trabajador estudiaba. De nuevo, depende de si uno ve el vaso medio lleno o medio vacío.

Son las mismas conclusiones de “siempre”: “se hace duro”, “no tienes tiempo para nada”, “no sé cómo lo haces” y un largo etcétera que seguro que todos vosotros habréis oído. Parecen tópicos, pero desafortunadamente no es así.

Y es que, desde que era un renacuajo he estado con medio pie en el trabajo, medio pie en los estudios. Más lo último que lo primero, pero ahora, más de ambos que de ninguno. Por suerte. O desgracia. Quienes me conocen saben que odio las rutinas, que lo que me repatea es tener un trabajo “9 to 5” típico de oficinista americano, como en la película de Office Space. Eso de llevarte las preocupaciones del trabajo a casa, o directamente, llevarte el trabajo a casa, es… cómo decirlo… Odioso.

A veces pienso que debería haberme metido a conductor de tren. Y no echarme la manta a la cabeza y estudiar mientras trabajo. Pero luego sé, que ni lo primero ni lo segundo me acabarán llenando de satisfacción porque ello supone conformarme con lo que tengo y no aspirar a más. No digo “más alto”, sino “más lleno”. Soy ambicioso, sí. Y esto me va a costar caro, si no lo estoy pagando ya a precio de oro, a precio de tiempo. De ánimo. De vida.

Básicamente, las cosas se han resumido tal que así (perdonad, tengo la parte creativa de mi cerebro atrofiada):

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Creo que el título dice bien claro en qué puntos ando…

Y ya no parece tan fácil vivir sin preocupaciones de llegar a fin de mes, ni tan fácil eludir obligaciones a medida que uno va sumando años a la cuenta de la edad. Ya no parece tan fácil dormir 8 horas seguidas, ni tan sencillo buscar media hora en la que comer tranquilamente con la familia. Llamadas, interrupciones continuas, correos entrantes sin parar (como los insultos de taxistas) y baterías que duran menos que ese intervalo de tiempo tan corto (y a la vez tan eterno) en el que ves cómo un pájaro acaba de vaciar su vejiga y, en slow-motion, no quitas ojo en cómo sus bellísimas excreciones pasan a formar parte de tu indumentaria. En fin, tal vez a esto llamen crecer.

Rutina. Estrés. Ansiedad. Desánimo. Soledad. Son palabras cotidianas con las que te familiarizas, con las que empatizas con todas aquellas personas que van o vuelven del trabajo y con las que compartes vagón en hora punta, yendo cuales sardinas enlatadas a 90 grados centígrados. Palabras que, acaban clavándose con chinchetas en el cerebro. Cerebro que no para de trabajar de día, ni estudiar de noche.