Destellos

Estresante y relajante. Tal vez esta contradicción sea la que esté reinando mi estado mental durante estos últimos días. De forma simultánea, sincronizada, o tal vez acompasada. El agobio se ve reemplazado por una inquietante sensación de calma mientras que en los momentos de descanso, noto el pulso acelerado por todos aquellos recordatorios de terceras personas acerca de temas que están pendientes de solucionar por mi parte.

No tiene sentido. No es coherente desprender una calma sepulcral mientras en mi interior se libran guerras mentales internas entre la facción de la razón y la nación del sinsentido. No es sano intentar descansar mientras avistas bombarderos de preocupaciones sobrevolar tu habitación a oscuras esperando aquel momento en que según cierres los ojos, se convierta en una escena de lluvia de incendios que atraviesan el alma.

Hoy he descubierto mientras me asomaba al balcón y veía el paisaje nocturno que me recibe cada noche, que tal vez los detalles no sean lo importante. No veía nada más allá de tres palmos delante mía: todo borroso, todo destellos de luz. Y en mitad de este caos, encontrar la calma. La desconexión cerebral.

Cambiar de perspectiva ha ayudado: sólo ver cosas apenas identificables pasar, pero centrarte en el hecho y no en la cosa en sí. Dejar de usar la parte racional del cerebro para tratar de identificar al vehículo gris de marca Neko y modelo Basu, con luces de vete a saber qué color y del año “maricastaño” y pasar a simplemente, apreciar el momento y verlo circular (y ya está). Quedarte con las ganas de saber qué coche era y simplemente, ver pequeños haces de luz desaparecer. “Simplemente, movimiento”. Y así con todo. Algo tan tonto, tan pequeño en este mar de tempestades, y a la vez, tan reconfortante. Como las estrellas fugaces, sin pensar en que aquel deseo que pedí la última vez que vi una pasar en un mirador, acabó convirtiéndose en agarrar un cuchillo por el filo serrado y que tiren de él. Pero las cicatrices son preciosas.

Necesito cambios. Si acaso no ha habido suficientes ya este año. Tal vez demasiados y de todo tipo. Y aún así, mi cordura requiere de más. Paradójicamente necesito asentarme y coger equilibrio cual funambulista y a la vez tirarme al vacío y no mirar atrás. Necesito coger hábitos para lograr mis objetivos y convivir con mi odio hacia los mismos (hábitos) por la impaciencia de descubrir qué será lo siguiente.

O tal vez dejar de pensar en tanto. Tal vez necesite entremezclarme con esta corriente gélida de aire y dejar que se vaya formando una armadura de hielo alrededor mía, otorgándome falsa sensación de seguridad y armonía hasta que llegue el verano y me libre de ella. Si no me han consumido las preocupaciones por dentro, eso es.

“UN POCO DE ALEGRÍA MI ARMAAA”. Que nos va a hacer falta.

“EEEEEEEEH MACARENA”. Continuemos con unas púas.

Media jornada de reflexión

Hoy ha sido un día raro. Un día en el que desafortunadamente he podido dormir más de 10 horas de sueño para comenzar un frío, nublado y bonito día con un buen café con leche, un platanito y medio aguacate, todo ello aderezado con una buena dosis de dolor de cabeza.

La verdad es que dos semanas seguidas con un lunes festivo han dado más que dos meses de vacaciones lectivas, de esas que muchos añoran de sus épocas de antes de haber empezado la vida adulta. Dos semanas que han dado para tener un mini momento de reflexión, de evaluar qué tan caótico ha sido este año 2020 para todos y por supuesto, para tener un lujoso e ínfimo momento de vaguería y necesaria procrastinación.

Ese corto momento de cerrar los ojos, en tranquilidad o acompañado con algo de música hace que nos demos cuenta de que estamos constantemente participando en el devenir del mañana, y que en mitad de esta turbulenta y fugaz realidad, no paramos de hacerle la respiración asistida a aquellos sueños y fantasías que no hace muchos años atrás, deseábamos cumplir fervientemente; deseos que se acaban desvaneciendo delante de nuestras narices de la misma forma en que uno intenta coger un puñado de arena bajo el mar: más fuerte aprietas la mano, más hueco dejas a la arena escaparse.

Y así, a medida que las losas de la edad acaban pesando sobre el alma de cada uno, lo que empieza siendo una pequeña aventura romántica con eso que llamamos “vida” acaba siendo una relación llena de deudas vencidas y que siguen sin satisfacerse.. Después de todo este tiempo.

Y cuando abres los ojos, tras haber visualizado una retahila de imágenes ficticias de situaciones idílicas, vuelves a la realidad. Por la mente pasan lentamente, pero no sin su descarada indiscreción, todas aquellas tareas pendientes que tienes que retomar con tu querida “vida” (y rutina) en cuanto termine tu momento de desconexión. Si es que en algún momento conseguiste desconectar.

Curiosa la sensación de haber vuelto a escribir en este, mi pequeño hueco personal.