La cuesta de enero v4

Hace un año me encontraba por estas fechas ingresado tras pasar una tonta cirugía y divagando sobre si una persona podría roncar más que aquel señor que pusieron a mi lado en la habitación del hospital. Tanto era así que necesité recurrir a un Lorazepam que la enfermera me dio con un tono de: “Tómate esto si no logras pegar ojo”, haciendo alusión probablemente a que desde el puesto nocturno podían escuchar los magníficos ronquidos de este músico.

Para más colmo de ese episodio, el señor era (es) chino. Es decir, no había otra habitación en toda la planta en la que ingresar a tal persona en todo el hospital: dos chinos en una habitación. El chiste casi se contaba solo si no fuera porque me pusieron para comer “Pollo al limón”. Era capaz de escuchar las carcajadas de mis amigos a través del grupo de Whatsapp (diablos, por qué la gente lo sigue usando..).

Este año en cambio, me encuentro tranquilamente escribiendo esta entrada para soltar parte de la mierda que llevo dentro: ese inconformismo con uno mismo y enajenaciones mentales que tengo, de forma recurrente, últimamente. Tanto es así que me ha dado por ponerme a leer la misma mierda que escribía prácticamente 10 años atrás con una conclusión muy clara: hasta un pez tiene más memoria que yo.

No aprendemos. No aprendo. Seguimos estancados diez años después con muchas referencias hacia las mismas personas, hacia hechos similares, hacia frustraciones idénticas, hacia piedras con las que tropezamos y somos incapaces de ver venir para la próxima. Cometiendo los mismos fallos mientras acumulamos años en el marcador y recopilamos arrugas en la frente.

Me decía un buen amigo que en estos días, debería despejar la mente y mantenerla distraída para salir de este pequeño bache tras el gran batacazo de no poder huir de esta ciudad – “¡Pues sí que empiezas bien el año, H!”. Y tantos años después, el principal método de distracción no ha cambiado: coche o paseo. Me recomendó que indagase y encontrase un nuevo hobby o que me pusiera a hacerme trenzas en el pelo, ahora que podía.

Pero lo que sí me ha servido estos días de reflexión, ha sido para percatarme de un lastre abismal que me ata los pies. Es algo que ya alguien me recordó hace unos meses y es que parece que vivo en el pasado. Mi cabeza se queda atrapada años atrás y comienzo a entrar en un bucle de más mierda y pesimismo del que cuesta escabullirme. Y hoy lo he conseguido… A buenas horas mangas verdes. Vaya hobby más tóxico tenía. Y tardar más de una década en darme cuenta.

He aprendido a ver que de nuevo, las cosas no siempre salen como uno quiere y que cuando parece que algo se estabiliza, surgirá una variable inesperada que pondrá todo patas arriba de nuevo. Y que esta frase anterior, está reproduciéndose en bucle, día sí, día también.

Y (también he aprendido) que cuando una bala de desgracia te ha alcanzado, tener por seguro que vendrán unas cuantas más antes de que consiga sentir el dolor de la primera. No seré capaz de hacer como Neo, de doblarme 90º y poder esquivarlas todas, pero sí conseguir usar mi cuerpo para evitar que impacten en órganos vitales. De tener la voluntad de limpiar las heridas con alcohol aunque duela y apreciar las cicatrices que van saliendo… Y con suerte de que no puedo tomar alcohol, que si no, en vez de usarlo para sanar heridas, me lo bebería y que sanasen desde dentro.

Algo de paz interior he logrado. No ha hecho falta un viaje espiritual al sur de Asia ni un retiro a una cueva perdida entre las montañas. La solución no estaba en desterrar el pasado, que a punto he estado de perder gigas y gigas de Diógenes de vida sin copia de seguridad, sino en convivir con él (y en hacer una copia de seguridad).

De todas formas, no sé quién ni desde dónde estaban disparándome este 2020. Pero tengo un presentimiento de que este 2021, sustituirá la pistolita con la que me asediaba por un cañón naval. Habrá que estar preparados para esta empinada cuesta de enero, que si me alcanzan esta vez, con el frío que hace, me romperé en pedazos.

Esta entrada fue publicada en General.

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