Van Salentín

No paro de ver entrar reservas en restaurantes para celebrar un día que llaman el día de los enamorados. Muchos dicen que es el día idóneo para declararse ante su amor platónico o rememorar en un día especial aquellos momentos de pareja que el día a día absorbe e impide celebrar. Para los hosteleros, un remedio en mitad de pandemia. Para los que han reservado en su restaurante, otro remedio en mitad de pandemia. Pero para mi acaba siendo un día más, como el día de mi cumpleaños.

Me preguntan si mañana madrugo para ir al altar de sacrificio del Escorial para curar lo que ellos llaman mi “mal de amores”, aunque yo lo veo más como “mal de desamores” si es que la expresión tiene algo de sentido. Al menos el sacrificio mío va a ser la latita de Monster guarripei asqueroso que me tomaré si el bar de debajo de casa no ha abierto todavía antes de salir.

Este año ha empezado más con toma de decisiones que de quejarse de impedimentos. Comencé pensando en abstraerme de Madrid y buscar cualquier excusa para irme, a pasar a quedarme y poder seguir con mis pirulas e historias varias pendientes de saldar. Dejaremos China o el norte de España para otro año menos emocionante.

La nevada ha venido genial para evaluar prioridades y tener un plan algo menos “líquido” ante catástrofes, que me ayudan a poder analizar las peores situaciones en las que me puedo meter y tener un pequeño plan asignado a ello. Decir a dónde quieres llegar e improvisar de mientras, decir cómo quieres vivir e improvisar de mientras. Fragmentar tus grandes objetivos antes de palmarla, desmenuzarlos y convertirlos en granitos de arena; e improvisar de mientras para llegar a alcanzarlos. Y disfrutar por el camino.

Si algo “bueno” ha salido de la pandemia y de las restricciones de movilidad, es poder disfrutar de más tiempo con mi familia. Esa que no valoramos hasta que perdemos: esos ratos de discusión en el salón por qué poner en la TV (cuando hace 2 años, la antigua tenía polvo incluso de dentro para fuera), qué preparar para cenar o qué día cenamos todos juntos en el salón. Mola, y me ha ayudado a estabilizarme. O simplemente, videollamadas, de esas que tanto se abusaron al principio de la pandemia y que ahora cae en el saco del olvido.

Todo pinta medianamente bien. Salvo una de las empresas, considerando qué haremos de aquí a 3 meses. Pero hay que seguir remando. En la misma dirección. O no.