It’s “student-ly” stupid.

Let’s be clear. What I don’t stand about going to College are those spoiled brats who think they’re superior to everyone else just because of their education, wealth and high marks. They reveal a kind of aura that knocks me back: Just because of these “achievements”, they truly believe that they do deserve everything they have, and everything they want.

What really drives me nuts is that feeling of being constantly looked down, like I am actually being treated like an idiot because there are no common hobbies nor interests between us. What do they expect? Of course people who aren’t as “smart” as they are will have their own things to do instead of being a nuisance while bragging about their intelligence and superior IQ.

Is it so hard to be a little bit humbler? I don’t know.

There isn’t any guilt by having born smarter than everyone who surrounds them, but, why do they want to look better in front of people? Why do they have to put down people who want to know them? Or better said, to “save them from going down that tormented path”?

What this proves me is that they’re in need. This attitude will only give them pain over time. But it might not be something I should take care of since I hate dealing with people who are a personified exhibition of narcissism that constantly need to fuel their ego with people’s recognition and praising in order to evade what they fear the most: being forgotten.

A spoiled kid will always need attention since praises are the only thing they are used to hear from others mouths.

As for me, I might be sillier and more stupid than they are. And I recognise that these people are really intelligent. However, despite them possessing an unrivalized ability to learn and memorize books and lessons, everything they know are just that, books.

There is always something to be learned, and books don’t cover everything you have to learn in life. You may find learning opportunities in people, in places, in events, and what’s more important, in yourself. Don’t be a D-bag. When you are really good at something, you don’t have to do anything. The world will tell you.

Si no respiro…

“Frío. Frío. Hace mucho frío. Cada poro de mi cuerpo anda puntiagudo intentando retener el poco calor que va quedando en mi. Sentado en una esquina me hallo. Acurrucado. Desnudo. Espalda con pared y pared con cabeza. Comienzo a pensar que este invierno no está siendo tan gentil como anunciaban los chamanes del tiempo y aún sigo en mi vana ilusión de poder encontrar a la chica que vendía fósforos por las calles.

Mis labios empiezan a cristalizar y mis orejas parecen pétalos de rosa pasados por nitrógeno líquido como si de un experimento culinario en frío se tratase. Mis pies, amorotonados de andar sobre hierba convertida en estalagmitas de hielo, son incapaces de responder ante mis órdenes, órdenes de un cerebro que a pesar de seguir recibiendo oxígeno, no consigue continuar funcionando con neuronas petrificadas. O al menos, incapaz de pensar en positivo.

Este escondite jamás me había parecido estar tan vacío. Es abrir los ojos y ver que lo único que tengo ahora mismo son cuatro paredes de hospital, una puerta con madera podrida, un par de ventanas tapiadas a cada lado y un techo resquebrajado pasando por sus últimos momentos de gloria. Y aire, aire gélido que inunda mis pulmones cada vez que respiro. Inconscientemente, una parte de mi ser recuerda aquella canción cuya letra decía “si no respiro es por no ahogarme”. Tendré que hacer caso si no quiero seguir hundiéndome…

En mi último intento por mantener la respiración un poco más, noto cómo mis párpados cada vez van pesando más, cómo mis ojos quieren descansar un breve momento, cómo todo se va volviendo negro. Pura oscuridad. Acompañada de la sensación de estar andando a ciegas y tener el sentido del equilibrio totalmente perdido… Acaso, ¿no será esto a lo que llaman “limerencia” o andar enamorado?

Posiblemente esto sea un remedio para mis fechorías impuras de mi vida pasada, una serendipia o un apremio. Quiero creer que este ardor inerte dentro mío es algo temporal, o tal vez, una advertencia de las consecuencias de ser alguien frívolo y vanidoso. Aunque si es así, “querida advertencia, vas tarde“. Sin embargo, no deja de tener razón porque, ¿De qué me sirve haber tenido un corazón frío cuando tenía calor a mi alrededor?

Y en esta ocasión, cuando más necesito tener el corazón frío para mezclarme en el ambiente solitario, etéreo y efímero de este, mi pequeño escondite; es cuando más me frustra no poder ser cariñoso con nadie. “Ya mañana.. lo intento. Si logro sobrevivir a esta… no….. tsch...”

*para qué*”

La vida del trabajador estudiante o estudiante trabajador.

Es un clásico. Es como escuchar la 9ª sinfonía de Beethoven. O leer en tono melancólico el Soneto de la Dulce Queja de Lorca. O el partido del Madrid-Barça, cada cual como lo quiera ver. Está en boca de muchos, y en olvido de otros tantos: aquella época en la que el estudiante trabajaba, o el trabajador estudiaba. De nuevo, depende de si uno ve el vaso medio lleno o medio vacío.

Son las mismas conclusiones de “siempre”: “se hace duro”, “no tienes tiempo para nada”, “no sé cómo lo haces” y un largo etcétera que seguro que todos vosotros habréis oído. Parecen tópicos, pero desafortunadamente no es así.

Y es que, desde que era un renacuajo he estado con medio pie en el trabajo, medio pie en los estudios. Más lo último que lo primero, pero ahora, más de ambos que de ninguno. Por suerte. O desgracia. Quienes me conocen saben que odio las rutinas, que lo que me repatea es tener un trabajo “9 to 5″ típico de oficinista americano, como en la película de Office Space. Eso de llevarte las preocupaciones del trabajo a casa, o directamente, llevarte el trabajo a casa, es… cómo decirlo… Odioso.

A veces pienso que debería haberme metido a conductor de tren. Y no echarme la manta a la cabeza y estudiar mientras trabajo. Pero luego sé, que ni lo primero ni lo segundo me acabarán llenando de satisfacción porque ello supone conformarme con lo que tengo y no aspirar a más. No digo “más alto”, sino “más lleno”. Soy ambicioso, sí. Y esto me va a costar caro, si no lo estoy pagando ya a precio de oro, a precio de tiempo. De ánimo. De vida.

Básicamente, las cosas se han resumido tal que así (perdonad, tengo la parte creativa de mi cerebro atrofiada):

Created with Microsoft Fresh Paint

Creo que el título dice bien claro en qué puntos ando…

Y ya no parece tan fácil vivir sin preocupaciones de llegar a fin de mes, ni tan fácil eludir obligaciones a medida que uno va sumando años a la cuenta de la edad. Ya no parece tan fácil dormir 8 horas seguidas, ni tan sencillo buscar media hora en la que comer tranquilamente con la familia. Llamadas, interrupciones continuas, correos entrantes sin parar (como los insultos de taxistas) y baterías que duran menos que ese intervalo de tiempo tan corto (y a la vez tan eterno) en el que ves cómo un pájaro acaba de vaciar su vejiga y, en slow-motion, no quitas ojo en cómo sus bellísimas excreciones pasan a formar parte de tu indumentaria. En fin, tal vez a esto llamen crecer.

Rutina. Estrés. Ansiedad. Desánimo. Soledad. Son palabras cotidianas con las que te familiarizas, con las que empatizas con todas aquellas personas que van o vuelven del trabajo y con las que compartes vagón en hora punta, yendo cuales sardinas enlatadas a 90 grados centígrados. Palabras que, acaban clavándose con chinchetas en el cerebro. Cerebro que no para de trabajar de día, ni estudiar de noche.

Ocurrencias mientras suena música deprimente de fondo.

Situaciones en las que estalla el cerebro. Pedazitos de corteza cerebral dispersos por las paredes de la habitación. Paredes que una vez fueron tan blancas como las de un hospital: color que simboliza pureza e higiene, pero que ahora andan decoradas con litros de pintura roja brillante, la cual sigue galardonada como la bebida refrescante más famosa de entre los vampiros.

‘Una pincelada por aquí, un grumito con esencia por acá y un puntito por allá’ dijo el famoso pintor al que llaman «Azar». Otros prefieren nombrarlo como «La Física». Lo cierto es que un bonito cuadro realista y rojizo dejó plasmado en aquel escenario.

Algún ojo y cabellos oscuros flotando en charcos de puro reflejo carmesí. De lo que una vez fue vida. O pasión. O dolor… Quién sabe. El que más claro lo tenía yace inerte, de rodillas, congelado como si de un retrato tratase, intentando no ceder ante la gravedad y acabar dormido en el suelo, descansando sin una almohada acorde ni querer aceptar que ya no podrá seguir soñando. Soñando con soñar que soñaba.

Y despertó en mitad de la oscuridad. Y lo primero que hizo fue llevarse las manos a la cabeza como si de un asombro recién saliese. Pero ya era tarde…

Situaciones en las que estalla el cerebro…

De cuando quieres a alguien que no se quiere a si mismo.

Comentario a: (http://hellogiggles.com/someone-you-love-doesnt-love-themse…)

El problema no está en que ayudar a una persona con depresión es una batalla ajena, sino que reside en que no puedes ir y decir “Oh, entonces aprende a quererte a ti mismo” y dejarle de lado.

Son precisamente ese tipo de frases que hacen que una persona quiera suicidarse mientras está intentando combatir contra sí mismo, enfrentando sus sentimientos opuestos de “me aprecio” y “me odio”. Necesitan apoyo, cariño, afecto o incluso asistencia especializada. Pero sobretodo, tiempo. Mucho tiempo.

Porque además, están ciegas -metafóricamente hablando-, pues no son capaces de ver más de dos palmos en color, y el resto, todo en gris a causa de su “propia” obcecación. Esto no significa que quienes sufren de depresión no sepan que sus amistades, parejas o círculos cercanos les quieren ni mucho menos, pero no son capaces de sentirlo. Muchas veces, siquiera de exteriorizarlo. Así, corren el riesgo de que, si las relaciones de amistad o de pareja son como deben ser (mutuas, recíprocas y desinteresadas), puedan acabar arrastrando a la otra parte a su propio agujero negro de miedos y temores.

Como se comenta en el artículo, por más afecto que se pueda tener hacia una persona depresiva y deprimirda, si uno no logra observar un signo de mejoría, acaba teniendo la sensación de estar en pie resistiendo la presión de tener bombarderos sobre su cabeza en vano.

Y al final, cuando uno ve (y empieza a creer que) no consigue ayudar a una persona deprimida porque ella misma rechaza su auxilio, -a pesar de que quien se la ofrece haya pasado por lo mismo-, acaba sintiendo una impotencia de ser un inútil que puede acabar corroyéndole por dentro.

La gente casi siempre asume que alguien es egoísta cuando no quiere quedarse junto una persona que no se aprecia y acompañarle, pero muchas veces no saben que seguramente uno ya haya pasado por una depresión antes y no puede soportar otra ajena o que ya ha sufrido por lo mismo y no quiere recaer de nuevo. Supervivencia o egoísmo, cada uno como lo quiera llamar.

Tanto intentar ayudar y no conseguirlo como no ayudar por miedo, duele. Duele, y no poco. Y muchas veces, tampoco se percatan de ello.

Cuando la tumba me recoja.

Esta mañana ha sido una mañana totalmente improductiva. Me he levantado tarde y mi padre ha tenido que hacer los recados que me habían encomendado a mí, por lo que le acabaré debiendo alguna que otra. Así que he tenido todo este tiempo para seguir pensando acerca de mi marcha.

Y es que, cuando uno piensa en esa palabra, surgen imágenes mentales de películas en las que las despedidas son muy emotivas, hay lágrimas, abrazos y bonitas palabras de por medio; escenas que impactan en el interior de la mayoría de los espectadores sacando a luz su lado más humano (e idílico). Tenemos fe en que las personas por muy malas que sean, en un lugar recóndito de su conciencia/consciencia hay esa parte buena que queda por aflorar, pero la realidad está más bien alejada de nuestras creencias.

La mayoría de las personas que realizan buenas acciones lo hacen bajo el pretexto de poder ir al cielo cuando se muera, de poder ayudar a los demás o de sentirse mejor; cuando mi visión acerca de las personas que habitan este planeta me revela todo lo contrario: todo se hace con la intención de mantener una buena imagen. Sí, seguramente es un plano muy sesgado y parcial de la naturaleza de las personas, pero soy incapaz de convencerme de que las buenas acciones no tienen finalidad alguna.

De hecho, yo mismo reconozco que cuando realizo “buenas” acciones (pocas, muy pocas) lo hago con una finalidad que no siempre consigo: Quiero que me odien.

Sí, suena totalmente contradictorio y en principio no tiene fundamento alguno. Desde pequeño, a excepción de aquellos numerosos y diarios insultos por mi condición de raza china, los profesores y familiares me han halagado haciendo mención a si era muy responsable, si era superdotado e inteligente, si tenía un futuro brillante y demás cumplidos que se dicen por decir. Inocente de mi, me lo iba creyendo todo: era el que mejores notas sacaba en clase, el que no desobedecía en ningún momento, no la liaba parda.. (bueno sí, alguna que otra vez cuando bebí gel de ducha pensando que me sabría a vainilla).

Hasta que vas creciendo y alguien en tu vida te da el gran batacazo demostrándote que las cosas no son así, como por ejemplo, que las personas que mejores notas sacan no son las más inteligentes o no siempre son mejores las personas que realizan buenas acciones. Es ese momento en el que dejas de mirarte constantemente el ombligo y comienzas a levantar la cabeza observando las personas que te rodeaban y sí, el edificio que ilusamente te empeñaste a construir y mantener intacto se derrumba por su propio peso. En ese momento descubrí por ejemplo que mi imaginación y creatividad era nula, que mi don de gentes era muy escaso o que mi supuesta responsabilidad era más bien, la irresponsabilidad propia que mis padres intentaban subsanar en mi.

A día de hoy, sigo intentando ser buena persona, a base de realizar buenas acciones. ¿De esa intención de hacer al menos una buena acción por día, como en las películas? pues de esa; pero si sólo contara la intención podría estar tocándome los huevos todo el día. Las personas que no me conocen saben que no tengo nada que contar, que soy un soso y mudo que apenas tiene algo de lo que hablar. Siquiera mis mejores amigos saben que ayer llegué tarde a la hora que acordamos porque aparte de haber un atasco monumental por el camino (cosa es que fue verdad y fue la excusa que les dije), me paré un poco antes a ayudar a un señor a cambiar una rueda que se le había pinchado. Y son cosas que no cuento y me reservo porque no me gusta que me elogien. Que cuán mentiroso he podido ser ocultando esto? No lo sé, yo aprendí de ciertas a ocultar partes de verdad.

Cuando ayudo a alguien a resolver un problema que no entiende y me dice que soy inteligente; se lo niego. No me gusta que me llamen así cuando no lo soy. Odio que me den las gracias pero me encanta ser agradecido, odio que me aprecien pero aprecio a los demás porque me siento inferior a ellos, no me gusta que me digan que he sido fundamental en algo cuando en realidad lo único que he hecho ha sido dar un pequeño empujón, etc… Sé que ha habido veces en las que he alardeado de haber recibido cierta cantidad de dinero por haber hecho un favor a alguien; pero es que no me siento orgulloso de ello ni me siento orgulloso de haberos dicho, por ejemplo, que ayer ayudé a alguien. El orgullo no sirve para nada. Así es mi lógica ilógica con la que funciona mi cerebro y determina mi forma de ser.

Si tan inteligente dicen que soy, ahora mismo no sería un estudiante con pérdidas monetarias de cinco cifras que a saber cuándo podré devolver; ni estaría en segundo de carrera aprobando rasamente todas las asignaturas, ni, sobretodo, hubiera dejado escapar aquellas ocasiones en las que pude rehacer mi vida de cero. Seguramente tenga más ocasiones, pero ya no merecen la pena y menos cuando me he metido en un buen berenjenal a estas alturas. A diario en la universidad, me sorprendo de lo inteligentes que son las personas que me rodean a pesar de que algunos den la imagen de fiesteros diarios, me siento como si no tuviese el privilegio de estar rodeado de gente así aún intentando aprender de ellos. Mi soberbía de ser alguien inteligente brilla ahora por su ausencia y a quienes les cuento esto de manera muy muy superficial me comentan que no confío en mi mismo y ese es mi problema. Es cierto, mi propia confianza y mi autoestima están por los suelos; porque confiar en uno mismo sólo sirve si uno tiene la esperanza de que alguien esté confiando en ti.

Cuando alguien te llama inútil, le mandas a tomar por culo. Cuando una segunda persona te dice lo mismo, directamente le ignoras. Pero a la décima persona que te dice que no sirves para nada, tal vez sea momento para ponerte a pensar si sería mejor que no existieras aquí. Pues así me siento y así he hecho saber a varias personas, que tal vez yo no sea un inútil, pero sigo siendo un problema.

Cuando intento destacar en algo, intento plantar la semilla de la envidia en los demás; es uno de los instrumentos psicológicos más convenientes para usar cuando quieres que la gente te deje de apreciar. Por ello es por lo que quiero que me odien y ya que me leéis, que me odiéis. Porque no quiero ver a gente llorar porque se haya ido un “genio”, porque no quiero que mi marcha – en cualesquiera de los sentidos- se haga difícil, porque no busco elogios post-mortem. Quiero, como dije en la entrada anterior, sorprenderme cada vez más de mi capacidad de pasar desapercibido por eventos que rodeen mi vida, ser una persona secundaria en la vida de los demás y no ser importante, sino despreciable e insignificante. En mi funeral no me gustaría ver caras tristes ni lágrimas cayendo al suelo, me gustaría ver caras de resignación e indignación por tener que acudir a un entierro de alguien que merecería estar en una fosa común, condenado al olvido como destino principal.

Seguramente mi último deseo en esta vida no sería alcanzar la felicidad, sino marcharme por el mismo lugar por el que he venido: por la puerta de atrás.

Con esta pequeña confesión llena de dosis de visión pesimista de la vida que me caracteriza, mucho más emocional que racional, tal vez incluso egocéntrica y victimista -aunque no es la impresión que quiero dar aunque al 100% de quienes lo leáis digáis que sí-, me despido definitivamente del blog, no como otras veces – con 206 entradas sin sentido alguno- . Creo que va siendo hora de centrarme en lo que de verdad es importante (recordad, odiadme!) y chapar un capítulo para comenzar otro con los condicionantes que llevo ya encima. Qué excusa más barata, ¿verdad?
Hasta pronto.

Que llego tarde para comer.

Ser odiado a través de buenas acciones… que buen reto. No creéis? este tío está totalmente majara

Verano sarcásticamente frío

Volvemos a la rutina del año pasado: cuando a uno no le da la vida en el año académico, menos le da cuando termina el mismo. Parece un axioma que se va cumpliendo desde que pasé mi primer verano currando como un chino, a lo que me pregunto, desde cuándo fue eso si un chino vive sujeto a la tienda de alimentación de sus padres… y si no es eso es el restaurante.

Esas ansias de tomarse un descanso siguen presentes aún habiendo terminado los exámenes, ese deseo de irse de aquí, de la ciudad, de Madrid, de España… incluso ahora me cuesta creer que cada vez queda menos para lograrlo y no volver. Cómo definirlo, ¿un sentimiento de melancolía y alegría al mismo tiempo? A medida que ha ido avanzando la primera mitad de este año, menos motivos he ido teniendo para arraigarme aquí.

Desde que terminé el curso estoy durmiendo fatal, a razón de 3 o 4 horas diarias, poco más. (Sólo os digo que fui a la revisión de una asignatura suspensa de empalme, y ahora está aprobada – sacad vuestras propias conclusiones). Vuelvo del trabajo exhausto y a la mañana siguiente tengo que estar ‘vivo y coleando’ para hacer recados… Y lo que es peor, cuanta más comida verde ingiero, peor duermo. Parece que lo de ser sano no va conmigo, porque me veo que a este paso, como haga ejercicio me da un yuyu.

Anoche fue el colmo. Primero porque hacía calor, segundo porque estaba muerto de cansancio y no lograba dormirme y tercero porque acabé pensando en cosas que no debería sabiendo que hoy es una fecha de cumpleaños de cierta persona. Ya no sólo eso, sino porque estaba notando que volvía a ser ‘mi otro yo’, el que vuelve a ser incapaz de concebir el sueño ni con medicamentos.

Muchas veces me sorprendo de mi propia capacidad de pasar desapercibido de entre la gente, pienso que debe ser porque no soy de mucha ayuda para intentar solucionar los problemas que me comentan, porque soy introvertido o soy más sincero de lo que debería, porque soy un soso o porque soy feo – todo parece indicar que es esto último. Pero paradójicamente y al mismo tiempo, puedo ser el centro de atención de otras muchas sin pedirlo ni requerirlo, para asuntos que son minucia. Lo peor de todo, es que pongo demasiada carne en el asador para limar esos pequeños defectos que apenas tienen importancia alguna. A veces pienso que soy bipolar.

Lo mismo puedo estar esparciendo queso rallado sobre unas patatas fritas sin darme cuenta de que muchas de ellas siguen crudas o estar envolviendo una caja de regalo con sumo cuidado habiéndome dejado el regalo en sí fuera de ella. Es cierto que eso es de ser un descuidado y patoso, pero no os sé poner un ejemplo más gráfico que esté extrapolado a mi vida personal.

Otras veces me pregunto si lo que estoy haciendo es lo que de verdad me está gustando. Me refiero, a los estudios. Desde pequeño me ha ido gustando la cocina, mostraba interés en ella pero sobre todo curiosidad. Recuerdo que a los 5 años me pasaba tardes y tardes en el restaurante de mi tío cogiendo gambas de un mini-bidón, pelarlas y echarlas en otro donde van aquellas sin cáscara mientras veía a los cocineros preparando platos en los fogones a toda velocidad. Digamos que esto ha quedado latente hasta hace bien poco, llegando al punto de plantearme si dejar la carrera y empezar a aprender de cocina. Me parece un mundo cuanto menos fascinante en el que en lugar de contentar a personas a las que le sobra el dinero llevando sus cuentas de empresas, trataría de contentar el paladar de personas les guste o no la gastronomía: Comer es un placer, junto con el sexo y la tristeza.

Y otra de las cosas que me he estado planteando es el de tener o no pareja. A veces me siento en la necesidad de tener a alguien que me acompañe por diversos momentos de mi vida, en la que pueda confiar y con la que pueda estar a gusto, sin embargo, cuando mi parte racional entra en acción, inmediatamente comienzo a poner en duda todo lo anterior: si no sé cómo tratarle, si no tengo tiempo para ella, si me es mejor desconfiar de todo el mundo y un largo etcétera que muchos os habréis planteado. Luego me acabo dando la razón en esto último, porque cuando intento decirle a alguien por qué le quiero es como describir que una catedral es un cúmulo de piedras apiladas que terminan en punta. Y si lo intento demostrar con actos, acabo dando la impresión justamente contraria.

Al final acabo teniendo la cabeza como un bombo tras plantearme tantas memeces: me harto, me indigno conmigo mismo, me pongo a patalear en la cama cual bebé descontento. Me resulta aún más imposible dormir y me visto como un indigente – es decir, como suelo hacer -, cojo las llaves y me voy de casa. Arranco el motor, enchufo el móvil al coche, pongo una mezcla de canciones deprimentes de The Cure, LoL y The XX y salgo para la sierra. Dejo el coche al lado de una gasolinera, me bajo, cojo mi linterna y me siento en la orilla del embalse de Santillana a contemplar el reflejo del cielo que, poco a poco, va amaneciendo. Tras calmarme y a pesar de no tener ninguna de mis ideas claras, me vuelvo a subir al coche y me voy a una de mis carreteras favoritas a pegar acelerones, frenazos y giros bruscos -NO RECOMENDADO si apreciáis vuestras vidas-.

Llego a casa un poco antes de que despierten mis hermanos. Para ellos habrá sido una noche cualquiera de su rutina escolar, para mi ha sido una noche dura y a la vez gratificante. Tocaba dormir apenas 3 horas antes de volverme a poner en pie y ponerme a discutir con la señora de banco…

Ya no sé si soy un inmaduro, si estoy creciendo demasiado rápido o si estoy envejeciendo prematuramente. Mi vida ahora mismo se asemeja a la de un pollo sin cabeza, correteando por el corral sin rumbo fijo (cuándo no lo ha sido?). De verdad, admiro cómo las personas consiguen llegar a su etapa adulta sin volverse locas. Y las envidio. Y las desprecio.

Buenas madrugadas. Hoy al menos me esperan 4 horas de sueño.

PD: esta entrada debería de haberla escrito y publicado antes de las 12:31 de hoy, antes de escribir un SMS de felicitación que tal vez, no debería de haber enviado para no romper con la costumbre de ser el último en felicitar a alguien. Me vas a odiar, y no poco.

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