La “cuesta” de enero v3.

Enero. Cada año empiezo a odiar más enero, como me empezó a pasar hace unos años con los domingos. Es un mes tan cuesta arriba, que a veces entran ganas de subirse a un carro y bajar cual suicida a mil por hora.

Noto cuándo mis párpados juegan a hacerse los muertos mientras mi cerebro intenta tragarse por la fuerza esa retahíla de infinitas letras ordenadas en grupos: palabras, frases, párrafos… Noches infinitas con cafeína haciendo las veces de gasolina en mi corazón, con mi papelera coleccionando de latas de bebidas energéticas y hojas de distintos tés del mundo. Creo que está sufriendo de síndrome de Diógenes.

Si sólo fueran exámenes lo que tuviera por delante, ahora mismo estaría haciendo cosas más provechosas como dormir las 8h de sueño diarias. Pero no. Cuestiones de trabajo me trajo Baltasar, con obligaciones anuales me obsequió Gaspar y Melchor me regaló estrés, mucho estrés, de hecho fue el más benévolo y generoso. Es más, hace un par de días me llegó desde China una pulsera cuantificadora de estas que están de moda y cada vez que me levanto se me ponen los ojos como platos: en dos días he dormido 7h, de las cuales 2h de real descanso-sueño profundo. Es maravilloso, alucinante y a la vez terrorífico el poder de control que tienen estos cachibaches de 15€ sobre nuestra rutina. No me quiero imaginar aparatos que cuesten millonadas… ¿Os acordáis del ojo que todo lo ve? Pues algo parecido.

Las llaves del coche posan en mi pequeño cajón, brillando como nunca y gritando: “Sé que nos quieres coger esta noche, guapo”. Bueno, lo de guapo es fruto de la escasez de sueño – o de otros síntomas más profundos que no logro ver con mis ojos de chino -. Lo necesito, lo necesito tanto… Dar una vuelta de noche, sin nadie por las calles, notar cada irregularidad de las carreteras en mi espalda y sentirme abrazado por la tranquilidad de gente durmiendo. De sentir cómo cada pelo de mi cuerpo se eriza cuando llego a un mirador de la Sierra y emocionarme con el fantástico paisaje que nos brinda la ciudad, sin la presencia de la asquerosa boina de contaminación que acecha nuestros pulmones día sí y día también. De sacar mi tetrabrik de zumo de naranja con un mínimo de 50% de contenido de fruta, abrirlo como si fuera una botella de Blue Label o Hibiki y dar un trago tan profundo que mi nuez quiera salir volando hacia el cielo. Pero es tan reconfortante… ~tanto como el gasto en combustible del que te das cuenta al día siguiente~.

Mi vida ha cambiado en este último año. Y eso me está cambiando a mi, convirtiéndome en una contradicción: caliente por dentro, frío por fuera. Como de costumbre.

Pero hay que intentar ser optimista. Hay que seguir sacrificando horas de sueño por aquello que uno lucha, porque uno ya dormirá cuando se acabe la obra de teatro. Hay que seguir escuchando a la gente que necesita un desahogo de su vida, no cuesta nada donar horas para aliviar penas ajenas – que aunque me falte mucho tiempo, no deja de ser importante-. Porque cuanto más en silencio y desapercibido pase, más escucho. Y más aprendo. Pero el mero escuchar, no es la solución a los problemas, por desgracia.

Y sobre todo, hay que seguir respirando bajo el agua. Porque aunque tengamos la sensación continua e interminable de que nos estemos ahogando, tal vez merezca la pena.

Missing old friends

Three things that haven’t changed these last years are sleeping, working and studying. From when sunlight penetrates into my room, duties are to wake up, have breakfast (if any), go to class and right after, go to work. With these 4 routine tasks, you have consumed more than a day’s half time. The rest of day is used to go and help parents with their business, going home to study, have dinner, a quick shower and go to sleep (again, if any). You, what people name “time”, let me ask you: why do you have to be so brief?

I remember that when I was a kid, I had a lot of time to play football, seek and hide or videogames together with friends. At that time, those were my only road to entertainment since parents and relatives were working all day. When we -kids- start to grow up and mature, when school requirements’ are higher, parents do remind us: “First study and do your homework, and then, you can hang out with your friends. Studies are the most important thing right now”. Thus, the chances to say “Hi” to your friends become less and less often.

I can’t stop thinking that, when we are born, we become a leaf hanging on a enormous big tree. Every leaf from that tree represents the people we will meet, get to know and get to love in our entire lifetime: The nearerst leaves that grow around us are our family, our relatives and friends. Then, the people we detest the most will grow on the opposite side of the tree, far from us.

However, as autumn arrives, we start to wither and fall. And just as the wind blows, we start to spread and every leaf will land on a different place. Sometimes the street sweeper will gather you with your beloved ones, but there are also times that he will sweep you near the ones you fear and hate the most. But, as the wind doesn’t stop to blow: where is everyone going to end up?

Then you start to wonder: how far from you are your best friends right now?

As people start their studies in college, wind will place each of us in a totally unidentical place, diminishing the opportunities to meet to almost zero. And then, we will realize, that as same as “time” does, they will keep flying and never come back.

And you? My dear “time”? what if you were in our stance? Will you miss the people whom you have blown away? Sigh… Dear “time”, apart from the wrinkles you leave on our skins, there are only hard to forget memories left to recall.

That was 2011.

It brings me back to myMe gusta, pero a la vez lo odio post back from 2010. 

What’s done, can’t be undone.

Anoche recibí un mensaje, sonó el móvil con un “pop” y una iluminación del electrodiodo lumínico avisándome de la llegada de una noticiación notificación.

Tío, estoy rayado. No sé qué hacer con mi vida

Me pilló ese mensaje en la cama, con bastante sueño y una manta por encima listo para ehcarme una siesta de una horilla para posteriormente, despertarme por la madrugada y empezar a estudiar. Pero, por puro instinto y antes de siquiera responder el whatsapp, salí de la cama y me empecé a vestir. Ya era tarde, mi mecanismo de defensa se había activado y automáticamente estaba en modo ayuda.

Yo ya contesté: Si quieres voy para allá con un par de refrescos” ; en verdad iba a ir con un par de refrescos, quisiera o no. Y la llamada para que me proporcionaran un par de latillas a medianoche, ya estaba hecha también. Sale sólo, no te lo piensas, discutes con tus familiares acerca de la tontería de salir a esas horas de la noche sólo porque alguien se encuentre mal.

Cogí las llaves y salí disparado a lo que daba el coche, siempre dentro de los márgenes de la legalidad – niños, no intenten imitarme -, y como si de un aterrizaje de emergencia se tratara, logré parar. Allí estaba fumándose un cigarrillo cuando llegué.

Hablamos de la vida (de qué si no), de sus perspectivas de futuro, de mis perspectivas de su futuro, de las diferentes e infinitas posibilidades que de aquí a largo plazo podría tener, de su modelo de vida y del modelo de vida de su pareja. De las discrepancias entre apreciar el dinero y no haber ganado un céntimo en tu vida por mérito propio, de las diferencias en que la educación puede influir a los niños, de los distintos cálculos cuánticos para tener una vida normal, de lo fácil que era para mi decirle lo que tenía que hacer sin siquiera estar en su piel y de que, lo mismo, si aceptaba su oferta de trabajo, no le íba(mos) a ver el pelo en un buen tiempo.

Cosas de la vida. A veces hay que tomar una elección. Si es lo que pensaba hacer desde temprana edad, allá que tendría que ir. En un momento u otro, no te quedan más vidas extra y toca tirarse a la piscina y mojarse de lleno. Y asumir consecuencias de las decisiones de uno mismo.

Yo acabo de tomar la mía. Acabo de decirle a alguien que me gusta por whatsapp. ¿Sabéis lo jodidamente puto-cutre que me parece eso? Pues sí, lo acabo de hacer. Allá en el instituto quedaron los jijís y jajás de las notitas, las miraditas y las llamadas perdidas al móvil. Y voy y hago algo que rebaja mi nivel aún más bajo que el subterráneo de Plaza España. Bueno, va siendo hora de sentarme en la sala de espera y esperar a que griten mi nombre. “Pase usted por quirófano, al becario de prácticas se le va a escapar el bisturí y te vas a quedar sin partes nobles.

Que no, que no es tan traumático como parece. Es una cirugía menor. Coño. Dejad las películas y novelas de amor imposible para otro día.

Púas.

Pequeño internatura que ha llegado hasta aquí, mi pequeño e insignificante blog en la web, olvidado en un cajón desastre como muchas otras cosas de mi vida que de vez en cuando hay que sacar para inspirar con fuerza y tener el suficiente aire en los pulmones como para gritarle a la almohada lo mucho que uno se quiere comer el mundo. (y un buen bistec).

Me pregunto si a veces, como yo, te encuentras en la piel de un erizo de mar a punto de explotar por dentro: Soportando la carga de quererte deshacer de todas aquellas púas que te van creciendo alrededor tuya que no hacen más que aislarte del mundo; de desear estallar sabiendo que dichas púas impactarán y acabarán clavándose como si de alfileres se tratasen  en todas aquellas personas que te rodean (y que aprecias), estén cerca o lejos, algo les salpicará -y les dolerá-.

Pero a la vez, temes.

Sólo el hecho de pensar que tú, un insignificante erizo de mar, sea capaz de hacer daño a alguien, y más a alguien cercano por no ser capaz de contenerte, te amedrenta por dentro. Te espanta. No lo consigues concebir. No logras visualizar por qué alguien tiene que “pagar” por los platos que rompes, por esos platos de porcelana que no logras llevar con la suficiente delicadeza. Y luego le sigue un “me enfado -conmigo mismo- y no respiro”. Y las púas cada vez van creciendo un poco más. Y la marea te arrastra un poco más adentro.

Esa incómoda y hostil sensación de agobio, de estar constantemente entre la espada y la pared, de no saber cómo reaccionar ante lo desconocido.. esa niebla que impide ver con claridad aquello que quieres, que buscas o anhelas, o que odias y repudias.. porque al final, acabas queriéndolo todo y nada a la vez.

Intentas ser egoísta, pero te resulta imposible que otra persona sufra llevando a sus espaldas una carga que consideras que deberías soportar tú. No eres capaz de pensar en ti, pero a la vez los árboles no te dejan ver el bosque: del mismo modo que no concibes sufrimiento ajeno alguno por problemas propios, tampoco logras ver manos (e incluso brazos y hombros) que te tienden de forma desinteresada para levantarte y volver a aprender a caminar. (¿Desde cuándo los erizos caminan?!)

Lo peor de todo, es que ante ese temor de lo desconocido, intentas observar todo lo que te rodea con detalle, analizando y desmenuzando cada pieza de información que te pueda proteger de lo extraño. Sin darte cuenta de que tu interior alberga un valor y belleza inestimables porque recuerda, eres un erizo de mar.

Por meter un poco de gastronomía, comerse un erizo de mar es como comerse las espumas de las olas. Cada uno es distinto al otro, tanto en color, textura, tamaño… No hay dos con el mismo sabor, cada erizo es único. Recogen en su interior toda la esencia del mar a lo largo de su -corta- estancia en ella y lo encierran cual tesoro perdido.

Lo que trasladado de nuevo a nuestra vida de erizo, es que en nuestro interior alojamos aquellas vivencias que experimentamos desde que somos “nada” hasta que logramos tener un tamaño considerable, cada vez más grande y con más púas para proteger eso tan frágil y especial que nos caracteriza a cada uno.

Sin embargo, es un desperdicio guardarnos todo eso para nosotros mismos. Necesitamos a alguien que nos parta por la mitad, que nos abra y nos quiera conocer a pesar de que acabe sangrando en el intento. Pero no hemos de oponerle resistencia, puesto que como dicen, lo malo de los buenos momentos de soledad es que no tienes a nadie con quien compartirlo.

It’s “student-ly” stupid.

Let’s be clear. What I don’t stand about going to College are those spoiled brats who think they’re superior to everyone else just because of their education, wealth and high marks. They reveal a kind of aura that knocks me back: Just because of these “achievements”, they truly believe that they do deserve everything they have, and everything they want.

What really drives me nuts is that feeling of being constantly looked down, like I am actually being treated like an idiot because there are no common hobbies nor interests between us. What do they expect? Of course people who aren’t as “smart” as they are will have their own things to do instead of being a nuisance while bragging about their intelligence and superior IQ.

Is it so hard to be a little bit humbler? I don’t know.

There isn’t any guilt by having born smarter than everyone who surrounds them, but, why do they want to look better in front of people? Why do they have to put down people who want to know them? Or better said, to “save them from going down that tormented path”?

What this proves me is that they’re in need. This attitude will only give them pain over time. But it might not be something I should take care of since I hate dealing with people who are a personified exhibition of narcissism that constantly need to fuel their ego with people’s recognition and praising in order to evade what they fear the most: being forgotten.

A spoiled kid will always need attention since praises are the only thing they are used to hear from others mouths.

As for me, I might be sillier and more stupid than they are. And I recognise that these people are really intelligent. However, despite them possessing an unrivalized ability to learn and memorize books and lessons, everything they know are just that, books.

There is always something to be learned, and books don’t cover everything you have to learn in life. You may find learning opportunities in people, in places, in events, and what’s more important, in yourself. Don’t be a D-bag. When you are really good at something, you don’t have to do anything. The world will tell you.

Si no respiro…

“Frío. Frío. Hace mucho frío. Cada poro de mi cuerpo anda puntiagudo intentando retener el poco calor que va quedando en mi. Sentado en una esquina me hallo. Acurrucado. Desnudo. Espalda con pared y pared con cabeza. Comienzo a pensar que este invierno no está siendo tan gentil como anunciaban los chamanes del tiempo y aún sigo en mi vana ilusión de poder encontrar a la chica que vendía fósforos por las calles.

Mis labios empiezan a cristalizar y mis orejas parecen pétalos de rosa pasados por nitrógeno líquido como si de un experimento culinario en frío se tratase. Mis pies, amorotonados de andar sobre hierba convertida en estalagmitas de hielo, son incapaces de responder ante mis órdenes, órdenes de un cerebro que a pesar de seguir recibiendo oxígeno, no consigue continuar funcionando con neuronas petrificadas. O al menos, incapaz de pensar en positivo.

Este escondite jamás me había parecido estar tan vacío. Es abrir los ojos y ver que lo único que tengo ahora mismo son cuatro paredes de hospital, una puerta con madera podrida, un par de ventanas tapiadas a cada lado y un techo resquebrajado pasando por sus últimos momentos de gloria. Y aire, aire gélido que inunda mis pulmones cada vez que respiro. Inconscientemente, una parte de mi ser recuerda aquella canción cuya letra decía “si no respiro es por no ahogarme”. Tendré que hacer caso si no quiero seguir hundiéndome…

En mi último intento por mantener la respiración un poco más, noto cómo mis párpados cada vez van pesando más, cómo mis ojos quieren descansar un breve momento, cómo todo se va volviendo negro. Pura oscuridad. Acompañada de la sensación de estar andando a ciegas y tener el sentido del equilibrio totalmente perdido… Acaso, ¿no será esto a lo que llaman “limerencia” o andar enamorado?

Posiblemente esto sea un remedio para mis fechorías impuras de mi vida pasada, una serendipia o un apremio. Quiero creer que este ardor inerte dentro mío es algo temporal, o tal vez, una advertencia de las consecuencias de ser alguien frívolo y vanidoso. Aunque si es así, “querida advertencia, vas tarde“. Sin embargo, no deja de tener razón porque, ¿De qué me sirve haber tenido un corazón frío cuando tenía calor a mi alrededor?

Y en esta ocasión, cuando más necesito tener el corazón frío para mezclarme en el ambiente solitario, etéreo y efímero de este, mi pequeño escondite; es cuando más me frustra no poder ser cariñoso con nadie. “Ya mañana.. lo intento. Si logro sobrevivir a esta… no….. tsch...”

*para qué*”

La vida del trabajador estudiante o estudiante trabajador.

Es un clásico. Es como escuchar la 9ª sinfonía de Beethoven. O leer en tono melancólico el Soneto de la Dulce Queja de Lorca. O el partido del Madrid-Barça, cada cual como lo quiera ver. Está en boca de muchos, y en olvido de otros tantos: aquella época en la que el estudiante trabajaba, o el trabajador estudiaba. De nuevo, depende de si uno ve el vaso medio lleno o medio vacío.

Son las mismas conclusiones de “siempre”: “se hace duro”, “no tienes tiempo para nada”, “no sé cómo lo haces” y un largo etcétera que seguro que todos vosotros habréis oído. Parecen tópicos, pero desafortunadamente no es así.

Y es que, desde que era un renacuajo he estado con medio pie en el trabajo, medio pie en los estudios. Más lo último que lo primero, pero ahora, más de ambos que de ninguno. Por suerte. O desgracia. Quienes me conocen saben que odio las rutinas, que lo que me repatea es tener un trabajo “9 to 5” típico de oficinista americano, como en la película de Office Space. Eso de llevarte las preocupaciones del trabajo a casa, o directamente, llevarte el trabajo a casa, es… cómo decirlo… Odioso.

A veces pienso que debería haberme metido a conductor de tren. Y no echarme la manta a la cabeza y estudiar mientras trabajo. Pero luego sé, que ni lo primero ni lo segundo me acabarán llenando de satisfacción porque ello supone conformarme con lo que tengo y no aspirar a más. No digo “más alto”, sino “más lleno”. Soy ambicioso, sí. Y esto me va a costar caro, si no lo estoy pagando ya a precio de oro, a precio de tiempo. De ánimo. De vida.

Básicamente, las cosas se han resumido tal que así (perdonad, tengo la parte creativa de mi cerebro atrofiada):

Created with Microsoft Fresh Paint

Creo que el título dice bien claro en qué puntos ando…

Y ya no parece tan fácil vivir sin preocupaciones de llegar a fin de mes, ni tan fácil eludir obligaciones a medida que uno va sumando años a la cuenta de la edad. Ya no parece tan fácil dormir 8 horas seguidas, ni tan sencillo buscar media hora en la que comer tranquilamente con la familia. Llamadas, interrupciones continuas, correos entrantes sin parar (como los insultos de taxistas) y baterías que duran menos que ese intervalo de tiempo tan corto (y a la vez tan eterno) en el que ves cómo un pájaro acaba de vaciar su vejiga y, en slow-motion, no quitas ojo en cómo sus bellísimas excreciones pasan a formar parte de tu indumentaria. En fin, tal vez a esto llamen crecer.

Rutina. Estrés. Ansiedad. Desánimo. Soledad. Son palabras cotidianas con las que te familiarizas, con las que empatizas con todas aquellas personas que van o vuelven del trabajo y con las que compartes vagón en hora punta, yendo cuales sardinas enlatadas a 90 grados centígrados. Palabras que, acaban clavándose con chinchetas en el cerebro. Cerebro que no para de trabajar de día, ni estudiar de noche.