Púas.

Pequeño internatura que ha llegado hasta aquí, mi pequeño e insignificante blog en la web, olvidado en un cajón desastre como muchas otras cosas de mi vida que de vez en cuando hay que sacar para inspirar con fuerza y tener el suficiente aire en los pulmones como para gritarle a la almohada lo mucho que uno se quiere comer el mundo. (y un buen bistec).

Me pregunto si a veces, como yo, te encuentras en la piel de un erizo de mar a punto de explotar por dentro: Soportando la carga de quererte deshacer de todas aquellas púas que te van creciendo alrededor tuya que no hacen más que aislarte del mundo; de desear estallar sabiendo que dichas púas impactarán y acabarán clavándose como si de alfileres se tratasen  en todas aquellas personas que te rodean (y que aprecias), estén cerca o lejos, algo les salpicará -y les dolerá-.

Pero a la vez, temes.

Sólo el hecho de pensar que tú, un insignificante erizo de mar, sea capaz de hacer daño a alguien, y más a alguien cercano por no ser capaz de contenerte, te amedrenta por dentro. Te espanta. No lo consigues concebir. No logras visualizar por qué alguien tiene que “pagar” por los platos que rompes, por esos platos de porcelana que no logras llevar con la suficiente delicadeza. Y luego le sigue un “me enfado -conmigo mismo- y no respiro”. Y las púas cada vez van creciendo un poco más. Y la marea te arrastra un poco más adentro.

Esa incómoda y hostil sensación de agobio, de estar constantemente entre la espada y la pared, de no saber cómo reaccionar ante lo desconocido.. esa niebla que impide ver con claridad aquello que quieres, que buscas o anhelas, o que odias y repudias.. porque al final, acabas queriéndolo todo y nada a la vez.

Intentas ser egoísta, pero te resulta imposible que otra persona sufra llevando a sus espaldas una carga que consideras que deberías soportar tú. No eres capaz de pensar en ti, pero a la vez los árboles no te dejan ver el bosque: del mismo modo que no concibes sufrimiento ajeno alguno por problemas propios, tampoco logras ver manos (e incluso brazos y hombros) que te tienden de forma desinteresada para levantarte y volver a aprender a caminar. (¿Desde cuándo los erizos caminan?!)

Lo peor de todo, es que ante ese temor de lo desconocido, intentas observar todo lo que te rodea con detalle, analizando y desmenuzando cada pieza de información que te pueda proteger de lo extraño. Sin darte cuenta de que tu interior alberga un valor y belleza inestimables porque recuerda, eres un erizo de mar.

Por meter un poco de gastronomía, comerse un erizo de mar es como comerse las espumas de las olas. Cada uno es distinto al otro, tanto en color, textura, tamaño… No hay dos con el mismo sabor, cada erizo es único. Recogen en su interior toda la esencia del mar a lo largo de su -corta- estancia en ella y lo encierran cual tesoro perdido.

Lo que trasladado de nuevo a nuestra vida de erizo, es que en nuestro interior alojamos aquellas vivencias que experimentamos desde que somos “nada” hasta que logramos tener un tamaño considerable, cada vez más grande y con más púas para proteger eso tan frágil y especial que nos caracteriza a cada uno.

Sin embargo, es un desperdicio guardarnos todo eso para nosotros mismos. Necesitamos a alguien que nos parta por la mitad, que nos abra y nos quiera conocer a pesar de que acabe sangrando en el intento. Pero no hemos de oponerle resistencia, puesto que como dicen, lo malo de los buenos momentos de soledad es que no tienes a nadie con quien compartirlo.

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