Teoría de confianza 27.

Después de un horrendo día, lo mire por donde lo mire, he venido aquí a mi rinconcito a desahogarme un poco. Podría haber caído en la simplicidad de haber dicho: “Si lo sé ni me hubiera levantado”, que por poder, podría; pero creo que la vida no es un “todo o nada”, es decir, no es “No hago nada, no recibo nada; hago mucho y recibo mucho” sino que más bien suele ser del tipo “No hago nada, tengo suerte y me toca mucho; en cambio, pongo todos los medios para alcanzar algo y no recibo nada“. Que es básicamente lo que me suele ocurrir a mi, bueno, excepto en el recibir sin hacer nada.

Y es que, después de que me abran el orto en un examen de Derecho al cual he ido más espeso que una roca… Después de darme cuenta a la hora de poner la fecha que hoy cae 27… Pues le he empezado a coger manía a esta fecha; un examen el día 27 debe de ser para vosotros algo así como salir de fiesta un martes 13. Pero en fin, he depositado mi “corasonsito” a merced del profesor de Internacional (sí, el mismo de la entrada anterior); ya se encargará de suspenderme con un cero bien grande. Ministro de Asuntos Exteriores de China me dijo que iba a ser porque tengo mente de jurista… Espera que voy a reirme un rato y ahora vengo.

Ya estoy.Yo hoy quería venir a hablar de la confianza, ese tema tan delicado del que todos hablamos sin saber. Y sí, yo tampoco sé del tema, así que podéis llamarme hipócrita. El problema es que tenía muchas ideas por el camino y ahora no me acuerdo de ninguna; bueno sí, de por qué cojones he visto un perro llevando corbata subiendo las escaleras mecánicas del metro con su dueño vistiendo de payaso oliéndole el culo; pero eso es harina de otro costal.

Después de varias clases de Teoría de los juegos, no puedo sino pensar que la confianza es como un “juego”, en su buen sentido de la palabra, es decir, conjunto de opciones que tiene uno o más jugadores en los que dependiendo de la elección que tomen, reciben una recompensa u otra. Para simplificar todas estas cosas que estudiaréis si os metéis a alguna carrera relacionada con ADE o economía, os pongo un gráfico made in Henxu sencillo de qué es un juego:

Eso es arte señores. Como había dicho hace dos años en esta entrada: ¿Pueden chicos y chicas ser sólo amigos? Dos personas difícilmente podrán llegar a ser sólo amigos. La realidad es palpable y así son las cosas (mis cosas). El caso es, el equilibrio del juego (es decir, que haya final feliz) que arriba véis reflejado, es: “O el chico pide salir y la chica acepta” o “el chico no pide salir y la chica tampoco tenía intención de ello”. En caso contrario, uno de los dos acabará más hundido en la mugre que otro, ¿es lógico verdad? Pues para el profesor de derecho internacional no.

Pero a lo que quiero llegar no es cuestión de si uno quiere salir o no con la otra persona (que también), sino en la confianza que hay después de que éstos comiencen a ser pareja. Os voy a poner otro gráfico (me tiraré otra media hora antes de hacer una chapuza):

De manera MUY SIMPLE, una relación se basa así, en decidir día sí y día también si vas a confiar en tu pareja. O se confía mutuamente o no se confía nada (perdón, o se confía y se va a pique o no se confía y la relación va viento en popa).

Con tal de que uno deje de confiar en el otro, las cosas no van a ir como tienen que ir. Pero, mi pregunta (que va para vosotros) es, ¿qué es lo que le lleva a alguien a desconfiar de otra persona? Es obvio que, siguiendo el gráfico, nunca desconfiaríamos de la otra persona si ella confía en nosotros; y, tampoco habría motivos para desconfiar de la otra persona porque el desenlace no es bueno ni para uno, ni para el otro.

Sin embargo, en la vida real hay más factores que influyen en una relación, celos, personas más atractivas que tu pareja, personas más atractivas que tú, errores tuyos, errores de tu pareja, amigos, confidentes, padres, enemigos, etc… Todo un cúmulo de situaciones que serían difíciles de representar en un gráfico como el de antes. Y lo que es más, si uno llega a perder la confianza de la otra persona; mal vamos: que podéis ser los más chachipiruli-guays amigos de vuestra chachipiruli-vida, pero como uno deje de confiar en el otro, ya podéis ir yendo a chachipiruli-ser los mejores amigos que por mucho chachipiruli-amigos hayáis sido, se va a pique.

Y así son las cosas porque nosotros las queremos así, chinpún. Las amistades se basan en la confianza; las compra-ventas se basan en la confianza, las relaciones entre trabajadores se basan en la confianza, las relaciones entre estados se basan en la confianza, el decirle a tu madre que has dejado embarazada a una yegua se basa en la confianza, gritarle al vecino diciéndole que es un hijo de la gran puta también se basa en la confianza, comer pescado y almejas también se basa en la confianza, que os esté importando una mierda esta entrada y no entendáis una mierda porque yo me expreso como una mierda también se basa en la confianza… Mierda. (Sí, así de maleducado soy, perdónenme ustedes).

TODO ACABA BASÁNDOSE EN LA CONFIANZA.

¿Alguna objeción sobre lo que acabo de exponer? Porque yo sí tengo. Y muchas.

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The tiempo.

Estaba mirando más allá de la pared de la cocina, como si esperara que algo atravesara el azulejo de repente y me hiciera reaccionar. Acababa de colgar una llamada de hora y algo y mi brazo derecho no estaba siquiera en condiciones de hacer ese sencillo movimiento para meter la cuchara en la sopa, doblarse y llevarme la comida a la boca, ya ni hablemos de los vuelos espaciales que realizan las cucharas intergalácticas cargadas con medio dedo de puré de verduras cuando en manos de mamás van a alimentar a sus bebés traviesos que se niegan a abrir la boca.

Pasadas las dos de la madrugada, cenaba yo a base de sopa de estrellas que mi madre había preparado hace hora y media (aun cuando me dijo que me preparara yo mismo la cena), siquiera me molesté en calentar la sopa con tal de no hacer ruido y despertar a mis padres que ya bastante tienen con dormir poco. Aparte de la dificultad de mover el brazo derecho y de los pensamientos del estilo “Me hubiera venido bien ser ambidiestro”, andaba masticando una sopa cuajada de estrellas al más estilo “Vaca campera” acompañado únicamente del ‘tic-tac’ tan odioso que emitía el reloj de la cocina, alertándome y recordándome en cada segundo que el tiempo, pasa.

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Y no es que transcurra porque quiere ir de un lugar a otro sino que pasa de ti, de mí y de todos los mortales sin importarle un carajo las circunstancias personales de cada uno, mirando a ver quién es el próximo para empaquetarle y enviarle a la “tan temida” guadaña de la muerte. El problema es que cada uno de nosotros tenemos una concepción distinta del tiempo, seguramente todos hayamos vivido clases infernales en las que uno se dormía y cuando pensaba que ya había pasado media hora desde la última vez que miró al reloj, mira y el minutero sólo se movió tres huequecillos; o tardes con colegas de pasarlo bien y que alguien diga “Vaya, ya son las once” y sueltes con incredulidad el típico: “¿¡Ya son las once?! ¿¡Tan rápido?!”.

Sin embargo, muchas veces me pregunto qué será el tiempo para aquellas personas que a pesar de vivir en un mismo mundo que nosotros, no viven en una misma realidad. Quiero pensar que el tiempo no es lo mismo para el mendigo invidente que está de pie tiritando de frío sujetando una cesta y un cartel pidiendo algo de dinero para su familia que para el magnate de “SoyRicolandia” sentado en su lujoso sofá pensando en dónde colocar su próxima inversión para que obtenga la máxima rentabilidad posible.

Ni tampoco lo será para un reo condenado a 200 años de prisión por haber sido acusado de algo que no cometió que para otro que esté en el corredor de la muerte esperando que el político de turno diga “Ejecutadle”, ni para el que habiendo cometido un crimen está huyendo de ‘la justicia’ ni para aquellos que, elegidos por el pueblo se dedican a derrochar dinero público en proyectos que no buscan sino el lucro personal a secretas.

A unos les pasa tan rápido como el momento que hay desde que pulsas el interruptor hasta que se enciende la luz, a otros tan lento como el andar de una tortuga, otros tantos pasan del tiempo que pasa de ellos, otros ni se percatan de que existe o es la mínima de sus preocupaciones y para otros muchos el tiempo ‘les llueve’ cuando querían un día soleado.

Además, aparte de la propia concepción de ‘tiempo’, tampoco le damos la misma importancia ni el mismo énfasis dependiendo de la situación. Quiero decir, podemos estar maldiciendo a todo dios cuando copiamos un archivo del ordenador a un pendrive y nos salga en la ventanita “Tiempo restante: 70 horas” pero a la vez suplicando al tiempo mismo que pase más lento porque vas a llegar tarde a una cita mientras estás delante del armario pensando en si ponerte pantalones azules o amarillos. Pero seguramente, el momento en el que damos mayor relevancia al tiempo es a la hora de tomar una decisión (aparte de rememorar tiempos pasados): Sí o no, me voy o me quedo, acepto o rechazo, llamo o no llamo, estudio o salgo de fiesta me voy a dormir, seguir adelante con el proyecto o no…

Son de esas situaciones en las que ante un tiempo límite y seguramente no-prorrogable, tengas que decantarte por blanco o negro. Todo el mundo piensa que lo ideal sería el gris, pero me dirás entonces qué gracia tiene vivir en gris all the time. A los amantes del póker les gustará esta manera de pensar, o arriesgo todo o me quedo sin nada; en cambio, los aversos a cualquier tipo de riesgo son quienes se ven en muchos casos, incapacitados para tomar una decisión con miedo a lo que pueda pasar tanto de una manera como de otra, apurando hasta el último segundo que les queda para ver pro’s y contras. Luego en otro rinconcito están los que somos neutrales, nos es indiferente el riesgo, muchas veces nos retractamos de haber hecho determinada elección y otras muchas de llevar a cabo actos que parecen puras ideas de bombero – sin que ello quiera decir que seamos tontos (yo soy la excepción que confirma la regla, que quede claro).

Al final, todas estas ideas suelen desembocar en un mismo lugar. A pesar de que individualmente cada uno tenga su propia y distinta definición de tiempo, en general queremos que: mientras estemos ‘felices’ el tiempo pase lentamente, pero en cambio, cuando estamos más que amargados queremos que sea más fugaz que la propia luz y salir del bache lo antes posible. Seres humanos nos llaman, por algo será.


¿Qué pasa? Nada. Que determinada masa muscular alojada en el interior de mi pecho, la cual se encarga de bombear sangre a todo rincón de mi cuerpo quiere que yo te diga que te quiero. El tiempo.

De cómo acabar enloquecido y mirar el lado positivo.

Hoy es 11 de marzo vaya. No tenía pensado escribir en un día así, día un tanto recordado por mucha gente alrededor del mundo sobre sucesos importantes que tuvieron lugar en un pasado. Pero sí, ya era hora de escribir algo e intentar desahogar lo que uno lleva dentro, de intentar expresarse como debe ser; cuando te entra la inspiración de querer escribir algo no tienes tiempo para ello y cuando tienes tiempo, la inspiración se fue de paseo. Parece que hoy las estrellas se han alineado.

De pequeño, gran parte de mis prioridades, era sobrevivir en el colegio. Pero no físicamente: No me daban puñetazos ni patadas ni me tiraban del pelo, sino que se burlaban tanto de mi nombre como de mi condición de chino. Se reían de algo de lo que yo “no era culpable” en cierto modo, ni había elegido el colegio en el que pasaría casi toda mi trayectoria escolar, ni había elegido mi nombre, ni el tener padres chinos, aunque todo esto seguramente ya lo haya relatado por aquí en varias ocasiones. Mi infancia no fue buena, pero tampoco fue la peor. Muchas de las personas que he conocido, han sentido en carne algo parecido a lo mío bien en su infancia, bien en su adolescencia, bien en su vida presente. Algunas comprenden lo que sientes por dentro, otras quieren empatizar contigo pero sus intentos no son fructuosos, otras muchas pasan de tu trasero siéndoles indiferente y otras tantas son aquellas personas en las que en su infancia se dedicaban a bajarte los pantalones en medio del recreo.

En cierto modo, fui un ‘rarito’. Estabas solo mientras diez niños se burlaban de ti y a los quince restantes les importabas un carajo. Eras la minoría entre esa marabunta de gente que se diviertía amargándote la vida, pero míralo por el lado bueno: eras único y no iguales que los demás. Pero no me quejo de haber tenido tal infancia, no tengo motivos. Aprendí a base de empujones, mofas, bromas pesadas y algún que otro escupitajo, que no se puede ir así por la vida, ni tampoco juntarte con tus enemigos si la situación no te es favorable, siendo mejor estar solo que mal acompañado. Mis padres me educaron desde enano a no cumplir el dicho de “Ojo por ojo, diente por diente”, a ser honrado, humilde y sincero y pocas veces me han dicho que procure ser más egoísta… Es cierto que intento no hacer a otras personas lo que no me gustaría que me hicieran a mi, pero tampoco voy a ofrecer mi otro moflete a aquella persona que ya me ha dado una buena bofetada.

El resultado de todo el cúmulo de vivencias que he ido teniendo a lo largo de mi vida, es el ser que soy yo ahora. Mi manera de ser, de actuar, de entablar una conversación; mi timidez, mi carácter soso, mi idiotez; hasta mi forma de vestir, andar o escuchar viene condicionado por aquel niño de cinco años que fue obligado a atravesar unas puertas negras (impetuosas por aquel entonces) que separaban el patio pequeño de la calle y el resto de transeúntes que por allí discurrían, como ánimas inertes. Ahora, mi prioridad es poder compaginar mi vida personal con mi vida académica (y cercana vida laboral); y hay una cosa que diré por todo lo alto: por mucho que se quiera potenciar nuestras capacidades cognitivas, nuestra manera de afrontarnos a un problema o de “desarrollarnos” por nosotros mismos, el plan Bolonia es una mierda.

Me parece bien y correcto que se intente fomentar el ‘autodidactismo’ a base de hacer trabajos, pero no a razón de 5 por semana porque la vida no te da. Intentas llevar todo al día pero te es imposible: tus lastimosos estados de ánimo de incitan a no hacer nada hoy y dejarlo para el día siguiente. Apenas encuentras tiempo para mantener las amistades que se tiene, siquiera tiempo para leer libros, y ya no hablemos de ocio… No estoy estresado, pero sí me preocupa distanciarme de determinadas personas, que significan mucho para mi (aunque a veces el sentimiento no sea recíproco…), pero como todos sabemos, no existe nada para siempre. Intento fingir lo que siento por dentro, fingir que todo va sobre ruedas y forzar sonrisas mientras el tiempo pasa y nos coloca a cada uno en su lugar. Al parecer a mi me puso en el lugar de los que no saben jugar al mentiroso, ergo, no saben fingir ni mentir de manera convincente… Pero, ¿para qué fingir si mi retraso (y locura) mental viene de fábrica?

Sigo queriendo aprender a controlar mis emociones y sentimientos, a pensar en frío antes de hacer o decir nada, a vivir en la vida real y no en Hora de Aventuras. Y recordar que hace apenas unas semanas estaba repitiendo a mis padres hasta la saciedad que quería comprarme un coche, sin parar de dar el coñazo como cual máquina que pega hostias de dos en dos; y verme ahora más contento de usar el transporte público que tener coche propio, sacándole incluso, más ventajas que inconvenientes. Con coche propio no podría leer un libro mientras conduzco aparte de que el gasto de gasolina (con los precios estratosféricos a la que está) saldría diez veces más cara que el abono mensual que uso. El único inconveniente: no poder cogerlo cuando lo necesito.

Y digo “seguir aprendiendo”, porque todavía no sé cómo domar mis deseos sin usar un poco la cabeza – que para algo está. Intento establecer prioridades entre “sentimiento” y “cordura”, pero se hace muy difícil porque una cosa implica automáticamente a la otra. Es como si ambos conceptos estuvieran atrapados en la tela de una araña, cada término en el polo opuesto al otro. Un juego cuyo objetivo es escoger uno de los dos términos y quemar el otro. Pero ¿qué pasa?, que con que incendies un simple hilo, te has cargado toda la red entera.

Sí, he enloquecido. Hasta tal punto de que a veces veo apariciones en las que baja un ángel del piso de arriba llevando una máscara que oculta la verdad, sujetando por lo alto una balanza en la que por un lado está escrito “razón” y en la otra “corazón”, y me dice: “Escoge un lado de la balanza”. A veces me pregunto si el tío ese que me imagino es idiota o es cabrón por naturaleza. Es como si me diera a elegir entre amar a alguien sin importarme las consecuencias que puedan haber o no amar a alguien por miedo a tales consecuencias… no tiene sentido! sería como intentar suicidarse tirándote desde la ventana de un piso bajo! Son situaciones en las que no puedes tomar decisiones, es como si tuvieras que elegir entre papá y mamá cuando ambos te han dado todo el cariño que te mereces y más…

A veces me pregunto si me queda algo de seso dentro del cráneo, creo que lo perdí cuando las hormonas me florecieron en la adolescencia y empecé a sentir ese empanamiento e hipnósis que te producen determinadas personas que no puedes evitar caer en. Y calabaza tras calabaza, chasco tras chasco, intento recurrir a ese amigo tan traidor que llaman “olvido” que aparece cuando necesitas acordarte de algo importante y desaparece cuando le necesitas… Hay personas y momentos en la vida que seguramente sean imposibles de olvidar bien por el daño que te hicieron o por lo mal que lo pasaste; de nada sirve dar por asumido que ya no quieres a una persona cuando estando con ella sientes ladrillazos en el estómago o de seguir adelante como si nada hubiera pasado cuando recuerdos de tu pasado siguen haciéndote mella. Me dijo un buen amigo que si tienes un desengaño amoroso (y supongo que cualquier problema de parecida índole) mejor no coger el coche, todo te acaba dando igual y no te das cuenta de dónde está el límite.

Mirarlo por el lado bueno, por mi bien y por el del resto de los usuarios de la vía pública, mejor me quedo una buena temporada sin coger el coche.
5.03

Dejavú centesimal…

Por ese entonces, eran las nueve y cuarto. Era nuestra hora de salir y seguíamos en clase haciendo ejercicios de matrices y demás… Tras terminar un último problema, creo que por pena nos dijo: “Venga, os dejo salir antes”, eso sí, que conste, el ‘profe’ es majo. Con un cansancio poco más que inhumano salgo por fin de las cuatro paredes que forman el aula donde he estado ‘pringando’ las últimas 5 horas. Abrigo, mochila, móvil al bolsillo, cabeza y arreando pa casa.

Acompañado de algunos compañeros de clase, nos dimos cuenta del fresquito siberiano que hacía a los pocos segundos de pisar calle. Andábamos a lo pandilla mientras se escuchaban rumores de colegueos y más que colegueos de residencia; que si gemidos, que si chico-chica… lo “supuestamente” juvenil y lo que la gente cree que es la vida universitaria. Uno piensa que venir a Madrid a estudiar es: “No atender a clase, salir todos los días, emborracharse hasta la ceguedad y tirarse a cuantas personas sea posible. Quien más enganche, gana.” Ah, y lo gracioso es que aprueban.

Me despido de ellos, quedándome en la marquesina roja que supuestamente te cubre de las tempestades del tiempo… pero no del frío. Asomo la cabeza, a ver si venía el dichoso autobús que me llevaría a la … estación de autobuses (¿obvio?) para coger el metro. Por un momento tuve la sensación de que el conductor estaba borracho y tenía el pie pisando a fondo el pedal del acelerador sin reparar en los badenes que se colocaron a lo largo de la calzada (Lenguaje de autoescuela). Viene, se pasa cinco metros de la marquesina y abre la puerta (no sin hacer un sonido a lo Darth-Vader cuando respira…).

Me subo, tickeo mientras saludo al conductor, el cual me suele ignorar. Huele a humanidad, pero no tanto como cuando llueve o hace bochorno… Se nota, y aunque suene desagradable, el olfato se va acostumbrando. Enfilo el pasillo del autobús en busca de un asiento como cual ratón que sale de su agujero para ver si hay gatos o no en la costa y encuentro uno detrás de una chica, que a primera vista, me era un tanto familiar, pero no le di importancia y me senté; me puse música y comencé a leer las noticias desde el móvil (y más tauromaquia… así salimos los españoles de la crisis)… Poco a poco iba llegando a la estación subterránea de autobús, las personas se iban levantando antes de que se detuviese y la chica que se sentaba delante mía se levantó antes que yo.

Al hacerlo, me fijé un poco en su vestimenta; vestía bien, más casual que formal. Soy muy malo describiendo ropa – no es lo mío…- así que me limitaré a decir que me gustaba cómo vestía. Pasé de largo y fui con prisas a coger el Metro, quería llegar a casa cuanto antes y descansar. Ya esperando en el andén mientras ponía el móvil en modo avión y poniendo una canción de Love Of Lesbian, esa chica pasó por delante mía sin darme cuenta hasta que giré la cabeza y vi llegar el tren. No sé si fue el viento que generó a su paso, pero dejó una fragancia bastante… encantadora a su paso.

Metro

Las puertas se abrieron, primero las del andén central y luego las de mi andén. La primera cosa de la que me percaté al instante era el interior del tren. Por fuera, era un tren antiguo típico de la línea 6, pero por dentro parecía uno de los trenes de la línea diez, completamente renovado con los colores, asientos, barras y carteles parecidos a los nuevos (que son un gusano de un sólo vagón). Me senté y de reojo ví cómo ella se sentaba en frente mía. En ese instante, un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo, una especie de nerviosismo o pánico me dejó con los ojos como platos y el pulso acelerado. “No puede ser, ¿Qué hace ella aquí? ¿No se ha dado cuenta de que estoy en frente suya?” – pensé por dentro…

En un intento de confirmar de que se trataba de la persona correcta, saqué el ‘tochaco’ de Manual de Dcho Constitucional (sí… quién demonios saca eso en el Metro…) y alcé un poco la mirada. Llevaba botas Mustang y tenía una bolsa de Massimo Dutti entre sus piernas. No, no era ella; ella no llevaría botas y mucho menos consigo una bolsa de una tienda de “alto calibre”. Por un momento cerré los ojos, me dije para mis adentros un leve ‘Qué alivio!’ y lo solté en forma de pequeño suspiro. Los abrí y le(la?) miré, y por media centésima de segundo, el pulso se me fue por las nubes de nuevo. ¡Por qué? ¿Es imposible! …

Por joderos un poco el asunto os diré que no, no era ella. A pesar de que su pelo tenía un color muy parecido, sus labios eran igual de finos e hipnotizantes, una piel un pelín clara y unos ojos del mismo color pero distinta tonalidad (SÍ, los hombres somos patosos con los colores y yo más que soy semi-daltónico, asi que no diré color y no porque no quiera)… Conseguí relajarme pero a la vez me sentí hecho polvo. Yo fingía estar ojeando mi tan añorado Manual que ha costado riñón y medio mientras ella estaba hojeando lo que parecía ser un diario con una cara sonriente y animada; tuve al fin, una visión global de cómo era ella.

Definitivamente, me asombraba de cómo esa persona desconocida la cual se sentaba delante mía hubiera podido evocar por unos pocos instantes, esos sentimientos desdeñados y olvidados en un recóndito lugar dentro de mi… sentimientos que la persona a la que amaba provocaba irremediablemente en mi, eso que dicen de “mariposas en el estómago” (si bien en ese momento tenía leones rugiendo).

Vanas y meras ilusiones me había hecho. Me dejé llevar por los sentimientos, por la irracioinalidad que nos caracteriza, sí, irracionalidad. Porque, del mismo modo que nuestra vida no tiene ni pies ni cabeza, los sentimientos tampoco, y el amor, mucho menos. Nadie nos enseña a cómo amar, ni nadie nos dice cuántas vueltas hay que darle con el destornillador o a quién hay que llamar por si ‘eso’ se avería; es un puro sin-sentido que, motivado por la misma irracionalidad como el amar, vamos buscando deseosos de sentirnos plenos, completos o en esencia, humanos, junto y para-con la otra persona.

Ya casi llegaba a la parada de Metro en la que me tenía que apear (qué arcaico!), guardé el Manual en la mochila y me levanté dirigiéndome hacia la salida que te deja justo en frente de… del pasillo de la salida. El tren comenzó a entrar en la estación mientras frenaba little by little, deteniéndose completamente segundos después. Tenía que salir por las puertas del lado izquierdo, pero se abrieron las del andén central primero así que giré la cabeza momentáneamente para verle por última vez, en un intento de decirme a mi mismo: “No, quien está sentada allí no es la persona a la que buscas por mucho que se parezca” – en efecto, ni ella ni la persona a la que amaba eran mi media naranja-já -si algo se acabó fue por algo, decía una amiga mía-; pero justo cuando clavé la mirada en ella, ella lo hizo conmigo, con una cara de asombro mezclado con curiosidad… Y otra vez esa sensación de nerviosismo. Volví a mirar de frente como si nada hubiera pasado y se abrieron las puertas… “Anda y no mires atrás…”.

Al pisar el andén, notaba cómo había conseguido escapar de una especie de burbuja espacio-temporal que me tenía allí recluso, había vuelto al 2 de febrero de 2012. Todo eso que me hizo dudar y recordar aquellos momentos agradables que pasé con esa persona cuando el mecanismo fingía que funcionaba, desapareció en un instante. Dicha sensación de estar ausente en un mundo paralelo se deshizo, me arremangué un poquito para ver la hora: Apenas había estado quince minutos en ese vagón.

A poco más de dos pasos ya estaba enfilando el pasillo que conducen a las escaleras mecánicas y a medida que avanzaba, una lágrima se me escapó de los ojos pero a la vez, yo esbozaba una leve sonrisa. Supe al instante, que esa lágrima no era por aquella desconocida, ni por la chica que amaba… sino por haber podido recordar todo ese conglomerado de sensaciones que uno siente cuando el cupido te atraviesa con una flecha envenenada; sensaciones que… no afloraron en mi durante mucho tiempo.

Salí por las taquillas del Metro, y me fui a coger el ascensor que me conduciría hacia la superficie. Durante la subida, me coloqué los auriculares, me abroché la chaqueta y miré con el móvil si pasaría un autobús en los próximos minutos para no tener que volver andando… No, el siguiente pasaba dentro de 15 minutos. Guardé el móvil y las puertas del ascensor se abrieron. “¡Bienvenido a Rusia!”, me encogí de hombros y cuello intentando parecerme a una tortuga para intentar protegerme del frío y ‘tiré’ por la calle que me llevaría a la tienda. Mientras caminaba, asimilaba poco a poco todo lo que había sucedido y a la vez, estaba comiéndome lo poco que me queda de cerebro pensando en cómo iría a escribir esta entrada…

Vaya cosas…

Emocionalmente subdesarrollado.

Cuando me disponía a escribir esta entrada, se me fue la inspiración (a comprar sushi), supe que iba a tardar en volver pues a estas horas todos los restaurantes de sushi estarían cerrados así que decidí trastear con el móvil hasta que volviera. Resulta que buscando el cable para conectar el móvil al ordenador; la inspiración llamó a la puerta, abrí… Qué decepción, vino sin sushi, pero me reordenó un poco las ideas que tenía pensado plasmar, aunque no sé si lo lograré con éxito.

En esta última semana de descanso que tuve tras terminar los exámenes del primer cuatrimestre, he estado un poco-bastante fuera de órbita. Así a voz de pronto, si me preguntárais qué hice en esa semana sin clase, tal vez os conteste: “No me acuerdo.” Y sí, sigo sin acordarme de mucho… A veces pienso que he malgastado esa semana sin hacer nada, sin siquiera haber podido tomarme unas mini-vacaciones fuera de Madrid que tanto necesito.

Llevo ya dos días desde que empezó este segundo cuatrimestre académico, recuerdo que me propuse aprender inglés y chino; cosa que pienso cumplir antes de que acabe el mes aunque no sé cómo… Todavía no ha acabado la semana para ver cómo sería la rutina a partir de ahora y noto una relajación anormal en mi. Estoy como demasiado tranquilo aun sabiendo que me tengo que poner las pilas para asfaltar los baches que tuve el cuatrimestre pasado a pesar de que sé que estudiando inglés y chino a la vez voy a sacar el tiempo debajo de las setas…

Me he notado un poco a mi bola, demasiado despreocupado de todo. No he llamado a quienes tenía que llamar, ni hablado a quienes tenía que hablar, siquiera un simple “Hola” como señal de que me acuerdo de esas personas. A veces pienso que uno de mis defectos es mi reactividad… mi pasividad ante los distintos hechos que van sucediendo a mi alrededor. Si no hay causa, ¿para qué reaccionar?, me limito a contestar si me preguntan, a hacer las cosas si me las ordenan, a no mover ni un dedo si no hace falta.

Las personas que triunfan en la vida, son personas proactivas, que buscan oportunidades de donde no las hay, hacen más de lo que mandan y proponen planes factibles para realizar. Traducido a la vida cotidiana, soy de esas personas que no llaman y prefieren que le llamen. Mi círculo cercano de personas ya me empieza a notar distante, ausente, inexistente; aunque no sé si la palabra más precisa es la de ‘frío’ (más frío de lo normal y eso que el invierno ya pasó…)

E incluso mis padres, al volver a casa y entrar en mi habitación, lo primero que me han dicho es “Tienes mala cara”. No me entiendo, no comprendo. Criticamos a los demás las cosas que no nos queremos ver en nosotros mismos y cuando te das cuenta de que tú puedes ser igualmente criticado… tsé…

Dejamos de buscar monstruos debajo de nuestras camas en el momento en el que nos damos cuenta que están dentro de nosotros.

Que alguien me resuelva...

Que alguien me resuelva...

Unreal changes…

Hoy (día 14) es el cumpleaños de mi hermanita pequeña. Tiene ya 10 añitos, que no son pocos y a pesar de ser supuestamente un día especial; parece otro normal y corriente. En esta familia apenas se vive ese ambiente festivo de celebraciones y eventos festivos, y esto ha sido así tanto cuando yo era un renacuajo como ahora.

Imagino que el paso de los años a mis padres no les hace tanta ilusión como le puedan hacer a mis hermanitos pequeños; para los primeros significa envejecer un año más… para los últimos, un día de “Tengo un año más!” y recibir regalos – escasos regalos. Realmente, es una jornada cualquiera de la rutina que nos envuelve: trabajo y estudio. Las malas lenguas dicen que ‘Cada día que pasa es un día menos que te queda de vida’ es cierto, pero hay que verle el lado positivo de las cosas, ¿no?.

Hace tiempo que soy mayor de edad y como dije, la vida no da un cambio drástico cuando ya oficialmente te llaman (y puedes quedar detenido) por viejo pederasta. Me pregunto qué demonios ronda por la cabeza a aquellos adolescentes que piensan que a los 18 pueden escaparse de casa, pasarse por el forro las horas de llegar a casa o ignorar los sermones de sus padres; ingenuo mundo de Heidi donde reina el ‘ya me pondré a trabajar’, el ‘¿Quién eres tú para decirme nada?’ o el pasotismo deliberado creyendo que el dinero crece de las plantas mientras uno está sentando en el sofá viendo Telemierda. También dicen que una torta bien dada hace milagros, aunque eso son asuntos mayores.

No ha pasado ni una quincena desde el comienzo de año y uno va empezando a notar que la cuesta de enero, es jodida. Si bien por la edad que tengo no he tenido ocasión de experimentar muchas de las sensaciones y sentimientos que uno puede degustar mientras le sirven en un plato su propia vida, más o menos puedo comprenderlas todas y no es que tenga un don de la empatía precisamente (porque no lo tengo). Porque yo me imagino cómo me sentiríaw si me pusiera en el lugar de la otra persona, pero eso no tiene nada que ver con ponerte en el lugar de la otra persona – expresado malamente; porque lo tú te imaginas seguramente no coincida en nada en lo que a la otra persona le esté pasando.

Yo suelo decir que soy como el muñequito de peluche en el que uno suele desahogarse pegándole un buen par de caricias, y es así, porque ellos cuentan y yo escucho; intento asimilar y comprender. Pero allí se queda la cosa, en dejar a la otra persona soltar sus angustias y aliviar esa necesidad de tener a alguien que le escuche en los malos momentos. Lo peor de todo es que sé que muchas veces me extralimito y hago más de lo que debería, quiero decir, ya no sólo intento desahogar a aquellas personas que necesitan hacerlo, sino que instintivamente intento animarles y concienciarles de que el mundo no se acaba allí… Y he aquí el problema.

No me gusta que la gente que me rodee se encuentre mal, esté desganada, todo le sea indiferente y no encuentre motivación para salir de sus agujeros mentales; pero tampoco me gusta esa incapacidad e impotencia que tengo de quitar ese desaliento que le impide coger aire y gritar que se va a comer el mundo – a ver, tampoco tanto, pero con que le llegue oxígeno al cerebro basta. A veces – muchas- veces, en vez de animar a la otra parte, lo único que consigo es hundirla más en el hoyo y de esa insistencia y perseverancia que tengo de que se encuentre mejor, empeoro el asunto. Y me doy cuenta que mejor, ser inútil y dejar a la otra persona tranquila…

Sin embargo, lo peor de lo peor es cuando intentas animar a una persona que se encuentra mal por tu culpa… ahí ya, las tuercas se tuercen, tus neuronas dejan de funcionar y te encuentras en estado de incapacidad mental del carajo; como si te hubieran noqueado en una lucha de boxeo… Ya no sabes si coger el cepillo de dientes con la mano izquiera o con la derecha. ¿Qué hacer? – te preguntas. Me gustaría de esos re-encuentros entre dos personas donde se olvidan del mal que se hicieron el uno al otro en tiempos pasados, y se dieran un abrazo como señal de comenzar de nuevo; de aquellas escenas emotivas en las que un padre se encuentra con su hijo bastardo tras varios años sin verse; que te llenan de lágrimas y ves cómo se reconcilian sin mediar palabra… Yo quiero de eso, pero sin cámaras ni guiones de por medio.

De todos modos, a seguir con esto, ver cómo avanza la vida misma… y esperar a ser yo mismo.

Apoteósico? Mejor deslucido.

Resulta paradójico que justo ayer cuando me propongo comenzar de nuevo, cambiar hábitos, comportamientos y demás; cuando estoy dispuesto a renunciar a cosas que me gustaría hacer para centrarme en lo que deberían de ser los estudios y bajarme de las nubes… apareces de nuevo en un sueño.

No tengo ni la más remota idea de por qué… (como diría el tito Mou). Estar tumbado en la cama y repetirte: Mañana comienzo a cambiar malos hábitos, comienzo a estudiar en vez de jugar y ver cómo las agujas del reloj van moviéndose rápidamente; comienzo a despojarme de todos aquellos pensamientos que me distraen y de todas aquellas penurias que atrás quisiera dejar… Es lógico que de la noche a la mañana eso no ocurra, que cueste su tiempo y que haría falta más fuerza de voluntad que la de aquellos que quieren dejar de fumar y cerrar los ojos con una sonrisa creyendo en vano que lo conseguiría… En vano.

Levantarme con los ojos hinchados de… tal vez haber llorado, con ojeras, palidez de enfermo y cabizbajo (te reirías mil años de mi si me vieras). Mirar al reloj y ver que ya han dado las doce del mediodía, ser consciente de que tienes muchas tareas que hacer y acabar no haciendo nada. Tumbado de nuevo, mirando al precioso techo blanco, con el cuerpo tiritando de frío… no sin haber estornudado un par de veces con una garganta semi-irritada de orco.

Tú, yo; en esa tarde lluviosa bajo los cristales del kiosco sin saber a dónde ir, con mi timidez por delante causando silencios incómodos en los que uno tenía que romper el hielo. ¿Fue ese día en que toda nuestra amistad empezó? Ya no me acuerdo, tal vez hubo un día antes; tal vez no… siquiera me acuerdo de un sueño. La memoria ya me está empezando a fallar, fruto de mi descuido e indiferencia por mantenerla activa, de mi inútil obsesión de olvidar, de dejar de atormentarme con hechos que si en su momento dolieron, ahora no tanto… y aún así, me pongo mil mantas encima mía y me tapo la cabeza como hacía de pequeño, creyendo que todo ese cúmulo de mantas serían las paredes de una fortaleza indestructible que ni bala ni misil podrían atravesar.

O aquella temporadita en la que no parábamos de ir todos juntos al mismo sitio semana tras semana a pasar la tarde que muchas veces aprovechábamos para sentarnos y tomarnos algo, charlar, decir paridas y soltar carcajadas a tutiplén. (Y que yo aprovechaba para comer-merendar-cenar… cuatro pájaros de un tiro). No sé nada de ti, ni de él (que se mudó p’allá) ni de ellas. Sería lo lógico supongo, esa sensación de querer preguntar algo pero no saber cómo hacerlo… espero que les vaya bien a todos.

Al final del sueño acabamos ambos sentados en el alféizar de tu ventana (todavía recuerdo que me quedé perplejo cuando dijiste esa palabra) mirando tu habitación en otro de esos silencios un tanto incómodos; sin mediar palabra tocaste suelo y te metiste en la cama. Yo que sin embargo quería hacer lo mismo, acabé por echarme hacia atrás y probar caída libre desde un undécimo piso. Tal vez el desenlace hubiera sido noticia para portada; pero en la realidad terminé despertándome.

Desde que terminó octubre las cosas han ido un poco a peor (si no lo estaban ya de por sí); se intenta estar anímicamente bien, pero acaba quedándose en eso… un intento. Una buena persona que conocí en la uni a veces me pregunta si te sigo echando de menos: a veces contestó que sí, otras que no tanto… para al final acabar en el mismo punto de siempre. Sí, te echo de menos y no poco.

También se asombra diciéndome que cómo puedo ser tan frío y no tener corazón; que no se imaginaría verme a mi soltar lágrima ni mucho menos llorar… Cuando a veces puedo llegar a ser el polo completamente opuesto. Supongo que para errar soy humano, y para todo lo demás un robot. Sigo medio derrumbado; si me vieras, por mucho que me preguntaras qué tal y yo te contestara “bien”, acto seguido me dirías: “Oye Henxu, ¿qué te pasa?”, me conoces, tanto en lo positivo como en lo negativo.

Supongo que tendré que seguir afrontando el problema y hacer un poco de artes escénicas aunque no se me da nada bien… Al fin y al cabo, yo me lo busqué.

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