Cuando la tumba me recoja.

Esta mañana ha sido una mañana totalmente improductiva. Me he levantado tarde y mi padre ha tenido que hacer los recados que me habían encomendado a mí, por lo que le acabaré debiendo alguna que otra. Así que he tenido todo este tiempo para seguir pensando acerca de mi marcha.

Y es que, cuando uno piensa en esa palabra, surgen imágenes mentales de películas en las que las despedidas son muy emotivas, hay lágrimas, abrazos y bonitas palabras de por medio; escenas que impactan en el interior de la mayoría de los espectadores sacando a luz su lado más humano (e idílico). Tenemos fe en que las personas por muy malas que sean, en un lugar recóndito de su conciencia/consciencia hay esa parte buena que queda por aflorar, pero la realidad está más bien alejada de nuestras creencias.

La mayoría de las personas que realizan buenas acciones lo hacen bajo el pretexto de poder ir al cielo cuando se muera, de poder ayudar a los demás o de sentirse mejor; cuando mi visión acerca de las personas que habitan este planeta me revela todo lo contrario: todo se hace con la intención de mantener una buena imagen. Sí, seguramente es un plano muy sesgado y parcial de la naturaleza de las personas, pero soy incapaz de convencerme de que las buenas acciones no tienen finalidad alguna.

De hecho, yo mismo reconozco que cuando realizo “buenas” acciones (pocas, muy pocas) lo hago con una finalidad que no siempre consigo: Quiero que me odien.

Sí, suena totalmente contradictorio y en principio no tiene fundamento alguno. Desde pequeño, a excepción de aquellos numerosos y diarios insultos por mi condición de raza china, los profesores y familiares me han halagado haciendo mención a si era muy responsable, si era superdotado e inteligente, si tenía un futuro brillante y demás cumplidos que se dicen por decir. Inocente de mi, me lo iba creyendo todo: era el que mejores notas sacaba en clase, el que no desobedecía en ningún momento, no la liaba parda.. (bueno sí, alguna que otra vez cuando bebí gel de ducha pensando que me sabría a vainilla).

Hasta que vas creciendo y alguien en tu vida te da el gran batacazo demostrándote que las cosas no son así, como por ejemplo, que las personas que mejores notas sacan no son las más inteligentes o no siempre son mejores las personas que realizan buenas acciones. Es ese momento en el que dejas de mirarte constantemente el ombligo y comienzas a levantar la cabeza observando las personas que te rodeaban y sí, el edificio que ilusamente te empeñaste a construir y mantener intacto se derrumba por su propio peso. En ese momento descubrí por ejemplo que mi imaginación y creatividad era nula, que mi don de gentes era muy escaso o que mi supuesta responsabilidad era más bien, la irresponsabilidad propia que mis padres intentaban subsanar en mi.

A día de hoy, sigo intentando ser buena persona, a base de realizar buenas acciones. ¿De esa intención de hacer al menos una buena acción por día, como en las películas? pues de esa; pero si sólo contara la intención podría estar tocándome los huevos todo el día. Las personas que no me conocen saben que no tengo nada que contar, que soy un soso y mudo que apenas tiene algo de lo que hablar. Siquiera mis mejores amigos saben que ayer llegué tarde a la hora que acordamos porque aparte de haber un atasco monumental por el camino (cosa es que fue verdad y fue la excusa que les dije), me paré un poco antes a ayudar a un señor a cambiar una rueda que se le había pinchado. Y son cosas que no cuento y me reservo porque no me gusta que me elogien. Que cuán mentiroso he podido ser ocultando esto? No lo sé, yo aprendí de ciertas a ocultar partes de verdad.

Cuando ayudo a alguien a resolver un problema que no entiende y me dice que soy inteligente; se lo niego. No me gusta que me llamen así cuando no lo soy. Odio que me den las gracias pero me encanta ser agradecido, odio que me aprecien pero aprecio a los demás porque me siento inferior a ellos, no me gusta que me digan que he sido fundamental en algo cuando en realidad lo único que he hecho ha sido dar un pequeño empujón, etc… Sé que ha habido veces en las que he alardeado de haber recibido cierta cantidad de dinero por haber hecho un favor a alguien; pero es que no me siento orgulloso de ello ni me siento orgulloso de haberos dicho, por ejemplo, que ayer ayudé a alguien. El orgullo no sirve para nada. Así es mi lógica ilógica con la que funciona mi cerebro y determina mi forma de ser.

Si tan inteligente dicen que soy, ahora mismo no sería un estudiante con pérdidas monetarias de cinco cifras que a saber cuándo podré devolver; ni estaría en segundo de carrera aprobando rasamente todas las asignaturas, ni, sobretodo, hubiera dejado escapar aquellas ocasiones en las que pude rehacer mi vida de cero. Seguramente tenga más ocasiones, pero ya no merecen la pena y menos cuando me he metido en un buen berenjenal a estas alturas. A diario en la universidad, me sorprendo de lo inteligentes que son las personas que me rodean a pesar de que algunos den la imagen de fiesteros diarios, me siento como si no tuviese el privilegio de estar rodeado de gente así aún intentando aprender de ellos. Mi soberbía de ser alguien inteligente brilla ahora por su ausencia y a quienes les cuento esto de manera muy muy superficial me comentan que no confío en mi mismo y ese es mi problema. Es cierto, mi propia confianza y mi autoestima están por los suelos; porque confiar en uno mismo sólo sirve si uno tiene la esperanza de que alguien esté confiando en ti.

Cuando alguien te llama inútil, le mandas a tomar por culo. Cuando una segunda persona te dice lo mismo, directamente le ignoras. Pero a la décima persona que te dice que no sirves para nada, tal vez sea momento para ponerte a pensar si sería mejor que no existieras aquí. Pues así me siento y así he hecho saber a varias personas, que tal vez yo no sea un inútil, pero sigo siendo un problema.

Cuando intento destacar en algo, intento plantar la semilla de la envidia en los demás; es uno de los instrumentos psicológicos más convenientes para usar cuando quieres que la gente te deje de apreciar. Por ello es por lo que quiero que me odien y ya que me leéis, que me odiéis. Porque no quiero ver a gente llorar porque se haya ido un “genio”, porque no quiero que mi marcha – en cualesquiera de los sentidos- se haga difícil, porque no busco elogios post-mortem. Quiero, como dije en la entrada anterior, sorprenderme cada vez más de mi capacidad de pasar desapercibido por eventos que rodeen mi vida, ser una persona secundaria en la vida de los demás y no ser importante, sino despreciable e insignificante. En mi funeral no me gustaría ver caras tristes ni lágrimas cayendo al suelo, me gustaría ver caras de resignación e indignación por tener que acudir a un entierro de alguien que merecería estar en una fosa común, condenado al olvido como destino principal.

Seguramente mi último deseo en esta vida no sería alcanzar la felicidad, sino marcharme por el mismo lugar por el que he venido: por la puerta de atrás.

Con esta pequeña confesión llena de dosis de visión pesimista de la vida que me caracteriza, mucho más emocional que racional, tal vez incluso egocéntrica y victimista -aunque no es la impresión que quiero dar aunque al 100% de quienes lo leáis digáis que sí-, me despido definitivamente del blog, no como otras veces – con 206 entradas sin sentido alguno- . Creo que va siendo hora de centrarme en lo que de verdad es importante (recordad, odiadme!) y chapar un capítulo para comenzar otro con los condicionantes que llevo ya encima. Qué excusa más barata, ¿verdad?
Hasta pronto.

Que llego tarde para comer.

Ser odiado a través de buenas acciones… que buen reto. No creéis? este tío está totalmente majara

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La invisibilidad visible.

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí. Aunque hoy, llevo todo el día metido en la cama intentando que mi cuerpo se recupere de un constipado de tres pares de narices. ( 2×3= 6 narices ).
Esta entrada de blog no es apta para personas sensibles, que odian leer tostones, materialistas o que tengan la vanidad como bandera; no me hago responsable de efectos secundarios como cabezazos contra la pantalla, mobiliario roto o insultos a mi persona, a mis ancestros o a toda la corte celestial. Es broma. O no.

Muchas veces me he preguntado si aquellas personas más guapas tienen una vida más fácil que aquellas personas que ‘no son tan guapas’, es decir, si las personas atractivas logran conseguir más fácilmente lo que quieren que aquellas personas que aparentamos ser ‘mediocres’.

He de confesar, y que esto quede entre tú y yo, que hace unos años me podía tirar horas y horas delante del espejo mirando mi físico (¿Quién no ha estado delante del espejo y se ha guiñado un ojo a sí mismo más un beso sensual al aire?), criticando mis defectos una y otra vez mientras negaba que yo tuviera virtud física alguna. Era asiático (sigo siéndolo, creo) y la mayoría de los rasgos corporales que definen a un asiático-chino los había heredado por ser eso, chino. Bueno… los típicos mitos y no tan mitos de: ‘la tienes pequeña’, ojos negros y rasgados, pelo negro, y que “todos los chinos somos iguales”.

Desde pequeño no había creído que yo fuera un chico con apariencia ‘normal’ sino creía que era el chico más feo del mundo mundial, pensando que no habría cosa más repugnante que un chinito-gotelé pelo seta en un colegio de monjas rodeado de personas con gran variedad de rasgos físicos y complexiones. Ojos, pelo, forma de la nariz, mandíbula, cuerpo, piernas, pecho, etc… Era un chico enviodoso de todo lo que me rodeaba.

Lo peor de todo es que eran cosas que comentaba a mis padres. Les decía que pensaba que yo era el más feo en comparación con todos esos niños de clase pero no llegué a pensar en qué es lo que sentirían ellos cuando escucharan de boca de su hijo tales palabras… Obviamente, mi madre de vez en cuando me decía que era la cosa más linda que jamás había visto. Aunque a partir de los cinco años dejó de hacerlo cuando me dijo eso en la puerta del colegio y yo solté algo así como: “Mamá, deja de decirme esas cosas porque no es verdad, soy mucho más feo que cada una de las personas que me rodea en clase”.

Como podéis observar, el hijoputismo me viene desde pequeño. (Mamá, si algún día llegas a leer esto, que sepas que te quiero).

En la adolescencia, tras haberme esquilado gran parte del cabello que formaba mi caparazón de tortuga craneal; comencé a obsesionarme con el pelo. Por entonces lo tenía más corto, no más de medio dedo de largo y casi todas las veces que salía de casa me podía tirar diez o veinte minutos engominándome el pelo para tenerlo de punta, a lo “Asian”. Me ponía histérico si alguien intentaba ya no tocar el pelo, sino intentarlo.

Pensaba que mi pelo era algo así como: “Esto, ves esto? *señalando y encuadrando mi cabeza con gestos* esto está fuera de tu alcance, no se toca, sólo se mira. Aunque el resto del cuerpo está disponible para lo que quieras”. Sí, así de gilipollas llegué a ser durante una corta temporada. Sobretodo cuando llegaba a clase y veía a esas dos chicas que por entonces me gustaban, pasar de mi como si de una persona invisible se tratara.

El no ser agraciado físicamente era una desventaja para llevarlas a mi terreno, por lo que intentaba aprovechar mi (escasa) personalidad, mi pelo o mi manera de tratarlas. Y cada vez veía más cerca mi perdición. Observaba cómo esas dos chicas acababan saliendo con chicos más altos que yo, más musculados y robustos, más guapos, etc… y recordaba entonces la escena en las que yo les pedía salir y me rechazaban con un “Oye Heng, no me gustas, pero eres muy mono. Si quieres podemos ser amigos”. *friendzoned*

Comencé a pensar en que este mundo era una mierda, en que no importaba cómo trataras a la gente que te rodea sino que lo primordial era tu apariencia externa. Comencé a juzgar entonces a las personas por sus apariencias, nombrando a cada persona atractiva de “Esa persona seguramente sea muy superficial” y me consolaba diciéndome cosas como: “Me alegro de no ser tan atractivo como esa persona porque eso me convertiría en un douchebag” (Literalmente significa ‘ducha vaginal’ pero se utiliza para llamar a una persona “sinvergüenza, desconsiderado, prepotente”).

Pero en realidad, por dentro suplicaba a quien fuera: “Por favor, por favor, quiero ser tan guapo y sexy como ellos, aunque eso me convierta en un cabrón, me da igual, quiero ser así de atractivo”. Y luego me quedaba atónito cuando conocía a personas ‘guapas’ que no eran ni arrogantes ni presumidas, que eran de lo más humildes y honradas, personas atractivas por fuera y un panecillo por dentro.

Poco a poco fui desistiendo en mejorar lo que mis padres me habían dado, que por cierto, buen trabajo han hecho. (Ya me estoy saliendo de mis casillas). En quedarme como estoy y despreocuparme (lo justo) de mi apariencia externa. Uno no sabe cuál es el límite entre lo físico y lo emocional, así que mejor quedarse en la línea media por si acaso. Tal vez ser más atractivo te facilite conseguir algunas cosas, pero seguro que no es único medio existente para conseguir algo.

Por eso a veces me pregunto, si todo el mundo fuera ciego entonces, ¿a quién le importaría la apariencia del otro? Me refiero, a pesar de que no veríamos un pajote, podríamos seguir sabiendo cómo es otra persona no?. Las personas ciegas suelen usar su sentido del tacto para ‘ver’ por lo que en vez de mirar cómo de atractivo es alguien, empezaríamos a palpar para ver si alguien es guapo o no.

Como seguramente has podido comprobar, cuanto más grande sea algo, más fácil es para nuestro sentido del tacto notarlo. Entonces me imagino que aquellas personas con los rasgos más grandes (nariz, labios, mofletes, orejas… y otras partes del cuerpo que podéis imaginar) serían consideradas las personas más atractivas. Imagínate por tanto un pasarela de modelos, en lugar de ver gente sentada para observar el desfile, la gente estaría colocada en fila con la mano tendida para sentir a tientas los rasgos faciales de las modelos.

Creo que a donde quiero llegar es que tal vez nuestra definición de lo que es bonito o no está basada únicamente en la limitada percepción que nos puede ofrecer nuestro ojos. Empezar a ‘ver’ con nuestras manos y nuestra propia interpretación de ‘belleza’ tal vez nos cambie nuestro punto de vista. Tal vez el paso más allá es empezar a ‘ver’ con el corazón.

Vanidad

Felices Vanidades

Se supone que las Navidades son para pasarlas en familia, juntos, todos reunidos cenando y pasando buenos momentos que a veces, constituyen la única ocasión de ver a alguien querido en todo el año.
Se supone que todos los niños tendrían que estar durmiendo felizmente en sus camas, tras saber que esta noche bajaría Papá Noel por la chimenea a entregarle sus regalos; y aquellos hogares que no tuvieran chimenea… Pues ajo y agua.
Se supone que… “suponer”, al fin y al cabo no acaba sirviendo para nada.

Cada año me voy dando cuenta de que mi espíritu navideño se va mermando más y más, como si alguien hubiera puesto un vaso encima de una llama, limitando el oxígeno que ésta puede consumir hasta el punto de consumirse a sí misma. Antes “molaban”, ahora simplemente dejan de “molar”; aunque en teoría, como dice un buen amigo, los chinos no deberíamos de estar celebrando las navidades. (yo debería estar trabajando en el arrozal).

Uno pierde la ilusión de que lleguen las navidades, puesto que lo ‘importante’ es tomarse un respiro antes de volver (de nuevo) a una monotonía que comenzará en enero. Son esos momentos en los que se aprovecha para hacerse proposiciones para el año próximo, para establecer objetivos que muy frecuentemente acaban en saco roto. Por ello, apenas le doy importancia a las navidades, más que para responder felicitaciones que recibo de otras personas, por pura cortesía.

Esa imagen de familia unida, todos felices y contentos disfrutando de este periodo festivo se desvanece por completo cuando llego a casa y observo, que por un lado o por otro, mi familia está fragmentada: Mi padre se desentiende de cualquier asunto que tenga que ver con el trabajo, la tienda o cualquiera de sus obligaciones como padre; mi madre por tanto intenta, dentro de lo que ella puede hacer, la tarea que debería ser de ambos; mis hermanos, inmersos en su mundo de pasotismo, las series de televisión y los juegos de ordenador y yo, mitad y mitad.

Siento cómo las piezas se separan cada vez que escucho a mis padres discutir.. y más últimamente, cuando cada discusión está más subida de tono que la anterior. O cuando hay riña entre mis padres y mis hermanos; me encuentro en el limbo de no saber a quién defender, si a mis padres o a mis hermanos puesto que ambas partes, a mi juicio, llevan razón… Cada vez que termina una de estas discusiones intento sacar mi lado optimista pensando en que las cosas ya se han arreglado y no volverán a pasar; y digo intento porque cada vez parece que en esta casa no hay paz.

Pero hoy, no sé ni cómo cargar con el peso que llevo encima. Es la primera discusión que tengo con mis padres en la que mi madre ha acabado llorando por mi culpa… No podía con mi alma al ver esas lágrimas bajar por su rostro… eran lágrimas de impotencia, preocupación y dolor, sobre todo dolor. Si comenzamos a discutir fue porque yo quería coger la bicicleta y dar una vuelta para estar conmigo mismo durante un rato e, irónicamente, tras todo esto, me encuentro con que necesito mucho más que antes estar desconectado del mundo..

Mis hermanos están casi en la edad de “rebeldía” y yo estoy en la edad de querer ser más autónomo e independiente. Las cosas no van a estar precisamente tranquilas por aquí. Se nota que es Navidad… No, mejor dicho, se nota que esas familias perfectas no existen; al menos en mi mundo.

¿Cuál ha sido el balance de este año? Pues no lo sé, es como una historia cuyo hilo argumental da giros inesperados cada dos por tres, pero, paradójicamente y al mismo tiempo, la misma historia se pliega sobre sí misma una y otra vez como si de un origami se tratara.

Creo que necesito aprender lengua de 1º de la ESO y ordenar mis ideas.
Que paséis unas felices vanidades.

Problemas míos sin problemas.

En un intento de echarme la siesta al entrarme el sueño sueño, pero con resultados infructuosos puesto que se me ha acabado la medicación, vengo aquí a escribir otra entrada cuyas ideas me han venido a la cabeza mientras tenía los ojos cerrados que os importará un pito y menos. (Naaaaadie obliga a que leáis).

No sé, mientras navegaba por el mar de ideas inconexas que llena mi pecera-cerebro, me he empezado a auto-criticar. Así, tal cual. No me preguntéis qué estaba pensando para llegar a esta situación, pero aquí me hallo redactando esto. (Qué bien sienta a los ojos escribir “hallar” bien). Tal vez porque estaba en el Cercanías con la música a todo volumen y estaba en mi mundo paralelo a este, en el que sólo hay eso, ideas mías y yo; podría haber… yo que sé, unicornios, porno en 3D o teletransportadores que te lleven directo al WC, por poner algún ejemplo.

Pero yendo al grano, creo que uno de los problemas con los que me estoy afrontando últimamente ha sido mi cambio de personalidad. Que yo recuerde (o lo que yo creo que recuerdo), antes era un chico con ideas claras, con principios más firmes que una columna de gelatina y con buen sentido del humor . . . bueno, eso último no lo habéis leído. Desconozco desde qué punto he empezado, dicho de cierto modo, “a no ser yo”. Seguramente me haya convertido en una especie de plastilina maleable de acorde a las situaciones que vivo en el día a día; en algo fácil de manipular y moldear… Algo así como en un niño de 3 años al que le dices que si el color rojo es una mierda, él se creerá que es una mierda sin razonar el porqué de ello; simplemente, creyéndoselo. Sé que no sirve mucho para ilustrar cómo ando, pero la idea es esa.

Por ejemplo, uno de mis principios era afrontar las cosas con la verdad. No tenía miedo de nada, andaba despreocupado por la vida cual machoHeidi saltando por el valle. Si tenía que perder a algo o alguien a base de decir verdades, lo hacía; ya estaba acostumbrado a estar solo desde mi infancia.. Pero hace cosa de un año o así, comenzó mi desviación al camino de la verdad (OOOH, QUÉ FILOSÓFICO SUENA ESO). Siendo sinceros, no se me da bien, no sé mentir (habiendo gente que se aprovecha de esto); pero en situaciones en las que la presión me puede, me veo forzado a hacerlo a pesar de que se note a la legua. Sobre todo con mis padres, que si en notas, que si en salir, que si en … etc.. A pesar de que soy consciente de que muchas veces saben que no estoy diciendo la verdad.

Otro de mis problemas que han pasado por mi cabeza, es mi tendencia a presumir. Presumir de algo es de las cosas más fáciles de hacer en el mundo, en especial, en aquellas ocasiones en las que se alardea de algo que no se tiene. No sé si os ha pasado alguna vez estar en una conversación en la que alguien comienza a presumir de su riqueza por ejemplo, y tú por pura dejadez y envidia, comienzas a presumir de algo que sabes que el ricachón no va a tener, cuando ese “algo” es de las cosas más comunes del mundo mundial (véase, hacer un perfect mientras vas a visitar al Sr. Roca). Otras veces, ante la falta de valores que observo en determinadas personas, comienzo a presumir de mi honradez, de mi humildad, de mi madurez; cuando en realidad por un lado estoy demostrando todo lo contrario y por otro, son actos que no me van a hacer ni más honrado, ni más humilde ni desde luego, más maduro.

Y relacionado con esto anterior es mi baja autoestima: No me aprecio. Cuando dicen cosas buenas de mí, yo las niego porque a ojos propios no soy así. Esto es algo que ha llegado a molestar y molesta a bastantes personas. El principal problema que tengo con los elogios a mi persona es mi negación a aceptarlos (¿de verdad?!), porque soy consciente de que si me empiezan a decir de todo menos “Eresunfeocabrónsinvergüenzamentirosodelamorhermosoyapuedesiryéndotealatumbayponerteacagarmonos”, me lo creo; me sube el ego a las nubes y vuelvo a la casilla anterior: presumir.

Puedo ser especial, ser único y magnífico y todo lo demás; y a veces intento diferenciarme de aquella gente a la que intento poner nombre (esa “gente” que lo denomina “normal”). Pero luego acabo desembocando en una idea: Joder, si todos somos únicos y especialitos; ¿qué gracia tiene eso?; ser único acaba convirtiéndose en algo común, y los bombones que uno saca de la caja comienzan a tener el mismo sabor. Todo esto también es resultado de mi baja autoestima, pienso en que soy minucia comparado con aquellas personas importantes que me rodean a pesar de que me afirmen y reafirmen de lo contrario.. puedo ir alabando el físico, el carisma o la personalidad de alguien y al mismo tiempo hundir en la miseria el mío propio sin ton ni son, sin razón racional ni emocional, así por que sí. Pues así de tozudo puedo llegar a ser.

Y siguiendo la cadena, sí, la tozudez puede conmigo. Me empeño en intentar lograr algo por las buenas o por las malas aun cuando mi entorno me advierte reiteradas veces que eso no merece la pena o consiste en una pérdida de tiempo y esfuerzo. Pero esto es una contradicción en sí misma puesto que soy inestable, algo así como una bomba de relojería sin control.. es decir, del mismo modo que puedo ser un ‘pesao’ a la hora de intentar obtener algo, puedo ser un “joder macho que te repites” cuando estoy de buen o mal humor; es decir, mi estado de ánimo puede cambiar de “chachiguay” a “vayaputashit” en menos de dos segundos y cuando cambia, me repito y voy despriendiendo frases gilipollescas por doquier, desde el estilo de “soy el tío más feliz del mundo” hasta “me merezco comer mierda todos los días” y en adelante.

Otro de mis rasgos negativos, es mi puntualidad. Sí, algo que creo que cada persona que me conoce ha llegado a vivir más de una vez. Voy con prisas a todos los lados, haciendo todo en el último momento y por ello, llegando tarde a todas partes. A veces es por dejadez, otras por falta de ganas y muchas otras porque “había mucho tráfico” (y esto último suele ser verdad, excepto en el metro). Sumamente consciente de que resulta en una falta de respeto a la parte que me espera… Intento llegar puntual a todos los lados y creo que estoy haciendo un avance: Antes, de cada diez clases que tenía, a nueve llegaba tarde; últimamente voy bajando a 6. Y sí, estoy marcando en un calendario aquellos días que no consigo llegar tarde.

Por último y porque tengo que irme pitando de aquí ahora mismo y no sé si el resultado de todo este bagaje anterior, es mi poco cuidado conmigo mismo. Dicho de otra manera con las mismas palabras: No me cuido. No voy a entrar en explicaciones porque de todo lo anterior uno puede deducirlo sin muchas complicaciones. Pero así es, los que me conocen bien bien lo saben: dormir poco, no preocuparme de la vestimenta, de mi aspecto exterior ni de por ejemplo, el orden en mi habitación. Hubo una temporada en la que me enseñaron a apreciarme y cuidarme, a aprender a escoger vestimenta e ir construyendo mi propia personalidad “textilmente hablando”; y sigo con ello, excepto en la parte de dormir porque tengo problemas en conciliar el sueño…

Me estoy dejando demasiadas cosas en el tintero, como mi predisposición a juzgar a la gente sin conocerla; a juzgar malamente a una persona por no hacer bien algo cuando su intención era la contraria, a excusarme yo mismo por algo que no he logrado hacer usando como pretexto “es que mi intención era…” (vamos, desprendo hipocresía por todos mis poros),el no saber organizar mi propia vida a pesar de tener claras mis prioridades o el no saber contar hasta diez antes de soltar cualquier tipo de contestación no agradable.

Espero ir cambiando muchos de estos “fallos míos” que tal vez sean muy humanos (para mi no lo son) y espero que sean problemas de mi personalidad y no de mi carácter… Suena como si buscase ser la persona perfecta, totalmente limada de defectos y deficiencias; pero lo que quiero es encontrarme conmigo mismo y ser el que solía ser antes, en el buen sentido de la palabra. Un pervertido en potencia.

Teoría de confianza 27.

Después de un horrendo día, lo mire por donde lo mire, he venido aquí a mi rinconcito a desahogarme un poco. Podría haber caído en la simplicidad de haber dicho: “Si lo sé ni me hubiera levantado”, que por poder, podría; pero creo que la vida no es un “todo o nada”, es decir, no es “No hago nada, no recibo nada; hago mucho y recibo mucho” sino que más bien suele ser del tipo “No hago nada, tengo suerte y me toca mucho; en cambio, pongo todos los medios para alcanzar algo y no recibo nada“. Que es básicamente lo que me suele ocurrir a mi, bueno, excepto en el recibir sin hacer nada.

Y es que, después de que me abran el orto en un examen de Derecho al cual he ido más espeso que una roca… Después de darme cuenta a la hora de poner la fecha que hoy cae 27… Pues le he empezado a coger manía a esta fecha; un examen el día 27 debe de ser para vosotros algo así como salir de fiesta un martes 13. Pero en fin, he depositado mi “corasonsito” a merced del profesor de Internacional (sí, el mismo de la entrada anterior); ya se encargará de suspenderme con un cero bien grande. Ministro de Asuntos Exteriores de China me dijo que iba a ser porque tengo mente de jurista… Espera que voy a reirme un rato y ahora vengo.

Ya estoy.Yo hoy quería venir a hablar de la confianza, ese tema tan delicado del que todos hablamos sin saber. Y sí, yo tampoco sé del tema, así que podéis llamarme hipócrita. El problema es que tenía muchas ideas por el camino y ahora no me acuerdo de ninguna; bueno sí, de por qué cojones he visto un perro llevando corbata subiendo las escaleras mecánicas del metro con su dueño vistiendo de payaso oliéndole el culo; pero eso es harina de otro costal.

Después de varias clases de Teoría de los juegos, no puedo sino pensar que la confianza es como un “juego”, en su buen sentido de la palabra, es decir, conjunto de opciones que tiene uno o más jugadores en los que dependiendo de la elección que tomen, reciben una recompensa u otra. Para simplificar todas estas cosas que estudiaréis si os metéis a alguna carrera relacionada con ADE o economía, os pongo un gráfico made in Henxu sencillo de qué es un juego:

Eso es arte señores. Como había dicho hace dos años en esta entrada: ¿Pueden chicos y chicas ser sólo amigos? Dos personas difícilmente podrán llegar a ser sólo amigos. La realidad es palpable y así son las cosas (mis cosas). El caso es, el equilibrio del juego (es decir, que haya final feliz) que arriba véis reflejado, es: “O el chico pide salir y la chica acepta” o “el chico no pide salir y la chica tampoco tenía intención de ello”. En caso contrario, uno de los dos acabará más hundido en la mugre que otro, ¿es lógico verdad? Pues para el profesor de derecho internacional no.

Pero a lo que quiero llegar no es cuestión de si uno quiere salir o no con la otra persona (que también), sino en la confianza que hay después de que éstos comiencen a ser pareja. Os voy a poner otro gráfico (me tiraré otra media hora antes de hacer una chapuza):

De manera MUY SIMPLE, una relación se basa así, en decidir día sí y día también si vas a confiar en tu pareja. O se confía mutuamente o no se confía nada (perdón, o se confía y se va a pique o no se confía y la relación va viento en popa).

Con tal de que uno deje de confiar en el otro, las cosas no van a ir como tienen que ir. Pero, mi pregunta (que va para vosotros) es, ¿qué es lo que le lleva a alguien a desconfiar de otra persona? Es obvio que, siguiendo el gráfico, nunca desconfiaríamos de la otra persona si ella confía en nosotros; y, tampoco habría motivos para desconfiar de la otra persona porque el desenlace no es bueno ni para uno, ni para el otro.

Sin embargo, en la vida real hay más factores que influyen en una relación, celos, personas más atractivas que tu pareja, personas más atractivas que tú, errores tuyos, errores de tu pareja, amigos, confidentes, padres, enemigos, etc… Todo un cúmulo de situaciones que serían difíciles de representar en un gráfico como el de antes. Y lo que es más, si uno llega a perder la confianza de la otra persona; mal vamos: que podéis ser los más chachipiruli-guays amigos de vuestra chachipiruli-vida, pero como uno deje de confiar en el otro, ya podéis ir yendo a chachipiruli-ser los mejores amigos que por mucho chachipiruli-amigos hayáis sido, se va a pique.

Y así son las cosas porque nosotros las queremos así, chinpún. Las amistades se basan en la confianza; las compra-ventas se basan en la confianza, las relaciones entre trabajadores se basan en la confianza, las relaciones entre estados se basan en la confianza, el decirle a tu madre que has dejado embarazada a una yegua se basa en la confianza, gritarle al vecino diciéndole que es un hijo de la gran puta también se basa en la confianza, comer pescado y almejas también se basa en la confianza, que os esté importando una mierda esta entrada y no entendáis una mierda porque yo me expreso como una mierda también se basa en la confianza… Mierda. (Sí, así de maleducado soy, perdónenme ustedes).

TODO ACABA BASÁNDOSE EN LA CONFIANZA.

¿Alguna objeción sobre lo que acabo de exponer? Porque yo sí tengo. Y muchas.

Lecciones de vida.

Todo es recíproco… Como en las relaciones de pareja“.
Con esa frase que habéis leído solía explicarnos el profesor de Derecho Internacional la importancia del cumplimiento de los acuerdos internacionales de unos estados para con otros. Casi cualquier situación que se pudiera producir en el ámbito internacional como pudieran ser los conflictos, la violación de derechos, bloqueos, cooperación, sanciones… Ese profesor era capaz de, para ayudarnos a comprender lo que explicaba, mostrarnos un ejemplo claro de dicha escena mediante una extrapolación al ámbito de lo personal, de pareja.

No había clase que no pronunciara la palabra “shi” con ese acento tan suyo, mezcla de chileno y “algo más” que no sé distinguir; que si teníamos la “praCtiCa encima de la mesa”, que si la confianza se requería en todos los ámbitos de la vida, que si parecía que siempre estábamos con el “corasonsito” roto o que si le llegábamos a poner en su examen las historietas de amor que nos contaba en clase, nos pondría un cero. O era cuestión de suerte o es que nunca me ha caído bien ese profesor; en cada clase suya me daba la sensación de humillación constante a pesar de que él mismo afirmaba que: “Sin miedo, que yo no vengo aquí a avergonzar a nadie”, aunque también, según él, todos éramos alumnos de más de notable (permitánme un “JÁ”, comenzando por mi).

Así que reitero, quiero creer que todo este mal tiempo de clases con él ha sido mala suerte. Todavía recuerdo aquellos días en los que volví a ser soltero, en los que apenas dormía 3 horas al día con un insomnio que ni la concha de la lora (y sigo durmiendo poco) y justo en sus clases, él me preguntaba cosas del super-hiper-megatocho-manual de Derecho que yo no me había podido mirar (mejor dicho, no tenía ganas de mirar). Y que de vez en cuando, en esas veces en las que yo intentaba disimular mis ojeras, mi cara de cansancio y sueño de cualquier manera, me soltaba la broma (o no tan broma) de “A Bengu Ye le acaba de dejar la novia”. (sí, así me llamo yo en sus clases).

Claro, eso me sentaba como si me hubieran vomitado puré de mierda encima. Pero al margen de lo que podían ser coincidencias, casualidades o causalidades de la vida; notaba en ese profesor una especie de mantra, algo así como “Mi instinto me dice que ese hombre es buena gente”, si bien en sus clases no paraba de hablar también de los divorcios, de si en el mundo debería de haber más chicas infieles o que si la separación de bienes era injusta (lo que me hizo hasta pensar que estaría divorciado). Ese hombre era una fuente de sabiduría, no sólo de derecho, sino de lecciones de la vida.

En una de sus últimas clases, nos contó una historia con la que me sentí bastante identificado, no recuerdo nada bien la historia exacta, pero era parecido a lo siguiente:

Yo tenía un amigo de la infancia al que le encantaban los coches. De pequeño vio un modelo de deportivo que le llegó al corasonsito (al alma…) y se dijo a sí mismo que cuando tuviera el dinero suficiente se compraría tal coche.
Este hombre, estudió mucho y acabó siendo un hombre con bastante dinero y cuando tuvo ocasión, compró el coche que tanto añoraba cuando era pequeño. El día de la presentación, acudieron sus amigos y personas cercanas y obviamente, estaba toda su familia con él. Todo el mundo decía que le gustaba mucho el coche y que había hecho una buena compra.

En un momento en el que él y los invitados se fueron a comer algo al interior de la casa, el coche estaba afuera sin cuidado de nadie. Su hija, pequeña por entonces, cogió algo punzante y empezó a “dibujar” cosas sobre la chapa del coche tan preciado que su padre acababa de comprar.

Al cabo de un rato, cuando el hombre salió de la casa y vio por un lado el coche completamente rayado y por otro, a la niña con el objeto punzante; en un acto de cólera, le propinó tal paliza a su hija que tuvieron que llevarla al hospital en estado de coma. Hubo percances y los médicos se vieron obligados a amputar a la niña, ambas manos.

Ya pasados unos días, la niña había despertado. Y, en el momento de recibir la visita de su padre, con lágrimas en los ojos dijo lo siguiente: “¿Papá, si la próxima vez me porto bien, me volverán a crecer las manos?”

Con esto, el profesor nos quería recordar que antes de cometer cualquier acto estando en cólera, pensáramos dos veces en la consecuencia que ello pudiera tener; que hay decisiones que una vez tomadas, no tienen vuelta atrás y si la tuvieran, no volveríamos al mismo punto de inicio en el que nos encontrábamos antes de haber elegido mal.

El temario y las lecciones que dio después de tal historia, me entraron por un oído y me salieron por otro. Entré en un estado de “trance” o ausencia reflexionando conmigo mismo; recordándome algo que hice hace 12 años, algo de lo que me arrepiento bastante. Y es que, cuando estamos llenos de ira, hacemos cualquier cosa pensando en nuestro propio egoísmo y en que la razón siempre está de nuestra parte, cuando en realidad, después de haber llevado a cabo una idea de bombero, nos llevamos las manos a la cabeza, nos arrepentimos de haber cometido tal idiotez o intentamos hacer como si no hubiera pasado nada. O ambas cosas a la vez.

Seguramente no haya aprendido mucho Derecho Internacional Público con este profesor, pero sí he aprendido y aprehendido a ser mejor persona, o al menos, a intentarlo.