Al fin tengo un respiro, al fin es Semana Santa. Lo necesitaba, lo ansiaba, lo buscaba cual tesoro perdido en el fondo del mar: unos escasos días de vacaciones. A medida que uno va avanzando por su etapa universitaria, va notando cómo el tiempo intenta lanzársele al cuello al mínimo descuido o cómo la acumulación de tareas parece un castillo de arena esperando a que venga una ola y se lleve todo por delante. Cada vez que toca levantarse de la cama parece tan jodido como subir una montaña escarpada y cualquier rato libre, caída libre por un acantilado. Es algo así como una monotonía abrupta.

A veces, muchas veces y sobretodo en estas dos últimas semanas; en el poco tiempo libre que tengo me tumbo en la cama con los auriculares puestos y empiezo a escuchar música ambiental hasta quedarme dormido.

Nota: Como podéis observar, no estamos en Semana Santa. Cosas que escribo y no consigo terminar 1. por falta de tiempo y 2. porque no termino escribiéndolo como me gustaría. Sigo pensando que esta entrada (al igual que la mayoría del resto) no merece la pena ser leída. Que conste, quien avisa no es traidor.

Esta vez hacía oscuro, aunque entraba algo de luz, tenue y débil, solamente con fuerzas para atravesar las desgastadas cristaleras que forman la cubierta del centro comercial. Allá donde perecían los halos de luz, comenzaba el imperio de las sombras tal y como dicen: “Donde haya luz, habrá oscuridad”.

Los pies posaban sobre una especie de suelo formado por baldosas, si se les podía llamar así, puesto que no había ninguna que estuviera entera: las había agrietadas, partidas por la mitad, hechas añicos o incluso, pulverizadas. Parecía el mismísimo “Cementerio de las baldosas”, sólo que a diferencia de un cementerio normal no había nadie que les llevara flores y las colocara sobre sus tumbas. O tal vez era yo el ramo de flores que habían dejado tirado allí.

A medida que iba avanzando por las galerías del centro comercial, me iba dando cuenta de una cosa: todos los locales estaban completamente destartalados y vacíos. Paredes que alojaban en su interior un denso aire que olía al olvido y otras muchas cosas que uno no es capaz de recordar. Daba la sensación de estar en una especie de baúl en donde uno almacena todos aquellos recuerdos y sensaciones de los que se quiere despojar: por cada inhalación de ese aire limpio y turbio a la vez, uno se iba llenando de pensamientos negativos constantemente.

Ya casi en estado de desesperación, empezó a llover de la nada. Una persona normal buscaría cobijo en uno de esos locales vacíos, pero en cambio, la irracionalidad llevó a subir unas escaleras que parecían elevar a uno al mismísimo cielo (nublado y tronando) en el que tal vez se encontraría con Dios sentado en un cómodo asiento de clavos y espinas, pero no. Uno subía y subía y lo único que conseguía era pensar que estaba de excursión escalando varias de las Pirámides de Egipto a la vez.

Al llegar (al fin) a la cima, lo único que vislumbre fue una plataforma cuadrada, sin paredes ni soporte, como si estuviera flotando en medio del aire a excepción de la única vía de salida y anclaje al suelo: las escaleras que había subido como un descosido. En el centro había un quiosco con una marquesina bastante amplia que estaba cobijando a una chica de espaldas a mí, de estatura mediana, tal vez le sacase una cabeza o dos, vistiendo el típico vestido de seda que llevan las niñas guapas de las películas de miedo que sin embargo, no era tan llamativo ni extravagante como su piel.

Era pálida, mejor dicho, era la nieve personificada que parecía brillar en medio de la penumbra de aquel lugar, ahora húmedo y ‘llovizno’. Me quedé observando un rato a aquel cuerpo delgado y frágil intentando que mi presencia no hicisese, válgase la redundancia, acto de presencia. Daba la mala espina de estar observando a una persona en sus últimos momentos de vida que desprendía un gran aura de tristeza. Notaba como si cada partícula de aire que entraba por mis orificios nasales (no he podido evitar acordarme de Bobobo) iba desgarrando mis pulmones por dentro a base de melancolía. Como si tuvera a un niño pequeño tirándome del pantalón y suplicándome entre llantos y moqueo que le comprase un Chupa-Chups, solo que en este caso me pedía que por favor, le comprase un poco de felicidad.

Eso era el infierno y lo del cine: mero montaje de fuegos y efectos especiales. Quise acercarme por detrás para darle un abrazo emulando a aquellas películas en las que si abrazas a alguien por detrás, todo irá bien. Deposité mis manos encima de su vientre y ella sus gélidas manos sobre las mías. Y me di cuenta. Me di cuenta de que el cuerpo que estaba abrazando era aún más frágil de lo que aparentaba. Transmitía frío, mucho frío, tenía ganas de decir “Winter is coming” pero tal vez no fuera el momento más apropiado.

Su pelo y su cuerpo no desprendían esencia alguna que mi olfato pudiera captar. Resumiéndolo burdamente, estaba abrazando a un bloque de hielo bajo una marquesina de un quiosco que está sobre una plataforma casi flotante en mitad de un centro comercial abandonado. Todo con mucho sentido oiga. Y a pesar de ello, yo estaba inmerso en su mundo. Me encontraba tan cómodo que estaba deseando que no escampara nunca.

Sin embargo, la racionalidad de mi irracionalidad me dijo que allí no podía estar para siempre; que esa puta escena no tenía (puto) sentido. Por lo cual, como se dice que las actuaciones irracionales son el primer motivo racional por el cual las volvemos a repetir, procedí a realizar algo más sensato: me solté de ella, pasé al lado suya sin reparar en el rostro de la persona a la que dí un abrazo y sin despedirme de ella (al fin y al cabo, las despedidas no eran mi punto fuerte) me tiré al vacío desde aquella plataforma flotante. Después de todo, desde pequeño he tenido la curiosidad de saber si me podía morir o no en los sueños. O aquello no era un sueño..

Sentir que la cabeza es la parte de tu cuerpo que va cortando el aire verticalmente, es muy agradable; parecido a poner la cara en frente del ventilador al máximo, con la única excepción de que no te pegas una hostia padre al final del trayecto.
Iba cayendo, cada vez incluso más rápido pero no veía el suelo acercarse a mí y por un momento me pregunté si me había pasado tres pueblos subiendo escaleras.

Como por arte de magia, noté que alguien me abrazó por detrás en plena caída. Reconocí ese mismo frío al instante. Era la misma chica de antes. En cierto modo me alegré porque volví a abrazar, no, mejor dicho, me abrazó – en mitad de una caída libre-; pero en lo que uno lee estas línes, entristecí. Aquel cuerpo que me abrazaba parecía haberse consumido un poco más desde la última vez.

Quise girarme y ver quien era, poder decirle un par de mis nefastas palabras que nunca funcionan para animar a la gente y antes de darme cuenta, vi el suelo estamparse contra mi frente. ¿El final? Siempre el mismo: acabo despertándome sin saber qué se siente cuando uno muere en un sueño. Decepcionante.

Anuncios

De cómo acabar enloquecido y mirar el lado positivo.

Hoy es 11 de marzo vaya. No tenía pensado escribir en un día así, día un tanto recordado por mucha gente alrededor del mundo sobre sucesos importantes que tuvieron lugar en un pasado. Pero sí, ya era hora de escribir algo e intentar desahogar lo que uno lleva dentro, de intentar expresarse como debe ser; cuando te entra la inspiración de querer escribir algo no tienes tiempo para ello y cuando tienes tiempo, la inspiración se fue de paseo. Parece que hoy las estrellas se han alineado.

De pequeño, gran parte de mis prioridades, era sobrevivir en el colegio. Pero no físicamente: No me daban puñetazos ni patadas ni me tiraban del pelo, sino que se burlaban tanto de mi nombre como de mi condición de chino. Se reían de algo de lo que yo “no era culpable” en cierto modo, ni había elegido el colegio en el que pasaría casi toda mi trayectoria escolar, ni había elegido mi nombre, ni el tener padres chinos, aunque todo esto seguramente ya lo haya relatado por aquí en varias ocasiones. Mi infancia no fue buena, pero tampoco fue la peor. Muchas de las personas que he conocido, han sentido en carne algo parecido a lo mío bien en su infancia, bien en su adolescencia, bien en su vida presente. Algunas comprenden lo que sientes por dentro, otras quieren empatizar contigo pero sus intentos no son fructuosos, otras muchas pasan de tu trasero siéndoles indiferente y otras tantas son aquellas personas en las que en su infancia se dedicaban a bajarte los pantalones en medio del recreo.

En cierto modo, fui un ‘rarito’. Estabas solo mientras diez niños se burlaban de ti y a los quince restantes les importabas un carajo. Eras la minoría entre esa marabunta de gente que se diviertía amargándote la vida, pero míralo por el lado bueno: eras único y no iguales que los demás. Pero no me quejo de haber tenido tal infancia, no tengo motivos. Aprendí a base de empujones, mofas, bromas pesadas y algún que otro escupitajo, que no se puede ir así por la vida, ni tampoco juntarte con tus enemigos si la situación no te es favorable, siendo mejor estar solo que mal acompañado. Mis padres me educaron desde enano a no cumplir el dicho de “Ojo por ojo, diente por diente”, a ser honrado, humilde y sincero y pocas veces me han dicho que procure ser más egoísta… Es cierto que intento no hacer a otras personas lo que no me gustaría que me hicieran a mi, pero tampoco voy a ofrecer mi otro moflete a aquella persona que ya me ha dado una buena bofetada.

El resultado de todo el cúmulo de vivencias que he ido teniendo a lo largo de mi vida, es el ser que soy yo ahora. Mi manera de ser, de actuar, de entablar una conversación; mi timidez, mi carácter soso, mi idiotez; hasta mi forma de vestir, andar o escuchar viene condicionado por aquel niño de cinco años que fue obligado a atravesar unas puertas negras (impetuosas por aquel entonces) que separaban el patio pequeño de la calle y el resto de transeúntes que por allí discurrían, como ánimas inertes. Ahora, mi prioridad es poder compaginar mi vida personal con mi vida académica (y cercana vida laboral); y hay una cosa que diré por todo lo alto: por mucho que se quiera potenciar nuestras capacidades cognitivas, nuestra manera de afrontarnos a un problema o de “desarrollarnos” por nosotros mismos, el plan Bolonia es una mierda.

Me parece bien y correcto que se intente fomentar el ‘autodidactismo’ a base de hacer trabajos, pero no a razón de 5 por semana porque la vida no te da. Intentas llevar todo al día pero te es imposible: tus lastimosos estados de ánimo de incitan a no hacer nada hoy y dejarlo para el día siguiente. Apenas encuentras tiempo para mantener las amistades que se tiene, siquiera tiempo para leer libros, y ya no hablemos de ocio… No estoy estresado, pero sí me preocupa distanciarme de determinadas personas, que significan mucho para mi (aunque a veces el sentimiento no sea recíproco…), pero como todos sabemos, no existe nada para siempre. Intento fingir lo que siento por dentro, fingir que todo va sobre ruedas y forzar sonrisas mientras el tiempo pasa y nos coloca a cada uno en su lugar. Al parecer a mi me puso en el lugar de los que no saben jugar al mentiroso, ergo, no saben fingir ni mentir de manera convincente… Pero, ¿para qué fingir si mi retraso (y locura) mental viene de fábrica?

Sigo queriendo aprender a controlar mis emociones y sentimientos, a pensar en frío antes de hacer o decir nada, a vivir en la vida real y no en Hora de Aventuras. Y recordar que hace apenas unas semanas estaba repitiendo a mis padres hasta la saciedad que quería comprarme un coche, sin parar de dar el coñazo como cual máquina que pega hostias de dos en dos; y verme ahora más contento de usar el transporte público que tener coche propio, sacándole incluso, más ventajas que inconvenientes. Con coche propio no podría leer un libro mientras conduzco aparte de que el gasto de gasolina (con los precios estratosféricos a la que está) saldría diez veces más cara que el abono mensual que uso. El único inconveniente: no poder cogerlo cuando lo necesito.

Y digo “seguir aprendiendo”, porque todavía no sé cómo domar mis deseos sin usar un poco la cabeza – que para algo está. Intento establecer prioridades entre “sentimiento” y “cordura”, pero se hace muy difícil porque una cosa implica automáticamente a la otra. Es como si ambos conceptos estuvieran atrapados en la tela de una araña, cada término en el polo opuesto al otro. Un juego cuyo objetivo es escoger uno de los dos términos y quemar el otro. Pero ¿qué pasa?, que con que incendies un simple hilo, te has cargado toda la red entera.

Sí, he enloquecido. Hasta tal punto de que a veces veo apariciones en las que baja un ángel del piso de arriba llevando una máscara que oculta la verdad, sujetando por lo alto una balanza en la que por un lado está escrito “razón” y en la otra “corazón”, y me dice: “Escoge un lado de la balanza”. A veces me pregunto si el tío ese que me imagino es idiota o es cabrón por naturaleza. Es como si me diera a elegir entre amar a alguien sin importarme las consecuencias que puedan haber o no amar a alguien por miedo a tales consecuencias… no tiene sentido! sería como intentar suicidarse tirándote desde la ventana de un piso bajo! Son situaciones en las que no puedes tomar decisiones, es como si tuvieras que elegir entre papá y mamá cuando ambos te han dado todo el cariño que te mereces y más…

A veces me pregunto si me queda algo de seso dentro del cráneo, creo que lo perdí cuando las hormonas me florecieron en la adolescencia y empecé a sentir ese empanamiento e hipnósis que te producen determinadas personas que no puedes evitar caer en. Y calabaza tras calabaza, chasco tras chasco, intento recurrir a ese amigo tan traidor que llaman “olvido” que aparece cuando necesitas acordarte de algo importante y desaparece cuando le necesitas… Hay personas y momentos en la vida que seguramente sean imposibles de olvidar bien por el daño que te hicieron o por lo mal que lo pasaste; de nada sirve dar por asumido que ya no quieres a una persona cuando estando con ella sientes ladrillazos en el estómago o de seguir adelante como si nada hubiera pasado cuando recuerdos de tu pasado siguen haciéndote mella. Me dijo un buen amigo que si tienes un desengaño amoroso (y supongo que cualquier problema de parecida índole) mejor no coger el coche, todo te acaba dando igual y no te das cuenta de dónde está el límite.

Mirarlo por el lado bueno, por mi bien y por el del resto de los usuarios de la vía pública, mejor me quedo una buena temporada sin coger el coche.
5.03

Dejavú centesimal…

Por ese entonces, eran las nueve y cuarto. Era nuestra hora de salir y seguíamos en clase haciendo ejercicios de matrices y demás… Tras terminar un último problema, creo que por pena nos dijo: “Venga, os dejo salir antes”, eso sí, que conste, el ‘profe’ es majo. Con un cansancio poco más que inhumano salgo por fin de las cuatro paredes que forman el aula donde he estado ‘pringando’ las últimas 5 horas. Abrigo, mochila, móvil al bolsillo, cabeza y arreando pa casa.

Acompañado de algunos compañeros de clase, nos dimos cuenta del fresquito siberiano que hacía a los pocos segundos de pisar calle. Andábamos a lo pandilla mientras se escuchaban rumores de colegueos y más que colegueos de residencia; que si gemidos, que si chico-chica… lo “supuestamente” juvenil y lo que la gente cree que es la vida universitaria. Uno piensa que venir a Madrid a estudiar es: “No atender a clase, salir todos los días, emborracharse hasta la ceguedad y tirarse a cuantas personas sea posible. Quien más enganche, gana.” Ah, y lo gracioso es que aprueban.

Me despido de ellos, quedándome en la marquesina roja que supuestamente te cubre de las tempestades del tiempo… pero no del frío. Asomo la cabeza, a ver si venía el dichoso autobús que me llevaría a la … estación de autobuses (¿obvio?) para coger el metro. Por un momento tuve la sensación de que el conductor estaba borracho y tenía el pie pisando a fondo el pedal del acelerador sin reparar en los badenes que se colocaron a lo largo de la calzada (Lenguaje de autoescuela). Viene, se pasa cinco metros de la marquesina y abre la puerta (no sin hacer un sonido a lo Darth-Vader cuando respira…).

Me subo, tickeo mientras saludo al conductor, el cual me suele ignorar. Huele a humanidad, pero no tanto como cuando llueve o hace bochorno… Se nota, y aunque suene desagradable, el olfato se va acostumbrando. Enfilo el pasillo del autobús en busca de un asiento como cual ratón que sale de su agujero para ver si hay gatos o no en la costa y encuentro uno detrás de una chica, que a primera vista, me era un tanto familiar, pero no le di importancia y me senté; me puse música y comencé a leer las noticias desde el móvil (y más tauromaquia… así salimos los españoles de la crisis)… Poco a poco iba llegando a la estación subterránea de autobús, las personas se iban levantando antes de que se detuviese y la chica que se sentaba delante mía se levantó antes que yo.

Al hacerlo, me fijé un poco en su vestimenta; vestía bien, más casual que formal. Soy muy malo describiendo ropa – no es lo mío…- así que me limitaré a decir que me gustaba cómo vestía. Pasé de largo y fui con prisas a coger el Metro, quería llegar a casa cuanto antes y descansar. Ya esperando en el andén mientras ponía el móvil en modo avión y poniendo una canción de Love Of Lesbian, esa chica pasó por delante mía sin darme cuenta hasta que giré la cabeza y vi llegar el tren. No sé si fue el viento que generó a su paso, pero dejó una fragancia bastante… encantadora a su paso.

Metro

Las puertas se abrieron, primero las del andén central y luego las de mi andén. La primera cosa de la que me percaté al instante era el interior del tren. Por fuera, era un tren antiguo típico de la línea 6, pero por dentro parecía uno de los trenes de la línea diez, completamente renovado con los colores, asientos, barras y carteles parecidos a los nuevos (que son un gusano de un sólo vagón). Me senté y de reojo ví cómo ella se sentaba en frente mía. En ese instante, un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo, una especie de nerviosismo o pánico me dejó con los ojos como platos y el pulso acelerado. “No puede ser, ¿Qué hace ella aquí? ¿No se ha dado cuenta de que estoy en frente suya?” – pensé por dentro…

En un intento de confirmar de que se trataba de la persona correcta, saqué el ‘tochaco’ de Manual de Dcho Constitucional (sí… quién demonios saca eso en el Metro…) y alcé un poco la mirada. Llevaba botas Mustang y tenía una bolsa de Massimo Dutti entre sus piernas. No, no era ella; ella no llevaría botas y mucho menos consigo una bolsa de una tienda de “alto calibre”. Por un momento cerré los ojos, me dije para mis adentros un leve ‘Qué alivio!’ y lo solté en forma de pequeño suspiro. Los abrí y le(la?) miré, y por media centésima de segundo, el pulso se me fue por las nubes de nuevo. ¡Por qué? ¿Es imposible! …

Por joderos un poco el asunto os diré que no, no era ella. A pesar de que su pelo tenía un color muy parecido, sus labios eran igual de finos e hipnotizantes, una piel un pelín clara y unos ojos del mismo color pero distinta tonalidad (SÍ, los hombres somos patosos con los colores y yo más que soy semi-daltónico, asi que no diré color y no porque no quiera)… Conseguí relajarme pero a la vez me sentí hecho polvo. Yo fingía estar ojeando mi tan añorado Manual que ha costado riñón y medio mientras ella estaba hojeando lo que parecía ser un diario con una cara sonriente y animada; tuve al fin, una visión global de cómo era ella.

Definitivamente, me asombraba de cómo esa persona desconocida la cual se sentaba delante mía hubiera podido evocar por unos pocos instantes, esos sentimientos desdeñados y olvidados en un recóndito lugar dentro de mi… sentimientos que la persona a la que amaba provocaba irremediablemente en mi, eso que dicen de “mariposas en el estómago” (si bien en ese momento tenía leones rugiendo).

Vanas y meras ilusiones me había hecho. Me dejé llevar por los sentimientos, por la irracioinalidad que nos caracteriza, sí, irracionalidad. Porque, del mismo modo que nuestra vida no tiene ni pies ni cabeza, los sentimientos tampoco, y el amor, mucho menos. Nadie nos enseña a cómo amar, ni nadie nos dice cuántas vueltas hay que darle con el destornillador o a quién hay que llamar por si ‘eso’ se avería; es un puro sin-sentido que, motivado por la misma irracionalidad como el amar, vamos buscando deseosos de sentirnos plenos, completos o en esencia, humanos, junto y para-con la otra persona.

Ya casi llegaba a la parada de Metro en la que me tenía que apear (qué arcaico!), guardé el Manual en la mochila y me levanté dirigiéndome hacia la salida que te deja justo en frente de… del pasillo de la salida. El tren comenzó a entrar en la estación mientras frenaba little by little, deteniéndose completamente segundos después. Tenía que salir por las puertas del lado izquierdo, pero se abrieron las del andén central primero así que giré la cabeza momentáneamente para verle por última vez, en un intento de decirme a mi mismo: “No, quien está sentada allí no es la persona a la que buscas por mucho que se parezca” – en efecto, ni ella ni la persona a la que amaba eran mi media naranja-já -si algo se acabó fue por algo, decía una amiga mía-; pero justo cuando clavé la mirada en ella, ella lo hizo conmigo, con una cara de asombro mezclado con curiosidad… Y otra vez esa sensación de nerviosismo. Volví a mirar de frente como si nada hubiera pasado y se abrieron las puertas… “Anda y no mires atrás…”.

Al pisar el andén, notaba cómo había conseguido escapar de una especie de burbuja espacio-temporal que me tenía allí recluso, había vuelto al 2 de febrero de 2012. Todo eso que me hizo dudar y recordar aquellos momentos agradables que pasé con esa persona cuando el mecanismo fingía que funcionaba, desapareció en un instante. Dicha sensación de estar ausente en un mundo paralelo se deshizo, me arremangué un poquito para ver la hora: Apenas había estado quince minutos en ese vagón.

A poco más de dos pasos ya estaba enfilando el pasillo que conducen a las escaleras mecánicas y a medida que avanzaba, una lágrima se me escapó de los ojos pero a la vez, yo esbozaba una leve sonrisa. Supe al instante, que esa lágrima no era por aquella desconocida, ni por la chica que amaba… sino por haber podido recordar todo ese conglomerado de sensaciones que uno siente cuando el cupido te atraviesa con una flecha envenenada; sensaciones que… no afloraron en mi durante mucho tiempo.

Salí por las taquillas del Metro, y me fui a coger el ascensor que me conduciría hacia la superficie. Durante la subida, me coloqué los auriculares, me abroché la chaqueta y miré con el móvil si pasaría un autobús en los próximos minutos para no tener que volver andando… No, el siguiente pasaba dentro de 15 minutos. Guardé el móvil y las puertas del ascensor se abrieron. “¡Bienvenido a Rusia!”, me encogí de hombros y cuello intentando parecerme a una tortuga para intentar protegerme del frío y ‘tiré’ por la calle que me llevaría a la tienda. Mientras caminaba, asimilaba poco a poco todo lo que había sucedido y a la vez, estaba comiéndome lo poco que me queda de cerebro pensando en cómo iría a escribir esta entrada…

Vaya cosas…

Pensamientos bajo ducha.

Ayer 3 de julio, fue un día un tanto… dinámico, podríamos decir. Un día en el que ocurren eventos fuera de lo común, alejados de la monotonía en la que me suelo sumergir constantemente, aunque seguramente prefiera seguir aislado en tal monotonía, sin cambios, todo igual.

Pero no… ya estoy cansado de que todo siga igual, de no ser yo quien tiene la iniciativa propia de re-hacer mi asco de vida para llevarla a mejor, de depender de una razón tan maleable, tan cambiante y repentina -como son los sentimientos mismos- para seguir adelante. Se acabó. Tocaba al cerebro entrar en acción y por ello el corazón se resiente. (y si no, ocurre al revés.)

Tocó escribir disculpas, exponer puntos de vista y dejar claros ciertos temas, por lo que también tocó leer las respuestas, asimilarlas y de acorde a eso juzgar. También tocó echar la preinscripción de lo que quiero estudiar, qué estudiar y dónde hacerlo. Por ello, fui a ducharme. Una de las utilidades de meterse en la ducha, aparte de la higiene, es servir como lugar en el que tomas decisiones importantes; de allí, hoy he estado casi una hora metido allí dentro.

Resultado: saber dónde quiero estudiar, y la ruptura de una amistad. Ambas decisiones enfocadas a un futuro. Completar la preinscripción ha sido tarea fácil, menos de cinco minutos; romper la relación … ha costado y cuesta. No ha sido una decisión tomada a la ligera, asumiendo las consecuencias que de ello puedan derivar y no siendo nada agradables para ambas partes y pudiendo repercutir bastante a terceras personas.

No sé si tenía que reír o llorar cuando ví la frase de “Perder a una persona por ser honesta es fantástico”. La historia viene de lejos, arrastrando con ella muchos y muchos sucesos, conversaciones y decisiones. Y si echamos un ojo a la historia, si bien ha habido hechos positivos muy memorables, los negativos vienen intrínsecos a ellos. Son tantas y tantas cosas a tener en cuenta (cuando no deberías… pero en la práctica es distinto) que al final acabas bombardeándote a ti mismo, sí, soy de los ‘chungos’.

Las personas no cambian – me solían decir. Y es verdad, excepcionalmente un caso de cada millón lo hace. Es más, si la persona misma te dice: “No voy a cambiar”, házla caso, porque no cambiará. Si se aplica a la persona que te dice: “Daño es lo único que conseguirás estando conmigo”, también, no esperes a que te lo diga una segunda vez, porque si ella lo dice, es porque ella se conoce a sí misma mejor que tú a ella. Y yo, listo de mi, hice caso ajeno. Iluso de mí, pensé que cambiaría.

Ella ha tomado la decisión de abandonar la delicada situación en la que nos encontrábamos ambos y querer ser de nuevo un juguete y pasarlo ‘bien’ a estar así; yo lo respeto, aunque no esté de acuerdo con ello y ella lo sabe. Si la persona a la que quieres no es capaz de hacerte cambiar de opinión y un amigo tampoco, ahora que soy un don nadie menos todavía. Yo no sería capaz de aguantar ver jodida a una persona a la que quieres por temas así (pues deseas que fueras tú quien estuviera con ella), tampoco sería capaz de soportar la carga de ser uno de los problemas que la ‘acechan’ la cabeza, de ser yo el culpable de que se sienta mal…

Yo también he tomado una decisión de abandonar, ya no sólo tal incómodo escenario, sino la amistad en sí, se hace muy pesado aguantar un ‘quiero y no puedo’ constantemente. No voy a echar nada en cara, porque si echo en cara una cosa, pueden echarme a mi cien; porque suelo ser yo quien lleva al traste las cosas, quien la ‘caga’ y quien mete la pata. (Involuntariamente, pero es así). Puede sonar un poco a “Si no haces “x” cosas, yo abandono”, a puro egoísmo, pero no. Lo mejor supongo que sería dejar de tener contacto con ella, pues no puedo borrar mis sentimientos hacia una persona de un día para otro si a lo largo de todo este tiempo de amistad no he podido, y una amistad con sentimientos de por medio, deja de serlo.

Van a venir tiempos duros… Va a ser difícil deshacerse de costumbres tan idiotas como es ver cada dos por tres si está conectada aún sabiendo que ha salido, soñar despierto con su mirada, o pensar en ella todo el día, tanto si es al despertarse, antes de dormir, mirando el paisaje, viendo las estrellas tumbado en el césped, pasando por lugares cercanos a su casa, yendo en bici… qué tal estará? dónde estará? qué estará haciendo? estará pensando en mí ahora?

Seguramente no sea la solución más adecuada a esto, pero es lo que ahora considero más apropiado, aunque el daño nos salpique a ambos. Me dice que soy una persona importante para ella, y por más que me lo repita no me entra en la cabeza; pues yo me considero una persona sin valor alguno, insignificante para todo el mundo… tal vez sea porque se me hace raro. Aprecio enormemente que me diga eso, y no se merece lo más mínimo de lo que estoy haciendo… Suelo decir que si algo sale mal que no sea por mi culpa o haya hecho algo de lo que me pueda arrepentir; y creo que con esta decisión me estoy llevando los dos premios gordos… Espero que para cuando el olvido haya conseguido tragarse esos sentimientos hacia ella (si es que lo consigue), no sea demasiado tarde y pueda arreglar las cosas. Pero conociéndome…

Se acabó, al final ha tocado, borrón y cuenta nueva. Mente racional, decisiones ilógicas.
Voy a ducharme de nuevo, esta vez a mezclar lágrimas y agua.

2:42

¿Y si yo no existiera?

22:11

Debería de estar haciendo deberes, recuperando todo el puto tiempo desperdiciando durante este primer trimestre escolar. Luego me arrepentiré, que si en vez de escribir la entrada tenía que estar haciendo tal, haciendo cual… Pero bueno… tiempo al tiempo, ya lo haré cuando termine esta entrada…

Hoy, me volvió uno de los típicos bajones… Sinceramente, estoy hasta la santísima ***** de estar así tanto tiempo, únelo a que hoy he dormido 3 horas, a base de beber RedBull y estudiar economía por la noche, intentando evitar las dominantes zarpas del sueño. Sí, sé cómo planificar, organizar, gestionar y controlar una empresa… a ver si aprendo a hacer eso con mi deprimente vida.

Sigue leyendo

Futuro… pero harto del presente.


Qué voy a ser, qué quiero ser, qué puedo ser, qué acabaré haciendo, qué me deparará, con quién me casaré, a quiénes conoceré, quiénes serán mis personas más cercanas, quiénes me podrán hacer daño, qué será de mí, de los otros, del resto; qué ocurrirá… en un futuro.

Todo esto nos lo habremos preguntado alguna vez en la vida, deseando saber la respuesta, queriendo resolver esa incógnita que nos tiene intrigados desde el momento en el que se plantean. Unos se lo preguntarán a los cinco años, otros a los diez, otros a los veinte… y habrá aquellos que ni siquiera se preocupen de ello (desgraciados de aquellos que caminan ciegos sin rumbo aparente); y por el simple hecho de habernos formulado esas cuestiones, dejamos cielo abierto a la imaginación.
Sigue leyendo

Olvido selectivo.

Estos 4 últimos días han sido un tanto , malos.

No me siento del todo bien, y tampoco sé explicar del todo, qué me está pasando… simplemente sois consciente de que bien, no me encuentro. A veces piensas : “Ojalá el olvido fuera selectivo”, que tuvieras la capacidad de olvidar las cosas que no deseas recordar… es como coger una carpeta que quieres borrar y la mueves a la papelera de reciclaje. Aunque, es eso, “ojalá”.

Hoy no tengo muchas ganas de escribir gran cosa, leí hace tiempo que:

Sigue leyendo