Cuando la tumba me recoja.

Esta mañana ha sido una mañana totalmente improductiva. Me he levantado tarde y mi padre ha tenido que hacer los recados que me habían encomendado a mí, por lo que le acabaré debiendo alguna que otra. Así que he tenido todo este tiempo para seguir pensando acerca de mi marcha.

Y es que, cuando uno piensa en esa palabra, surgen imágenes mentales de películas en las que las despedidas son muy emotivas, hay lágrimas, abrazos y bonitas palabras de por medio; escenas que impactan en el interior de la mayoría de los espectadores sacando a luz su lado más humano (e idílico). Tenemos fe en que las personas por muy malas que sean, en un lugar recóndito de su conciencia/consciencia hay esa parte buena que queda por aflorar, pero la realidad está más bien alejada de nuestras creencias.

La mayoría de las personas que realizan buenas acciones lo hacen bajo el pretexto de poder ir al cielo cuando se muera, de poder ayudar a los demás o de sentirse mejor; cuando mi visión acerca de las personas que habitan este planeta me revela todo lo contrario: todo se hace con la intención de mantener una buena imagen. Sí, seguramente es un plano muy sesgado y parcial de la naturaleza de las personas, pero soy incapaz de convencerme de que las buenas acciones no tienen finalidad alguna.

De hecho, yo mismo reconozco que cuando realizo “buenas” acciones (pocas, muy pocas) lo hago con una finalidad que no siempre consigo: Quiero que me odien.

Sí, suena totalmente contradictorio y en principio no tiene fundamento alguno. Desde pequeño, a excepción de aquellos numerosos y diarios insultos por mi condición de raza china, los profesores y familiares me han halagado haciendo mención a si era muy responsable, si era superdotado e inteligente, si tenía un futuro brillante y demás cumplidos que se dicen por decir. Inocente de mi, me lo iba creyendo todo: era el que mejores notas sacaba en clase, el que no desobedecía en ningún momento, no la liaba parda.. (bueno sí, alguna que otra vez cuando bebí gel de ducha pensando que me sabría a vainilla).

Hasta que vas creciendo y alguien en tu vida te da el gran batacazo demostrándote que las cosas no son así, como por ejemplo, que las personas que mejores notas sacan no son las más inteligentes o no siempre son mejores las personas que realizan buenas acciones. Es ese momento en el que dejas de mirarte constantemente el ombligo y comienzas a levantar la cabeza observando las personas que te rodeaban y sí, el edificio que ilusamente te empeñaste a construir y mantener intacto se derrumba por su propio peso. En ese momento descubrí por ejemplo que mi imaginación y creatividad era nula, que mi don de gentes era muy escaso o que mi supuesta responsabilidad era más bien, la irresponsabilidad propia que mis padres intentaban subsanar en mi.

A día de hoy, sigo intentando ser buena persona, a base de realizar buenas acciones. ¿De esa intención de hacer al menos una buena acción por día, como en las películas? pues de esa; pero si sólo contara la intención podría estar tocándome los huevos todo el día. Las personas que no me conocen saben que no tengo nada que contar, que soy un soso y mudo que apenas tiene algo de lo que hablar. Siquiera mis mejores amigos saben que ayer llegué tarde a la hora que acordamos porque aparte de haber un atasco monumental por el camino (cosa es que fue verdad y fue la excusa que les dije), me paré un poco antes a ayudar a un señor a cambiar una rueda que se le había pinchado. Y son cosas que no cuento y me reservo porque no me gusta que me elogien. Que cuán mentiroso he podido ser ocultando esto? No lo sé, yo aprendí de ciertas a ocultar partes de verdad.

Cuando ayudo a alguien a resolver un problema que no entiende y me dice que soy inteligente; se lo niego. No me gusta que me llamen así cuando no lo soy. Odio que me den las gracias pero me encanta ser agradecido, odio que me aprecien pero aprecio a los demás porque me siento inferior a ellos, no me gusta que me digan que he sido fundamental en algo cuando en realidad lo único que he hecho ha sido dar un pequeño empujón, etc… Sé que ha habido veces en las que he alardeado de haber recibido cierta cantidad de dinero por haber hecho un favor a alguien; pero es que no me siento orgulloso de ello ni me siento orgulloso de haberos dicho, por ejemplo, que ayer ayudé a alguien. El orgullo no sirve para nada. Así es mi lógica ilógica con la que funciona mi cerebro y determina mi forma de ser.

Si tan inteligente dicen que soy, ahora mismo no sería un estudiante con pérdidas monetarias de cinco cifras que a saber cuándo podré devolver; ni estaría en segundo de carrera aprobando rasamente todas las asignaturas, ni, sobretodo, hubiera dejado escapar aquellas ocasiones en las que pude rehacer mi vida de cero. Seguramente tenga más ocasiones, pero ya no merecen la pena y menos cuando me he metido en un buen berenjenal a estas alturas. A diario en la universidad, me sorprendo de lo inteligentes que son las personas que me rodean a pesar de que algunos den la imagen de fiesteros diarios, me siento como si no tuviese el privilegio de estar rodeado de gente así aún intentando aprender de ellos. Mi soberbía de ser alguien inteligente brilla ahora por su ausencia y a quienes les cuento esto de manera muy muy superficial me comentan que no confío en mi mismo y ese es mi problema. Es cierto, mi propia confianza y mi autoestima están por los suelos; porque confiar en uno mismo sólo sirve si uno tiene la esperanza de que alguien esté confiando en ti.

Cuando alguien te llama inútil, le mandas a tomar por culo. Cuando una segunda persona te dice lo mismo, directamente le ignoras. Pero a la décima persona que te dice que no sirves para nada, tal vez sea momento para ponerte a pensar si sería mejor que no existieras aquí. Pues así me siento y así he hecho saber a varias personas, que tal vez yo no sea un inútil, pero sigo siendo un problema.

Cuando intento destacar en algo, intento plantar la semilla de la envidia en los demás; es uno de los instrumentos psicológicos más convenientes para usar cuando quieres que la gente te deje de apreciar. Por ello es por lo que quiero que me odien y ya que me leéis, que me odiéis. Porque no quiero ver a gente llorar porque se haya ido un “genio”, porque no quiero que mi marcha – en cualesquiera de los sentidos- se haga difícil, porque no busco elogios post-mortem. Quiero, como dije en la entrada anterior, sorprenderme cada vez más de mi capacidad de pasar desapercibido por eventos que rodeen mi vida, ser una persona secundaria en la vida de los demás y no ser importante, sino despreciable e insignificante. En mi funeral no me gustaría ver caras tristes ni lágrimas cayendo al suelo, me gustaría ver caras de resignación e indignación por tener que acudir a un entierro de alguien que merecería estar en una fosa común, condenado al olvido como destino principal.

Seguramente mi último deseo en esta vida no sería alcanzar la felicidad, sino marcharme por el mismo lugar por el que he venido: por la puerta de atrás.

Con esta pequeña confesión llena de dosis de visión pesimista de la vida que me caracteriza, mucho más emocional que racional, tal vez incluso egocéntrica y victimista -aunque no es la impresión que quiero dar aunque al 100% de quienes lo leáis digáis que sí-, me despido definitivamente del blog, no como otras veces – con 206 entradas sin sentido alguno- . Creo que va siendo hora de centrarme en lo que de verdad es importante (recordad, odiadme!) y chapar un capítulo para comenzar otro con los condicionantes que llevo ya encima. Qué excusa más barata, ¿verdad?
Hasta pronto.

Que llego tarde para comer.

Ser odiado a través de buenas acciones… que buen reto. No creéis? este tío está totalmente majara

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Intentos de autoconvicción.

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro. Me gustaba la idea de ser aquel operador que manejaría uno de esos armatostes de metal con los que circular sobre los raíles que hay dentro de esos inmensos túneles bajo la ciudad de Madrid, más que nada porque supuse que me haría sentir cual guerrero ‘salvatore’ portador de una antorcha sagrada que ayudaría a los aldeanos a escapar de las zarpas de la oscuridad que tanto abundaban en aquellas mazmorras. Mazmorras que sólo él y sus compañeros de oficio conocerían como la palma de su mano. Sin embargo, las caras que podía vislumbrar a través de los cristales de la cabina del conductor no se asemejaban ni por asomo, a la de ese guerrero orgulloso de salvar las vidas de otras personas que yo tenía ideado en mi mente; sus expresiones faciales eran nulas como las de un robot sin vida y de vez en cuando, si les daba por mirarte, te fruncían el ceño.

Fue entonces cuando por curiosidad pregunté a mi madre acerca del porqué de aquellas caras que se parecían a las de una persona inerte y tras toda una explicación que por aquel entonces no logré entender, mi sueño de querer ser aquello se vino abajo. Tuve la enorme ocasión de preguntar a varios operarios que trabajaban en el suburbano acerca del oficio y todos me contestaron: “Monótono y aburrido“. Yo no buscaba algo que a la larga fuera lo mismo una y otra vez, debe ser como estar enroscando un tornillo a un mismo juguete durante mil horas seguidas.
Llega por tanto, el clásico momento en el que uno se plantea: “¿Dónde está la frontera entre la vocación y la realidad?” Solemos pensar que lo más óptimo -aparte de que te toque la lotería- es trabajar en lo que te gusta y obtener una buena remuneración con la que vivir plácidamente, pero la realidad no siempre es así a no ser que te guste fastidiar la vida de otros desde lo alto, vease, políticos incompetentes de este país.

El otro día, la típica frase de “La vida es demasiado corta para dedicarte a hacer algo que no te gusta” fue presa de mis oídos. A pesar de que pueda ser cierta, me parece y con perdón, una de las más soberanas gilipolleces que he escuchado. No es que yo no sea un optimista (que intento serlo aunque recaiga mil y una veces) sino que ya me parece demasiado idealista. La argumentación es la misma que la de antes, ¿hacer lo que a uno le gusta de verdad le da como para vivir como le gustaría? Ya no sólo me refiero a cuestiones económicas sino a nivel de satisfacción personal, por un lado por el hecho de preguntarse a uno mismo “si vale para eso que le gusta” y por el otro porque aquí parece que felicidad equivale a tener éxito en la vida de uno mismo sin pararse a pensar que un fracaso ahora es una victoria futura.

He intentado convencerme a mi mismo de que podré llegar lejos y cumplir ciertas promesas que tengo con mi entorno cercano, de poder trabajar en aquello que me gusta y tener una situación estable que (seguramente no) me proporcione la felicidad que ando buscando. Si es que ando buscando algún tipo de felicidad, claro. Pero es entonces cuando al día siguiente de haberte propuesto alcanzar tu meta te empiezan a llover porrazos por todos los costados, porrazos que no te daban cuando estabas indeferente ante todo lo que se te pusiera delante; es como si pasaras de un “Me da igual todo” a un “Joder vaya mierda de vida, nada me sale bien, soy un inútil, etc, etc…”.

Cuesta no desviarse del camino que uno mismo intenta recorrer alternando los planes de vida que se tiene consigo mismo y con lo que el azar le depare; pero, como yo tengo muy mala suerte para todo pues no me queda otra que planear todos y cada uno de los detalles de mi “futura vida”. Sí, de esa vida del paraíso musulmán en el que me esperarían 72 vírgenes con los labios brazos abiertos. ¿Acaso os pensabáis que me refiría a la vida real?

Además, algo de lo que la gente me intenta convencer es que si uno llega alto en la vida, es porque lo ha hecho a costa de los demás, lo que moralmente no sería justo. Pero sin embargo, si a uno le es indiferente la situación que vive actualmente (o que pueda vivir en un futuro) es que es un conformista (lo que tampoco es moralmente correcto). Entonces, mi cerebro comienza a sumergirse en una laguna mental en la que se debate si no hacer nada o pegarse un tiro y más cuando lo que uno mismo está estudiando tiene que ver con la economía y el derecho; carreras que no son más que reminiscencias al puro darwinismo de “Quien vale sobrevive y quien no acaba pisoteado”.

Y es que, cada vez que leo esa última frase, pienso que yo tengo que tener algún valor y sí, me autoconvenzo de que yo valgo poco, de que no soy nadie excepcional, ni fuera de lo común; sino meramente ordinario y corriente. Mucha gente se piensa de que esta actitud mía es para atraer la atención: “Es que te valoras poco porque quieres que te digamos que no es así”. Y no, se agradece que la gente me dé valor, pero no es lo que voy buscando.; porque cualquier día de estos, desaparezco y el valor que se me puede dar podría ser perfectamente el que tiene el hámster muerto de Justin Bieber; es decir, basura, mierda o cualquier sinónimo que se os pueda antojar.

Lo que busco es ir mejorando ese poco valor que me doy. Diría que sería algo así como “Intentar ser mejor persona”, pero eso queda muy Hollywood y no va conmigo (aunque me llamen peliculero).

Ya no recuerdo la última vez que dije que quería ser un conductor de Metro… ni la última vez que dije que quería ser feliz.

B.

Los que me conocen saben que muchas veces me entra el venazo de exigirme más de lo que puedo hacer o llegar a ofrecer, me ordeno dar más de mi cuando ya he llegado a mi límite superior y las cosas, como es de esperar, salen estrepitosamente bien mal.

Esta tarde tengo una competición de Rubik y cada vez que lo pienso, me recuerda a las anteriores veces que he ido a torneos similares. En todas las veces excepto una, he ido solo, por mi cuenta, sin llevarme a nadie conmigo, bien fuera en Madrid, Valencia o Bilbao. Y justo al llegar al lugar donde se celebra tal evento, me vengo abajo.

Sí, he de reconocerlo, soy un envidioso en muchas ocasiones; aunque de esa envidia sana, o eso quiero pensar. Me vengo abajo porque la gran mayoría de participantes van acompañados de alguien: amigos, pareja, familiares, compañeros, etc… Veo que los acompañantes graban en vídeo al participante, le hacen fotos, le animan, le felicitan cuando lo hace bien y todas esas cosas que se supone que no tienen por qué hacerlas.

Yo lo veo y no se me ocurre otra cosa que saciar ese ‘vacío’ juntándome de strangis con algún grupo de competidores y participar en la conversación (aunque no tenga ni idea del tema que hablan), de hablar con los jueces, mezcladores, colarme en alguna entrevista de la tele… Lo que sea por no tener esa sensación de soledad (y mira que el ambiente suele estar animado).

Luego cuando me toca participar a mi, me quedo esperando en la ‘sala de espera’ a que me llamen (mal) por mi nombre, salga al escenario principal, resuelva un cubo y me vaya. Echo la mirada a los espectadores y no hay nadie que grite un “Venga Henxu!”, pues los únicos que me dan ánimos son los jueces y compañeros (competidores míos al fin y al cabo) de al lado. Cuando sale bien, lo celebro, cuando sale mal, me frustro y me lo llevo conmigo mismo.

Me siento de nuevo a la espera de que me vuelvan a llamar y mientras, pienso que no encuentro la motivación suficiente como para creer que las cosas me vayan a salir bien. No sólo depende de cómo de rápido y preciso sea uno capaz de mover los dedos, ni lo que tarde el cerebro en procesar la información que ve a través de los ojos, ni su concentracón y/o capacidad de predecir el próximo giro o movimiento, ni tampoco únicamente de cómo de frío o caliente tenga las manos. Sino también influye el estado anímico y no poco. Unos escuchan música para prepararse, otros leen libros mientras esperan, otros tienen otro cubo en la mano, otros ninguno y otros como yo, se dedican a pensar cosas como estas. (Debo ser el único).

Y sin embargo, usando un poco de razón llego a la conclusión de que lo mejor es acudir a torneos así solo, sin que nadie me acompañe. Parece totalmente contradictorio que tenga envidia de aquellas personas que van acompañadas de su entorno cercano y que luego piense que lo contrario es lo mejor. Más que nada porque conociéndome, cuando algo me sale mal y se me mete en la cabeza que lo he hecho mal, no hay dios que me convenza de lo contrario.

Son de esas situaciones en los que pudiendo haberlo resuelto en 13 segundos, se me queda en 16 por un pequeño fallo. Uno se empieza a recriminar lo tonto que ha sido, se repite el “pero cómo no lo vi antes” o “por qué no hice lo otro” y comienza a sumergirse en el torbellino de WC que se forma cuando uno tira de la cadena. Y para estar negándole los ánimos que te da alguien, pues como que mejor ir solo y no hacer sentir mal a nadie más que a uno mismo.

Luego está el hecho de que no todo el mundo muestra el mismo interés hacia esto. Para unos es un sinsentido, para otros es un coñazo, otros piensan que es de frikis sin vida social, otro que si tal que si cual. De hecho, si ya me cuesta a mi estar muchas horas seguidas rodeado de un ambiente en el que no paran de sonar el ‘crac crac’ de las piezas de los cubos al moverse, no me imagino a esa persona ajena a este ‘menester’. Gran par de ovarios y/o huevos debe de tener para aguantar todo eso.

Y por último, prefiero que el tiempo que pasasen viéndome hacer un cubo subido a un escenario para luego frustrarme, lo aprovechen en alguna otra cosa que les sea más gratificante para ellos, por así decirlo. Y más cuando andamos quejándonos de que nos falta horas en los días y que cuando se tiene tiempo libre se le pasa volando.

Es una especie de encuentro conmigo mismo… Aunque hoy, y siendo viernes, no tengo ganas de nada.

La invisibilidad visible.

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí. Aunque hoy, llevo todo el día metido en la cama intentando que mi cuerpo se recupere de un constipado de tres pares de narices. ( 2×3= 6 narices ).
Esta entrada de blog no es apta para personas sensibles, que odian leer tostones, materialistas o que tengan la vanidad como bandera; no me hago responsable de efectos secundarios como cabezazos contra la pantalla, mobiliario roto o insultos a mi persona, a mis ancestros o a toda la corte celestial. Es broma. O no.

Muchas veces me he preguntado si aquellas personas más guapas tienen una vida más fácil que aquellas personas que ‘no son tan guapas’, es decir, si las personas atractivas logran conseguir más fácilmente lo que quieren que aquellas personas que aparentamos ser ‘mediocres’.

He de confesar, y que esto quede entre tú y yo, que hace unos años me podía tirar horas y horas delante del espejo mirando mi físico (¿Quién no ha estado delante del espejo y se ha guiñado un ojo a sí mismo más un beso sensual al aire?), criticando mis defectos una y otra vez mientras negaba que yo tuviera virtud física alguna. Era asiático (sigo siéndolo, creo) y la mayoría de los rasgos corporales que definen a un asiático-chino los había heredado por ser eso, chino. Bueno… los típicos mitos y no tan mitos de: ‘la tienes pequeña’, ojos negros y rasgados, pelo negro, y que “todos los chinos somos iguales”.

Desde pequeño no había creído que yo fuera un chico con apariencia ‘normal’ sino creía que era el chico más feo del mundo mundial, pensando que no habría cosa más repugnante que un chinito-gotelé pelo seta en un colegio de monjas rodeado de personas con gran variedad de rasgos físicos y complexiones. Ojos, pelo, forma de la nariz, mandíbula, cuerpo, piernas, pecho, etc… Era un chico enviodoso de todo lo que me rodeaba.

Lo peor de todo es que eran cosas que comentaba a mis padres. Les decía que pensaba que yo era el más feo en comparación con todos esos niños de clase pero no llegué a pensar en qué es lo que sentirían ellos cuando escucharan de boca de su hijo tales palabras… Obviamente, mi madre de vez en cuando me decía que era la cosa más linda que jamás había visto. Aunque a partir de los cinco años dejó de hacerlo cuando me dijo eso en la puerta del colegio y yo solté algo así como: “Mamá, deja de decirme esas cosas porque no es verdad, soy mucho más feo que cada una de las personas que me rodea en clase”.

Como podéis observar, el hijoputismo me viene desde pequeño. (Mamá, si algún día llegas a leer esto, que sepas que te quiero).

En la adolescencia, tras haberme esquilado gran parte del cabello que formaba mi caparazón de tortuga craneal; comencé a obsesionarme con el pelo. Por entonces lo tenía más corto, no más de medio dedo de largo y casi todas las veces que salía de casa me podía tirar diez o veinte minutos engominándome el pelo para tenerlo de punta, a lo “Asian”. Me ponía histérico si alguien intentaba ya no tocar el pelo, sino intentarlo.

Pensaba que mi pelo era algo así como: “Esto, ves esto? *señalando y encuadrando mi cabeza con gestos* esto está fuera de tu alcance, no se toca, sólo se mira. Aunque el resto del cuerpo está disponible para lo que quieras”. Sí, así de gilipollas llegué a ser durante una corta temporada. Sobretodo cuando llegaba a clase y veía a esas dos chicas que por entonces me gustaban, pasar de mi como si de una persona invisible se tratara.

El no ser agraciado físicamente era una desventaja para llevarlas a mi terreno, por lo que intentaba aprovechar mi (escasa) personalidad, mi pelo o mi manera de tratarlas. Y cada vez veía más cerca mi perdición. Observaba cómo esas dos chicas acababan saliendo con chicos más altos que yo, más musculados y robustos, más guapos, etc… y recordaba entonces la escena en las que yo les pedía salir y me rechazaban con un “Oye Heng, no me gustas, pero eres muy mono. Si quieres podemos ser amigos”. *friendzoned*

Comencé a pensar en que este mundo era una mierda, en que no importaba cómo trataras a la gente que te rodea sino que lo primordial era tu apariencia externa. Comencé a juzgar entonces a las personas por sus apariencias, nombrando a cada persona atractiva de “Esa persona seguramente sea muy superficial” y me consolaba diciéndome cosas como: “Me alegro de no ser tan atractivo como esa persona porque eso me convertiría en un douchebag” (Literalmente significa ‘ducha vaginal’ pero se utiliza para llamar a una persona “sinvergüenza, desconsiderado, prepotente”).

Pero en realidad, por dentro suplicaba a quien fuera: “Por favor, por favor, quiero ser tan guapo y sexy como ellos, aunque eso me convierta en un cabrón, me da igual, quiero ser así de atractivo”. Y luego me quedaba atónito cuando conocía a personas ‘guapas’ que no eran ni arrogantes ni presumidas, que eran de lo más humildes y honradas, personas atractivas por fuera y un panecillo por dentro.

Poco a poco fui desistiendo en mejorar lo que mis padres me habían dado, que por cierto, buen trabajo han hecho. (Ya me estoy saliendo de mis casillas). En quedarme como estoy y despreocuparme (lo justo) de mi apariencia externa. Uno no sabe cuál es el límite entre lo físico y lo emocional, así que mejor quedarse en la línea media por si acaso. Tal vez ser más atractivo te facilite conseguir algunas cosas, pero seguro que no es único medio existente para conseguir algo.

Por eso a veces me pregunto, si todo el mundo fuera ciego entonces, ¿a quién le importaría la apariencia del otro? Me refiero, a pesar de que no veríamos un pajote, podríamos seguir sabiendo cómo es otra persona no?. Las personas ciegas suelen usar su sentido del tacto para ‘ver’ por lo que en vez de mirar cómo de atractivo es alguien, empezaríamos a palpar para ver si alguien es guapo o no.

Como seguramente has podido comprobar, cuanto más grande sea algo, más fácil es para nuestro sentido del tacto notarlo. Entonces me imagino que aquellas personas con los rasgos más grandes (nariz, labios, mofletes, orejas… y otras partes del cuerpo que podéis imaginar) serían consideradas las personas más atractivas. Imagínate por tanto un pasarela de modelos, en lugar de ver gente sentada para observar el desfile, la gente estaría colocada en fila con la mano tendida para sentir a tientas los rasgos faciales de las modelos.

Creo que a donde quiero llegar es que tal vez nuestra definición de lo que es bonito o no está basada únicamente en la limitada percepción que nos puede ofrecer nuestro ojos. Empezar a ‘ver’ con nuestras manos y nuestra propia interpretación de ‘belleza’ tal vez nos cambie nuestro punto de vista. Tal vez el paso más allá es empezar a ‘ver’ con el corazón.

Vanidad

Teoría de confianza 27.

Después de un horrendo día, lo mire por donde lo mire, he venido aquí a mi rinconcito a desahogarme un poco. Podría haber caído en la simplicidad de haber dicho: “Si lo sé ni me hubiera levantado”, que por poder, podría; pero creo que la vida no es un “todo o nada”, es decir, no es “No hago nada, no recibo nada; hago mucho y recibo mucho” sino que más bien suele ser del tipo “No hago nada, tengo suerte y me toca mucho; en cambio, pongo todos los medios para alcanzar algo y no recibo nada“. Que es básicamente lo que me suele ocurrir a mi, bueno, excepto en el recibir sin hacer nada.

Y es que, después de que me abran el orto en un examen de Derecho al cual he ido más espeso que una roca… Después de darme cuenta a la hora de poner la fecha que hoy cae 27… Pues le he empezado a coger manía a esta fecha; un examen el día 27 debe de ser para vosotros algo así como salir de fiesta un martes 13. Pero en fin, he depositado mi “corasonsito” a merced del profesor de Internacional (sí, el mismo de la entrada anterior); ya se encargará de suspenderme con un cero bien grande. Ministro de Asuntos Exteriores de China me dijo que iba a ser porque tengo mente de jurista… Espera que voy a reirme un rato y ahora vengo.

Ya estoy.Yo hoy quería venir a hablar de la confianza, ese tema tan delicado del que todos hablamos sin saber. Y sí, yo tampoco sé del tema, así que podéis llamarme hipócrita. El problema es que tenía muchas ideas por el camino y ahora no me acuerdo de ninguna; bueno sí, de por qué cojones he visto un perro llevando corbata subiendo las escaleras mecánicas del metro con su dueño vistiendo de payaso oliéndole el culo; pero eso es harina de otro costal.

Después de varias clases de Teoría de los juegos, no puedo sino pensar que la confianza es como un “juego”, en su buen sentido de la palabra, es decir, conjunto de opciones que tiene uno o más jugadores en los que dependiendo de la elección que tomen, reciben una recompensa u otra. Para simplificar todas estas cosas que estudiaréis si os metéis a alguna carrera relacionada con ADE o economía, os pongo un gráfico made in Henxu sencillo de qué es un juego:

Eso es arte señores. Como había dicho hace dos años en esta entrada: ¿Pueden chicos y chicas ser sólo amigos? Dos personas difícilmente podrán llegar a ser sólo amigos. La realidad es palpable y así son las cosas (mis cosas). El caso es, el equilibrio del juego (es decir, que haya final feliz) que arriba véis reflejado, es: “O el chico pide salir y la chica acepta” o “el chico no pide salir y la chica tampoco tenía intención de ello”. En caso contrario, uno de los dos acabará más hundido en la mugre que otro, ¿es lógico verdad? Pues para el profesor de derecho internacional no.

Pero a lo que quiero llegar no es cuestión de si uno quiere salir o no con la otra persona (que también), sino en la confianza que hay después de que éstos comiencen a ser pareja. Os voy a poner otro gráfico (me tiraré otra media hora antes de hacer una chapuza):

De manera MUY SIMPLE, una relación se basa así, en decidir día sí y día también si vas a confiar en tu pareja. O se confía mutuamente o no se confía nada (perdón, o se confía y se va a pique o no se confía y la relación va viento en popa).

Con tal de que uno deje de confiar en el otro, las cosas no van a ir como tienen que ir. Pero, mi pregunta (que va para vosotros) es, ¿qué es lo que le lleva a alguien a desconfiar de otra persona? Es obvio que, siguiendo el gráfico, nunca desconfiaríamos de la otra persona si ella confía en nosotros; y, tampoco habría motivos para desconfiar de la otra persona porque el desenlace no es bueno ni para uno, ni para el otro.

Sin embargo, en la vida real hay más factores que influyen en una relación, celos, personas más atractivas que tu pareja, personas más atractivas que tú, errores tuyos, errores de tu pareja, amigos, confidentes, padres, enemigos, etc… Todo un cúmulo de situaciones que serían difíciles de representar en un gráfico como el de antes. Y lo que es más, si uno llega a perder la confianza de la otra persona; mal vamos: que podéis ser los más chachipiruli-guays amigos de vuestra chachipiruli-vida, pero como uno deje de confiar en el otro, ya podéis ir yendo a chachipiruli-ser los mejores amigos que por mucho chachipiruli-amigos hayáis sido, se va a pique.

Y así son las cosas porque nosotros las queremos así, chinpún. Las amistades se basan en la confianza; las compra-ventas se basan en la confianza, las relaciones entre trabajadores se basan en la confianza, las relaciones entre estados se basan en la confianza, el decirle a tu madre que has dejado embarazada a una yegua se basa en la confianza, gritarle al vecino diciéndole que es un hijo de la gran puta también se basa en la confianza, comer pescado y almejas también se basa en la confianza, que os esté importando una mierda esta entrada y no entendáis una mierda porque yo me expreso como una mierda también se basa en la confianza… Mierda. (Sí, así de maleducado soy, perdónenme ustedes).

TODO ACABA BASÁNDOSE EN LA CONFIANZA.

¿Alguna objeción sobre lo que acabo de exponer? Porque yo sí tengo. Y muchas.

Lecciones de vida.

Todo es recíproco… Como en las relaciones de pareja“.
Con esa frase que habéis leído solía explicarnos el profesor de Derecho Internacional la importancia del cumplimiento de los acuerdos internacionales de unos estados para con otros. Casi cualquier situación que se pudiera producir en el ámbito internacional como pudieran ser los conflictos, la violación de derechos, bloqueos, cooperación, sanciones… Ese profesor era capaz de, para ayudarnos a comprender lo que explicaba, mostrarnos un ejemplo claro de dicha escena mediante una extrapolación al ámbito de lo personal, de pareja.

No había clase que no pronunciara la palabra “shi” con ese acento tan suyo, mezcla de chileno y “algo más” que no sé distinguir; que si teníamos la “praCtiCa encima de la mesa”, que si la confianza se requería en todos los ámbitos de la vida, que si parecía que siempre estábamos con el “corasonsito” roto o que si le llegábamos a poner en su examen las historietas de amor que nos contaba en clase, nos pondría un cero. O era cuestión de suerte o es que nunca me ha caído bien ese profesor; en cada clase suya me daba la sensación de humillación constante a pesar de que él mismo afirmaba que: “Sin miedo, que yo no vengo aquí a avergonzar a nadie”, aunque también, según él, todos éramos alumnos de más de notable (permitánme un “JÁ”, comenzando por mi).

Así que reitero, quiero creer que todo este mal tiempo de clases con él ha sido mala suerte. Todavía recuerdo aquellos días en los que volví a ser soltero, en los que apenas dormía 3 horas al día con un insomnio que ni la concha de la lora (y sigo durmiendo poco) y justo en sus clases, él me preguntaba cosas del super-hiper-megatocho-manual de Derecho que yo no me había podido mirar (mejor dicho, no tenía ganas de mirar). Y que de vez en cuando, en esas veces en las que yo intentaba disimular mis ojeras, mi cara de cansancio y sueño de cualquier manera, me soltaba la broma (o no tan broma) de “A Bengu Ye le acaba de dejar la novia”. (sí, así me llamo yo en sus clases).

Claro, eso me sentaba como si me hubieran vomitado puré de mierda encima. Pero al margen de lo que podían ser coincidencias, casualidades o causalidades de la vida; notaba en ese profesor una especie de mantra, algo así como “Mi instinto me dice que ese hombre es buena gente”, si bien en sus clases no paraba de hablar también de los divorcios, de si en el mundo debería de haber más chicas infieles o que si la separación de bienes era injusta (lo que me hizo hasta pensar que estaría divorciado). Ese hombre era una fuente de sabiduría, no sólo de derecho, sino de lecciones de la vida.

En una de sus últimas clases, nos contó una historia con la que me sentí bastante identificado, no recuerdo nada bien la historia exacta, pero era parecido a lo siguiente:

Yo tenía un amigo de la infancia al que le encantaban los coches. De pequeño vio un modelo de deportivo que le llegó al corasonsito (al alma…) y se dijo a sí mismo que cuando tuviera el dinero suficiente se compraría tal coche.
Este hombre, estudió mucho y acabó siendo un hombre con bastante dinero y cuando tuvo ocasión, compró el coche que tanto añoraba cuando era pequeño. El día de la presentación, acudieron sus amigos y personas cercanas y obviamente, estaba toda su familia con él. Todo el mundo decía que le gustaba mucho el coche y que había hecho una buena compra.

En un momento en el que él y los invitados se fueron a comer algo al interior de la casa, el coche estaba afuera sin cuidado de nadie. Su hija, pequeña por entonces, cogió algo punzante y empezó a “dibujar” cosas sobre la chapa del coche tan preciado que su padre acababa de comprar.

Al cabo de un rato, cuando el hombre salió de la casa y vio por un lado el coche completamente rayado y por otro, a la niña con el objeto punzante; en un acto de cólera, le propinó tal paliza a su hija que tuvieron que llevarla al hospital en estado de coma. Hubo percances y los médicos se vieron obligados a amputar a la niña, ambas manos.

Ya pasados unos días, la niña había despertado. Y, en el momento de recibir la visita de su padre, con lágrimas en los ojos dijo lo siguiente: “¿Papá, si la próxima vez me porto bien, me volverán a crecer las manos?”

Con esto, el profesor nos quería recordar que antes de cometer cualquier acto estando en cólera, pensáramos dos veces en la consecuencia que ello pudiera tener; que hay decisiones que una vez tomadas, no tienen vuelta atrás y si la tuvieran, no volveríamos al mismo punto de inicio en el que nos encontrábamos antes de haber elegido mal.

El temario y las lecciones que dio después de tal historia, me entraron por un oído y me salieron por otro. Entré en un estado de “trance” o ausencia reflexionando conmigo mismo; recordándome algo que hice hace 12 años, algo de lo que me arrepiento bastante. Y es que, cuando estamos llenos de ira, hacemos cualquier cosa pensando en nuestro propio egoísmo y en que la razón siempre está de nuestra parte, cuando en realidad, después de haber llevado a cabo una idea de bombero, nos llevamos las manos a la cabeza, nos arrepentimos de haber cometido tal idiotez o intentamos hacer como si no hubiera pasado nada. O ambas cosas a la vez.

Seguramente no haya aprendido mucho Derecho Internacional Público con este profesor, pero sí he aprendido y aprehendido a ser mejor persona, o al menos, a intentarlo.

Toma melancolía.

Hace ya bastantes horas que circula por la red la noticia de que cerrarán el servicio de Messenger (Msn, Windows Live Messenger, mésenye, emesene, etc…) en favor a Skype por parte de Microsoft. Tengo un cierto sabor amargo en la boca, un cierto malestar ya que básicamente invertí todo el tiempo que tuve de mi adolescencia en ese susodicho programa de chat (bueno, entre eso y la psp).

Como viene siendo habitual de mi memoria, tengo lagunas por doquier y por tanto, no me acuerdo cuándo comencé a tener mi propio correo electrónico, ni cuándo me enteré de que Papá Noel no cabía por mi chimenea (porque no teníamos chimenea), ni cuándo comencé a masturbarme, ni cuándo vi por primera vez una película porno… bueno sí, eso último a los 3 o 4 años (así he salido). Pero sí me acuerdo de que eso era la bomba y más: podías cambiar la fuente con la que escribir, el tamaño (de la fuente), el color; tenías tu propia foto de avatar, existían los emoticonos de verdad, los emoticonos personalizados, las cebollitas, el zorro; odiabas los zumbidos que te pegaba la gente cuando tenías los altavoces a tope… al hijo de la gran puta que por cada diez letras que escribía, nueve eran emoticonos…, ponerse la cam, ponerse con la cam, hacer videollamadas cuando Skype todavía no lo conocía nadie… Eso te llevaba a un mundo tan “sorprendente” que ni Jumanji…

Además, en ese momento reinaba la inmadurez de ‘quien más contactos tuviera por Msn era el que más grande la tenía‘, la gente presumía de tener 100+ contactos y alardeaba por todo lo alto ser el más social de la clase. Yo en cambio tenía holgadamente 500+ gracias a los foros por los que metía y las multi-conversaciones que petaban el pc cada dos por tres pero luego me miraba por dentro de los pantalones y no era precisamente ni el que “más grande la tenía” ni el más extrovertido. Eso sí, contactos todos los que quisieras, amigos de verdad, contados con los dedos de mi hombro. Sí, de mi hombro.

He conocido a muchas personas a través del dichoso Msn y el principal problema es que cada vez que agregabas a alguien tenías un “BOOM/Obsesión” por así decirlo de no parar de hablar con la otra persona hasta que pasada una semana, eso se convertía en un “te veo y no te conozco”. Entonces amistades estricamente como tal, pocas se lograba tener y es más, uno llegaba a tener tal cantidad de contactos que ya sólo por los nicks era imposible acordarse de quién era quién y es entonces cuando alguien te comenta de que existe la opción de “Agrupar contactos” (Dios bendijera esa función). Todavía recuerdo esa curiosidad que uno tenía por desvirtualizar a alguien, uno iba pensando en si “ese contacto de msn sería un violador pederasta”, que si te iban a dejar plantado, que si podría ser un borde impresentable cabrón o en el más remoto de los casos, si era majo y amigable. Todavía tengo a alguien que conozco desde hace 5 años con el que he entablado gran amistad y todavía no he desvirtualizado… Seguramente sea un pedobear en potencia asi que cuando vaya a quedar con él iré con un tapón en el culo por si las moscas.

Por otra parte, a poco de haberse introducido Skype y Tuenti (con Tuenti-chat) y el reciente Whatsapp, casi nadie utiliza hoy en día Messenger; parece que se ha puesto de moda no conectarse. Yo sigo haciéndolo y eso que en mi lista de contactos suele haber 5 personas conectadas. Ya es como una costumbre (que no tradición) estar conectado a pesar de que seguramente no me hable nadie excepto dos personas que también se están ‘mudando’ por así decirlo a otros sistemas de comunicación instantáneo.

Tal vez tenga que adaptarme por eso de “Renovarse o morir”, aunque por dentro siga siendo una persona anticuada que añora su extinto Msn. Cuando sea oficial la noticia y la retirada del servicio será cuando habrá que desinstalar esto y borrar el largo historial de conversaciones que he tenido a lo largo de los últimos años. Dicen que está bien tener recuerdos del pasado, pero que tampoco hay que quedarse anclado en él. ¿O sí?

melancholy deviantart morsus

PD: Para aquellos que se preguntan por qué narices escribo esta basura tras haber estado tanto tiempo ausente: no tengo nada que deciros. Ya lo dije en un principio, es mi rinconcito donde poder escribir lo que pienso y aunque se agradece que haya gente que lo lea, no escribo para la ‘gente’ ni para que se difunda (con la excepción de 1 entrada de blog de marzo del año pasado). ¿Qué borde soy eh? De nada.