Las sosial net-uorcs.

Entrada sin sentido. Nº2.

Las redes sociales y la mensajería instantánea cada día me sorprenden más. Ya desde sus comienzos se vendían bajo eslóganes referidos a salvar las lejanías, a sentirse como en casa, comunicarte con los más allegados o compartir momentos al instante con otras personas, entre otros..

Estos dos servicios y la tecnología siempre han ido juntas de la mano; a medida que los dispositivos de bolsillo han ido incorporando nuevas funciones, la mensajería instantánea ha ido implementando la transmisión de distinto tipo de contenido: fotos, vídeos, voz o incluso la localización en la que te encuentras. Sin embargo, en los anuncios – sobre todo de móviles -, intentan convencernos de lo guay que es el móvil: que te llamen y salga en la pantalla la foto de quién es, que envíes una foto a tu amigo de la tarta que te vas a comer, de tener a golpe de vista las actualizaciones de tu Facebook, de saber el tiempo que hará mañana en tu ciudad (aunque no siempre se cumpla) y un largo etcétera de funciones que no siempre usamos. Y pongo el ejemplo del móvil porque muchos de vosotros os moriréis de ansiedad el día que paséis sin tocar un móvil. Es lo que tiene la dependencia en un dispositivo que reúne casi todo lo necesario para comunicarse.

Pero intentando no desviarme del tema, porque a día de hoy es imposible no relacionar redes sociales/mensajería instantánea y móvil, esta especie de conexión permanente al correo y en especial, a internet ha acabado influyendo demasiado en la manera de relacionarnos con las personas, permitiéndonos hablar con cualquier persona de manera instantánea y lo que más le importa a la gente (al menos de este país): GRATIS! – no, no contemos la tarifa plana, no contemos lo que vale el Whatsapp, no contemos la electricidad que consume, nada. Eso no se cuenta, por favor.

El nicho de mercado que han sabido aprovechar las redes sociales, véase Facebook o Twitter (por mencionar las más grandes), se ve atraído por esa necesidad (creada) de transmitir la vida ‘al instante’, de sentir imperiosamente que uno tiene que contar en 140 caracteres lo que está haciendo o deja de hacer, de subir la foto de turno por el mero hecho de subir foto y actualizar un poco el perfil porque está inactivo. Esa serie de cosas que inconscientemente realizamos cuando la mierda esta nos engancha. “Estoy haciendo …”, “Estoy viendo… “, “Estoy con @ … “… Estoy, estoy, estoy; sí, estás, pero podrido por dentro.

Sin embargo, no sólo estas empresas tienen la culpa (o sí…), sino quienes usan sus servicios se ven reflejados de manera directa en él, es decir y que valga de precedente, personas autoconvencidas que su perfil de Facebook es “ella misma” en el mundo digital. Susceptible de ser criticada de la misma forma – o peor – a través de los comentarios que la gente pueda escribir en su perfil tras haber ojeado toda su biografía. Acabando por dejar bonito su “yo digital” ante el miedo del ‘qué dirán’, cosa que me parece, cuanto menos, inútil.

Nuestras relaciones están cambiando indudablemente… No hace falta mencionar a las compañías de chats, cuyos programas nos envían notificaciones constantes a todas horas. Estés en la calle, en misa o encima del Señor Roca. De eso que la gente te empieza a hablar sin parar y el móvil, en vez de móvil parece el loro; requiriendo de tu presencia cada dos por tres. Que sí, que está bien poder hablar con quien sea, cuando sea; pero personalmente creo que debería ser bajo ciertos límites. Hay asuntos que por su transcendencia, creo que no deberían ser hablados por Whatsapp (por poner un ejemplo), el caso más extremo al que he llegado a encontrarme ha sido que alguien me notificara el fallecimiento de un familiar a través de Whatsapp, tal cual: “Oye, que se ha muerto ‘x'”. Fin.

Tenemos tantos contactos en nuestra agenda personal y de entre ellos, sólo nos comunicamos con dos o tres personas asiduamente; el resto son gente conocida a la que se acude cuando uno necesita algo. Fin (x2). Aparte, el 90% de las veces en las que uno habla con alguien, es vía mensajería instantánea; lo que hace que me pregunte a veces, dónde cojones han quedado las llamadas. Los SMS, no se salvan porque viene a ser lo mismo que un mensaje por IM (y aún así mantienen una esencia que un mensaje por Whastapp no tiene!), pero las llamadas… aunque sean por programas de móvil que lo incluyan, pero joder, parece que hoy en día nadie llama por teléfono para preguntarte si quedas con fulanito, para decirte que te quieren quemar de nuevo tras quemarte vivo o para decirte que te echan de menos, etc. ( :__ forever alone)

Luego está el tema de la privacidad. Hace unos años conocí a una persona que llevaba este tema en las redes sociales a rajatabla; ella tuvo sus motivos después de malas experiencias y yo ahora comienzo a vivir en carne el por qué. Digamos que el fin con el que quiero pensar que fueron creadas las redes sociales es para mantener el contacto con las personas de tu círculo más cercano y compartir tus momentos con ellos de manera ajena y privada a los demás. Pero cuando empiezan a llegarte amenazas o insultos de personas que no conoces a través de ellas, pues la verdad, agradable no es. Que sí, que he conocido a personas maravillosas a través de ellas porque en su momento tuvieron la curiosidad de buscarme por las redes sociales; pero ya empieza a cansar… Asi que eliminar el problema de raíz es lo mejor.

Y ya no hablemos de aquellas personas que se quedan fuera de poder ver el contenido que publicas en las redes sociales, sino de esas otras que se consideran amigos o ‘personas conocidas’ que sí pueden ver lo que pones en las redes al instante. Y aquí pongo Twitter porque es el sitio de referencia en cuanto a “cosas instantáneas”. Las veces que uno tiene que lidiar con personas que se dan por aludidas ante comentarios que pones por Twitter, aun no teniendo ni la forma ni la intención de indirecta, es cuanto menos, cansino. Te abren conversación por privado (y de nuevo volvemos a las aplicaciones de mensajería) al instante de haber escrito tal comentario como si estuvieran exigiéndote explicaciones de por qué has puesto eso, por qué va para él, por qué…

PORQUE ME SALE DEL NABO. CON DOS COJONES. Es como estar en una cárcel videovigilada durante las 24h al día, como si te estuvieran acechando todo el rato, pendientes de ver qué o qué no vas a poner… Digo yo que soy libre de poner lo que me venga en gana. Demasiado victimismo veo por aquí, dándose por aludido con las indirectas; se ven muchos rostros ocultos soltando perlas por Twitter. Así que Twitter a tomar por saco.

En fin. Acabo pensando que las redes sociales sí mejoran en cierto modo nuestra vida social en cuanto a que nos permiten comunicarnos con personas de nuestro entorno sin mayor dificultad que un par de clicks; sin embargo, hemos convertido una posibilidad que nos ofrecen, en una necesidad; lo que muchas veces acaba en obsesión y no es saludable, según el Gobierno de Españistán.

Cada vez más comunicados y cada vez más solos. Una pena..

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Re-Work

Tras haber dormido apenas 2 horas con el calor que hacía (y a pesar de tener el ventilador encendido… que yo con un ventilador en verano me basto), he salido de casa sin desayunar. No apetecía ingerir nada que me diera fuerzas para continuar el día, pues no había ganas de continuar el día. Lógica aplastante…

Parece mentira que hayan pasado casi dos semanas desde que mi libertad estuviera en gran parte privada por culpa del trabajo… Cada vez que volvemos mi padre y yo a casa se nota que falta la piedra angular y las columnas que vertebran el animado ambiente de casa (para bien o para mal).  Sobre todo en ese momento en que abres el frigorífico y no sabes qué comer, qué cocinar o qué preparar para el día siguiente: al final acabo preparándome cosas fáciles o saliendo a comer fuera con mi padre.

También a la hora de cuidarme. Que sí, que soy mayorcito para estar todo el día comiendo “guarrerías”, pero lo peor de todo es que apenas como de eso! Me limito a alimentarme de cosas que acaban de caducar (Con decir que soy un superviviente de haber desayunado dos flanes de vainilla que caducaron el 11/06…) *Inserte el ‘UUUUH QUÉ ASCOOOOOO’ de turno*. Leñes, si sigue sabiendo bien, no te provoca dolores de estómago y no te conviertes en un Picasso a la hora de visitar al Señor Roca, entonces, qué tiene de malo? – Seguro que alguno de vosotros ha sobrevivido a algo peor –

Luego está el orden de casa… Pero de la mini-selva que hay en casa mejor no hablemos, porque de entre las cosas que menos te apetece hacer tras haber estado casi doce horas currando es ponerte a recoger todo el estropicio que causa tu padre allá por donde pasa (cocina y baño van incluidos en el equipamiento de serie); pero por otra parte se nota también que no están los rebeldes de casa -ergo, mis hermanitos pequeños-, por lo que se agradece.

Además, todo lo relativo a las facturas a pagar con proveedores, que si trámites a pagar en el banco, que si hay que hablar con el arrendador, que si a que si b; de todo eso me tengo que encargar yo porque mi padre pone la excusa de que “como él no entiende…”, claro, pero a la hora de manejar el dinero y eso, de eso sí que entiende (vamos, el estereotipo de “hombre chino de negocios”, cosa que afortunadamente o desafortunadamente no es…)

Pero bueno, intento tomarme todo esto de la mejor manera que puedo (a pesar del cansancio y monotonía), distrayéndome muy de vez en cuando para no quedarme mirando a la pared como un idiota: leer libros, novelas, ver de vez en cuando alguna película o escribir entradas de blog con la tablet, mirar a la pared como un idiota… uy, eso último creo que ya lo he puesto antes.

Es muy de agradecer también, las muy frecuentes visitas que tengo cuando estoy en la tienda (no, de inspectores no). Amigos que se pasan por aquí y te quedas charlando con ellos haciendo que todo esto sea mucho más pasadero y entretenido; hasta tal punto de que uno se queda preguntándose cuándo será la próxima vez que te llamarán para decirte: “Ey, que nos vamos a pasar por ahi en un momento”.

Ah, que no se me olvide los distintos personajes que pululan por este barrio… Cada cual, más raro. Ahora mismo mientras estaba esribiendo la entrada, ha entrado una mujer con su hija y…. Mejor os relato desde primera persona qué cojones ha pasado:

*Entra una mujer con su hija a la tienda. Guardo la tablet y me dirijo al mostrador*
Veo cómo madre e hija se quedan mirando al envoltorio de unas barritas de cereales durante un buen rato y escucho:
– Hija: Uy, es que esto tiene 81 calorías, no es mucho?  (Todo esto mientras se acaricia la “tripita” con la mano y mi cerebro intenta asimilar esa frase que ha dicho, a la vez que intento disimular la cara de inverosimilitud o también llamada Cara de qué coño me estás contando)
– Madre: No lo quieres? No lo cojas.
* La madre coge una de esas barritas y a continuación se dirije al frigorífico para coger una lata de, cómo no, Colacola Light y viene al mostrador a pagar mientras su hija se queda mirando el… envoltorio! (de nuevo) de unas galletitas saladas.*
– Hija: Y por qué no te coges estas galletas? Que son 6 y cada una tiene 18 calorías.
– Madre: No, ya he cogido esto, ya lo pago.
* Mientras la mujer saca el dinero del monedero, yo me quedo anonadado… Paga y se van*

Pero vaya obsesión con las calorías! Que yo lo respeto por muy “flípalo en colores” que me parezca el asunto… Porque me metería en un buen apuro pero si por mi fuera cogía un buen bocata de aceite de oliva, tomate y jamón ibérico, lo pasaba por la batidora y se lo metía en vena a ambas, a la madre por ser así y a su hija por ser como la madre.

En fin, unas cuantas semanas más.

A medianoche.

Ya van dos días desde que se ha ido madre junto con mis hermanitos a China y siendo sinceros, se nota tanto en casa como en la tienda. Cada vez que me pongo a pensar en el día en que se fueron no puedo evitar una leve sonrisa un tanto amarga. Sobre todo cuando recuerdo que mi hermanito me decía en broma que me iba a echar de menos y luego me empezaba a vacilar como cual niño de su edad (así me trata…) y en ese mismo día de su partida, se abalanza sobre mi diciendo que me iba a echar de menos, pero esta vez llorando. Aun así, el que tiene que estar currando soy yo y no él (joder qué rencoroso soy).

Muchas veces, cuando estoy solo en la tienda (como ahora), me quedo en la entrada mirando e inspeccionando mi alrededor mientras espero a que entre un cliente y le pueda atender. En ese momento de mini-descanso llego a observar que el ambiente del barrio no ha cambiado desde que era un enano: gente cargando con bolsas de la compra, ineptos al volante creyéndose F.Alonso cuando de primeras se le cala el coche en el semáforo, adolescentes discutiendo qué película ver en el cine, abuelos sonrientes acompañando a sus traviesos nietos para ir al parque, colegas hablando de si el fútbol es lo mejor… es como si fuera un debate de políticos a pie de calle: ves de todo pero casi nada te dice algo (debido a un subdesarrollo emocional, claro).

Son pequeños momentos que uno aprovecha para desconectar un rato de responder correos, de editar fotos, de trabajar con vídeos ni llevar cajas de refrescos y demás de un lado a otro.

Otro de estos ‘instantes de relax’ que más me gustan son aquellos en los que ya anocheciendo y sin haber casi nadie en la calle, cojo y me siento en un bordillo a tomarme un zumo, imaginándome que dentro de ese envase, no hay zumo sino brandy. Entonces, me meto en mi propio mundo creyéndome ser un viejo amargado cuyas aspiraciones en esta vida se desvanecieron como cual castillo de arena en la orilla del mar, bebiendo ese “brandy con sabor a fruta” poco a poco, como si cada trago fuera el último que fuese a dar en esta vida.

Idioteces así sólo lo hacen personas como yo, a las que les faltan más de un millar de tornillos; en cambio, pensamientos como estos no sólo los tengo yo… O eso quiero pensar. A veces pienso que no soy un ex-pesimista intentanto ser optimista sino que soy una persona triste que intenta ser optimista.

Pero, el momento que más me gusta es cuando llega la medianoche. Ver que el reloj marca las doce en punto, que ambas agujas están mirando hacia arriba y saber que es hora de cerrar la tienda y volver a casa para disfrutar de apenas 10 horas de descanso antes de empezar con otro día más de trabajo. Son 10 horas en las que puedes hacer lo que te plazca, o eso creía hasta que vi que si no dormía unas 8 horas no aguantaba de pie al día siguiente. Eso me deja con unas 2 horas libres-libres.

Es entonces cuando te das cuenta de que tus padres están así todos los días, sólo que con la carga extra de tener que hacer de padres… Vaya, y yo diciendo que no me daba la vida… Y también, es entonces (sí, me repito) cuando me paso el día entero pensando qué haré en esas horas libres que tendré… ¿relax? ¿qué es eso?.
Uno que se queja de que no tiene tiempo en vacaciones para hacer lo que uno le plazca (yo) y mi madre que tiene 28 días de vacaciones tras haber estado trabajando 22 años en España sin parar, que se traduciría a algo así como “por cada año trabajado, 1 día de vacaciones en China”, mola ¿eh?

Vaya, creo que tengo visita.
Muy buenas! ¿Qué desea?

midnight

¿Normal?

Nota del Autor: Otra entrada que es incoherente como yo mismo. Creo que para escribir tonterías no escribo. Noto que he perdido el ‘toque’ que tenía para razonar con propiedad desde hace bastante tiempo… No merece la pena leérsela, en serio. No me hago responsable de vuestra pérdida de tiempo.

Estos días lejos de la gran urbe madrileña me están ayudando (de nuevo) a aparcar apartar hacia un lado, los rompezabezas rompecabezas mentales que tengo. Unos escasos días de descanso que agradezco poder tener tras todo un año de faena en la universidad y demás cuestiones tan raras y complicadas por naturaleza que debido a un constante planteamiento sobre ellas se vuelven ‘cotidianas’ aun manteniendo su importancia inicial…

Es ese ambiente relajado que te ayuda a pensar sobre determinados temas aparentemente insignificantes, que, de repetirlo una y otra vez en el día a día pasan a dejar de tener su importancia. Es, ese ambiente que te deja tan “ido” como si te hubieras tomado la mezcla de cinco drogas distintas a la vez, es decir, como si te sintieras ser el mismísimo profesor de filosofía de turno que te da clases en el instituto sobre lo bonito que es la mesa de su cuarto.

Comienzas a preguntarte por cosas tan metafísicas como la vida, el tiempo o el grado de absurdidad de tu propio ser. Aunque en este caso, acabas reflexionando sobre lo normal, lo que se considera normal, lo que todo el mundo dice y piensa que es normal… La normalidad vaya. Eso tan normal común que con sólo decir tal palabra ya damos por hecho muchas cosas.

Aunque cuando lo pienso, abarcar este tema es como si te fueras a duchar por primera vez en casa de alguien que no eres tú. Porque vas con miedo a la ducha, temeroso de abrir el grifo y comprobar con tus propios pies cómo de caliente o fría está el agua (o sale hirviendo o congelada); porque luego puedes tirarte dos siglos regulando el mango sin dar con el grado de agua caliente que buscas. Y justo cuando encuentras ese puntillo que te gusta y comienzas a aclararte el pelo, vuelve a salir agua fría porque sí.

Es decir, ‘normal’ es una palabra tan usada pero con tantas connotaciones distintas que no sabes por dónde empezar: si por lo que tú piensas que es normal, o si por lo que la gente piensa que es normal o si por lo que cada persona que forma ese “grupo de gente” piensa que es normal.

De esas veces que preguntas cómo se encuentra alguien y te contesta la típica muletilla de “Normal, como siempre” o de otras aquellas veces en las que te ocurre algo inesperado y te comenten “Es normal que pase”. ¿Tienes que hacer una especie de máster o algo para comprender el significado de tan “extravagante” palabra? ¿Qué es para esa persona normal? ¿Bien? ¿Mal? ¿… Normal? O en base a qué dice “x” persona que es normal que ocurra eso. (y eso lo digo yo que suelo hacerlo…)

— desfase temporal – continúo entrada tras haber vuelto ya a Madrid —

Veamos qué dice la RAE sobre esta palabreja:

normal.
(Del lat. normālis).
1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2. adj. Que sirve de norma o regla.
3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

Sinceramente, no sé si es que tengo una comprensión lectora bajo cero, pero esto de buscar en la RAE no me ayuda. Pongamos un ejemplo absurdo: Es normal comer a las dos de la tarde. Según la acepción primera, no sería normal comer a las 2 de la tarde, ya que uno come cuando tiene hambre; punto. La acepción 2 puede parecer más lógica, que puede servir de norma o regla; pero, ¿y si yo tengo la costumbre de comer a las 5 de la tarde? ¿Tendría que obedecer a tal norma? ¿Y qué autoridad fija esas normas (ya entrando en la acepción 3)?. Bueno sí, los padres son quienes mandan cuando todavía no te has emancipado…

De este modo, las personas que no comen a las 2, ¿serían consideradas anormales?… A saber, como si te tachan de subnormal y asientes con la cabeza. Además, me hace mucha gracia esas noticias de los telediarios en los que se comenta acerca de un asesinato en un hogar y sale el típico vecino entrevistado comentando que el supuesto asesino “era un chico normal”; tan normal que se ha cargado a su mujer, hijos y tortuga vaya. Que sí, que las apariencias engañan y esas cosas, pero en ello no me voy a meter aquí.

De allí que muchas veces, también confundamos la normalidad con unm supuesto modelo de vida. Digamos que normal es nacer, crecer, estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, aprender de los errores, matar zombies, morir… Y a pesar de todo esto, mucha gente muere antes de nacer y mucha gente nace antes de morir.. Son tantas y tantas situaciones ‘anormales’ que pasamos por alto y aún así vivimos en nuestro universo particular ajeno a todo ello.

Se dice que lo que es normal para unos no es normal para otros; lo que me lleva a pensar que objetivamente, la palabra “normal” no existe. Recuerdo que en la entrada Ser como los demás quieren que seas comentaba de que de pequeño nos enseñan a seguir un comportamiento determinado para parecernos, adaptarnos e integrarnos en, por ejemplo, un grupo de amigos y nos aconsejaban eso: Ser como ellos, ser normales.

Pero a medida que vamos creciendo, nos percatamos de que en cierto modo, es imposible ser normales. Cada cual se da cuenta de que tiene sus propias formas de ver las cosas, su manera de realizarlas o concebirlas (canis aparte); y poco a poco vamos pasando a formar parte de ese ‘desgraciado’ grupo de personas que no son normales, que se salen del molde, que quieren ser diferentes y destacar sobre el resto. Descubriremos que tenemos nuestros hobbies, gustos o pasiones que son distintos a los de los demás y que a pesar de haber intentado ser normales en nuestra infancia, no todos hemos vivido esa etapa de la misma forma .

Somos humanos, por ende, egoístas. Seguramente queramos más en la vida… o menos, qué más da, porque con el tiempo buscaremos lo contrario de lo que somos o tenemos y eso es lo que nos convertirá en los autores de nuestro libro, para bien o para mal. Aunque el epílogo siempre sea el mismo: Nos lamentaremos de que en alguna etapa de nuestra vida lo único que quisimos fue ser normales, porque intentar ser normal era una tarea compleja, arriesgada e irrealizable. Querer ser normal dejó de ser normal. Lo normal era intentar ser diferente.

anormal

Desaparición.

A veces nos entran tantas ganas de desaparecer de la faz de la tierra que sin saber cómo, no lo logramos. Nuestros fracasos de intentar esfurmarnos como la pólvora no se cristalizan más que en empeños de evadirse (bien sea mediante música, lectura, paseos, drogas, etc…), quejas y más quejas del estilo “Qué injusta es la vida” o “Vaya mierda de vida la mía”, rebufos y enfados de ‘Al primero que pille le meteré el dedo por el oído para que le salga por la nariz’ o incluso, todo lo anterior mezclado y más.

Esta última semana, muchas de esas ‘cosas’ han estado vagueando a través las carreteras formadas por el entramado de neuronas alojadas en mi cerebro (por no decir ‘neurona’ a secas) y el resultado de todo ese complejo -pero casero- estofado de ideas consiste en una rica explosión de sentimientos cocteleros, pensamientos negativos y rebotes innecesarios. Es más, el constante atosigamiento de exámenes, trabajos y recados que hacer, consiguen poner el aguante físico y mental de uno al límite sin llegar a ese estrés tan indeseado que envuelve a casi todos los madrileños a las 8 de la mañana en el Metro.

Pero, ea, si a lo anterior le añadimos el hecho de haber caído enfermo de una tos de tal calibre que parece que te vas a morir y un constipado que no desaparece ni con aguarrás… tela. Eso en cuanto a salud, porque en cuanto a cordura, cuando llegas al límite de no querer pensar siquiera en si te queda algo de ella o no, es que las cosas no van bien. Sucesos desconcertantes y sueños basados en recuerdos del pasado que en la vida querrías recordar de nuevo pasan por delante de tus ojos, como si fuera una proyección de cine a la que estás obligado a ver sin poder cerrar los ojos ni apartar la vista a otro lado. Da igual si sucedieron hace más de diez años, como si hace cinco, como si dos o como si hubiera pasado el día de antes…

Al dormir poco y de manera interrumpida constantemente debido a tan agradables paranoias mentales, uno se pregunta qué narices ha hecho para merecerse eso; cuando en el fondo la respuesta está en que lo que ha hecho ha sido ‘no hacer nada más que lamentarse de sí mismo, intentar dar pena y poner a parir a todo Cristo’. No falla, os lo aseguro. Si me pongo a pensarlo detenidamente, más de la mitad de todos esos recuerdos que me ‘atormentan’ vienen a ser meros nombres, nombres asociados a ciertas personas que de ser posible, le partiría dos piernas, o al menos, todos los dedos de las manos para que no se urguen la nariz y se rasquen los eggs mientras me miran con cara de desprecio.

Sin embargo, y hablando en términos “”microeconómicos”” aplicados a la vida real, la utilidad de que mi estado de ánimo esté por los suelos es básicamente cero. No me sirve de nada excepto para tener una posterior reflexión acerca del asunto y decirme lo ingenuo e idiota que he sido, soy y seguramente seré (sí, lo considero un cumplido). Para nada estaría dispuesto a dar una hora de sueño por una hora de sufrimiento mental, ni dar un bien a cambio de un mal, es de cajón (o no…).

Esta mañana me he despertado solo en casa. No había nadie y pensé que sería hora de desayunar. No era yo, o al menos, no parecía ser yo quien en ese momento salía de su habitación y se dirigía a la cocina. Tenía la cabeza baja, los hombros semicaídos e iba arrastrando los pies por el suelo. Era como si ese sujeto estuviera andando sin mirar: o conocía su casa a la perfección o tal vez se dejó guiar por sus instintos de “si me he dado un golpe es que no hay puerta, o hay puerta y está cerrada”.

Lo peor de todo, es que pensaba que la mesa de la cocina era la barra de un pub y que cada trago de zumo que daba le sabía a whisky. Entre cada trago, lo único que hacía era mirar hacia abajo sin mediar palabra y ponerse a pensar en cosas que no tienen lógica por mucha que la busquase; como si estuviera adornando su hueco cerebro con flores marchitas de recuerdos y pétalos pálidos como la luna misma. Dándole más y más vueltas a un tornillo sin fin. Él sabía que tarde o temprano le irían a llamar para ir a trabajar, pero no tenía prisa, todo le sería indiferente hasta el momento que sonara el teléfono y tuviera que descolgarlo.

Sim embargo, lo mejor de todo es que mientras se duchaba con agua fría acompañado de un catarro del deiciséis (es que el termo “s’a jodio”), se peinaba, se vestía y salía de casa; se le pasó. Volvió a ser “cosa rara” (que no persona) mientras cerraba la puerta de su casa y bajaba las escaleras dispuesto otorgarle la importancia justa a toda esa maraña de pensamientos incómodos que tenía en la cabeza: ninguna. De nada le servía estar quejándose de gilipolleces que no tienen fundamento alguno, es como si quisiera que un árbol comenzara a enraizar en mitad de un desierto – aunque no lo descarto.

Por un momento se acordó de todas aquellas personas que veía a diario en una situación peor que la suya. Vaya egoísta estaba hecho.

De cómo acabar enloquecido y mirar el lado positivo.

Hoy es 11 de marzo vaya. No tenía pensado escribir en un día así, día un tanto recordado por mucha gente alrededor del mundo sobre sucesos importantes que tuvieron lugar en un pasado. Pero sí, ya era hora de escribir algo e intentar desahogar lo que uno lleva dentro, de intentar expresarse como debe ser; cuando te entra la inspiración de querer escribir algo no tienes tiempo para ello y cuando tienes tiempo, la inspiración se fue de paseo. Parece que hoy las estrellas se han alineado.

De pequeño, gran parte de mis prioridades, era sobrevivir en el colegio. Pero no físicamente: No me daban puñetazos ni patadas ni me tiraban del pelo, sino que se burlaban tanto de mi nombre como de mi condición de chino. Se reían de algo de lo que yo “no era culpable” en cierto modo, ni había elegido el colegio en el que pasaría casi toda mi trayectoria escolar, ni había elegido mi nombre, ni el tener padres chinos, aunque todo esto seguramente ya lo haya relatado por aquí en varias ocasiones. Mi infancia no fue buena, pero tampoco fue la peor. Muchas de las personas que he conocido, han sentido en carne algo parecido a lo mío bien en su infancia, bien en su adolescencia, bien en su vida presente. Algunas comprenden lo que sientes por dentro, otras quieren empatizar contigo pero sus intentos no son fructuosos, otras muchas pasan de tu trasero siéndoles indiferente y otras tantas son aquellas personas en las que en su infancia se dedicaban a bajarte los pantalones en medio del recreo.

En cierto modo, fui un ‘rarito’. Estabas solo mientras diez niños se burlaban de ti y a los quince restantes les importabas un carajo. Eras la minoría entre esa marabunta de gente que se diviertía amargándote la vida, pero míralo por el lado bueno: eras único y no iguales que los demás. Pero no me quejo de haber tenido tal infancia, no tengo motivos. Aprendí a base de empujones, mofas, bromas pesadas y algún que otro escupitajo, que no se puede ir así por la vida, ni tampoco juntarte con tus enemigos si la situación no te es favorable, siendo mejor estar solo que mal acompañado. Mis padres me educaron desde enano a no cumplir el dicho de “Ojo por ojo, diente por diente”, a ser honrado, humilde y sincero y pocas veces me han dicho que procure ser más egoísta… Es cierto que intento no hacer a otras personas lo que no me gustaría que me hicieran a mi, pero tampoco voy a ofrecer mi otro moflete a aquella persona que ya me ha dado una buena bofetada.

El resultado de todo el cúmulo de vivencias que he ido teniendo a lo largo de mi vida, es el ser que soy yo ahora. Mi manera de ser, de actuar, de entablar una conversación; mi timidez, mi carácter soso, mi idiotez; hasta mi forma de vestir, andar o escuchar viene condicionado por aquel niño de cinco años que fue obligado a atravesar unas puertas negras (impetuosas por aquel entonces) que separaban el patio pequeño de la calle y el resto de transeúntes que por allí discurrían, como ánimas inertes. Ahora, mi prioridad es poder compaginar mi vida personal con mi vida académica (y cercana vida laboral); y hay una cosa que diré por todo lo alto: por mucho que se quiera potenciar nuestras capacidades cognitivas, nuestra manera de afrontarnos a un problema o de “desarrollarnos” por nosotros mismos, el plan Bolonia es una mierda.

Me parece bien y correcto que se intente fomentar el ‘autodidactismo’ a base de hacer trabajos, pero no a razón de 5 por semana porque la vida no te da. Intentas llevar todo al día pero te es imposible: tus lastimosos estados de ánimo de incitan a no hacer nada hoy y dejarlo para el día siguiente. Apenas encuentras tiempo para mantener las amistades que se tiene, siquiera tiempo para leer libros, y ya no hablemos de ocio… No estoy estresado, pero sí me preocupa distanciarme de determinadas personas, que significan mucho para mi (aunque a veces el sentimiento no sea recíproco…), pero como todos sabemos, no existe nada para siempre. Intento fingir lo que siento por dentro, fingir que todo va sobre ruedas y forzar sonrisas mientras el tiempo pasa y nos coloca a cada uno en su lugar. Al parecer a mi me puso en el lugar de los que no saben jugar al mentiroso, ergo, no saben fingir ni mentir de manera convincente… Pero, ¿para qué fingir si mi retraso (y locura) mental viene de fábrica?

Sigo queriendo aprender a controlar mis emociones y sentimientos, a pensar en frío antes de hacer o decir nada, a vivir en la vida real y no en Hora de Aventuras. Y recordar que hace apenas unas semanas estaba repitiendo a mis padres hasta la saciedad que quería comprarme un coche, sin parar de dar el coñazo como cual máquina que pega hostias de dos en dos; y verme ahora más contento de usar el transporte público que tener coche propio, sacándole incluso, más ventajas que inconvenientes. Con coche propio no podría leer un libro mientras conduzco aparte de que el gasto de gasolina (con los precios estratosféricos a la que está) saldría diez veces más cara que el abono mensual que uso. El único inconveniente: no poder cogerlo cuando lo necesito.

Y digo “seguir aprendiendo”, porque todavía no sé cómo domar mis deseos sin usar un poco la cabeza – que para algo está. Intento establecer prioridades entre “sentimiento” y “cordura”, pero se hace muy difícil porque una cosa implica automáticamente a la otra. Es como si ambos conceptos estuvieran atrapados en la tela de una araña, cada término en el polo opuesto al otro. Un juego cuyo objetivo es escoger uno de los dos términos y quemar el otro. Pero ¿qué pasa?, que con que incendies un simple hilo, te has cargado toda la red entera.

Sí, he enloquecido. Hasta tal punto de que a veces veo apariciones en las que baja un ángel del piso de arriba llevando una máscara que oculta la verdad, sujetando por lo alto una balanza en la que por un lado está escrito “razón” y en la otra “corazón”, y me dice: “Escoge un lado de la balanza”. A veces me pregunto si el tío ese que me imagino es idiota o es cabrón por naturaleza. Es como si me diera a elegir entre amar a alguien sin importarme las consecuencias que puedan haber o no amar a alguien por miedo a tales consecuencias… no tiene sentido! sería como intentar suicidarse tirándote desde la ventana de un piso bajo! Son situaciones en las que no puedes tomar decisiones, es como si tuvieras que elegir entre papá y mamá cuando ambos te han dado todo el cariño que te mereces y más…

A veces me pregunto si me queda algo de seso dentro del cráneo, creo que lo perdí cuando las hormonas me florecieron en la adolescencia y empecé a sentir ese empanamiento e hipnósis que te producen determinadas personas que no puedes evitar caer en. Y calabaza tras calabaza, chasco tras chasco, intento recurrir a ese amigo tan traidor que llaman “olvido” que aparece cuando necesitas acordarte de algo importante y desaparece cuando le necesitas… Hay personas y momentos en la vida que seguramente sean imposibles de olvidar bien por el daño que te hicieron o por lo mal que lo pasaste; de nada sirve dar por asumido que ya no quieres a una persona cuando estando con ella sientes ladrillazos en el estómago o de seguir adelante como si nada hubiera pasado cuando recuerdos de tu pasado siguen haciéndote mella. Me dijo un buen amigo que si tienes un desengaño amoroso (y supongo que cualquier problema de parecida índole) mejor no coger el coche, todo te acaba dando igual y no te das cuenta de dónde está el límite.

Mirarlo por el lado bueno, por mi bien y por el del resto de los usuarios de la vía pública, mejor me quedo una buena temporada sin coger el coche.
5.03

Hora de cambiar

Estaba dispuesto a coger mi carpeta del suelo, sacar unos folios y ponerme a escribir con mis nuevas adquisiciones: Unos sencillos ‘boli Bic”. De esos que aparentemente todo el mundo tiene, usa y re-usa. Puse los folios encima de la carpeta y allí me hallaba, sentado en mi cama, tapado con las mantas, con la carpeta sobre las piernas y los folios en blanco preparados para soportar que les ensuciara con tinta…

La caña tenía forma hexagonal como los paneles de abeja y no entendía por qué a pesar de ser tan incómodos para escribir, hubiera tanta gente que utilizara estos bolígrafos. El estar un buen rato escribiendo me provocaba dolores en el dedo corazón, de allí que el dedo de la mano derecha tenga una especie de bulto que el de la izquierda no tiene, sí, soy diestro – pero ambidiestro para otras muchas cosas. Además, la caña era de plástico duro, dándote la sensación de que estabas sujetando una caña formada por “superglue” al que has dejado secar durante una hora; por dentro emanaba una frustración y unas ganas de partir la caña con los dedos, que querrías sentirte el mismísimo “Bruce Lee” chin-español.

Dejé de ponerle pegas al bolígrafo mientras me ponía a pensar en qué quería escribir, en qué quería contar al mundo o qué cosas de mi vida quería plasmar en esa inocente hoja en blanco. Sin darme cuenta, mi mandíbula ya estaba moviéndose sola. Mis dientes, mordiendo la tapa del dichoso bolígrafo y yo, cabreado con el dichoso Sr. Bic. Había encontrado en mí mismo, la explicación de por qué todas las tapas de los boli Bic están deterioradas con boquetes y dentelladas; era como si poseyesen una especie de imán para los dientes incitándote a morderles más y más y dejarte la baba cayendo por la boca como cual niño de 2 años… Uno era incapaz de sostener el boli sin escribir ni hacer nada y no estar dándole mordiscos como a cual regaliz-piedra que compras del chino de abajo (así que en mi tienda no compréis regalices)

Mientras mi cerebro ordenaba a mi mano sujetar el bolígrafo con firmeza para no llevarme otra vez la tapa del boli a la boca, mi mirada estaba perdida en el vacío de una de las paredes blancas que forman mi habitación. Blanco. Me extrañaba mucho que esa parte de la pared siguiera tan limpia como el primer día, sin manchas, ni pintura ni contornos de mosquitos asesinados. No estaba reluciente pero sí impecable. O eso, o que no llevaba gafas y mi miopía era tal que no veía la inmensa capa de mierda que se había adherido al yeso de la pared… Cogí el bolígrafo y me puse a examinarlo con cara de chimpancé (a lo L), la caña era transparente, o más bien semi-traslúcida; cerré un ojo como si fuera haciendo un guiño y con el otro me puse a observar la pared a través de mi ‘telescopio hexagonal’. No, no veía un pajote…

Al no encontrarle otra utilidad que frustrarme pensando en lo inútil que era el bolígrafo para cualquier tarea que no fuera la de escribir, me puse a escribir. Y no me preguntéis cómo, la tinta manchó… Manchó mi mano. Había empezado a “writear” sobre mi mano y antes de terminar la primera letra ya por acto reflejo, aparté mi mano izquierda de inmediato. Mierda, una raya, esto no lo quita por mucho que coja el jabón y la esponja y ‘rasca que rasca’. *flashback* Se me vino a la cabeza muchas escenas sobre gente que tenía pintada en las manos, las tareas que tenía que hacer al llegar a casa por si se le olvidaban, las chuletas para el examen o lo mucho que se odiaban querían dos amig@s entre sí.

Con la paciencia ya rozando el menos infinito, apreté la punta del bolígrafo contra el papel y empecé a hacer trazadas… inconexas como mi letra misma, como las ideas que rondan mi cabeza, como ella y yo… dejando sobre el papel líneas azules que se asemejaban a una montaña rusa diseñada por y para locos de manocomio, que al fin y al cabo no eran más que letras mal escritas – la caligrafía no era ni había sido santo de mi devoción. A medida que escribía iba desplazando mi mano hacia la derecha. La punta del boli, estaba en contacto con la superficie del papel, pero, de ese roce no salían chispas.

Acabé de escribir mi primera frase. Resultó ser un “Odio escribir con Boli Bic”. Estaba en lo cierto, ¡no me gustaba! Era horrendo, te daba la sensación de que la tinta fuera a separarse del papel, de que te empezaban a doler los dedos, de que tu mano se cansaba, de que a medida que ibas escribiendo las letras se iban borrando… Todo ese cúmulo de impresiones fue acompañado de una minúscula lágrima que salía de, cómo no, el ojo derecho. Discurría lentamente por mi piel, intentando abrirse paso hacia abajo hasta poder llegar a mi barbilla y hacer puenting sin cuerda… Tras precipitarse contra la tela de mi manta, pude notar el cauce que había dejado en mi rostro, sentir como si mi cara estuviese toda maquillada excepto la parte por la que mi gotita había pasado.

Le puse la tapa. Lo guardé en el estuche y cerré la cremallera usando la uña a modo de palanca (pues la parte metálica por donde se coge estaba rota) y guardé el estuche en la mochila. Quité de encima la carpeta y dejé caer los brazos sobre mis piernas, como si estuviera cansado con los hombros bien bajos… Me quedé un rato ausente en mi propia burbuja de ausencia, pensaba en todo y a la vez en nada. Hasta que unos minutos más tarde conseguí asimilar que sería el fin del reinado de los Pilot V5 que solía usar desde hacía dos años y pico, cuando comencé el Bachillerato.

Tendré que usar los boli Bic para escribir a pesar de que me encantan los Pilot V5. Aunque, espero escribir algo más sensato que la primera frase con la que estrené el boli azul… O eso, o que siquiera he aprendido a escribir.


Mis apuntes, algo con más sentido que esa frase… o no…