Al fin tengo un respiro, al fin es Semana Santa. Lo necesitaba, lo ansiaba, lo buscaba cual tesoro perdido en el fondo del mar: unos escasos días de vacaciones. A medida que uno va avanzando por su etapa universitaria, va notando cómo el tiempo intenta lanzársele al cuello al mínimo descuido o cómo la acumulación de tareas parece un castillo de arena esperando a que venga una ola y se lleve todo por delante. Cada vez que toca levantarse de la cama parece tan jodido como subir una montaña escarpada y cualquier rato libre, caída libre por un acantilado. Es algo así como una monotonía abrupta.

A veces, muchas veces y sobretodo en estas dos últimas semanas; en el poco tiempo libre que tengo me tumbo en la cama con los auriculares puestos y empiezo a escuchar música ambiental hasta quedarme dormido.

Nota: Como podéis observar, no estamos en Semana Santa. Cosas que escribo y no consigo terminar 1. por falta de tiempo y 2. porque no termino escribiéndolo como me gustaría. Sigo pensando que esta entrada (al igual que la mayoría del resto) no merece la pena ser leída. Que conste, quien avisa no es traidor.

Esta vez hacía oscuro, aunque entraba algo de luz, tenue y débil, solamente con fuerzas para atravesar las desgastadas cristaleras que forman la cubierta del centro comercial. Allá donde perecían los halos de luz, comenzaba el imperio de las sombras tal y como dicen: “Donde haya luz, habrá oscuridad”.

Los pies posaban sobre una especie de suelo formado por baldosas, si se les podía llamar así, puesto que no había ninguna que estuviera entera: las había agrietadas, partidas por la mitad, hechas añicos o incluso, pulverizadas. Parecía el mismísimo “Cementerio de las baldosas”, sólo que a diferencia de un cementerio normal no había nadie que les llevara flores y las colocara sobre sus tumbas. O tal vez era yo el ramo de flores que habían dejado tirado allí.

A medida que iba avanzando por las galerías del centro comercial, me iba dando cuenta de una cosa: todos los locales estaban completamente destartalados y vacíos. Paredes que alojaban en su interior un denso aire que olía al olvido y otras muchas cosas que uno no es capaz de recordar. Daba la sensación de estar en una especie de baúl en donde uno almacena todos aquellos recuerdos y sensaciones de los que se quiere despojar: por cada inhalación de ese aire limpio y turbio a la vez, uno se iba llenando de pensamientos negativos constantemente.

Ya casi en estado de desesperación, empezó a llover de la nada. Una persona normal buscaría cobijo en uno de esos locales vacíos, pero en cambio, la irracionalidad llevó a subir unas escaleras que parecían elevar a uno al mismísimo cielo (nublado y tronando) en el que tal vez se encontraría con Dios sentado en un cómodo asiento de clavos y espinas, pero no. Uno subía y subía y lo único que conseguía era pensar que estaba de excursión escalando varias de las Pirámides de Egipto a la vez.

Al llegar (al fin) a la cima, lo único que vislumbre fue una plataforma cuadrada, sin paredes ni soporte, como si estuviera flotando en medio del aire a excepción de la única vía de salida y anclaje al suelo: las escaleras que había subido como un descosido. En el centro había un quiosco con una marquesina bastante amplia que estaba cobijando a una chica de espaldas a mí, de estatura mediana, tal vez le sacase una cabeza o dos, vistiendo el típico vestido de seda que llevan las niñas guapas de las películas de miedo que sin embargo, no era tan llamativo ni extravagante como su piel.

Era pálida, mejor dicho, era la nieve personificada que parecía brillar en medio de la penumbra de aquel lugar, ahora húmedo y ‘llovizno’. Me quedé observando un rato a aquel cuerpo delgado y frágil intentando que mi presencia no hicisese, válgase la redundancia, acto de presencia. Daba la mala espina de estar observando a una persona en sus últimos momentos de vida que desprendía un gran aura de tristeza. Notaba como si cada partícula de aire que entraba por mis orificios nasales (no he podido evitar acordarme de Bobobo) iba desgarrando mis pulmones por dentro a base de melancolía. Como si tuvera a un niño pequeño tirándome del pantalón y suplicándome entre llantos y moqueo que le comprase un Chupa-Chups, solo que en este caso me pedía que por favor, le comprase un poco de felicidad.

Eso era el infierno y lo del cine: mero montaje de fuegos y efectos especiales. Quise acercarme por detrás para darle un abrazo emulando a aquellas películas en las que si abrazas a alguien por detrás, todo irá bien. Deposité mis manos encima de su vientre y ella sus gélidas manos sobre las mías. Y me di cuenta. Me di cuenta de que el cuerpo que estaba abrazando era aún más frágil de lo que aparentaba. Transmitía frío, mucho frío, tenía ganas de decir “Winter is coming” pero tal vez no fuera el momento más apropiado.

Su pelo y su cuerpo no desprendían esencia alguna que mi olfato pudiera captar. Resumiéndolo burdamente, estaba abrazando a un bloque de hielo bajo una marquesina de un quiosco que está sobre una plataforma casi flotante en mitad de un centro comercial abandonado. Todo con mucho sentido oiga. Y a pesar de ello, yo estaba inmerso en su mundo. Me encontraba tan cómodo que estaba deseando que no escampara nunca.

Sin embargo, la racionalidad de mi irracionalidad me dijo que allí no podía estar para siempre; que esa puta escena no tenía (puto) sentido. Por lo cual, como se dice que las actuaciones irracionales son el primer motivo racional por el cual las volvemos a repetir, procedí a realizar algo más sensato: me solté de ella, pasé al lado suya sin reparar en el rostro de la persona a la que dí un abrazo y sin despedirme de ella (al fin y al cabo, las despedidas no eran mi punto fuerte) me tiré al vacío desde aquella plataforma flotante. Después de todo, desde pequeño he tenido la curiosidad de saber si me podía morir o no en los sueños. O aquello no era un sueño..

Sentir que la cabeza es la parte de tu cuerpo que va cortando el aire verticalmente, es muy agradable; parecido a poner la cara en frente del ventilador al máximo, con la única excepción de que no te pegas una hostia padre al final del trayecto.
Iba cayendo, cada vez incluso más rápido pero no veía el suelo acercarse a mí y por un momento me pregunté si me había pasado tres pueblos subiendo escaleras.

Como por arte de magia, noté que alguien me abrazó por detrás en plena caída. Reconocí ese mismo frío al instante. Era la misma chica de antes. En cierto modo me alegré porque volví a abrazar, no, mejor dicho, me abrazó – en mitad de una caída libre-; pero en lo que uno lee estas línes, entristecí. Aquel cuerpo que me abrazaba parecía haberse consumido un poco más desde la última vez.

Quise girarme y ver quien era, poder decirle un par de mis nefastas palabras que nunca funcionan para animar a la gente y antes de darme cuenta, vi el suelo estamparse contra mi frente. ¿El final? Siempre el mismo: acabo despertándome sin saber qué se siente cuando uno muere en un sueño. Decepcionante.

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La invisibilidad visible.

Llevo mucho tiempo sin pasar por aquí. Aunque hoy, llevo todo el día metido en la cama intentando que mi cuerpo se recupere de un constipado de tres pares de narices. ( 2×3= 6 narices ).
Esta entrada de blog no es apta para personas sensibles, que odian leer tostones, materialistas o que tengan la vanidad como bandera; no me hago responsable de efectos secundarios como cabezazos contra la pantalla, mobiliario roto o insultos a mi persona, a mis ancestros o a toda la corte celestial. Es broma. O no.

Muchas veces me he preguntado si aquellas personas más guapas tienen una vida más fácil que aquellas personas que ‘no son tan guapas’, es decir, si las personas atractivas logran conseguir más fácilmente lo que quieren que aquellas personas que aparentamos ser ‘mediocres’.

He de confesar, y que esto quede entre tú y yo, que hace unos años me podía tirar horas y horas delante del espejo mirando mi físico (¿Quién no ha estado delante del espejo y se ha guiñado un ojo a sí mismo más un beso sensual al aire?), criticando mis defectos una y otra vez mientras negaba que yo tuviera virtud física alguna. Era asiático (sigo siéndolo, creo) y la mayoría de los rasgos corporales que definen a un asiático-chino los había heredado por ser eso, chino. Bueno… los típicos mitos y no tan mitos de: ‘la tienes pequeña’, ojos negros y rasgados, pelo negro, y que “todos los chinos somos iguales”.

Desde pequeño no había creído que yo fuera un chico con apariencia ‘normal’ sino creía que era el chico más feo del mundo mundial, pensando que no habría cosa más repugnante que un chinito-gotelé pelo seta en un colegio de monjas rodeado de personas con gran variedad de rasgos físicos y complexiones. Ojos, pelo, forma de la nariz, mandíbula, cuerpo, piernas, pecho, etc… Era un chico enviodoso de todo lo que me rodeaba.

Lo peor de todo es que eran cosas que comentaba a mis padres. Les decía que pensaba que yo era el más feo en comparación con todos esos niños de clase pero no llegué a pensar en qué es lo que sentirían ellos cuando escucharan de boca de su hijo tales palabras… Obviamente, mi madre de vez en cuando me decía que era la cosa más linda que jamás había visto. Aunque a partir de los cinco años dejó de hacerlo cuando me dijo eso en la puerta del colegio y yo solté algo así como: “Mamá, deja de decirme esas cosas porque no es verdad, soy mucho más feo que cada una de las personas que me rodea en clase”.

Como podéis observar, el hijoputismo me viene desde pequeño. (Mamá, si algún día llegas a leer esto, que sepas que te quiero).

En la adolescencia, tras haberme esquilado gran parte del cabello que formaba mi caparazón de tortuga craneal; comencé a obsesionarme con el pelo. Por entonces lo tenía más corto, no más de medio dedo de largo y casi todas las veces que salía de casa me podía tirar diez o veinte minutos engominándome el pelo para tenerlo de punta, a lo “Asian”. Me ponía histérico si alguien intentaba ya no tocar el pelo, sino intentarlo.

Pensaba que mi pelo era algo así como: “Esto, ves esto? *señalando y encuadrando mi cabeza con gestos* esto está fuera de tu alcance, no se toca, sólo se mira. Aunque el resto del cuerpo está disponible para lo que quieras”. Sí, así de gilipollas llegué a ser durante una corta temporada. Sobretodo cuando llegaba a clase y veía a esas dos chicas que por entonces me gustaban, pasar de mi como si de una persona invisible se tratara.

El no ser agraciado físicamente era una desventaja para llevarlas a mi terreno, por lo que intentaba aprovechar mi (escasa) personalidad, mi pelo o mi manera de tratarlas. Y cada vez veía más cerca mi perdición. Observaba cómo esas dos chicas acababan saliendo con chicos más altos que yo, más musculados y robustos, más guapos, etc… y recordaba entonces la escena en las que yo les pedía salir y me rechazaban con un “Oye Heng, no me gustas, pero eres muy mono. Si quieres podemos ser amigos”. *friendzoned*

Comencé a pensar en que este mundo era una mierda, en que no importaba cómo trataras a la gente que te rodea sino que lo primordial era tu apariencia externa. Comencé a juzgar entonces a las personas por sus apariencias, nombrando a cada persona atractiva de “Esa persona seguramente sea muy superficial” y me consolaba diciéndome cosas como: “Me alegro de no ser tan atractivo como esa persona porque eso me convertiría en un douchebag” (Literalmente significa ‘ducha vaginal’ pero se utiliza para llamar a una persona “sinvergüenza, desconsiderado, prepotente”).

Pero en realidad, por dentro suplicaba a quien fuera: “Por favor, por favor, quiero ser tan guapo y sexy como ellos, aunque eso me convierta en un cabrón, me da igual, quiero ser así de atractivo”. Y luego me quedaba atónito cuando conocía a personas ‘guapas’ que no eran ni arrogantes ni presumidas, que eran de lo más humildes y honradas, personas atractivas por fuera y un panecillo por dentro.

Poco a poco fui desistiendo en mejorar lo que mis padres me habían dado, que por cierto, buen trabajo han hecho. (Ya me estoy saliendo de mis casillas). En quedarme como estoy y despreocuparme (lo justo) de mi apariencia externa. Uno no sabe cuál es el límite entre lo físico y lo emocional, así que mejor quedarse en la línea media por si acaso. Tal vez ser más atractivo te facilite conseguir algunas cosas, pero seguro que no es único medio existente para conseguir algo.

Por eso a veces me pregunto, si todo el mundo fuera ciego entonces, ¿a quién le importaría la apariencia del otro? Me refiero, a pesar de que no veríamos un pajote, podríamos seguir sabiendo cómo es otra persona no?. Las personas ciegas suelen usar su sentido del tacto para ‘ver’ por lo que en vez de mirar cómo de atractivo es alguien, empezaríamos a palpar para ver si alguien es guapo o no.

Como seguramente has podido comprobar, cuanto más grande sea algo, más fácil es para nuestro sentido del tacto notarlo. Entonces me imagino que aquellas personas con los rasgos más grandes (nariz, labios, mofletes, orejas… y otras partes del cuerpo que podéis imaginar) serían consideradas las personas más atractivas. Imagínate por tanto un pasarela de modelos, en lugar de ver gente sentada para observar el desfile, la gente estaría colocada en fila con la mano tendida para sentir a tientas los rasgos faciales de las modelos.

Creo que a donde quiero llegar es que tal vez nuestra definición de lo que es bonito o no está basada únicamente en la limitada percepción que nos puede ofrecer nuestro ojos. Empezar a ‘ver’ con nuestras manos y nuestra propia interpretación de ‘belleza’ tal vez nos cambie nuestro punto de vista. Tal vez el paso más allá es empezar a ‘ver’ con el corazón.

Vanidad

Teoría de confianza 27.

Después de un horrendo día, lo mire por donde lo mire, he venido aquí a mi rinconcito a desahogarme un poco. Podría haber caído en la simplicidad de haber dicho: “Si lo sé ni me hubiera levantado”, que por poder, podría; pero creo que la vida no es un “todo o nada”, es decir, no es “No hago nada, no recibo nada; hago mucho y recibo mucho” sino que más bien suele ser del tipo “No hago nada, tengo suerte y me toca mucho; en cambio, pongo todos los medios para alcanzar algo y no recibo nada“. Que es básicamente lo que me suele ocurrir a mi, bueno, excepto en el recibir sin hacer nada.

Y es que, después de que me abran el orto en un examen de Derecho al cual he ido más espeso que una roca… Después de darme cuenta a la hora de poner la fecha que hoy cae 27… Pues le he empezado a coger manía a esta fecha; un examen el día 27 debe de ser para vosotros algo así como salir de fiesta un martes 13. Pero en fin, he depositado mi “corasonsito” a merced del profesor de Internacional (sí, el mismo de la entrada anterior); ya se encargará de suspenderme con un cero bien grande. Ministro de Asuntos Exteriores de China me dijo que iba a ser porque tengo mente de jurista… Espera que voy a reirme un rato y ahora vengo.

Ya estoy.Yo hoy quería venir a hablar de la confianza, ese tema tan delicado del que todos hablamos sin saber. Y sí, yo tampoco sé del tema, así que podéis llamarme hipócrita. El problema es que tenía muchas ideas por el camino y ahora no me acuerdo de ninguna; bueno sí, de por qué cojones he visto un perro llevando corbata subiendo las escaleras mecánicas del metro con su dueño vistiendo de payaso oliéndole el culo; pero eso es harina de otro costal.

Después de varias clases de Teoría de los juegos, no puedo sino pensar que la confianza es como un “juego”, en su buen sentido de la palabra, es decir, conjunto de opciones que tiene uno o más jugadores en los que dependiendo de la elección que tomen, reciben una recompensa u otra. Para simplificar todas estas cosas que estudiaréis si os metéis a alguna carrera relacionada con ADE o economía, os pongo un gráfico made in Henxu sencillo de qué es un juego:

Eso es arte señores. Como había dicho hace dos años en esta entrada: ¿Pueden chicos y chicas ser sólo amigos? Dos personas difícilmente podrán llegar a ser sólo amigos. La realidad es palpable y así son las cosas (mis cosas). El caso es, el equilibrio del juego (es decir, que haya final feliz) que arriba véis reflejado, es: “O el chico pide salir y la chica acepta” o “el chico no pide salir y la chica tampoco tenía intención de ello”. En caso contrario, uno de los dos acabará más hundido en la mugre que otro, ¿es lógico verdad? Pues para el profesor de derecho internacional no.

Pero a lo que quiero llegar no es cuestión de si uno quiere salir o no con la otra persona (que también), sino en la confianza que hay después de que éstos comiencen a ser pareja. Os voy a poner otro gráfico (me tiraré otra media hora antes de hacer una chapuza):

De manera MUY SIMPLE, una relación se basa así, en decidir día sí y día también si vas a confiar en tu pareja. O se confía mutuamente o no se confía nada (perdón, o se confía y se va a pique o no se confía y la relación va viento en popa).

Con tal de que uno deje de confiar en el otro, las cosas no van a ir como tienen que ir. Pero, mi pregunta (que va para vosotros) es, ¿qué es lo que le lleva a alguien a desconfiar de otra persona? Es obvio que, siguiendo el gráfico, nunca desconfiaríamos de la otra persona si ella confía en nosotros; y, tampoco habría motivos para desconfiar de la otra persona porque el desenlace no es bueno ni para uno, ni para el otro.

Sin embargo, en la vida real hay más factores que influyen en una relación, celos, personas más atractivas que tu pareja, personas más atractivas que tú, errores tuyos, errores de tu pareja, amigos, confidentes, padres, enemigos, etc… Todo un cúmulo de situaciones que serían difíciles de representar en un gráfico como el de antes. Y lo que es más, si uno llega a perder la confianza de la otra persona; mal vamos: que podéis ser los más chachipiruli-guays amigos de vuestra chachipiruli-vida, pero como uno deje de confiar en el otro, ya podéis ir yendo a chachipiruli-ser los mejores amigos que por mucho chachipiruli-amigos hayáis sido, se va a pique.

Y así son las cosas porque nosotros las queremos así, chinpún. Las amistades se basan en la confianza; las compra-ventas se basan en la confianza, las relaciones entre trabajadores se basan en la confianza, las relaciones entre estados se basan en la confianza, el decirle a tu madre que has dejado embarazada a una yegua se basa en la confianza, gritarle al vecino diciéndole que es un hijo de la gran puta también se basa en la confianza, comer pescado y almejas también se basa en la confianza, que os esté importando una mierda esta entrada y no entendáis una mierda porque yo me expreso como una mierda también se basa en la confianza… Mierda. (Sí, así de maleducado soy, perdónenme ustedes).

TODO ACABA BASÁNDOSE EN LA CONFIANZA.

¿Alguna objeción sobre lo que acabo de exponer? Porque yo sí tengo. Y muchas.

Lecciones de vida.

Todo es recíproco… Como en las relaciones de pareja“.
Con esa frase que habéis leído solía explicarnos el profesor de Derecho Internacional la importancia del cumplimiento de los acuerdos internacionales de unos estados para con otros. Casi cualquier situación que se pudiera producir en el ámbito internacional como pudieran ser los conflictos, la violación de derechos, bloqueos, cooperación, sanciones… Ese profesor era capaz de, para ayudarnos a comprender lo que explicaba, mostrarnos un ejemplo claro de dicha escena mediante una extrapolación al ámbito de lo personal, de pareja.

No había clase que no pronunciara la palabra “shi” con ese acento tan suyo, mezcla de chileno y “algo más” que no sé distinguir; que si teníamos la “praCtiCa encima de la mesa”, que si la confianza se requería en todos los ámbitos de la vida, que si parecía que siempre estábamos con el “corasonsito” roto o que si le llegábamos a poner en su examen las historietas de amor que nos contaba en clase, nos pondría un cero. O era cuestión de suerte o es que nunca me ha caído bien ese profesor; en cada clase suya me daba la sensación de humillación constante a pesar de que él mismo afirmaba que: “Sin miedo, que yo no vengo aquí a avergonzar a nadie”, aunque también, según él, todos éramos alumnos de más de notable (permitánme un “JÁ”, comenzando por mi).

Así que reitero, quiero creer que todo este mal tiempo de clases con él ha sido mala suerte. Todavía recuerdo aquellos días en los que volví a ser soltero, en los que apenas dormía 3 horas al día con un insomnio que ni la concha de la lora (y sigo durmiendo poco) y justo en sus clases, él me preguntaba cosas del super-hiper-megatocho-manual de Derecho que yo no me había podido mirar (mejor dicho, no tenía ganas de mirar). Y que de vez en cuando, en esas veces en las que yo intentaba disimular mis ojeras, mi cara de cansancio y sueño de cualquier manera, me soltaba la broma (o no tan broma) de “A Bengu Ye le acaba de dejar la novia”. (sí, así me llamo yo en sus clases).

Claro, eso me sentaba como si me hubieran vomitado puré de mierda encima. Pero al margen de lo que podían ser coincidencias, casualidades o causalidades de la vida; notaba en ese profesor una especie de mantra, algo así como “Mi instinto me dice que ese hombre es buena gente”, si bien en sus clases no paraba de hablar también de los divorcios, de si en el mundo debería de haber más chicas infieles o que si la separación de bienes era injusta (lo que me hizo hasta pensar que estaría divorciado). Ese hombre era una fuente de sabiduría, no sólo de derecho, sino de lecciones de la vida.

En una de sus últimas clases, nos contó una historia con la que me sentí bastante identificado, no recuerdo nada bien la historia exacta, pero era parecido a lo siguiente:

Yo tenía un amigo de la infancia al que le encantaban los coches. De pequeño vio un modelo de deportivo que le llegó al corasonsito (al alma…) y se dijo a sí mismo que cuando tuviera el dinero suficiente se compraría tal coche.
Este hombre, estudió mucho y acabó siendo un hombre con bastante dinero y cuando tuvo ocasión, compró el coche que tanto añoraba cuando era pequeño. El día de la presentación, acudieron sus amigos y personas cercanas y obviamente, estaba toda su familia con él. Todo el mundo decía que le gustaba mucho el coche y que había hecho una buena compra.

En un momento en el que él y los invitados se fueron a comer algo al interior de la casa, el coche estaba afuera sin cuidado de nadie. Su hija, pequeña por entonces, cogió algo punzante y empezó a “dibujar” cosas sobre la chapa del coche tan preciado que su padre acababa de comprar.

Al cabo de un rato, cuando el hombre salió de la casa y vio por un lado el coche completamente rayado y por otro, a la niña con el objeto punzante; en un acto de cólera, le propinó tal paliza a su hija que tuvieron que llevarla al hospital en estado de coma. Hubo percances y los médicos se vieron obligados a amputar a la niña, ambas manos.

Ya pasados unos días, la niña había despertado. Y, en el momento de recibir la visita de su padre, con lágrimas en los ojos dijo lo siguiente: “¿Papá, si la próxima vez me porto bien, me volverán a crecer las manos?”

Con esto, el profesor nos quería recordar que antes de cometer cualquier acto estando en cólera, pensáramos dos veces en la consecuencia que ello pudiera tener; que hay decisiones que una vez tomadas, no tienen vuelta atrás y si la tuvieran, no volveríamos al mismo punto de inicio en el que nos encontrábamos antes de haber elegido mal.

El temario y las lecciones que dio después de tal historia, me entraron por un oído y me salieron por otro. Entré en un estado de “trance” o ausencia reflexionando conmigo mismo; recordándome algo que hice hace 12 años, algo de lo que me arrepiento bastante. Y es que, cuando estamos llenos de ira, hacemos cualquier cosa pensando en nuestro propio egoísmo y en que la razón siempre está de nuestra parte, cuando en realidad, después de haber llevado a cabo una idea de bombero, nos llevamos las manos a la cabeza, nos arrepentimos de haber cometido tal idiotez o intentamos hacer como si no hubiera pasado nada. O ambas cosas a la vez.

Seguramente no haya aprendido mucho Derecho Internacional Público con este profesor, pero sí he aprendido y aprehendido a ser mejor persona, o al menos, a intentarlo.

Toma melancolía.

Hace ya bastantes horas que circula por la red la noticia de que cerrarán el servicio de Messenger (Msn, Windows Live Messenger, mésenye, emesene, etc…) en favor a Skype por parte de Microsoft. Tengo un cierto sabor amargo en la boca, un cierto malestar ya que básicamente invertí todo el tiempo que tuve de mi adolescencia en ese susodicho programa de chat (bueno, entre eso y la psp).

Como viene siendo habitual de mi memoria, tengo lagunas por doquier y por tanto, no me acuerdo cuándo comencé a tener mi propio correo electrónico, ni cuándo me enteré de que Papá Noel no cabía por mi chimenea (porque no teníamos chimenea), ni cuándo comencé a masturbarme, ni cuándo vi por primera vez una película porno… bueno sí, eso último a los 3 o 4 años (así he salido). Pero sí me acuerdo de que eso era la bomba y más: podías cambiar la fuente con la que escribir, el tamaño (de la fuente), el color; tenías tu propia foto de avatar, existían los emoticonos de verdad, los emoticonos personalizados, las cebollitas, el zorro; odiabas los zumbidos que te pegaba la gente cuando tenías los altavoces a tope… al hijo de la gran puta que por cada diez letras que escribía, nueve eran emoticonos…, ponerse la cam, ponerse con la cam, hacer videollamadas cuando Skype todavía no lo conocía nadie… Eso te llevaba a un mundo tan “sorprendente” que ni Jumanji…

Además, en ese momento reinaba la inmadurez de ‘quien más contactos tuviera por Msn era el que más grande la tenía‘, la gente presumía de tener 100+ contactos y alardeaba por todo lo alto ser el más social de la clase. Yo en cambio tenía holgadamente 500+ gracias a los foros por los que metía y las multi-conversaciones que petaban el pc cada dos por tres pero luego me miraba por dentro de los pantalones y no era precisamente ni el que “más grande la tenía” ni el más extrovertido. Eso sí, contactos todos los que quisieras, amigos de verdad, contados con los dedos de mi hombro. Sí, de mi hombro.

He conocido a muchas personas a través del dichoso Msn y el principal problema es que cada vez que agregabas a alguien tenías un “BOOM/Obsesión” por así decirlo de no parar de hablar con la otra persona hasta que pasada una semana, eso se convertía en un “te veo y no te conozco”. Entonces amistades estricamente como tal, pocas se lograba tener y es más, uno llegaba a tener tal cantidad de contactos que ya sólo por los nicks era imposible acordarse de quién era quién y es entonces cuando alguien te comenta de que existe la opción de “Agrupar contactos” (Dios bendijera esa función). Todavía recuerdo esa curiosidad que uno tenía por desvirtualizar a alguien, uno iba pensando en si “ese contacto de msn sería un violador pederasta”, que si te iban a dejar plantado, que si podría ser un borde impresentable cabrón o en el más remoto de los casos, si era majo y amigable. Todavía tengo a alguien que conozco desde hace 5 años con el que he entablado gran amistad y todavía no he desvirtualizado… Seguramente sea un pedobear en potencia asi que cuando vaya a quedar con él iré con un tapón en el culo por si las moscas.

Por otra parte, a poco de haberse introducido Skype y Tuenti (con Tuenti-chat) y el reciente Whatsapp, casi nadie utiliza hoy en día Messenger; parece que se ha puesto de moda no conectarse. Yo sigo haciéndolo y eso que en mi lista de contactos suele haber 5 personas conectadas. Ya es como una costumbre (que no tradición) estar conectado a pesar de que seguramente no me hable nadie excepto dos personas que también se están ‘mudando’ por así decirlo a otros sistemas de comunicación instantáneo.

Tal vez tenga que adaptarme por eso de “Renovarse o morir”, aunque por dentro siga siendo una persona anticuada que añora su extinto Msn. Cuando sea oficial la noticia y la retirada del servicio será cuando habrá que desinstalar esto y borrar el largo historial de conversaciones que he tenido a lo largo de los últimos años. Dicen que está bien tener recuerdos del pasado, pero que tampoco hay que quedarse anclado en él. ¿O sí?

melancholy deviantart morsus

PD: Para aquellos que se preguntan por qué narices escribo esta basura tras haber estado tanto tiempo ausente: no tengo nada que deciros. Ya lo dije en un principio, es mi rinconcito donde poder escribir lo que pienso y aunque se agradece que haya gente que lo lea, no escribo para la ‘gente’ ni para que se difunda (con la excepción de 1 entrada de blog de marzo del año pasado). ¿Qué borde soy eh? De nada.

Otra vez con lo de ‘siempre’?

Ultimamente, en conversaciones, televisión, radio y sobre todo en redes sociales, estoy viendo que la palabra ‘siempre’ está de moda (como siempre). Me fijo en esta palabra (y en otras que ahora mencionaré) porque ya es una manía que he cogido hace bastante tiempo por unos sucesos que no voy a relatar hoy aquí. Resulta tan… normal utilizar un ‘siempre’ en cada frase que yo me pregunto si la gente siempre hace eso que ‘siempre’ dice que hace.

Me hace tanta gracia ver u oir esa palabra… Sobre todo cuando veo cosas como “Siempre que puedo pienso en ti”. En ese momento se activa mi mecanismo irracional que me hace reflexionar lo siguiente: “Ya claro, y cuando estás visitando al señor Roca también, y cuando estás de borrachera y cuando le pusiste los cuernos con fulana y cuando te marchaste a “x” lugar diciéndole que ibas al pueblo”. Es cierto que no es comparable a mentir, pero tampoco estás diciendo la verdad-verdad; como diría una amiga mía sería más bien: “Ocultar parte de la verdad”. En teoría no hay nada malo en ello, ¿no?

Mi nivel de “tiquismiqueo” con esa dichosa palabra llega a límites muy insospechados, hasta tal punto que acabo fijándome en momentos insignificantes y (desgraciadamente) pasando por alto aquellos que son muy relevantes. Es una manía que intento evitar, pero me resulta extremadamente complicado no pensar en que cada “siempre” que veo no es más que un simple “si me apetece” o algo similar. Es más, mientras escribía esta entrada he visto dos frases como: “En ese momento supe que lo nuestro quedaría asentado para siempre” o “Te amaré por y para siempre”; dos expresiones que al leerlas no he podido sino soltar una carcajada que quebró el silencio que había por casa.

Seguramente los sentimientos de esas personas les hayan hecho escribir eso que habéis leído tantas veces, ya que en la mayoría de los casos es inevitable ponerse a desear que esos bonitos momentos duren para siempre. pero la realidad suele ser otra, al menos desde mi punto de vista. Para mi ya son como esos “Te amo” que mi cerebro traduce como “Pienso estar contigo para que me satisfagas sexual y sentimentalmente hasta que encuentre a alguien mejor y así dejarte tirado en medio de la nada”. Si no te estoy diciendo que una persona no ame a otra… pero eso que mi cerebro ha traducido sigue siendo un hecho que veo casi todos los días por Tuenti/twitter, de esos “Te amo mi vida, eres la mejor persona que he conocido” que duran apenas una semana y media.

Ya uno comienza a perder toda la credibilidad no de la persona que lo dice, sino de las palabras que salen de su boca aunque suene un poco raro y contradictorio. Lo mismo ocurre con los ‘nuncas’ y ‘jamases’ tan famosos que suelen estar acompañados de ‘te lo juros’ y gestos y expresiones faciales que indican la presencia de mentira (que si no me lo dicen, me lo creo). Ahora que lo pienso, no sé si habré hecho alguna promesa incluyendo algún “Siempre” o similar, mi memoria falla tantas veces que necesito a gente que me recuerden las cosas… Espero que no sea así, y si lo es, me gustaría que me lo recapitulen vaya.

Pero bueno… Si sólo con tales palabrejas uno es capaz de perder la confianza en alguien, ya si uno se pone a mentir tenemos la fiesta del siglo y digo fiesta porque los políticos de este país se lo pasan chachi allí arriba calentando sillas y digo siglo porque las mentiras estarán este siglo, el que viene y el siguiente… Todavía recuerdo la cita de un libro que leí hace poco: “El hecho es que nada es más difícil de creer que la verdad y al contrario, nada seduce más que el poder de las mentiras, cuanto más grandes, mejor.”

Pienso que mentir no hace más que sembrar la desconfianza en los demás, en dudar de todo aquello que una persona dice y seguramente, en prejuzgar a la persona mentirosa porque sus engaños sólo buscan intereses personales; entonces, ¿Cuál es el límite entre decir la verdad y soltar una mentira piadosa? ¿Y si uno vive bajo una mentira y muere con la felicidad que le provocaba esa situación ficticia, estaría bien decirle nada? ¿no hay término medio entre desconfiar de todos y tragarse ciegamente todo lo que se dice? y lo que es más… ¿Por qué se miente?

Yo de todos modos sazono las mentiras con un poco de verdad, dicen que a veces poniéndolas un rato al horno saben mejor pero que si te pasas de tiempo, quedan amargas.

Reflexión similar en 2010: https://fullmyhenxu.wordpress.com/2010/10/23/nunca-nunca-ni-siempre-siempre/

“H”alucino.

Se acerca el verano y no por ello quiere decir que se acerque el calor: ya está aquí. Sin apenas darnos cuenta ya estamos casi en el ecuador del año. Nuestras preocupaciones, quehaceres diarios y demás obligaciones nos impiden parar el carro y darnos cuenta (de nuevo) de lo fugaz que puede llegar a pasar el tiempo. Eso sí, no me soltéis aquí el debate de que si es el tiempo que pasa rápido o que cada persona tiene una concepción distinta de ello; bastante tengo con que haga mal tiempo.

Llevo desde un poco antes de que empezaran los exámenes durmiendo una media de 3 o 4 horas diarias… Vaya, qué recuerdos del año pasado cuando todavía era un estudiante de Bachillerato. Antes iba con la presión de tener que sacar buena nota para Selectividad pero ahora voy tan relajado que a la mínima deslizo y la lío parda, así son las cosas… Si es que no aprendo.

Hace apenas unas horas estaba en la sala de estudio (o lectura) de una biblioteca cualquiera. Doce filas de fluorescentes iluminaban esa cueva de sillas y mesas con paredes de libros y enciclopedias. Las persianas de la pared derecha estaban bajadas para que no viésemos las tonterías que hacen aquellos orangutanes que pasaban por ese ‘corredor de las cucarachas’. En la sala, el oxígeno olía a una especie de mezcla de hedores provenientes de diversos tipos de engendros, habiendo olores para todos los gustos y siendo la mayoría de ellos olor a ‘restos de jabones naturales pegados al cuerpo’, fruto del calor que hacía a pesar de tener el aire acondicionado puesto. Las caras de angustia que se podían recoger en ese lugar podrían deprimir a cualquier psicólogo al que fuéramos a visitar para que nos animase…

Yo en cambio, estaba echándome una cabezadita para intentar paliar el sueño y las pocas ganas de estudiar tras el batacazo que me llevé al conocer la primera nota final de este 2º cuatrimestre. No, no suspendí, pero casi…
Mi mente estaba completamente desincronizada con el pensamiento de la mayoría de personas presentes en ese momento: Mientras yo intentaba planificar mi escasa semana de vacaciones de junio, el resto estaba amargándose al mismo tiempo que se intentaba estudiar como podía el tocho de Gestiones empresariales, los efectos de la bioquímica en seres vivos o escultura y arte griegos… También estaba la típica persona que ponía cara de póker al ver que no podía estudiarse 4 ‘libracos’ de mecánica de fluidos deun día para otro y demás cosas raras de ingenieros así como el otro que, a la antigua, se preparaba las chuletas en el típico trocito de papel enano que cabe en el interior de un tubo de tinta de un boli que cabe en otro boli que cabe en… empieza por O y termina por O. RT.

Tanto afán por estudiar, tanto “venga me voy a pegar la matada de mi vida estudiando” para que luego sea yo, el quasi más vago de todos los que allí empollaban, el último en salir de la biblioteca. El encargado de la biblioteca ya debe de tenerme una manía del quince al no dejarle dormir si estoy yo en la sala. Sin embargo, ser el último en marcharse también tiene sus ventajas: son las tantas de la madrugada, apenas hay coches pasando por las calles excepto las típicas patrullas de policía que se bajan del coche para pedirte la documentación y se disfruta de una tranquilidad imposible de obtener por el día.

Mientras te sientes como el protagonista de una película de zombies deambulando solo de noche por las calles de una ciudad inerte, tu cabeza empieza a pensar en cosas aleatorias. Me acuerdo de que llegué a pensar en si me estaba convirtiendo o no en un ermitaño que vivía oculto en las montañas sin tener más vida social que la del aire, su bastón y su barba. Tiene su lógica si casi todos los días llegas a casa a las 4 y pico muerto de cansancio. Y justo en ese momento, no sé por qué, por mi cabeza pasó una imagen un tnato… extraña por decirlo de algún modo.

Era yo, poniendo una cara de ‘estoy esforzándome por sacar una sonrisa pero I’m not able to‘. Con el pelo más o menos igual de largo que como lo tengo ahora, llegándome casi a los ojos. Mi miraba estaba fija, hacia un punto fijo pero no lograba saber dónde. Y a pesar de que la foto estaba hecha de hombros para arriba, podía ver que lucía mi camisa favorita, aquella de color azulado con mangas cortas que entonaba bastante con el fondo de color blanco. Poco a poco la imagen se empezaba a distanciar, podía apreciar cómo esa escena estaba rodeada de un marco de color plateado; en cuya placa inferior rezaba mi nombre escrito tanto en español como en chino. Pensaba que mi cerebro me estaría deleitando con ese momento tan ansiado de la graduación universitaria… … Puto cerebro.

De nuevo, la visión que tenía era más amplia y conseguí distinguir una corona de flores alrededor de lo que era mi retrato. Al lado, sobre una mesita, varios fajos de billetes de 500€ y llaves de coches de marcas bastante lujosas. “Vaya, cómo se lo montan en las graduaciones, soy rico y encima poseo varios coches” – pensé. Ingenuo de mi cuando vi una mano aparecer de la nada, coger ese fajo de billetes y tirarlo al fuego. Ver cómo los billetes iban deshaciéndose adoptando ese color a negro y posteriormente pasando a un gris ceniza. Algo no iba bien, algo no me cuadraba, eso no era normal en una graduación.

Me derrumbé al ver que también tiraban las llaves al fuego. No por el hecho de que las tiraran sino por el hecho de que también ardían… Estaban hechas de cartulina y pintadas muy detalladamente por fuera. Me quedé perplejo, sin poder asimilar lo que estaba viendo porque no quería creer en ello. No podía, no quería… intenté creer cabizbajo que eso no era posible y de nuevo, batacazo que me llevé al levantar la cabeza. “No… no… no… no puede ser… es jodidamente imposible…” – era lo único que podía pasarse por mi cabeza, negaciones y más negaciones. Fui capaz de oler incienso en ese mismo momento.

Había un cristal con forma de rombo que daba a una habitación al otro lado: cuatro paredes, todas blancas; un suelo de mármol reluciente y un techo con agujeros de ventilación. En el centro de aquella sala, Un ataúd sobre un soporte de cuatro patas, levemente inclinado hacia la ventana. Yacía allí dentro un cadáver pálido, cuya faceta se asemejaba al chico de la foto, sólo que en versión “ojos cerrados”. Se me heló la sangre. No podía respirar. No podía apartar la mirada del ataúd. Quería gritar pero las palabras se desintegraban en el vacío. Mi cerebro me había trasladado a mi propio velatorio y yo queriendo deshacerme de él.

Todo ese conjunto de imágenes se desvaneció en menos de lo que cantaba un gallo. Volví a estar donde estaba, en esa calle desierta en mitad de mi camino a casa bajo la mirada de estrellas escondidas en la oscuridad del cielo. Pensaba en todo eso que había visto en cuestión de un segundo, pero a la vez no quería pensar en ello. Intentaba disimular sin éxito todo ese asombro con una cara de indiferencia, pero total… Para qué ocultar nada si no te ve nadie y si te ven, que te vean.

Saqué las llaves, entré al portal y comencé a subir las escaleras. Quise pensar que no conseguiría vivir lo suficiente como para presenciar esa idéntica escena de mi mismo. Quise pensar que para cuando eso ocurriese, sería yo quien quisiera abrir los ojos para ver a aquellas personas que te observan tras el cristal. Quise pensar que ojalá para tal momento, hubiera hecho algo en la vida de lo que poder estar un pelín orgulloso de mi mismo… Abrí la puerta de casa y vi como mi madre estaba en la cocina preparándome la “cena” (sobre las 4 y media de la madrugada): unos buenos filetes de merluza rebozados. Me vio con cara rara pero del sueño se marchó a dormir y yo me senté en la mesa con lágrimas en los ojos… “Mejor comienzo a cenar y me dejo de gilipolleces“.

De pequeño quise poder tener la habilidad de saber absolutamente todo, desde lo que haya ocurrido en un pasado hasta lo que en un futuro podría ocurrir. Y el otro día hablando con un amigo me comentó que si bien saber todo era algo positivo (y negativo), no era lo mismo saber todo que saber reaccionar ante todo; y bien cierto que es… La vida es una incógnita y mejor dejarla así, con sus sorpresas.

7:42.
Buenos días.