Al fin tengo un respiro, al fin es Semana Santa. Lo necesitaba, lo ansiaba, lo buscaba cual tesoro perdido en el fondo del mar: unos escasos días de vacaciones. A medida que uno va avanzando por su etapa universitaria, va notando cómo el tiempo intenta lanzársele al cuello al mínimo descuido o cómo la acumulación de tareas parece un castillo de arena esperando a que venga una ola y se lleve todo por delante. Cada vez que toca levantarse de la cama parece tan jodido como subir una montaña escarpada y cualquier rato libre, caída libre por un acantilado. Es algo así como una monotonía abrupta.

A veces, muchas veces y sobretodo en estas dos últimas semanas; en el poco tiempo libre que tengo me tumbo en la cama con los auriculares puestos y empiezo a escuchar música ambiental hasta quedarme dormido.

Nota: Como podéis observar, no estamos en Semana Santa. Cosas que escribo y no consigo terminar 1. por falta de tiempo y 2. porque no termino escribiéndolo como me gustaría. Sigo pensando que esta entrada (al igual que la mayoría del resto) no merece la pena ser leída. Que conste, quien avisa no es traidor.

Esta vez hacía oscuro, aunque entraba algo de luz, tenue y débil, solamente con fuerzas para atravesar las desgastadas cristaleras que forman la cubierta del centro comercial. Allá donde perecían los halos de luz, comenzaba el imperio de las sombras tal y como dicen: “Donde haya luz, habrá oscuridad”.

Los pies posaban sobre una especie de suelo formado por baldosas, si se les podía llamar así, puesto que no había ninguna que estuviera entera: las había agrietadas, partidas por la mitad, hechas añicos o incluso, pulverizadas. Parecía el mismísimo “Cementerio de las baldosas”, sólo que a diferencia de un cementerio normal no había nadie que les llevara flores y las colocara sobre sus tumbas. O tal vez era yo el ramo de flores que habían dejado tirado allí.

A medida que iba avanzando por las galerías del centro comercial, me iba dando cuenta de una cosa: todos los locales estaban completamente destartalados y vacíos. Paredes que alojaban en su interior un denso aire que olía al olvido y otras muchas cosas que uno no es capaz de recordar. Daba la sensación de estar en una especie de baúl en donde uno almacena todos aquellos recuerdos y sensaciones de los que se quiere despojar: por cada inhalación de ese aire limpio y turbio a la vez, uno se iba llenando de pensamientos negativos constantemente.

Ya casi en estado de desesperación, empezó a llover de la nada. Una persona normal buscaría cobijo en uno de esos locales vacíos, pero en cambio, la irracionalidad llevó a subir unas escaleras que parecían elevar a uno al mismísimo cielo (nublado y tronando) en el que tal vez se encontraría con Dios sentado en un cómodo asiento de clavos y espinas, pero no. Uno subía y subía y lo único que conseguía era pensar que estaba de excursión escalando varias de las Pirámides de Egipto a la vez.

Al llegar (al fin) a la cima, lo único que vislumbre fue una plataforma cuadrada, sin paredes ni soporte, como si estuviera flotando en medio del aire a excepción de la única vía de salida y anclaje al suelo: las escaleras que había subido como un descosido. En el centro había un quiosco con una marquesina bastante amplia que estaba cobijando a una chica de espaldas a mí, de estatura mediana, tal vez le sacase una cabeza o dos, vistiendo el típico vestido de seda que llevan las niñas guapas de las películas de miedo que sin embargo, no era tan llamativo ni extravagante como su piel.

Era pálida, mejor dicho, era la nieve personificada que parecía brillar en medio de la penumbra de aquel lugar, ahora húmedo y ‘llovizno’. Me quedé observando un rato a aquel cuerpo delgado y frágil intentando que mi presencia no hicisese, válgase la redundancia, acto de presencia. Daba la mala espina de estar observando a una persona en sus últimos momentos de vida que desprendía un gran aura de tristeza. Notaba como si cada partícula de aire que entraba por mis orificios nasales (no he podido evitar acordarme de Bobobo) iba desgarrando mis pulmones por dentro a base de melancolía. Como si tuvera a un niño pequeño tirándome del pantalón y suplicándome entre llantos y moqueo que le comprase un Chupa-Chups, solo que en este caso me pedía que por favor, le comprase un poco de felicidad.

Eso era el infierno y lo del cine: mero montaje de fuegos y efectos especiales. Quise acercarme por detrás para darle un abrazo emulando a aquellas películas en las que si abrazas a alguien por detrás, todo irá bien. Deposité mis manos encima de su vientre y ella sus gélidas manos sobre las mías. Y me di cuenta. Me di cuenta de que el cuerpo que estaba abrazando era aún más frágil de lo que aparentaba. Transmitía frío, mucho frío, tenía ganas de decir “Winter is coming” pero tal vez no fuera el momento más apropiado.

Su pelo y su cuerpo no desprendían esencia alguna que mi olfato pudiera captar. Resumiéndolo burdamente, estaba abrazando a un bloque de hielo bajo una marquesina de un quiosco que está sobre una plataforma casi flotante en mitad de un centro comercial abandonado. Todo con mucho sentido oiga. Y a pesar de ello, yo estaba inmerso en su mundo. Me encontraba tan cómodo que estaba deseando que no escampara nunca.

Sin embargo, la racionalidad de mi irracionalidad me dijo que allí no podía estar para siempre; que esa puta escena no tenía (puto) sentido. Por lo cual, como se dice que las actuaciones irracionales son el primer motivo racional por el cual las volvemos a repetir, procedí a realizar algo más sensato: me solté de ella, pasé al lado suya sin reparar en el rostro de la persona a la que dí un abrazo y sin despedirme de ella (al fin y al cabo, las despedidas no eran mi punto fuerte) me tiré al vacío desde aquella plataforma flotante. Después de todo, desde pequeño he tenido la curiosidad de saber si me podía morir o no en los sueños. O aquello no era un sueño..

Sentir que la cabeza es la parte de tu cuerpo que va cortando el aire verticalmente, es muy agradable; parecido a poner la cara en frente del ventilador al máximo, con la única excepción de que no te pegas una hostia padre al final del trayecto.
Iba cayendo, cada vez incluso más rápido pero no veía el suelo acercarse a mí y por un momento me pregunté si me había pasado tres pueblos subiendo escaleras.

Como por arte de magia, noté que alguien me abrazó por detrás en plena caída. Reconocí ese mismo frío al instante. Era la misma chica de antes. En cierto modo me alegré porque volví a abrazar, no, mejor dicho, me abrazó – en mitad de una caída libre-; pero en lo que uno lee estas línes, entristecí. Aquel cuerpo que me abrazaba parecía haberse consumido un poco más desde la última vez.

Quise girarme y ver quien era, poder decirle un par de mis nefastas palabras que nunca funcionan para animar a la gente y antes de darme cuenta, vi el suelo estamparse contra mi frente. ¿El final? Siempre el mismo: acabo despertándome sin saber qué se siente cuando uno muere en un sueño. Decepcionante.

Teoría de confianza 27.

Después de un horrendo día, lo mire por donde lo mire, he venido aquí a mi rinconcito a desahogarme un poco. Podría haber caído en la simplicidad de haber dicho: “Si lo sé ni me hubiera levantado”, que por poder, podría; pero creo que la vida no es un “todo o nada”, es decir, no es “No hago nada, no recibo nada; hago mucho y recibo mucho” sino que más bien suele ser del tipo “No hago nada, tengo suerte y me toca mucho; en cambio, pongo todos los medios para alcanzar algo y no recibo nada“. Que es básicamente lo que me suele ocurrir a mi, bueno, excepto en el recibir sin hacer nada.

Y es que, después de que me abran el orto en un examen de Derecho al cual he ido más espeso que una roca… Después de darme cuenta a la hora de poner la fecha que hoy cae 27… Pues le he empezado a coger manía a esta fecha; un examen el día 27 debe de ser para vosotros algo así como salir de fiesta un martes 13. Pero en fin, he depositado mi “corasonsito” a merced del profesor de Internacional (sí, el mismo de la entrada anterior); ya se encargará de suspenderme con un cero bien grande. Ministro de Asuntos Exteriores de China me dijo que iba a ser porque tengo mente de jurista… Espera que voy a reirme un rato y ahora vengo.

Ya estoy.Yo hoy quería venir a hablar de la confianza, ese tema tan delicado del que todos hablamos sin saber. Y sí, yo tampoco sé del tema, así que podéis llamarme hipócrita. El problema es que tenía muchas ideas por el camino y ahora no me acuerdo de ninguna; bueno sí, de por qué cojones he visto un perro llevando corbata subiendo las escaleras mecánicas del metro con su dueño vistiendo de payaso oliéndole el culo; pero eso es harina de otro costal.

Después de varias clases de Teoría de los juegos, no puedo sino pensar que la confianza es como un “juego”, en su buen sentido de la palabra, es decir, conjunto de opciones que tiene uno o más jugadores en los que dependiendo de la elección que tomen, reciben una recompensa u otra. Para simplificar todas estas cosas que estudiaréis si os metéis a alguna carrera relacionada con ADE o economía, os pongo un gráfico made in Henxu sencillo de qué es un juego:

Eso es arte señores. Como había dicho hace dos años en esta entrada: ¿Pueden chicos y chicas ser sólo amigos? Dos personas difícilmente podrán llegar a ser sólo amigos. La realidad es palpable y así son las cosas (mis cosas). El caso es, el equilibrio del juego (es decir, que haya final feliz) que arriba véis reflejado, es: “O el chico pide salir y la chica acepta” o “el chico no pide salir y la chica tampoco tenía intención de ello”. En caso contrario, uno de los dos acabará más hundido en la mugre que otro, ¿es lógico verdad? Pues para el profesor de derecho internacional no.

Pero a lo que quiero llegar no es cuestión de si uno quiere salir o no con la otra persona (que también), sino en la confianza que hay después de que éstos comiencen a ser pareja. Os voy a poner otro gráfico (me tiraré otra media hora antes de hacer una chapuza):

De manera MUY SIMPLE, una relación se basa así, en decidir día sí y día también si vas a confiar en tu pareja. O se confía mutuamente o no se confía nada (perdón, o se confía y se va a pique o no se confía y la relación va viento en popa).

Con tal de que uno deje de confiar en el otro, las cosas no van a ir como tienen que ir. Pero, mi pregunta (que va para vosotros) es, ¿qué es lo que le lleva a alguien a desconfiar de otra persona? Es obvio que, siguiendo el gráfico, nunca desconfiaríamos de la otra persona si ella confía en nosotros; y, tampoco habría motivos para desconfiar de la otra persona porque el desenlace no es bueno ni para uno, ni para el otro.

Sin embargo, en la vida real hay más factores que influyen en una relación, celos, personas más atractivas que tu pareja, personas más atractivas que tú, errores tuyos, errores de tu pareja, amigos, confidentes, padres, enemigos, etc… Todo un cúmulo de situaciones que serían difíciles de representar en un gráfico como el de antes. Y lo que es más, si uno llega a perder la confianza de la otra persona; mal vamos: que podéis ser los más chachipiruli-guays amigos de vuestra chachipiruli-vida, pero como uno deje de confiar en el otro, ya podéis ir yendo a chachipiruli-ser los mejores amigos que por mucho chachipiruli-amigos hayáis sido, se va a pique.

Y así son las cosas porque nosotros las queremos así, chinpún. Las amistades se basan en la confianza; las compra-ventas se basan en la confianza, las relaciones entre trabajadores se basan en la confianza, las relaciones entre estados se basan en la confianza, el decirle a tu madre que has dejado embarazada a una yegua se basa en la confianza, gritarle al vecino diciéndole que es un hijo de la gran puta también se basa en la confianza, comer pescado y almejas también se basa en la confianza, que os esté importando una mierda esta entrada y no entendáis una mierda porque yo me expreso como una mierda también se basa en la confianza… Mierda. (Sí, así de maleducado soy, perdónenme ustedes).

TODO ACABA BASÁNDOSE EN LA CONFIANZA.

¿Alguna objeción sobre lo que acabo de exponer? Porque yo sí tengo. Y muchas.

A medianoche.

Ya van dos días desde que se ha ido madre junto con mis hermanitos a China y siendo sinceros, se nota tanto en casa como en la tienda. Cada vez que me pongo a pensar en el día en que se fueron no puedo evitar una leve sonrisa un tanto amarga. Sobre todo cuando recuerdo que mi hermanito me decía en broma que me iba a echar de menos y luego me empezaba a vacilar como cual niño de su edad (así me trata…) y en ese mismo día de su partida, se abalanza sobre mi diciendo que me iba a echar de menos, pero esta vez llorando. Aun así, el que tiene que estar currando soy yo y no él (joder qué rencoroso soy).

Muchas veces, cuando estoy solo en la tienda (como ahora), me quedo en la entrada mirando e inspeccionando mi alrededor mientras espero a que entre un cliente y le pueda atender. En ese momento de mini-descanso llego a observar que el ambiente del barrio no ha cambiado desde que era un enano: gente cargando con bolsas de la compra, ineptos al volante creyéndose F.Alonso cuando de primeras se le cala el coche en el semáforo, adolescentes discutiendo qué película ver en el cine, abuelos sonrientes acompañando a sus traviesos nietos para ir al parque, colegas hablando de si el fútbol es lo mejor… es como si fuera un debate de políticos a pie de calle: ves de todo pero casi nada te dice algo (debido a un subdesarrollo emocional, claro).

Son pequeños momentos que uno aprovecha para desconectar un rato de responder correos, de editar fotos, de trabajar con vídeos ni llevar cajas de refrescos y demás de un lado a otro.

Otro de estos ‘instantes de relax’ que más me gustan son aquellos en los que ya anocheciendo y sin haber casi nadie en la calle, cojo y me siento en un bordillo a tomarme un zumo, imaginándome que dentro de ese envase, no hay zumo sino brandy. Entonces, me meto en mi propio mundo creyéndome ser un viejo amargado cuyas aspiraciones en esta vida se desvanecieron como cual castillo de arena en la orilla del mar, bebiendo ese “brandy con sabor a fruta” poco a poco, como si cada trago fuera el último que fuese a dar en esta vida.

Idioteces así sólo lo hacen personas como yo, a las que les faltan más de un millar de tornillos; en cambio, pensamientos como estos no sólo los tengo yo… O eso quiero pensar. A veces pienso que no soy un ex-pesimista intentanto ser optimista sino que soy una persona triste que intenta ser optimista.

Pero, el momento que más me gusta es cuando llega la medianoche. Ver que el reloj marca las doce en punto, que ambas agujas están mirando hacia arriba y saber que es hora de cerrar la tienda y volver a casa para disfrutar de apenas 10 horas de descanso antes de empezar con otro día más de trabajo. Son 10 horas en las que puedes hacer lo que te plazca, o eso creía hasta que vi que si no dormía unas 8 horas no aguantaba de pie al día siguiente. Eso me deja con unas 2 horas libres-libres.

Es entonces cuando te das cuenta de que tus padres están así todos los días, sólo que con la carga extra de tener que hacer de padres… Vaya, y yo diciendo que no me daba la vida… Y también, es entonces (sí, me repito) cuando me paso el día entero pensando qué haré en esas horas libres que tendré… ¿relax? ¿qué es eso?.
Uno que se queja de que no tiene tiempo en vacaciones para hacer lo que uno le plazca (yo) y mi madre que tiene 28 días de vacaciones tras haber estado trabajando 22 años en España sin parar, que se traduciría a algo así como “por cada año trabajado, 1 día de vacaciones en China”, mola ¿eh?

Vaya, creo que tengo visita.
Muy buenas! ¿Qué desea?

midnight

No todo lo placentero es bueno.

  • Aviso: La entrata entrada no es coherente, no tiene sentido alguno, absténganse de leer si no quieren cacaos mentales o proferir insultos contra mi persona.
  • Está lloviendo. A mucha gente le gusta que llueva, a mi también. Seguramente el que esté conduciendo un coche no diga lo mismo porque el hecho de que llueva suele ser sinónimo de atascos, los agricultores estarán contentos si no llueve demasiado como para arruinar sus cosechas, los vagabundos se verán obligados a refugiarse bajo un techo cuya propiedad no es suya, los ciclistas que estén haciendo ruta se imaginarán a sí mismos metidos en una ducha, los embalses nos anunciarán de que ha subido la cantidad de agua que alojan entre sus enormes muros de hormigón (aunque no nos dicen que el precio del agua no va a bajar o que a la gente le da por probar empíricamente si saben volar como Superman) y yo saldré a la terraza del piso a ver si sigue habiendo goteras.

    El sonido de la lluvia es capaz de dejarte atónito, de trasladarte a un mundo en el que sólo hay tranquilidad, calma, sosiego… Una melodía made in naturaleza que te permite estar contemplando el paisaje que ves a través de tu ventana sin importarte el paso del tiempo (aunque sea para ver cómo el vecino d’enfrente intenta cocinar un huevo frito) o quedarte embobado mirando cómo miles de gotas siguen suicidándose inevitablemente contra el suelo y en cambio cuando no llueve siquiera te asomas por la ventana ni para ver el tiempo que hace. Y el cielo encapotado… qué decir de él; nubes casi opacas que actuán como una sombrilla en pleno mes de abril, pero con el encanto de que regula la luz de una manera tan perfecta y grisácea que invita a estar mal de ánimos…

    Seguramente haya muchas personas que no estén de acuerdo con que llueva: el que se monte en un autobús lleno de gente en un día lluvioso no lo estaría (esa fragancia a humanidad…), ni el obrero que esté llevando bolsas de cemento del camión al descampado, ni el que está deprimido, ni mi propio yo cuando salgo a la calle dejándome el paraguas en casa pensando que no va a llover y nada más salir de la puerta empieza a caer la marimorena.

    Pero estas cosas no sólo ocurren con la lluvia ni únicamente con fenómenos meteorológicos. Digamos que hay más elementos susceptibles de ser los reactivos de cierta fórmula química desconocida que nos llega a producir placer, bien sea sensitivo, emotivo y por qué no decirlo, intelectual (por ejemplo, a la hora de leer). Esos elementos destacan por ser muy fácilmente perceptibles ya que, salvo excepciones, intentan captar nuestra atención estimulando una parte de nuestro ser, como si nos estuvieran gritando desde lejos “Eh, que estoy aquí! Que existo!”.

    A pesar de ser los menos frecuentes (al menos en mi caso), los ingredientes emotivos son los que más sabor tienen a la hora de degustarlos. Es cierta la afirmación de que el hombre posee una racionalidad que le distingue de los demás seres vivos -aunque en ocasiones te encuentres con shuprimos que demuestran lo contrario-. Pero quiero pensar reaccionamos con emociones, en esencia, con sentimientos: no es que sean tan fuertes como llevarte a la perdición, pero sí lo suficientemente como para llevarse de paseo a la mente, a la cordura y al sentido común. ¿O tal vez lo primero implique lo segundo?.

    Por tanto, existiendo tantos placeres, por qué nos cuentas tantas historietas y cosas sin sentido, ¿a dónde quieres llegar?.- Diría cualquiera. Quiero llegar al punto de: “A veces, uno echa de menos el placer de estar triste”. Sí, suena paradójico, no tiene pies ni cabeza y aún así un chico “supuestamente listo” ¿dice esa idiotez? Joder Henxu, ¿¡qué puta mierda estás diciendo?!

    Resulta muy contradictorio que uno pueda disfrutar de estar mal de ánimos. “Cuando estás mal, estás mal; no puedes estar bien y mal al mismo tiempo! (sí se puede… creedme) y mucho menos disfrutar de estar triste!”
    Pero hay tantos momentos en los que de seguir una rutina y vivir inmerso en una monotonía que no va más alla de “Casa-Universidad-Estudio” en la que uno no tiene siquiera tiempo de preocuparse por sí mismo ni de su salud, uno busca desesperadamente una fuente de ‘placer’; un minúsculo rayo de luz en las profundidades de una cueva, un algo… Y cuando ese algo se hace ‘a la desesperada’, no se hace ni pensando, ni razonando; se hace.

    Dicen que la desesperación es una emoción tan fuerte que saca a la luz muchas cosas, que separa la paja del trigo y que difícilmente se puede fingir -suele haber personas especialistas en ello-. Esa misma desesperación te lleva a tener ganas de bajarte a la calle en medio de un día “diluvioso”, a subirte a esa mini colina desierta que tienes al lado de casa, cerrar los ojos y gritar al cielo “TODO ME IMPORTA UNA MIERDA!” mientras estás en proceso de coger un catarro del quince y te tragas la orina de ese ángel cabrón que llevaba 2000 años sin mear en el cielo; esa misma desesperación es la que te lleva a cometer ideas de bombero que seguramente en un par de semanas te reprocharás.

    Ese afán de encontrar algo a que atenerse para no caer en un mundo grisáceo y sin cambios es muy dañino. Lo mío es leve dentro de lo que cabe, porque, qué pasa si la desesperación que surge por ejemplo de un desengaño amoroso, es capaz de hacer que alguien coja su moto y se ponga a acelerar sin parar y sin importarle ni un pelo la gente de su alrededor? Que sí, que seguramente en ese momento, estabas exteriorizando esa frustración que llevabas dentro, que te estabas desahogando a más no poder yendo a toda hostia, que en ese momento era lo que querías hacer y no se te ocurría ninguna otra manera de contener y armonizar tu propio enfado… Pero ea! no pienses que eres el centro del mundo aunque lo seas. Esa persona “””disfrutó”””: hizo algo que no hacía en su vida diaria, que estando las cosas como están (llenas de radares) a nadie se le ocurre ir a 170km/h en una moto y él lo hizo [caso hipotético oiga].

    Es algo así como ser optimista dentro de lo malo: “No tienes nada de donde sacar algo bueno y te contentas con lo ‘menos malo’ llegando al punto de pensar que lo malo se convierte en bueno”. Y ese placer que surge de algo malo… No es recomentable para la salud -mental y esas cosas-. Me contento con disfrutar de estar triste, sobre todo cuando está lloviendo… Pero debería contentarme con otros asuntos que me llevasen a algún otro lado que no fuera el de cometer locuras (que está bien, pero en su justa medida). – Lo digo porque ahora con el calor que hace, por mucho que estés con los cascos y te pongas Rainymood (link), no te da la sensación de estar en un día lluvioso ni de lejos.

    En fin, espero corregir mi rumbo en estos días de exámenes finales, días que considero ajetreados dentro de lo que en la monotonía cabe. Porque como hasta la monotonía se me convierta en una fuente de placer… mal vamos.

    Desaparición.

    A veces nos entran tantas ganas de desaparecer de la faz de la tierra que sin saber cómo, no lo logramos. Nuestros fracasos de intentar esfurmarnos como la pólvora no se cristalizan más que en empeños de evadirse (bien sea mediante música, lectura, paseos, drogas, etc…), quejas y más quejas del estilo “Qué injusta es la vida” o “Vaya mierda de vida la mía”, rebufos y enfados de ‘Al primero que pille le meteré el dedo por el oído para que le salga por la nariz’ o incluso, todo lo anterior mezclado y más.

    Esta última semana, muchas de esas ‘cosas’ han estado vagueando a través las carreteras formadas por el entramado de neuronas alojadas en mi cerebro (por no decir ‘neurona’ a secas) y el resultado de todo ese complejo -pero casero- estofado de ideas consiste en una rica explosión de sentimientos cocteleros, pensamientos negativos y rebotes innecesarios. Es más, el constante atosigamiento de exámenes, trabajos y recados que hacer, consiguen poner el aguante físico y mental de uno al límite sin llegar a ese estrés tan indeseado que envuelve a casi todos los madrileños a las 8 de la mañana en el Metro.

    Pero, ea, si a lo anterior le añadimos el hecho de haber caído enfermo de una tos de tal calibre que parece que te vas a morir y un constipado que no desaparece ni con aguarrás… tela. Eso en cuanto a salud, porque en cuanto a cordura, cuando llegas al límite de no querer pensar siquiera en si te queda algo de ella o no, es que las cosas no van bien. Sucesos desconcertantes y sueños basados en recuerdos del pasado que en la vida querrías recordar de nuevo pasan por delante de tus ojos, como si fuera una proyección de cine a la que estás obligado a ver sin poder cerrar los ojos ni apartar la vista a otro lado. Da igual si sucedieron hace más de diez años, como si hace cinco, como si dos o como si hubiera pasado el día de antes…

    Al dormir poco y de manera interrumpida constantemente debido a tan agradables paranoias mentales, uno se pregunta qué narices ha hecho para merecerse eso; cuando en el fondo la respuesta está en que lo que ha hecho ha sido ‘no hacer nada más que lamentarse de sí mismo, intentar dar pena y poner a parir a todo Cristo’. No falla, os lo aseguro. Si me pongo a pensarlo detenidamente, más de la mitad de todos esos recuerdos que me ‘atormentan’ vienen a ser meros nombres, nombres asociados a ciertas personas que de ser posible, le partiría dos piernas, o al menos, todos los dedos de las manos para que no se urguen la nariz y se rasquen los eggs mientras me miran con cara de desprecio.

    Sin embargo, y hablando en términos “”microeconómicos”” aplicados a la vida real, la utilidad de que mi estado de ánimo esté por los suelos es básicamente cero. No me sirve de nada excepto para tener una posterior reflexión acerca del asunto y decirme lo ingenuo e idiota que he sido, soy y seguramente seré (sí, lo considero un cumplido). Para nada estaría dispuesto a dar una hora de sueño por una hora de sufrimiento mental, ni dar un bien a cambio de un mal, es de cajón (o no…).

    Esta mañana me he despertado solo en casa. No había nadie y pensé que sería hora de desayunar. No era yo, o al menos, no parecía ser yo quien en ese momento salía de su habitación y se dirigía a la cocina. Tenía la cabeza baja, los hombros semicaídos e iba arrastrando los pies por el suelo. Era como si ese sujeto estuviera andando sin mirar: o conocía su casa a la perfección o tal vez se dejó guiar por sus instintos de “si me he dado un golpe es que no hay puerta, o hay puerta y está cerrada”.

    Lo peor de todo, es que pensaba que la mesa de la cocina era la barra de un pub y que cada trago de zumo que daba le sabía a whisky. Entre cada trago, lo único que hacía era mirar hacia abajo sin mediar palabra y ponerse a pensar en cosas que no tienen lógica por mucha que la busquase; como si estuviera adornando su hueco cerebro con flores marchitas de recuerdos y pétalos pálidos como la luna misma. Dándole más y más vueltas a un tornillo sin fin. Él sabía que tarde o temprano le irían a llamar para ir a trabajar, pero no tenía prisa, todo le sería indiferente hasta el momento que sonara el teléfono y tuviera que descolgarlo.

    Sim embargo, lo mejor de todo es que mientras se duchaba con agua fría acompañado de un catarro del deiciséis (es que el termo “s’a jodio”), se peinaba, se vestía y salía de casa; se le pasó. Volvió a ser “cosa rara” (que no persona) mientras cerraba la puerta de su casa y bajaba las escaleras dispuesto otorgarle la importancia justa a toda esa maraña de pensamientos incómodos que tenía en la cabeza: ninguna. De nada le servía estar quejándose de gilipolleces que no tienen fundamento alguno, es como si quisiera que un árbol comenzara a enraizar en mitad de un desierto – aunque no lo descarto.

    Por un momento se acordó de todas aquellas personas que veía a diario en una situación peor que la suya. Vaya egoísta estaba hecho.